Literatura

Atlas o la sublime vastedad de la tristeza (Oda al suicida)

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24 / 08 / 2017

A causa de la suerte retorciéndose a sí misma, lo que quieres que acabe contigo puede, paradójicamente, ser la misma pesadumbre que te levanta a diario.

Cuando la sobreestimulación de nuestras susceptibilidades se hace presente sobre el filo de la consciencia, devenir en un manojo de abrumación es, de manera simultánea, un accidental y deliberado intempestivo. Es similar a la acumulación de placer que paulatinamente se convierte en climax, motivo por el cual, quizás, es que están aquellos que alcanzan el éxtasis sólo a través del sufrimiento.

Pero el hecho no se reduce simplemente a un fetichismo subjetivo, la realidad es que la realidad, en últimas, puede reducírsele a ello al abrumado. Al igual que se tiene la hipótesis de que todo lo habido y por haber alguna vez fue una inmensurable y desproporcionada singularidad colapsada sobre sí, el peso del júbilo y la amargura ciertamente puede causar que la mencionada consciencia, en un punto arbitrariamente pero intempestivamente álgido, no perciba más que una indetenible singularidad al borde de desparramarse por sobre toda la existencia contigua; haciendo, del sujeto, un intrincado y fragmentado hongo nuclear orgánico, alegórico y emocional.

La manera en que esto se vivencie, se sienta, es inherente al propio sujeto; debido a que el carácter del mismo está compuesto por una suma de propiedades y estratos imposibles de medir tangiblemente y, por lo tanto, imposibles de replicar. Pero sí hay un estado familiar, algo que se repite y a lo cual, no obstante, nunca nadie se acostumbra. Caducas, en una serie de ocasiones lo has hecho y, posiblemente, caducarás en otras ocasiones más. Y aunque estimados o extraños lo presencien, nadie realmente llega a ser realmente testigo del hecho, porque nadie nunca puede sentir tus expiraciones como tú mismo lo has hecho y lo harás.

Cuando cada minúscula gota de tu física y sensible paciencia ha sido derramada, cuando tu pecho no pueda ser más que un enjambre de millones de avispas irritadas, que intentan huir aguijoneando cada una de tus terminaciones nerviosas, hasta que te conviertes en una instancia de ardor e inconación que intenta andar mientras cada uno de sus miembros jala ansiosamente por desprenderse de los demás; cuando el nudo en tu garganta es trescientas veces la densidad de Aldebarán y sientes venir el grito seco y agrio por la herida, como si saliera no porque tus pulmones, diafragma y abdomen sostienen su presión, sino porque su intensidad es tal, que cobró vida por sí mismo sólo para estar en el momento y lugar en que tu cognición colapsa cual muro de Dhul Qarnayn, siendo derribado miles de veces simultáneamente; entonces, caducas.

Desde ese punto, deambulas entre lo que anhelabas y lo que en realidad es, sin lograr hallar el cuerdo rumbo hacia lo segundo y, así, resignadamente tratar de echar raíces por entre lo que crees que son rocas sobre suelo poluto; ni el insano rumbo hacia lo primero, cuya incertidumbre te atiza y persigue como si el alma errante fuese lo que deseabas con cada una de tus partículas, y no tú mismo. Eres, entonces, vestigios de un ente que solía ser, parca emanación de tu afecto y esmeros convertidos en la gangrena que, finalmente, te pudrió hasta consumirte; un yinn velando su propio desolado sepulcro. En últimas, un muerto que carga con sí mismo, la disociada corporeidad de un alma plagada de ausencia.

Firmamento, tríptico sobre el martirio de San Sebastian, por Nicola Samori, 2016. 

Y lloras. Oh, cómo lloras por toda esa ausencia; por lo que, habiéndosete desprendido, te inundó hasta el atiborramiento, drenándote toda voluntad con un vial y, con otro, atestándote de la nada que no es todo lo que no es, sino que es simple y tétricamente ausencia de lo amado. Porque es una regla, en el implícito y cínico qanun del existir, el que siempre se ha de llorar por lo perdido, y no por lo que languideció de completa y deliberada ausencia.

Cargas con ello porque en ello has devenido, cargas con ello engrilletado a todo lo que eres, has sido atado a todo lo que solías ser. Cargas con todo el peso de lo que te hace penar sin consuelo, y lo cargas dos veces porque, en la implosión del ego, tu yo caduco y tu yo actual fueron cosidos el uno al otro. Y cada vez que lo contemplas, lo invocas y lo revives, volviéndote un gul que pervive de su propia carne calcinada, añadiendo otro cadáver al lomo.

De todo lo que has vivido y conocido, llevas el peso de todo lo que fue, de lo que es, y de lo que crees que pudo haber sido. Como Atlas, llevas el peso de tu propio cielo encima tuyo. Y nadie puede culparte, porque nadie puede sentir la gravedad de ti mismo como tú la sientes.

Vestis Ignis I, por Denis Forkas, 2015-16