Literatura

Bernarda será

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3 / 05 / 2019

Los detalles más obvios bien pueden resultar siendo los más difíciles de encontrar.

“Esta cantina, estas doce casas mal pintadas, nosotros mismos, todo está fundado y sostenido por la mera necesidad de hacer un alto en esta condenada carretera para descansar, nada más”. Esta fue la reflexión que me interrumpió Chelena al llegar. La cantina está sola, siempre está sola los miércoles, por eso mi mamá y su esposo me dejan a cargo para tomarse el día. Se lo merecen: sólo pueden darse este lujo cuando se me acaba el trabajo en las minas. El que más agradece este descanso es el viejo; noto cómo mejora de inmediato su semblante.

Chelena viene de la capital, es lo más seguro. Tiene una niña en brazos, de unos tres o cuatro meses, que está dormida. Está cansada: lo dicen sus ojeras, su pelo un poco despeinado, su sonrisa sincera pero exhausta al saludarme. Pienso que, sin mediación de las palabras, con un juego de miradas breves o la ausencia de éstas, nos decimos que yo seré un simple cantinero y ella una clienta como cualquier otra. Pero no ¡Chelena no tiene ni puta idea de con quién habla!

Se sienta en una mesa de adentro y procura que sea difícil verla desde afuera, como si se escondiera. Luego pide un jugo. Yo le explico que sólo tengo gaseosas. Ella lo piensa un rato largo y se resigna un poco dudosa. Yo recuerdo que algunas mujeres lactantes prefieren evitar el gas en las bebidas.

–Si espera un momento, puedo conseguirle el jugo –le propongo.

Ella acepta y paso al restaurante de enfrente. Hago esto porque es la única manera de que ella permanezca un poco más conmigo. El suficiente para acordarse de mí. Sólo han pasado quince años. Dejamos de vernos cuando yo tenía ocho. No creo que mi cara haya cambiado tanto. Ella sí permanece igual. Tal vez las patas de gallina ahora se hacen más notables en su cara. Debe tener unos cuarenta años, pero el tiempo parece tratarla como al licor. Aún conserva esos rasgos eróticos que mi inconciencia guardó para el resto de la vida: su cintura de caricatura bonita, sus tetas firmes. Siempre olvido que nuestra sonrisa, larga y cerrada, es bastante similar.

Al volver con el jugo me hace notar su agradecimiento con un comentario sobre la tranquilidad y silencio de la cantina. La veo desde el otro lado de la barra y mi cabeza no deja de hacerse preguntas: ¿dónde está la maldad de antes? ¿Si hay un dios, cómo permite que demonios como ésta vayan por el mundo con esa cara de mosca muerta? ¿Habrá entrado en uno de esos cultos locos? De cualquier modo, no le puedo mostrar rencor. Ya lo dije: yo soy un cantinero y ella mi clienta.

Mira nerviosamente a las dos entradas cada cierto tiempo. Ha de estar esperando a alguien. Tiene un par de bolsos abultados, al punto que los cierres amenazan con reventarse. La niña intenta abrir los ojos. Chelena emite un sonido de arrullo tan dulce que la niña vuelve a quedar profunda, y remata con unas caricias que no sé por qué me recuerdan sus coscorrones disimulados. Me descubre mirando la escena y me sonríe.

–¿Cuánto tiene? –le pregunto.

–Va para los cuatro meses.

Tal vez ésa no era la pregunta correcta. Una mejor habría sido: ¿Por qué me cagaste la infancia? Pero ahora no es momento. Puede que ahora no sea Chelena, sino Selena, otra versión de ella misma.

La tarde comienza a sentirse con sus luces anaranjadas y su bochorno. Ella parece más impaciente. Yo anoto lo que hace falta para el próximo pedido y por dentro tengo un debate en el que ninguna decisión quiere ganar: dejarla ir sin reconocerme o mostrarle la verdad de golpe. Mientras tanto, el calor hace despertar a la niña. Sus soniditos delatan que tiene hambre. Chelena lo sabe y por eso descubre uno de sus senos. Antes de que la bebé comience con su tarea, confirmo lo sonrosado del pezón, tal y como lo recordaba, aunque puede que un poco más encarnado ahora; eso sólo delata la voracidad de la niña. Ese color… cualquier observador con pericia lo adivinaría sin verlo, le bastaría con el tono de sus labios y de su piel. Pero yo los vi con un sol de mediodía que brillaba fuerte en las paredes blancas de aquél cuarto al que entré sin permiso. Fue una impertinencia, no quería hacerlo. Fue esa sonrisa terrible la que me hizo permanecer allí. Fueron sus manos las que invitaron las mías a palparla con la excusa de acomodarle el sostén que yo mismo le puse. Luego fue su remordimiento el que concentró todo su desprecio y odio hacia mí: cada vez que me miraba recordaba su “error”, una cosa impensable entre una tía y su sobrino. Yo jamás sentí culpa por el recuerdo, así que ella se encargó de hacérmela sentir por otras mil cosas, cosas crueles.

Chelena termina de darle alimento a la niña y en ese momento me descubro con los ojos un poco rojos, un poco aguados, pero se me pasa al instante que llega la solución a mi dilema, aunque tendré que esperar hasta el último momento.

Al cabo de diez minutos recibe una llamada. <<¿Dónde venís?… entonces ya salgo a la carretera>>, dice ella. Debe ser mi papá el que la llama. Se nota que la muy desdichada está en un apuro –tal vez huye de alguien– y siempre recurre a su hermano más querido en esos casos. Él tampoco me ha visto en muchos años, pero podría reconocerme con más facilidad.

–¿Cómo se llama la niña? –le pregunto para entretenerla y darle tiempo al otro.

–Todavía no la he bautizado, pero pienso ponerle Daniela… ¿por qué se ríe?

–No, mil disculpas. Lo que pasa es que le tengo una sugerencia, aunque sería atrevido.

–No… ¿Cuál es la sugerencia?

–¿Qué tal Bernarda?

–Bernarda –sonríe, lo piensa y luego continúa–. Me gusta, pero, ¿por qué se le ocurre?

–No sé, hay muchas Danielas y la niña tiene cara de Bernarda; además es muy bonito –le respondo con soltura, aunque me asombra que no entienda la razón del nombre.

Afuera se escucha la bocina de un carro, un escarabajo rojo. Chelena intenta pagar y yo me niego. Al salir, con nuestra típica sonrisa de oreja a oreja, me dice:

–¿Por qué no? Bernarda me gusta. Ya lo pensaré. Hasta luego.

Respondo a su despedida y veo cómo sube al carro. No alcanzo a confirmar si, en efecto, el conductor es papá. De cualquier modo, ahora yo soy el de la sonrisa, pero de una más satisfactoria. No le dije quién era, pero, si cuento con suerte, se arriesgará a recordarlo cada vez que le pregunten a quién se le ocurrió ponerle el mismo nombre de su abuela, mi bisabuela.