Arte

Álvaro Marín, un poeta de la abstracción

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4 / 08 / 2018

El pintor Álvaro Marín, considerado referente del arte abstracto en Colombia, habló de su trayectoria artística y preocupaciones estéticas.

La generosa sonrisa de Álvaro Marín es el sello inconfundible del artista y del ser humano que lo habitan. Sus gestos amables envuelven cierto nerviosismo que delatan una inmensa humildad y hasta algo de ingenuidad, en contraste con la velocidad de sus palabras.

Carlos E. Restrepo, barrio donde nació el Museo de Arte Moderno de Medellín (MAMM), fue el telón de fondo para la charla con Álvaro Marín. Rodeados de amigos que saludaban y compartían la hora del almuerzo, hablé con él sobre su familia y sus amigos, de su obra y los procesos creativos, en consideración con algunos conceptos del arte contemporáneo.

Álvaro Vieco nació en Medellín (1945) en una familia de abuelo escultor y padre chelista; aunque su hermanos, tíos abuelos, tías y primos también eran músicos y artistas. Por esta razón, cuando eligió la pintura como camino para no hacerlos quedar mal ni comprometerlos con su arriesgada decisión, cambió su apellido al de Marín. Álvaro Marín hizo parte del grupo de los Once Antiqueños con Oscar Jaramillo, Javier Restrepo, Marta Elena Vélez, Juan Camilo Uribe, Félix Ángel, Luis Fernando Peláez y otros jóvenes artistas que en los años 70 irrumpieron con fuerza en la Medellín provincial, cuestionando al igual que los nadaistas, de quienes se hicieron amigos, el quehacer de todas las formas de la pintura, el dibujo, la música y la escritura

En este rápido recorrido profesional (sin contar sus exposiciones colectivas e individuales en Colombia y otros países) es vital recordar su colaboración como artista fundador del Museo de Arte Moderno de Medellín y su quehacer pedagógico como profesor en la Universidad de Antioquia y en la Facultad de Diseño Gráfico en la Universidad Pontificia Bolivariana (UPB).

En su más reciente exposición, Vibraciones de la forma, realizada entre abril y mayo de 2018 en la Galería Olivier Debré de la Alianza Francesa de Medellín, Álvaro Marín reivindicó, de manera fresca y propositiva en quince formatos cuadrados, el juego de la luz y las transparencias del color en el espacio. En esta muestra, Marín rescató la poética abstracta en una línea que reveló en su montaje una exploración plástica vibrante, con una paleta de color que partió del espíritu más festivo hasta alcanzar el grado más oscuro y sombrío. Una curaduría atenta que invitó al espectador a vivir una experiencia estética en el disfrute sensible del arte abstracto.

Al ver esta exposición recuerdo que Alberto Sierra [crítico y curador] señalaba bellamente que tu obra era como un poema y cada cuadro tuyo era un verso nuevo. Con esa interpretación es posible percibir en tus cuadros esa poética desde el uso del color articulado a la geometría, a las transparencias y veladuras que invitan a recorrerla y profundizarla plásticamente. ¿Qué propones con esta poética abstracta?   

Mi propuesta está muy bien leída en el sentido que hay una relación entre el espacio, el color, la profundidad y las veladuras, sine qua non, es mi sello característico. Propongo una poética entre el espacio, la luz y el color. Son cosas que encuentro en la naturaleza y que transformo con un mecanismo, no sé cuál, las reelaboro y salen así. Expresan una relación de colores, espacios planos y transparencias que profundizan la mirada del observador, al cual le planteo no una sola idea sino múltiples posibilidades de interpretación. Para explicar esto mejor, y para salirme de este tipo de preguntas, debo hacer una relación con mi formación de músico.

Justo sobre eso trata la siguiente pregunta [Álvaro suelta una de sus famosas carcajadas]. Desde otro ángulo sensible vinculemos dos campos importantes en tu vida: música y pintura. A partir de esa poética abstracta, al mirar tu obra es posible ver una partitura en la que el color trata de construir una melodía, ¿es intencional o simple interpretación mía?

Perfecta la apreciación. El arte abstracto que hago y hacen muchos confrontan al espectador, y no quiero hablar de los que son hipertextuales, aquellos que explican muy bien en el cuadro mismo su sentido o intención. Nosotros apelamos, y digo nosotros, a que el espectador haga su interpretación, eso es un poco demandante porque exige del espectador cierta sensibilidad y produce la pregunta tan dura a veces ‘¿y eso qué quiere decir? ’. Eso es hasta ofensivo, es como la ignorancia o el atrevimiento para decir ‘eso no es nada’, pero eso sí es mucho, son relaciones de color, forma y profundidad. Cuando oyes una sinfonía, un cuarteto o un jazz, se establecen relaciones de formas que son los ritmos propios de la música y en mi pintura los colores se relacionan, son  interacciones entre cada tono de color con otro que producen una melodía visual que está a la altura perfecta.

En mi trabajo, casi siempre creo una estructura que trata de producir un equilibrio con los colores que yo mismo preparo. En ese sentido apelo a la sensibilidad y a la participación,  a la comprensión del espectador entregado, ¿entregado a qué?, a ser receptivo de una armonía de colores, ahí está todo el fundamento de mi obra, que ese equilibrio de colores y esas relaciones generen una emoción. Ahora, la emoción como tal, a partir de una ética de la abstracción, es a veces muy difícil de lograr porque nosotros partimos de un papel en blanco. ¿Con qué jugamos? Con los colores y las formas que inventamos, ahí hay una preparación visual que viene de muchos movimientos artísticos de principios de siglo que me hacen reflexionar. En momentos en que a veces decaigo, me pregunto si estoy diciendo algo contemporáneo, que es una pregunta recurrente a través de la vida, si estaré haciendo algo que valga la pena o estoy descontextualizado como se dice ahora. No, cada vez me reafirmo a través de los otros artistas en el mundo y a través de la juventud que me ha mirado con unos ojos mucho más contemporáneos

Precisamente, tu obra mantiene su frescura y vigencia a través del tiempo. En esos cuestionamientos, en esas crisis relacionadas con la obra, ¿qué te planteas en ellas?

Es una pregunta muy difícil que me hago todos los días. Como una obsesión trato de resolver en el quehacer del arte qué estoy haciendo, por qué sigo insistiendo en una fascinación de color y forma, y esto ¿para qué sirve? Apelo muchas veces al orden dentro del caos, a una vida mejor o, como decía Henry Matisse, a que al espectador la obra le produzca placer y satisfacción, o a veces, también tristeza. Estos son unos adjetivos imprecisos y personales, no son determinantes ni es que yo me proponga esto.

Si tomamos la última exposición en la Alianza Francesa uno puede ver dos propuestas…

Esa es una cosa natural del proceso, por eso cuando me preguntan el arte qué es, respondo que es un proceso, es una vocación, es un quehacer diario, por eso me satisface como artista ver que he propuesto diversas cosas en diversos tiempos.

¿Pero en este caso fue intencional?

Sí, yo tuve una curadora a la que debo darle todo el reconocimiento, Úrsula Ochoa, egresada de Artes de Bellas Artes.

¿Y cuál fue el concepto de la curaduría?

Mostrar la vigencia de la obra abstracta en contravía de la saturación de obra que se autoexplica, los hipertextuales que mencioné a principio, como si al espectador hay que explicarle una obra, esto sin ofender al arte anecdótico, descriptivo y contestatario. Mira que yo he sido muy ecléctico, muy liberal, yo he sido un joven rebelde, un artista rebelde y un profesor rebelde.

Hablemos de tu experiencia como profesor. …

Cuando empecé a ser profesor de arte en la Universidad de Antioquia, cosa que me gustó mucho, rompimos con unas corrientes caducas donde ser artista era el oficio por el oficio, eso no sirve para nada porque todo el mundo puede llegar a pintar perfecto, por eso, se deben crear conceptos. Los jóvenes artistas deben profundizar en el estudio de la historia del arte, en la estética, en la filosofía, en fin, formarse. El artista joven no se puede quedar en el talento, que tampoco sirve si no hay disciplina, entonces les digo perseveren, es muy difícil entrar a la galerías pero hay alternativas de circuitos de talleres como el de Envigado [talleres de grabado que se realizan en diferentes lugares entre artistas jóvenes y adultos para la promoción del arte y de la obra de los artistas jóvenes]  y llegará el momento en que tengan un lugar comercial que, aunque es importante porque uno vive del arte, existen otros neutros, intelectuales o académicos como la Alianza Francesa, que aunque soy empírico recuerdo que fue allí donde estudié francés y vi el cine intelectual, ¡era la agitación! El Nadaísmo por un lado, uno en Medellín haciendo cosas y viendo a Francia con el Existencialismo y pensaba: aquí estoy yo.

Desde esta perspectiva contestataria ¿Qué consejo le darías a un joven artista que no encuentra apoyo?

Que persevere como nosotros perseveramos cuando decidimos ser artistas en una ciudad tan goda, reaccionaria y de doble moral como Medellín, en donde el arte abstracto era menospreciado. Yo fui de los primeros, algunos dicen que otros, en fin, la gente estaba en contra de nuevos lenguajes estéticos, mi familia inclusive, mis abuelos y mis tíos, era lo que se estilaba en la ciudad, ese era mi mundo. Cuando nos encontramos empezamos a romper esa manera de ver el arte, cada uno en solitario en Medellín: nos unió esa posición contestataria, dijimos hay otro lenguaje, no nos quedemos en la anécdota, aunque tomemos la anécdota hay que expresarlo con otro lenguaje. Por suerte, inmediatamente llegaron las Bienales [organizadas por la empresa de textiles Coltejer en 1968, 1970 y 1972, que le permitieron a Medellín abrirse a las vanguardias artísticas del momento], y siendo autodidactas algunos adquirimos ahí la fuerza, por eso los jóvenes artistas deben reafirmarse, buscar un lugar en el que puedan cumplir su papel, tienen que estudiar y confrontar su obra.

La llegada de las Bienales nos reafirmaron que la profesionalidad implica el quehacer cotidiano sin esperar que la inspiración llegue, es un oficio, un estudio silente, solitario, el artista se tiene que enfrentar a sus fantasmas solo y no esperar los aplausos, porque si bien es cierto, hay muchas sirenas falsas que lo llaman a uno: venga para acá. Finalmente, la autocrítica porque si no se pierde. Yo conozco gente que se ha perdido en el autoelogio. Es difícil manejarlo porque puede caer en la duda y se debe vencer el miedo a decir algo y persistir.

Hace 40 años le propusiste a Medellín el abstraccionismo que rompía esquemas artísticos y estructuras mentales. Tengo una última pregunta desde la forma y el color: ¿de qué manera este juego con el cuadrado te ha permitido consolidar un lenguaje y por qué el cuadrado como recurso plástico?

Esa pregunta me la he hecho y he tenido problemas en resolverla. Cuando estudié con Luis Camnitzer en Italia yo llegué con una prepotencia, ya estaba en la Bienal, había triunfado, era el “papacito” aquí, cuando llega un profesor amigo y me dijo: ‘bueno, ¿y usted por qué hace cuadrados?’. Le dije: porque es la única forma anónima en la cual yo me puedo expresar, el cuadrado es de todo el mundo y no lo he cambiado, he tratado a veces y me devuelvo. La pregunta fue tan dura que me dijo: ‘también existe la mancha’ y ¡pum! ¡Álvaro Marín quedó en shock! Empecé a hacer manchas en el piso con un gotero en el piso pero luego me retiré de ese curso. Sin embargo, la mente es tan rara, tan inconsciente, que empecé a trabajar con unas telas separaciones de colores, ahí descubrí otro lenguaje, otros formatos y materiales, son telones que presenté en la Bienal con preparaciones de color que están en el MAMM. Trabajé los telones, con acetatos, lastimosamente no continué con ese trabajo, el Maestro Negret, a quien admiré siempre, me dijo: ‘Maestro Marín, descubrió una mina’;  yo estoy pensando en estos días retomar esas propuestas. Uno tiene que hacer pausas, mirar y retomar para crear nuevos lenguajes, así no se agota uno.

El color en la obra tuya es fantástico ¿de dónde surge?

En primer lugar debo reconocer en este acercamiento al color a tres grandes artistas que admiro y me han servido de ejemplo como Piet Mondrian, Mark Rohtko y Joseph Albers. Ahora, revisando obras del pasado, veo que tenía una libertad de color, unos lápices prismacolor llenos de amarillos con verdes. Yo no tenía miedo a expresar a través del color, eso era de una riqueza que ha variado, ya no la tengo, ya soy más controlado. Yo parto de preparar mis colores, solo trabajo tres colores: magenta, cian y amarillo, con ellos creo una paleta y voy midiendo la vibración, mis colores no se repiten, yo no compro colores. Esa paleta tiene que tener una vibración exacta, yo voy como regulando la temperatura a un paciente, porque mi obra funciona por vibración, me sirvió mucho haber estudiado teoría del color, la teoría es muy buena pero no puede ganarte la partida, a partir de cero digo rojo, pero me tiene que dar la vibración.

¿Y esa vibración la sientes físicamente?

Sí, claro. Es como preparando una receta de cocina, llega un momento crucial que dices: ‘aquí es’. Es un trabajo mental entre el saber, mezclar los colores y la sensaciones de la intuición.

Al elaborar esa parte de la resonancia, tu expresión adquiere connotaciones científicas que se unen a la emoción del espectador. Por eso la pregunta inicial por la musicalidad de tu obra que, junto con la expresión y el trabajo sólido con el color, produce vibraciones y resonancias entre colores con la intención plástica de que las veladuras se multipliquen de manera infinita en el espacio de un cuadrado.

Sí, ese es el sine qua non de mi obra, esa es la esencia. Por eso, lo más  importante de mi obra es que el espectador participe, interprete, resuene. Porque yo he tenido tiempos en que me he perdido, tuve una época en que empecé a trabajar dorados, yo creo que Alberto Sierra tuvo mucho que ver en no dejarme salir de la fila, me llamaba la atención, ‘Marín no hagás pendejadas, no te pongás con esas cosas de instalaciones y esas cosas, quédate aquí que esa es tu esencia’.

Entonces me surge otra pregunta: ¿qué ha pasado con el Marín escultor?

Eso fue una influencia de Rony Vayda, somos muy amigos y yo empecé a buscar otras posibilidades plásticas basándome en el cuadrado, y no, creo que me agoté ahí, fue una buena experiencia, la hice bien, pero no pude seguir adelante, no me dio, los materiales, la tridimensionalidad. Puede que algún día busqué algo más de ese lenguaje pero abandonar el color me hacía sentir muy mal.

Esto me lleva a otra pregunta sobre el color: ¿llegará un día en que estas vibraciones de tu propuesta plástica se salgan del lienzo?

Ahí me corchaste. Yo he hecho el intento de expandirme más, en realidad es una necesidad que la misma obra pide, que ya no tenga límites. Inclusive aparece la pregunta por la mancha, más etérea, los nuevos viejos lenguajes de que hablamos, la mira a la que algún día llegaré.

En este sentido uno ve tu obra en la totalidad como un legado. Si reflexionamos como artista en este momento, vivo, consciente, lleno de vida y fundador del Museo de Arte Moderno de Medellín, sabes que tu obra va a pertenecer a una institución, a un museo, o una fundación, en fin. ¿Cómo  le gustaría a Álvaro Marín ser recordado con su obra y su propuesta?

Si, yo creo que una de las formas de ser artista, como en el caso mío, es ruñirle a la muerte, quitarle espacio a la muerte porque qué más hace uno, aplazar esa mierda que se nos vino encima. Acuérdate que me acaban de decir que un amigo se murió, eso cae como pedrada. Por el momento el legado es ese, ahí está mi obra, yo pasé por este mundo haciendo alguna cosa. Aunque ahora tengo ganas de liberarme del cuadrado. Por ejemplo, en estos momentos estoy sufriendo porque hice muchas obras, quiero cambiar y me estoy angustiando, pero esto hace parte del quehacer.

Ahora tengo que ir a dibujar, llega mi ayudanta y debo tenerle listo el boceto, a veces la gente común y corriente ve más que uno. Es una mujer sin preparación plástica, de un barrio popular que ha aprendido y se ha convertido en mi bastón, yo le doy las indicaciones, le preparo el color y a veces me corrige, una vez me dijo una cosa muy linda: yo me equivoqué en una obra, medí mal, yo dije ‘mierda, la embarré’, y ella me dijo: ‘no, usted no es artista pues, sáquele partido a eso’, hice un cuadro con ese defecto que se volvió cualidad. A mí me gusta mucho la mirada de la gente, que me miren y me corrijan, eso es muy importante como artista.

¿Para Álvaro Marín hay nuevos Once Antioqueños?

Sí, John Mario Ortiz, Douglas Gaviria, Úrsula Ochoa, Jeison Sierra, Alejandro García y Mariluz Gil. Son todos egresados de facultades que son llamados emergentes, nombre que no me gusta mucho pero que se han consolidado como un movimiento plástico que ya trascendió a Bogotá. Muchos son egresados de la Escuela de Oscar Jaramillo, que fue un gran profesor de dibujo. La academia, en el buen sentido, la academia buena saca buenos productos, no hay que desmeritar la academia nunca, ella acorta el camino con el conocimiento para no perder tanto tiempo, para leer lo que es, para confrontarse, para llegar al camino más organizado porque las lecturas indiscriminadas producen desorientaciones.

Los nuevos artistas deben estudiar para no ser sujetos de otros que sugieren lineamientos, no quiero hablar mal de los curadores pero te guían en esto es lo que se usa y te imponen un camino, obviamente hace parte del circuito del arte, pero también hay profesores que conducen demasiado. Yo fui un profesor que propuso los primeros performances, que busqué estimular la creación vía abierta, no tengo ningún prejuicio y esto me relaciona con este grupo de artistas jóvenes que mencioné y que se están abriendo camino; me quieren, me admiran y yo a ellos también.

Los artistas, como ves, tenemos un lenguaje limitado, por eso pintamos a ver si podemos decir alguna cosa. Ahora la política está en todo, yo propongo un orden, un arte que es común, que no necesita sino de la sensibilidad que está en la mirada del observador. Lo más importante de mi obra es que el espectador participe, todo el mundo está capacitado, no es sino que se ejercite en la medida que mire bastante, que vea, que mire, ahí es donde se va creando el público. El MAMM, la Alianza y las facultades de algunas instituciones han hecho mucho, los Once Antioqueños empezamos con nada pero el MAMM fue la base, para bien o para mal hicimos alguna cosa, vamos a pasar a la historia con el deber cumplido.

Gracias a Álvaro Marín por su honestidad, su lucidez y la fuerza irreverente con que siempre ha enfrentado la vida, el arte y la sociedad. Gracias a esa fuerza con la que ha rodeado su vida y su obra es posible contar con artistas como él en la academia y con espacios de exhibición como el MAMM, la Alianza Francesa y otros para el arte, bien sea contestatario, bello o comercial, es decir, simplemente el arte como forma de expresión de la vida misma. Esperamos ver pronto su nueva producción porque la maestría del artista, como ya lo dijo, se forma en el oficio.