Fiesta del libro

Cazar nostalgias

Por:
9 / 09 / 2018

Una ciudad que ya no es la misma, así conserve los nombres de sus calles y algunos edificios. Relato de una ciudad que ya no es.

Sobre el marco de la puerta roja, el aviso: Restaurante bar. Las demás letras están borrosas. Solo una sílaba mantiene intacta su identidad, con esa C y esa A que parecen iniciar una canción. Como la que escuchábamos en nuestras noches de bohemia, en un rincón, camuflados en la penumbra. -Caliente, caliente, eh… oh, caliente, caliente, oh…ah…-, tarareábamos. Levantábamos las copas y nos ajustábamos las capuchas para sentirnos como viajeros incógnitos. íbamos allí después de la clase de seis, a olvidar la formulación de objetivos y la Matriz Dofa.

Éramos cuatro: Mauricio, Carlos, Susana y yo. Susana se ponía paranoica, temía encontrar allí a ese portero que le seguía el rastro como si fuese una hembra en celo. Cada vez que la veía en un pasillo de la ciudadela universitaria, o en la cafetería del bloque 12, o en una taquilla del administrativo, se le ponía de frente y la fusilaba con esa mirada de sátiro, relamiéndose los labios como ante un delicioso manjar. Por eso, además de cubrirse la cabeza con su caperuza, era la única que se dejaba las gafas oscuras. Y en esa doble oscuridad a la que se sometía, lo único que permitía distinguirla eran sus sonoras carcajadas. A veces las vuelvo a escuchar como un tintineo que enciende la noche, pequeñas antorchas que abren paso a momentos lejanos.

Ahora, las paredes de lo que fue el bar están manchadas de aceite, el antiguo patio fue convertido en parqueadero de motos y en una pared hay dos bisagras mohosas que alguna vez fueron soporte de la barra donde se asentaron conversaciones y silencios, donde alguna vez me recosté para recibir un abrazo. Solo indicios quedan de esos viejos encuentros. Estoy en el centro de un laberinto surcado por caminos borrosos y, aunque lo intente, no puedo precisar el sitio exacto donde nos sentábamos, el rincón donde estaba el traganíquel, la pared donde colgaba el cuadro que mirábamos con obstinación cuando la bebida hacía su efecto.

He vuelto en un intento por palpar el pasado, como si este pudiera verse impreso en un libro inmutable. Cazadora de nostalgias. Levantando piedras para recuperar tesoros escondidos. Ilusión de vernos juntos. Pero ya no estamos ahí, y no podremos volver. Aunque las paredes siguen en pie, el lugar es otro. Y nosotros… ahora somos intérpretes de nuevos parlamentos. Con su cuento de la política, Mauricio solo acepta invitaciones a cocteles; y una que otra vez, cuando hace discursos en los barrios, promete devolverle a la ciudad una tranquilidad que dice haber gozado en sus tiempos juveniles. Carlos, por su parte, es un padre de familia ejemplar que reprime a su hijo del encanto falaz de la noche. ¿Y Susana? De ella me queda una pulsera de plata que me legó antes de su despedida. Estuve a su lado hasta que cruzó el umbral, paliando su dolor con masajes y poemas. Es la única que permanece lozana, sin conciencia del paso del tiempo.

El cielo está gris. Es sábado. Muchos, como yo, disfrutamos de unas horas de ocio, mirando vitrinas, escudriñando rincones que nos habían pasado desapercibidos, recordando viejas estancias. ¿Hace cuánto? Es la pregunta. Quiero buscar un libro, uno que me hable de lunas azules, de una barca en un lago, de la textura de la seda. Camino dos cuadras y espero ver, desde la esquina, el parasol verde de la entrada. No encuentro la señal. Me desubico. ¿Habré errado el camino? El viento levanta papeles y polvo. Voy hasta la esquina, me devuelvo. Miro con atención. Ahí está la cornisa de yeso que distingue la entrada al local, pero las paredes están cubiertas por colgandejos, globos de colores chillones, pelotas de hule, flores de plástico. Y en ese abigarrado mundo ya no es posible distinguir los anaqueles que cubrían desde el suelo hasta el techo, repletos de libros donde convivían los sueños más diversos, las más vigorosas aventuras, los secretos revelados.

El santuario ha sido violado y los invasores enarbolan sus banderas después de exiliar a sus ocupantes. Un hombre escudriña cada movimiento de los clientes parapetado en la escalera que antes servía a mi amigo Juan, el librero, para alcanzarme el tesoro deseado. Juan estaba siempre dispuesto a guiarme, como un oráculo que conoce todas las respuestas. Porque él conocía cada rincón, cada colección. Porque cada que abría las páginas de un libro lo hacía con asombro de niño y había brillo en sus ojos ante la primera palabra revelada.

Intento reproducir la escena. Deja sus anteojos sobre el manual de ajedrez que consultó en la mañana. Toma un atado de libros y me dice: esto es para ti, son los que me encargaste. Cuando extiende su brazo para ponerlos en mis manos, su imagen se esfuma. ¿A dónde habrá ido Juan? ¿Cómo podré recobrar su complicidad? No hay allí quién me dé razón de su destino. Lo único que repiten es: Todo vale a cinco mil.

Entonces continúo mi recorrido por la ciudad. Me acomodo los anteojos como si estos me devolvieran las visiones de lo que se ha ido, pero no es posible. La sala de cine se ha convertido en iglesia de mormones, las viejas casonas fueron ocupadas por máquinas de casino o de gimnasio, el flamante edificio del banco exhibe galerías de ropa china y hasta los muertos fueron trasladados del viejo cementerio donde solo quedan algunas paredes encaladas.

Estas calles que transito llevan el mismo nombre, pero no son las mismas calles. Nuevos rituales cruzan sus esquinas. He de aventurarme en sus trajines, descorrer sus límites, virar al ritmo de sus transformaciones. Y hacer, del camino, el presente. Me guía un aviso de neón donde una copa parece alzarse invitando a un trago. Un pájaro vuela de una rama a otra de la ceiba y al pasar deja caer una pluma. Paso mis dedos por la pulsera de plata que luzco en mi muñeca. Es lo único palpable en esta historia que construye mi frágil memoria.