Literatura

Cien años of solitude

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13 / 06 / 2017

A propósito de los cincuenta años de Cien años de soledad, la obra cumbre de García Márquez, nuestro editor recuerda la primera vez que leyó esta novela. Una experiencia de otro mundo y en otro idioma.

Medellín, Liceo Manuel José Gómez Serna (barrio Castilla) 2002

Imagínese a un niño de 13 años (alto, regordete, con gafas sin marco y corte a ras) saliendo del salón de clases como alma que se la lleva el diablo después de que sonara la campana del recreo. Imagínese que ese niño está alegre por librarse de una aburrida clase de matemáticas, religión o cualquier otra materia que no fuera artística, español o ciencias sociales, sus preferidas. Usted supondrá que él derrochará su euforia pateando un balón en pleno patio del Manuel José Gómez Serna, un colegio tan pequeño como una caja de fósforos y que es considerado el “mejorcito” de Castilla. Pero no, el niño prefiere meterse a un caluroso y apeñuscado salón adecuado como biblioteca para gastarse la media hora que dura el recreo en leer lo primero que encuentre: un viejo diccionario Larousse, algún cuento de Jack London, un periódico o una revista Semana del año anterior.

Imagínese que todo eso ocurre una mañana de 2002, año bastante azaroso. Imagínese al niño dentro de la susodicha biblioteca, después de hojear varios libros se encuentra con uno que llama su atención. Es viejo y el fuerte olor que desprenden sus páginas se remonta a décadas pasadas. La portada, sin embargo, es bella y colorida: un follaje espeso en el que aparecen cuatro aves fénix y un hada desnuda. Aunque el libro está escrito en inglés, al niño le resulta familiar por el nombre de su autor: un señor que nació en Aracataca por allá en 1927 y que en 1982 ganó el Premio Nobel de Literatura. ¿Cómo llegó ese libro a la biblioteca? Nadie sabe. Pero para el niño es un objeto hermoso, maravilloso, traído de un lugar que solo existe en la fantasía. Sin aguantarse la curiosidad y sin dominar a la perfección el inglés, comienza a leer en voz baja y con una lentitud agotadora esta sonoras palabras: “Many years later as he faced the firing squad, Colonel Aureliano Buendía was to remember that distant afternoon when his father took him to discover ice”.

En medio de tanta magia algo logra entender y en su mente aparece un tempano de hielo que hundiría hasta a un acorazado ruso. El niño quiere seguir leyendo el libro escrito en esa lengua tan diferente al español que habla todos los días, pero el recreo termina más rápido de lo esperado y debe postergar la lectura para el día siguiente, si es que no se le atraviesa un comic de Astérix o Tin Tin.

12 años después, en 2014, el niño ya es un veinteañero a punto de terminar Comunicación Social en la Luis Amigó, y con deseos de ser periodista musical y andariego. Cuando la soledad es su cómplice a veces se traslada a aquella mañana tan reveladora de 2002. Una sonrisa cargada de nostalgia se dibuja en sus labios y sin que nadie lo escuche dice: “vea pues, yo tan pinchao leyendo Cien años de soledad en inglés”. Tal recuerdo le sienta bien a su alma, y más cuando quiere superar un traumático duelo por el que está pasando; una prima suya falleció en la ciudad de Nueva York tras pasar varios días en coma. Tenía 18 años y también quería ser periodista como él.

Para sanar la tristeza provocada por tan repentina partida, el veinteañero se pone a leer lo primero que encuentre y un día en el súper mercado compra una edición de bolsillo de Cien años de soledad. Imagínese la alegría en su rostro, el alivio inmenso que sintió su apesadumbrado corazón. Imagíneselo luego en el bus abriendo el libro y, de forma impulsiva, leyendo en un inglés más fluido las primeras líneas de tan célebre novela. Imagínese la sorpresa y la risa que se apoderan de él tras interrumpir la lectura. “Ombe, pero si esta vaina está escrita en español ¿Yo por qué la estoy leyendo en inglés?”, dice riéndose antes de continuar con la lectura. Los expertos dirán que al él lo traicionó el inconsciente, pero el protagonista de este relato prefiere decir que tuvo un “delirio macondiano”. Imagínese, un delirio macondiano en este país que es tan pesado como un huevo prehistórico y que a veces se derrite como el hielo.