Literatura

Cuatro pequeños cuentos

Por:
8 / 08 / 2017

La infancia, el asombro, la inocencia y también el dolor están latentes en estos cuentos que nos regresan a la infancia, cuando el único afán era el vivir.

Mariposas y lombrices

 

Un día le escuché decir a la rubiecita que se sentaba en la esquina del salón de clases que cuando te enamoras se te llena el estómago de mariposas. Estaba en grado tercero, y un día no pude ir a clases. Escuché a mi mamá decirle a la profesora Carmenza que no iba a la escuela porque tenía lombrices ¿Pueden creerlo? ¡Lombrices en el estómago! Pero entonces hoy, que miré esos grandes ojotes verdes, algo en mi estómago se movió. Recordé las mariposas de la rubiecita y las lombrices de mi madre… ahora no sé si tengo una tremenda plantación de mariposas coloridas o si estoy gravemente enferma. Lo que sé es que no quiero ir a clase.

 

El impermeable de Pequeños Ponny

Y entonces la profesora Carmenza nos preguntó una tarde en la clase de español: “Piensen hoy de qué color es la tristeza y de qué color es la alegría”. Yo no comprendí bien la tarea y me sentí un poco ignorante, porque Natalia hizo el trabajo de inmediato y dijo: “La tristeza es azul y la alegría es rosa”. Para mí el azul es muy alegre porque en el mar juego con mi balde y hago castillos de arena, y rosa es el algodón de azúcar.

Entonces esa tarde, en la puerta de la escuela, cuando el abuelo fue por mi primita y por mí y nos llevó el impermeable azul de pequeños Ponny que él nos compró, me fui muy feliz de su mano a casa. Nos contó las historias del pueblo y cuando llegamos salimos al balcón, jugamos con los juguetes que él hacía con papeles rosa para jugar con sombras en la pared. En la noche, mientras hacía mi tarea, dije: la tristeza es negra y la alegría arcoíris, como los pequeños Ponny.

Ese mismo año se murió el abuelo y ahora pienso: definitivamente la tristeza es azul,  como el impermeable que nos dio el abuelo, y rosa como sus juguetes.

 

El vestidito Blanco

Tengo un plan: voy a hacer una casa para hormigas en el patio trasero de mi casa. Mi madre me ha llamado y me ha puesto el vestidito blanco y los zapaticos blancos. “Vamos a la casa de los abuelos”, ha dicho. Entonces preparo mi plan. En el camino recogeré todas las piedras para la casa de las hormigas. Recojo en mi mano derecha todas las piedritas que voy encontrando mientras mi padre me sostiene de la mano izquierda. No puedo ir con mis hermanos, porque no puedo ensuciar el vestidito blanco. Cuando mamá me pone el vestidito blanco debo ser una princesa, y las princesas no ensucian su vestido blanco. Mi padre me ha comprado un helado, así que debo decidir si sostener las piedritas para la casa de las hormigas o comer mi helado. Suelto con tristeza las piedritas… al fin y al cabo hay tantas en el patio trasero. Cuando llegue a casa de los abuelos querré jugar con mis primos, pero no podré hacerlo porque llevo puesto el vestidito blanco. Cuando mamá quiera volver a ponerme el vestidito blanco me meteré debajo de la cama y gritaré. Mamá ha dicho: “Las princesas no hacen casas para hormigas”. Yo no soy una princesa. Las princesas llevan puestos vestiditos blancos.

 

Del por qué mordí al payaso

Para mi fiesta de cinco años mi madre llevó un payaso. Cuando abrí la puerta, lo primero que dijo fue: “¿Tú eres la cumpleañera? ¡Ven que te doy un abrazo!” Y me pegó a su panza amarilla y me enterró un botón en el ojo. Yo me puse a llorar y estaba tan asustada con ese adulto colorido, que me metí debajo de la mesa de los regalos. El payaso dijo delante de mis amigos, con esa voz llorona: “La cumpleañera es una llorona, no quiere venir a jugar con nosotros. Vamos todos a llamar a la cumpleañera”. Era una pesadilla, tantas risas y gritos allá fuera. Entonces vi una gran manota, con una horrenda manga de rayas blancas y amarillas, que trataba de sacarme de debajo de la mesa. Sentí tanto miedo que mordí la mano. El payaso gritó ruidosamente, yo corrí a ponerme detrás de mamá y dije firmemente: ¡No me gustan los payasos!