Mancha negra y furia

Cinco manchas negras con su furia

Por:
15 / 06 / 2018

Palabras que hacen resistencia, que sacuden la mente. Cinco manchas negras que abren un nuevo camino en medio de tanta destrucción.

UNA TRAMA QUE TE NOMBRA

Para recibir una creación,

hay que crearla de nuevo. 

Roberto Juarroz

 

Nada se entiende porque esto no es para entender, sólo para cantar. Para seguir el ritmo quebrado e inoperante de la bestia que calcula y disfruta. La claridad de lo que se asoma, al otro lado de nuestro cuerpo, es una claridad que debe ser transformada, barruntada en el adjetivo preciso, en el verbo cabalgante de los fantasmas. Dentro de mí se libera la primera batalla, la única, la imponderable. Dentro de mí, las catapultas se aquilatan y lanzan bolas de fuego a las mentes cansadas que han sido usurpadas por la literalidad de las cosas, por la realidad aclamada que los rebaños estrujan en sus bolsillos. La dinamita de mis palabras es más fuerte que doce mil guerras mundiales; más apetitosa que la jauría de mujeres desnudas que asombran a los adolescentes. Vengan, apártense de la ya gastada canción y entonemos el himno de la fuerza, de la paciencia, de la creación. Construyamos la vertiente de los dominios del solitario, creemos nuevos dioses y habitemos la fragua y el ágora y la sinagoga que los sueños dejan en las manos de la noche. Anímense a brotar del llanto a que nos obliga la carroña putrefacta del poder. Rompamos la bizantina lucha de los contrarios y pluralicemos el mundo. Los límites ya no son una manifestación de lo imposible. Los umbrales se multiplican y vivimos en ellos como si dijéramos: casa, hueco, piedra. Síganse hasta el cansancio y allí, donde duele el mundo, emprendan más guerras conciliadoras en sus adentros. No abandonen el camino que no es camino, sino hacedura constante, azar, vaticinio. Comulguen con el poema, brinden con la música, atesoren el baile y distribuyan el gesto. Escriban en sus noches agotadas, caminen y enciendan la virulencia con las prédicas que los sujetan. Atemoricen al bastardo, al inmisericorde, al líder que roba debajo de la mesa la comida de los perros. El mundo nos aniquila; pero nosotros, somos más grandes.

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VISIONES TERRENALES

En Colombia: crisis.

En Medellín: vida violenta.

Imagen

 

Supimos el secreto que reposaba en la invocación de los siglos, quizá por esto hemos tenido que recorrer el mundo con las nubes sobre nuestra cabeza. Éramos amigos de la absolución de todo lo que existía y al mismo tiempo censura, inquisición de lo absoluto, de la intoxicada moneda que estremecía a los sacerdotes y a sus ejércitos. Compusimos cantos a favor de la soledad y la locura; instauramos un ataque nuclear desde las habitaciones subterráneas donde el sonido recupera su independencia; transitamos por las calles como quien recupera la voz luego del asalto. Y abrimos la duda; restauramos el brillo exacto de la mirada; revelamos el símbolo sagrado de la iniciación. Pero una noche inmarcesible escalaba nuestros corazones. De ese modo, la alquimia residió en el olvido. Si supiéramos todo lo que hemos ejecutado; si supiéramos en qué momento desenmascaramos a los que nos aman; en qué instante servimos de carnada para que el mundo renuncie a la esperanza y a la humanidad. Aquí vamos, somos salvación y trampa de nosotros mismos. El viento nos trae la podredumbre del árbol que agoniza en la carne de dios.

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MISSA SOLEMNIS

¡Peor que la muerte

eres tú, apresuramiento!

Fernando González

 

¿Para qué diablos íbamos a correr? Las cosas que no han de ser nuestras, no se dejarán coger. Esperábamos con ansiedad, de ahí nuestro caprichoso deseo de concluir. Nos subíamos a la tarima a mostrar nuestra silueta, nuestro traje gangrenado, para que los que nos seguían notaran nuestro hedor. Con dos acordes y una escala coja, elevábamos nuestro pensamiento a las simas que conoció Sísifo. Acampábamos allí, encendíamos la hoja dulce, comíamos de la tierra; compartíamos con el árbol, con el río, con el humo alucinógeno que nos abría la puerta, la única puerta que los antepasados dejaron para nosotros. Algunos cruzaron y no sabemos de su rastro. Otros esperaron atentos y, de igual manera, torcieron el camino. Otros dejamos el humo y de manera centrífuga habitamos nuestro propio espíritu. Algunos tenían miedo; pero eso no es grave, sino natural. Nuestras naves cruzaban el peligro. Día y noche nos estrellábamos contra la conciencia que instaura caminos, que nombra caminos, que pierde caminos. Quizá no hayamos establecido un nuevo dios, pero desnudamos la turba hacinada en las creencias estériles y corruptas. Nacimos a un mundo nuevo, complejo y oculto; abrimos los brazos a nuestra verdad; condujimos el cuerpo que es el alma y que nos festeja y nos padece. Pero también que nos despierta y nos aniquila. Quizá… ¡falta lo que falta!

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MÚSICA SUBTERRÁNEA

Jugaremos en el bosque

mientras el lobo está…

Canción Infantil

 

Del lado de la luz encuentro ahora tu voz, que se aleja de la cerrazón que nos vio correr. Un carruaje nos entregó dos direcciones comunes anunciadas desde una adiestrada distancia. Tu mano y tus labios esperados en la soledad de una noche que se alarga hasta el amanecer, es la dosis de luna que entra a mi habitación perdida en la llamada que le hice al océano. Y tras las fiestas de la usura, volveré a subrayar tu sexo. Dibujo de la memoria que se infiltra en la pudrición de los días marchando hacia la pluralidad de la voluntad. Esa que interroga, modulando sordamente la sinfonía del desasosiego. Suenas mientras escribo. Otras voces entran en mi oído putrefacto de infección diaria, a la manera de quien entorpece el instante creador. Tren loco, libélula mecánica que suena al fondo de la despedida. Carisma contagiado de alaridos. Derrota brotando en mi espalda. Altura de tu cuerpo entonando el ruido sublime y terrible, contagiado con las llagas de un habla fulgurante. Representación en la tragedia que escribirás cuando mi pesada sombra vuelva a navegar. Goce que pido mientras se ilumina la pupila que agoniza. Deseo de tu libertad acompañada por mi palabra y mi intuición en un agrio despertar. Amarte —música de los sótanos— fue el riesgo de mis pasos que han intentado seguir la llamada de tus gritos. La queja de tus guardianes. Tus partituras que quieren acallar la exclamación extenuada de la hambruna. Por supuesto, dándole de comer.

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LA CIUDAD PODRIDA

 

Ciudad mortecina,

inquebrantable y brutal…

¿cómo resistes mi cruz y mi herida? 

Dictado en un sueño

 

Contagiada de horror y odio, la ciudad espanta a los creadores de impetuoso magma. Éstos saben con el poeta que ciegos, debemos contemplar el milagro algún día. Puesto que debemos creer en la esperanza, aunque la esperanza no sea nuestra suerte. Hay quienes piensan, no obstante, que la esperanza es siempre un asunto descortés y poco claro. Y están los que caen destruidos en las fauces de la riqueza y el fanatismo ejercidos por el imperio: útero senil que atrapa a su paso —paso por paso— la nueva lista de los que sangran. Imitando torpemente como larvas vulgares a los dioses pensativos que rechazan la grandeza inoportuna. Insulto sobre insulto, la codicia acordona el valle… y las iglesias —aguijones del sufrimiento— bestiales y sin espíritu, postulan la guerra, la hambruna, la sed. Sístole y diástole, su “amor” henchido de muertos se erige insolente frente a las fuentes del canto con un mono-rezo que roe exigiendo la renuncia, el olvido a la humanidad y su hogar venerable: la tierra. Pero desconocen el sonido que brota del subterráneo: ritmo saludable de atractiva luz, magma incontestable de prolífica sombra: melodía denunciando lo siempre en secreto: armonía diferente del grito salvaje —cada vez más salvaje— que pace en los campos de lo insólito. Desde que vives esta ciudad podrida, tú, música de la familia del mundo, sagrada amiga a quien pido perdón por aprender de mí los demasiados dolores de la existencia; tú, plural horizonte de lo inaudito, desde que vives esta ciudad podrida… ¿no hay en ella una vivaz satisfacción?