Literatura

Biblioteca Fundación Familia La Esperanza, 50 años abierta al saber

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6 / 06 / 2018

50 años de resistencia y apuesta por la cultura cumple la Biblioteca Fundación Familia La Esperanza, la biblioteca popular más antigua en funcionamiento en Medellín. Esta es su historia.

Ni el aguacero que el 30 de mayo cayó en Medellín impidió que Daryeny Duque llegara a la Biblioteca Fundación Familia La Esperanza tan rápido como lo hizo, una gruesa chaqueta impermeable y un paraguas negro le fueron suficientes para protegerse de las copiosas gotas que la acompañaron hasta su destino. A pesar de que se le viera agotada, sonrió al ver la biblioteca con las puertas abiertas y tanta gente dentro como estantes repletos de libros.

Ninguno de los presentes estaba leyendo, aunque los convocaba una fiesta de la palabra. La biblioteca a la que ellos, niños, jóvenes y adultos van a hacer sus tareas, prestar un libro o alejarse por un momento de la agobiante realidad, celebraba sus bodas de oro y nadie, ni siquiera Daryeny, quería perderse tal celebración.

Algunos rincones de la biblioteca — ubicada al noroccidente de la ciudad y hoy administrada por la fundaciones Familia y Ratón de Biblioteca — reflejaban su evolución, pero también la historia de resistencia y servicio que la ha mantenido siempre abierta a la comunidad, aún en los momentos más azarosos. A modo de homenaje, pegadas a una pared estaban las fotos del sacerdote belga Jerónimo Joris, los líderes comunitarios Elmer Cañaveral, Sol Piedad Estrada y Miguel Restrepo; los bibliotecarios Luis Emiro Álvarez, Joaquín Arley Orozco y Liliam Londoño Sarrazola; y demás gestores de la tercera biblioteca popular de Medellín que, tras su fundación, se convirtió en referente de diversos procesos culturales y sociales gestados en la ciudad.

El aguacero seguía raudo, pero todos escuchaban atentos al escritor Héctor Abad Faciolince, otro de los invitados especiales al festejo. Él, que creció entre los libros y discos de música clásica que su padre, el médico y defensor de los derechos humanos Héctor Abad Gómez, leía y escuchaba a manera de terapia cada vez que llegaba a casa “enojado y sudado” después de un agitado día de trabajo; habló de las primeras historias que escuchó y leyó, de la fuerte presencia de las mujeres en su hogar, de los poemas que escribía con un vecino suyo cuando tenía 12 años, de cuando se animó a leer con más entusiasmo a Nietzsche luego de que el cura del colegio donde estudiaba le pidiera prestado un libro que tenía del filósofo alemán y, años más tarde, le confesara que lo quemó para que no se “contaminara” con ideas perniciosas; de la construcción de sus novelas, y de lo no tan agradable que a ratos es el reconocimiento.

La voz del autor de Angosta, Fragmentos de amor furtivo, El olvido que seremos y La Oculta, empezó a escucharse con más fuerza a medida que escampaba. El público seguía escuchándolo como si estuviera leyéndoles un fragmento de alguna de sus novelas, aunque a veces reía cuando soltaba algún comentario agudo de la realidad nacional. Daryeny, en algún punto de la biblioteca escuchaba al escritor; aunque tal vez recordaría cuando hace 20 años llegó allí con sus dos hijas y luego sería una de sus visitantes más entusiastas.

Yo la conocí desde que estaba al lado del colegio (actualmente Institución Educativa La Esperanza), hace ya muchos años. Iba a prestar libros, pero empecé a acercarme más cuando mis hijas estaban en la escuela y venían a los talleres que hacían aquí. Desde ese momento, hace 20 años, permanezco más en la biblioteca, traigo a mi hija pequeña y a mi nieta, y hago parte de varios talleres”, dijo minutos más tarde Daryeny, no sin antes destacar lo significativo que es para ella que la biblioteca siga conservándose para los niños. “Así como mis hijas disfrutaron de este lugar hace 20 años, que todavía exista un espacio para que la comunidad y los niños puedan aprovecharlo es una gran ventaja y alegría a la vez”.

Como Daryeny, muchos celebraron que los libros sigan abriéndose en esta biblioteca, construida por la comunidad del barrio La Esperanza; la misma que durante estos 50 años se encargó de mantenerla, a pesar de un Estado negligente y una ciudad que miraba a sus periferias con desdén.

De funcionar en un salón detrás del altar de la parroquia El Santo Evangelio, a tener una sede más amplia en el Núcleo de Vida Ciudadana de La Esperanza; esta biblioteca siempre estuvo abierta al conocimiento, aunque la violencia y la muerte tocaron muchas veces sus puertas, al igual que las crisis económicas y administrativas.

Más de 600.000 niños, niñas, jóvenes y adultos pasaron por sus mesas y estanterías; cientos de profesionales encontraron, en los libros de esta humilde biblioteca, una herramienta para su formación; y muchos futuros líderes comunitarios, artistas y hasta escritores, encontraron allí un espacio para ser, pero también para leer su vida y el barrio en que vivían. Aun con sus subidas y caídas, su persistencia y entrega, la Biblioteca Fundación Familia La Esperanza sigue con la misma fuerza de sus inicios y es hoy un libro que merece ser leído.

El nacimiento de un trasegar entre libros y realidades

Mientras corría el año de 1968, Francia aún sentía los ecos de su propia revolución tras las movilizaciones de Mayo del 68; pero en un barrio de la periferia de Medellín, donde llegaban campesinos de diferentes regiones del departamento de Antioquia exiliados por la violencia, se gestaba una pequeña idea revolucionaria: darle educación y cultura a los niños, niñas y jóvenes de esa comunidad que estaba estableciéndose en un espacio donde quería escapar de las vicisitudes.

La iniciativa nació de dos mujeres, Blanca Chavarría y Clarisa Muñoz, quienes se empeñaron en que un pequeño salón, ubicado detrás de la sacristía de la naciente parroquia El Santo Evangelio, funcionara como biblioteca; aunque para ello necesitaban el respaldo de los sacerdotes Jerónimo Joris y Daniel Guillard. Los dos eran belgas y asuncionistas, habían llegado al barrio como misioneros y encontraron, en esta comunidad pobre y abandonada, un territorio fértil de ideas y esperanzas. Fueron, en parte responsables, de significativas obras como la construcción de la cancha La Maracaná, el salón comunal y el Colegio Cooperativo (actualmente Institución Educativa La Esperanza). Eran sacerdotes que trabajaban hombro a hombro con la comunidad, algo que generó molestia en las esferas eclesiásticas de la ciudad, y sin dudarlo dieron su visto bueno al proyecto de la biblioteca.

Sacerdotes Daniel Guillard y Jerónimo Joris. Cortesía archivo particular.

Blanca y Clarisa, junto a otras mujeres, se pusieron manos a la obra y conformaron el grupo SERVICOR, cuya filosofía fue extraída de la novela El Principito de Antoine Saint-Exupery: “servir con el corazón”. La biblioteca, que en principio tomó su nombre del libro de Saint-Exupery, inició labores en agosto de 1968 con dos enciclopedias y 600 libros donados por la Biblioteca Pública Piloto de Medellín.

Con el paso de los años, mientras la comunidad crecía, la biblioteca fue trasladada a un espacio diferente, al lado de la iglesia y del colegio; pero este cambio trajo consigo su primera dificultad: la biblioteca fue robada y muchos libros conseguidos con esfuerzo ya no estaban al servicio de sus visitantes. Sin embargo, esto no detuvo a las personas que seguían adelante con este proceso.

La biblioteca siguió su trasegar por la historia, en medio de una sociedad que empezaba a convulsionarse. La violencia ya tocaba varias puertas del barrio La Esperanza, mientras las desigualdades sociales alimentaban uno de los periodos más oscuros en la historia de Medellín. Aun así, la biblioteca se levantaba como un proceso de resistencia, un centro donde nacían procesos culturales para toda la comunidad.

Antigua sede Biblioteca La Esperanza. Fotografía archivo Biblioteca Fundación Familia La Esperanza

Grupos de jóvenes encontraban, en esa humilde biblioteca, un espacio para presentar sus obras de teatro y, entre libros y tertulias, empezaban a convertir sus sueños en proyectos que contribuirían al desarrollo de la comunidad. Para esa época, la biblioteca ya contaba con el apoyo de otra de las obras de los sacerdotes belgas: la Cooperativa La Esperanza, que se convirtió en mecenas de ese proyecto de biblioteca popular y comunitaria.

Medio siglo de luchas

Durante sus primeros 20 años, la biblioteca creció y se estableció como un aglutinador de la cultura en el barrio La Esperanza. Mientras la ciudad se desangraba por la guerra del narcotráfico, la biblioteca adelantaba procesos de formación, organización, fortalecimiento y financiación; con la ayuda de la Cooperativa La Esperanza y de otras bibliotecas populares que nacían en diferentes zonas de la ciudad.

La Biblioteca La Esperanza tuvo, durante esta época, gran reconocimiento entre la comunidad. Las personas que trabajaban para esta institución mantenían la filosofía con que había nacido, pero también tuvieron que ver cómo la violencia golpeó a sus puertas, con los asesinatos de jóvenes que lideraban procesos culturales en el barrio. Afectados por estas pérdidas, en 1985 recibieron una noticia que los dejó más desconcertados: Daniel Guillard, uno de los sacerdotes belgas que contribuyó al desarrollo de la biblioteca, sufrió un atentado a manos de las fuerzas estatales. Mientras se movilizaba en su carro con otros integrantes de su parroquia en la ciudad de Cali, adonde había sido trasladado para continuar su trabajo misional, fue atacado por un comando de 25 hombres del Ejército Nacional de Colombia, adscrito al B-2 y el DAS.

El crimen fue preparado en Bogotá, desde donde se enviaron hombres para realizarle seguimientos al sacerdote, tal como se conoció años después mediante una investigación. Se veía como una amenaza el trabajo que él adelantaba al concientizar a la población sobre sus derechos ya que, según testimonios recogidos en la investigación, esto provocaba que la gente le exigiera mucho al gobierno. Aunque el sacerdote no murió en el atentado, fue asesinado semanas después, mientras se recuperaba en el hospital, por orden del Capitán Rodríguez del S-2 del Batallón de Cali, quien dio la instrucción de quitarle el oxígeno “para ayudarlo a bien morir”.

Este crimen quedó en la impunidad y, aunque el Estado tuvo que pagar una demanda puesta por el gobierno de Bélgica, los responsables pagaron condenas irrisorias o fueron absueltos por la justicia penal militar. El caso conmocionó a los allegados a la biblioteca, pero su trabajo continuó como una respuesta a la violencia que imperaba en aquella época.

Los 90 llegaron con la esperanza de un cambio en la situación del país, pero la caída del Cartel de Medellín generó un nuevo caos, la violencia arremetió contra las comunidades y, en respuesta a ella, el gobierno nacional entregó a la comunidad del barrio La Esperanza el Núcleo de Vida Ciudadana, un sueño de una década atrás para tener un lugar donde se articularan procesos comunitarios, económicos y culturales.

La biblioteca debió abandonar la sede que tenía al lado del colegio para trasladarse a una nueva locación en los edificios entregados por el Gobierno. Era 1994 y el acto de entrega contó con la presencia de las autoridades locales y nacionales. Pero más allá de una nueva sede, la Cooperativa La Esperanza continuo con la administración de la biblioteca.

Nueva sede Biblioteca Fundación Familia La Esperanza. Fotografía archivo cortesía Biblioteca Fundación Familia La Esperanza

A la par, llegó el apoyo de la Fundación Familia, de la compañía Productos Familia, y la biblioteca estrenó un nuevo mobiliario, estanterías y cientos de libros nuevos donados por ellos. El nuevo espacio permitió que la biblioteca incrementara su oferta cultural: cientos de niños, niñas y jóvenes — entre ellos los autores de este reportaje —, llegaban para participar en las jornadas de promoción de lectura, los talleres de teatro dictados por la Corporación Artística Nefesh y muchas otras actividades.

Fin de siglo: ¿un final inesperado de la Esperanza?

La nueva sede sirvió como centro para la resistencia comunitaria. Las organizaciones sociales que se ubicaban en el Núcleo de Vida Ciudadana de La Esperanza buscaban resistir a los embates de la violencia a través del arte y la cultura, pero ello no fue garantía para permanecer al margen de las confrontaciones entre las bandas delincuenciales que operaban en el sector.

En algunas ocasiones, los actos culturales realizados en el Teatro al Aire Libre Soraya Cataño se veían empañados por las balaceras, como fue el caso de un acto cultural realizado en 1996 por los colegios Guillermo Cano Isaza y Ricardo Rendón Bravo. Mientras la gente llenaba las gradas y aplaudía las presentaciones, sonó una ráfaga de disparos que hizo que todo mundo corriera y gritara mientras buscaba refugio. Las puertas de la biblioteca fueron abiertas de par en par por la bibliotecaria de aquel entonces, Eva Inés Londoño, para que todos entraran a refugiarse, así fuera entre los estantes y debajo de las mesas. La biblioteca se llenó al instante y, mientras algunos trataban de cerrar sus puertas, Eva tranquilizaba a los más pequeños y también a los adultos, horrorizados por lo que acababan de vivir.

Una vez pasado el susto, al salir de la biblioteca, el paisaje con que se encontraron fue desolador: la sangre corría por las gradas y en una de ellas yacía el cuerpo de un joven. Mientras algunos buscaban la manera de sacarlo y llevarlo a un hospital, otros sabían que él estaba muerto por los tiros que recibió en la cabeza. Habían arrebatado otra vida, la de un joven que se sumaba a la lista de más de 6.000 asesinados desde los años 80 hasta esa fecha en las comunas 5 y 6 de Medellín.

La biblioteca tuvo que lidiar con estar en medio de una zona de conflicto, situación que comenzó a afectar algunas de sus actividades. Pero también tendría que lidiar con una situación que la llevaría al límite de su resistencia: la Cooperativa La Esperanza había entrado en liquidación y para salvaguardar este patrimonio de la comunidad, la biblioteca es donada a la Asociación Centro de Integración Comunitaria (C.I.C). la cual comenzó administrar la biblioteca desde 1999 contando con la buena voluntad  y el apoyo de la Fundación Familia, aunque el apoyo de esta se quedaba corto para las necesidades que tenía que afrontar la biblioteca.

El C.I.C, organización que administraba la biblioteca, se vio en grandes dificultades para continuar con su trabajo sin el apoyo de la Cooperativa, lo que conllevó a que no pudiera pagar los servicios públicos en reiteradas ocasiones. Las Empresas Públicas de Medellín (EPM) respondían con cortes de luz, por lo que muchos jóvenes y niños tenían que leer acompañados con velas en las zonas de la biblioteca donde la luz solar no alcanzaba.

Pero la persistencia de los encargados de la biblioteca permitió que, aún con las carencias, esta continuara su labor. Algunos jóvenes que prestaban allí su servicio social obligatorio conformaron un grupo de apoyo para que la biblioteca siguiera brindando la atención al público. Este trabajo, voluntario y desinteresado, contribuyó a que los centros educativos del sector también se sumaran a la causa, llevando a sus estudiantes para que disfrutaran de las actividades de promoción de lectura, artísticas y culturales que allí se hacían.

Gracias a esto surgiría un grupo que, además de ser un respaldo para la biblioteca La Esperanza y el C.I.C, concienciaría a varios jóvenes no sólo en las bondades que trae consigo la lectura, sino también en la defensa de sus derechos fundamentales: Club Amigos Barrio La Esperanza (C.A.B.E.).

Integrantes y fundadoras Club Amigos/as Barrio La Esperanza. Fotografía tomada de fanpage.

Movidos por una pasión para servir, pero también por un deseo de no quedarse en sus casas sin mayor ocupación que esperar a que algo pasara, estos jóvenes dinamizaron la oferta cultural y educativa de la Biblioteca La Esperanza; a la vez que realizaron una labor formativa en derechos y de uso del tiempo libre. Tal fue su acogida, que más personas de diversas edades se les unieron, por lo que tuvieron que conformar otros tres grupos (infantil, prejuvenil y juvenil) para que, junto a las demás organizaciones que tenían su sede en el Núcleo de Vida Ciudadana, mantuvieran activos a estos espacios.

Sin embargo, la llegada del nuevo siglo trajo consigo los dilemas de la tecnología: internet ya había ingresado a varios hogares del barrio y la biblioteca, con grandes esfuerzos, logró obtener del programa Computadores Para Educar del Ministerio de Educación algunos equipos que permitieran el primer contacto de algunos habitantes con los computadores.

Las enciclopedias y los libros de consulta ya mostraban su deterioro. El sueño de tener nuevo material bibliográfico se hacía difícil de cumplir, los habitantes de La Esperanza lo sabían y trataban de llevar los libros que sus hijos ya profesionales no necesitaban, para que otros que no tenían los recursos pudieran utilizarlos. Además, el bibliotecario en aquella época, Joaquín Arley Orozco, formaba a los alfabetizadores en encuadernación, para que ayudaran a la reparación de los libros que ya tenían varias décadas siendo utilizados por la comunidad.

Con perseverancia y esfuerzo, C.A.B.E. no desfallecía en su intento de que la biblioteca, fiel a su eslogan, siguiera siendo ese libro abierto al saber; pero la situación se tornaba cada vez más compleja. Internet redujo considerablemente el número de usuarios, a la par que sus finanzas eran precarias. La violencia, que desde hacía mucho tiempo azotaba a La Esperanza, cernía un estigma sobre la biblioteca y el Núcleo de Vida Ciudadana; por lo que a muchos les generaba temor desplazarse hasta allí.

Aunque era considerada un patrimonio y referente en la lucha por el acceso libre a la educación y la cultura, los rumores de que la Biblioteca La Esperanza cerraría sus puertas aumentaron la incertidumbre de su destino. En 2009 la Fundación Familia comenzó a buscar otras entidades que financiaran a la biblioteca para poder seguir funcionando, hasta que conoció el trabajo de la Fundación Ratón de Biblioteca, con la que hizo una alianza para iniciar, junto al C.I.C. y C.A.B.E., el traspaso de administración.

Cuando hicimos una revisión de la historia y de lo que queríamos repotenciar en las bibliotecas, hicimos unos cambios. Conocimos a Ratón y ellos aceptaron la propuesta de darle un nuevo impulso a las bibliotecas. En ese momento también teníamos una alianza con la Biblioteca Piloto que, como el C.I.C. en La Esperanza, operaba otras dos bibliotecas de Familia, Villatina y Raizal, y eso cambió. Ellos dejaron de ser el operador, no salían del todo, pero se quedaban como aliados. Lo que queríamos básicamente era repotenciar todo el proceso que se estaba haciendo, darle un nuevo impulso a lo bibliotecario. Había unas evaluaciones donde se necesitaba otra fuerza para ese tema. Era muy fuerte el trabajo con jóvenes, que era como una extensión; pero la biblioteca como tal, en lo que respecta a los libros y el préstamo, necesitaba mejorar. Y eso hizo parte de la decisión para cambiar”, explicó Mabel Janeth Sánchez, directora de la Fundación Familia.

Izquierda Mabel Janeth Sánchez directora Fundación Familia, derecha Sandra Zuluaga directora Fundación Ratón de Biblioteca.

Una vez estaba listo el nuevo administrador, los cambios fueron más que notorios: además de renovar la infraestructura y el mobiliario (como pintar un colorido mural en la fachada, mejorar la iluminación y ventilación, poner piso de madera, una zona con cojines y recortar algunos estantes para que los niños pudieran alcanzar los libros), se actualizó la colección bibliográfica y la biblioteca ingresó al Sistema de Bibliotecas Públicas de Medellín; a la vez que aumentó su oferta de servicios con talleres de escritura, lectura, estimulación para madres gestantes, entre otros. El espíritu comunitario con que surgió se mantuvo, pero este nuevo aire permitió que la comunidad siguiera haciéndola suya, queriéndola como si fuera su otra casa.

El trabajo que la gente hizo antes de estar Ratón de Biblioteca fue muy importante, porque casi que de mano en mano fue gestándose la biblioteca para que existiera y tuviera una programación. Cuando entra Ratón, se regula el servicio. Es decir, empieza a haber un horario: nosotros abrimos de lunes a viernes de 8:30 a.m. a 5:00 p.m. Toda la colección de esta biblioteca está en el sistema de la Red de Bibliotecas de Medellín, entonces se sabe quién presta libros, por cuánto tiempo, cuántas veces un libro se presta y las características de los lectores, algo para nosotros bastante importante. Hemos hecho talleres de promoción con familias gestantes y hasta adultos mayores, es un proceso que se hace semanalmente. Si una mamá se inscribe en enero, viene todo el año a leer con su bebé, una vez a la semana y por dos horas. Nosotros somos un enlace con otros servicios: quien se inscribe en esta biblioteca, puede ir a prestar a otra de la Red de Bibliotecas; y estamos trayendo constantemente actividades de la ciudad para que la gente sepa qué servicios tiene”, aseguró Sandra Zuluaga, directora de la Fundación Ratón de Biblioteca.

Una esperanza mayor

Jóvenes participantes de actividades de lectura Biblioteca Fundación Familia La Esperanza. Fotografía de Fundación Ratón de Biblioteca.

Hoy, el futuro de la Biblioteca Fundación Familia La Esperanza parece más esperanzador, o por lo menos así lo dio a entender Sandra Zuluaga cuando reveló las cifras de visitantes y material prestado:

Aquí tenemos 1200 personas inscritas que prestan libros de manera continua, el promedio de lectura de los usuarios de la biblioteca es más alto que en la ciudad. En Ratón, más o menos, la gente presta ocho libros al año. En esta biblioteca, especialmente, la colección que más se mueve es la de literatura; y quienes más prestan son las jóvenes mujeres”.

Aun así, que la biblioteca esté en funcionamiento implica unos retos, siendo el de la seguridad uno de los que mayor atención requiere. Si bien en los últimos años ésta ha mejorado considerablemente, es necesario que, como dijo Sandra Zuluaga, “las zonas donde hay bibliotecas sean zonas de sana convivencia, para que los niños puedan venir y estar en la biblioteca”.

En cuanto al sostenimiento y la financiación, Mabel Janeth Sánchez destaca como un logro que la biblioteca cuente con aliados públicos y privados que, además de recursos, aportan una oferta de servicios con los que se beneficia la comunidad; aunque desde la Fundación Familia seguirán buscando “nuevos aliados que puedan entrar al proceso y ayudar con la financiación”.

Otro de los logros es traer nuevos aliados. El proceso de lectura con las madres gestantes, por ejemplo, es financiado por la Fundación Éxito. Eso es muy importante porque hemos logrado no solamente con entidades privadas como esta, sino también con entidades públicas, hacer que la biblioteca sea visibilizada por el sector público y puedan mirarla como un lugar donde también los programas de la Alcaldía, desde la Secretaría de Cultura, pueden desarrollarse. Ese siempre ha sido un sueño para nosotros y es que la biblioteca sirva para otras entidades, que aprovechen el espacio locativo para traer sus programas y beneficiar a toda la comunidad”.

Los aliados a los que se refería Janeth poco a poco empiezan a llegar, como es el caso de Angosta Editores, la editorial que hace dos años creó Héctor Abad Faciolince y que, aparte de sumarse a los festejos de La Esperanza, se alió con Ratón de Biblioteca para difundir su catálogo editorial. Alexandra Pareja, su gerente, destacó que dicha alianza se gestó hace un año y “fue amor a primera vista”.

Inicialmente, queríamos que las bibliotecas de Ratón, que son cuatro y tienen alianza con Familia, tuvieran los libros de Angosta como una forma de expandirnos y que hasta la biblioteca más pequeña tuviera nuestros libros. Lo que empezó con ese propósito terminó siendo una alianza con ellos, hemos fortalecido la relación con Ratón y ellos nos preguntan cosas, somos consultores de ellos, obviamente Ad honorem. Nos interesan mucho los temas de ciudad y hemos descubierto, en ellos, gente que de verdad quiere hacer cosas por Medellín, gente organizada y seria, porque este ambiente cultural se presta para todo y hemos tenido muy buenas relaciones”.

Conversatorio con Héctor Abad Faciolince en Biblioteca Fundación Familia La Esperanza. Fotografía de Fundación Ratón de Biblioteca.

Al preguntarle qué piensa de que una biblioteca popular como la de La Esperanza siga prestando sus servicios, Alexandra Pareja manifestó su sorpresa y a la vez admiración porque la comunidad se encargó precisamente de que ello fuera posible durante 50 años.

A mí me parece increíble, es algo que le devuelve a uno la esperanza porque, sabiendo que son iniciativas privadas que se le ocurren a la comunidad para que lleguen a ser realidad, que duren 50 años y que pasen por todas las que han pasado, me parece increíble. Es un acto completamente altruista y me parece hermoso que una familia desee apoyar este tipo de iniciativas. Y por eso Angosta quiere vincularse con Ratón en todo lo que podamos ayudar”.

Que la biblioteca estuviera llena de gente en la celebración de sus 50 años fue una muestra de que muchos no sólo la consideran motor de desarrollo para La Esperanza, sino que también la llevan en lo más profundo de sus corazones. Aquel día lluvioso se reunieron algunos de sus gestores, pero también profesores, estudiantes, niños, jóvenes, adultos, amas de casa, trabajadores y pensionados, para cantarle el feliz cumpleaños y desear que cumpla 50 años más; además de recordar tantos momentos vividos allí, tantas páginas leídas que le dieron a sus vidas un sentido o alimentaron en ellos una esperanza.

Daryeny fue una de las invitadas más entusiastas durante la celebración. Escuchó a Héctor Abad y al final de su conferencia se tomó una foto con él, pero también se encontró con sus amigas y comió una porción de la torta envinada que tenían preparada para la ocasión. Si en tres palabras definiera a la biblioteca, estas serían encuentro, acompañamiento y apoyo. Y agregaría una más: alegría. Alegría por todo lo aprendido allí, por compartir con sus hijas y nieta el amor a la lectura y la vida misma.

Ese sentimiento también lo compartió Héctor Abad Faciolince, quien a pesar de no haber conocido antes a la Biblioteca La Esperanza dijo, emocionado, estas palabras -quizás recordando las luchas que, en vida, emprendió su padre por quienes no tenían voz; para que la salud, la educación, la cultura y la paz fueran derechos y no lujos:

Me parece increíble que una institución así pueda cumplir medio siglo, me parece muy bonito que tantas personas hayan venido a la celebración de su cumpleaños. Noto en los asistentes un interés verdadero por los libros, la lectura y la cultura. Eso le da uno, como el nombre de la biblioteca, una esperanza mayor”.

 

*Autores: Felipe Sánchez Hincapié y Mauricio Gil Arboleda