Cine

Descuartizando a IT, análisis para una generación que acaricia los 30

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19 / 11 / 2017

Desde los guiños al cine, hasta la exploración de la condición humana hacen que IT sea más que una película de terror.

Encuentro con un viejo enemigo del pasado

Los payasos vuelven a estar de moda en su infame (pero más que merecida) condición de villanos en el cine. Desde la aparición del arlequín en las cortes medievales y la idea de alterar los escenarios reales para burlarse del poder, la sonrisa de esta enigmática representación se convirtió en la respuesta a aquello que las monarquías escondían: una máscara para subvertir el orden de la realidad.

El payaso moderno, el que recorre las calles y parques de las ciudades y pueblos, anima las fiestas y encanta en los circos, se nos presenta como una alteración de la realidad. Se ubica entre la lógica arquitectónica y material de avenidas y aceras, semáforos y salones sociales; y la recreación ficcional de puertas a castillos de cartón, globos, escenarios fabricados como meras fachadas a un reino imposible de confeccionar por otra cosa que no sea nuestra imaginación.

Imagen poster oficial. Tomado de Internet.

El trabajo de un payaso es llevarnos a ese lugar de fantasía perpetua, ya sea por la gracia de su enorme y postiza sonrisa o bien por la fuerza de una mano revestida del guante blanco, más allá del telón marrón, con previo consentimiento de nuestros padres y pese a nuestra tímida negación.

Han pasado 27 años desde la primera adaptación y ESO tiene hambre, sabe que es tiempo de alimentarse.

Hoy, 27 años después de aquella nostálgica teleserie, un payaso conjura de nuevo nuestros temores (un par de generaciones entenderán bien esto) y nos invita a la sala de cine -la primera vez que lo enfrentamos fue desde nuestro viejo televisor de perilla- para regocijarse en la exploración de nuestros más profundos miedos, con el propósito de confrontarnos en un segundo round contra los vagos y macabros recuerdos de nuestra infancia.

Imagen película ESO (1986) tomada de Movie Pilot

Nuevo Pennywise, nuevas reglas

Andy Muschietti propone una nueva visión de Pennywise en la primera parte de este viaje audiovisual a la fantasía oscura. Su postura estética genera de entrada algunos reproches caprichosos en los más puristas lectores de Stephen King y nostálgicos amantes de la miniserie de 1990. Personalmente por momentos sentí que la cinta iba muy rápido, descuidando instantes y sensaciones que es necesario transmitir antes de soltar la adrenalina del Hollywood contemporáneo.

Sin embargo, el carisma del elenco sobrecoge al espectador, llena la pantalla (la sonrisa de Sophia Lillis, por ejemplo), y nos gana como aliados de butaca desde sus primeras apariciones. Y ahí está el chiste de esta versión: ¡Queremos que ganen! En una época en la que estamos insensibilizados ante el terror y alentamos al monstruo a que cercene y destripe por fin nos sentimos atraídos por las víctimas y su gesta para vencer al mal, pero en ese camino despierta en el espectador el sentido de peligro, de riesgo: viajamos con estos chicos, nos llevan en sus bicicletas ochenteras, armados de fe en sus propias fuerzas contra el rechazo y el olvido de un pueblo fantasma, contra las mil caras siniestras de ESO.

It vs ESO. imagen tomada de Zoomback.

Las reglas cambian. Nos ambientamos en unos convulsionados ochentas donde decir pito, paja y tetas dota a los chicos de un tono más verosímil, pero más allá de eso podemos adentrarnos en conflictos realistas que tocan desde el abuso escolar hasta el rechazo cultural, pasando por distintos niveles de maltrato y represión de la sexualidad. Se nos ubica en una población tan enferma, decrépita y cobarde que Penniwyse parece un mero observador, un catalizador de toda la oscuridad que emana del odio, el miedo, la misoginia y la ignorancia y, tal vez, por eso es más sencillo enfrentarlo a él que seguir un segundo más en Derry como si no pasara nada.

Un grupo de perdedores más complejo

Cuán difícil es crecer. Desde que vemos a una atribulada Beberly escogiendo el tipo de tampón que debería usar hasta la decisión de enfrentar los miedos que se entretejen en la oscuridad conjurada de una habitación vacía, cada uno de los personajes debe asumir distintas elecciones que los vuelcan a la madurez, tema que se convierte en el corazón de la película.

Henry Bowers, el abusador de la historia, los persigue y odia justamente porque ve en ese “círculo de perdedores” lo que a él se le negó: ser niño. En Derry, los adultos están obsesionados con que sus hijos crezcan: no se les permite la infancia porque esta es sinónimo de carnada y eso nos lleva a un lugar distinto (y más retorcido) en esta adaptación que en las anteriores: el pueblo sabe y el pueblo acepta, sin más, el horror.

Esta idea toma vigencia en una de las pinturas que atrapa el lente de Mushieti, la de una madre con su bebé en brazos frente a un pozo. La madre ha aceptado dar a este bebé en tributo para calmar el hambre de la criatura infraterrena y se convierte en la mejor metáfora de la historia. Cada uno de estos chicos es un cordero llevado al matadero para saciar al mal, para que duerma otros 27 años y ellos, los habitantes de Derry, puedan vivir, por algún tiempo, en cierta calma.

Referencias a corderos hay muchas. El proceso de maduración de Mike (el niño sin escuela) exige tener el tesón para matarlos: “Eres el carnicero o la oveja, hijo, nunca lo olvides”, le dice su abuelo mientras le obliga a empuñar el arma. También, cuando los Perdedores descienden a la guarida de IT, Henry Bowers al subir la soga imita el balido de una oveja, primero para reforzar la idea de lo que los chicos representan y segundo para hacer uno de esos grandes guiños de los que está plagada esta cinta, en este caso a The Silence of the lambs de 1991.

Conforme avanza la historia los temores de los perdedores se complejizan, se hacen menos obvios. Para Penniwyse, en cambio, es fácil atrapar infantes porque sus miedos son simples.

Imagen tomada de notasdelquijote.com

Todos temimos en algún momento a la oscuridad, lienzo virgen para nuestra imaginación. Todo lo que podemos crear en ella es infinito, tan grande como nuestra mente; IT usa eso. Pero conforme vamos creciendo nuestros temores transmutan en frustración, apatía, desencanto, fracaso. En la medida en que envejecemos nuestra mente se hace más confusa, de ahí que se justifiquen los niños como carnada y que la representación más común y atractiva de esta criatura sea el “Payaso bailarín”.

La ventaja del grupo de los 7 es que, mientras más se adentran en el terror, más fuertes se hacen unos en otros, en un círculo primigenio contra el que la oscuridad se choca: Beberly encara al padre, Eddie, a la madre. Mike asume su rol en el matadero, Stan celebra su ceremonia de transición a la adultez, Richie enfrenta su temor primario para ayudar a su amigo y Bill, pobre Bill, debe cerrar el duelo de su hermano menor y aceptar que murió. Una vez reúnen este poder como tribu son capaces de encarar las luces de la muerte y las trampas del macrocosmos, que en la narrativa de Stephen King es un universo superior que contiene al nuestro, y que se explica detalladamente en otros relatos como La Torre Oscura y es la justificación ficcional de monstruos y criaturas como IT.

Llegados al final hubo mucha expectativa sobre cierto pasaje del libro en el que Beberly tiene sexo con cada uno de los demás chicos y así puede guiarlos a la salida de la madriguera. Para el espectador agudo habrá sido más que claro que esto sí ocurrió, por supuesto con la sutileza del lenguaje cinematográfico y usando como recurso algunas metáforas visuales: el pacto de sangre, la expresión de placentero dolor de Beberly cuando Bill la corta, el último beso entre ellos dos y el rastro de sangre en la tierna mejilla de Bill, todo esto como representación de lo que en la novela se llama “el pacto de Chud” y luego de descender a “eso” que desconocen, pueden “volver a ser chicos otra vez”.

Cine dentro del cine, tantas referencias como el ojo alcance

Si ya mencionaba anteriormente la referencia a The silence of the lambs, definitivamente no es el único guiño (y habrá que decir en algunos casos homenaje) que se encuentra en la nueva cinta de Warner Bros. Desde el principio nos muestran posters de The Thing (John Carpenter, 1982), Beetlejuice (Tim Burton, 1988), Batman (Tim Burton, 1989) y A nightmare on Elm St. 5 (Stephen Hopkins, 1989). Pero más allá de estas pistas entre planos, vemos situaciones que nos recuerdan otro mar incontenible de cintas que se han anclado al subconsciente colectivo de la cultura popular y que en IT regresan con fuerza para ambientarnos en una época más simple, previa a la bruma digital.

Cuando Goergie pierde el brazo, la escena es interrumpida por el plano inserto de un gato que lo ve todo. El espectador contempla el horror a través de lo que imagina que el gato ve. Ya en Alien (Ridley Scott, 1979) y Cementerio maldito (Mary Lambert, 1989) se nos presentan escenas semejantes con el horror fuera de campo. Y hablando de Alien, fue imposible no pensar el en facehugger, pegado al rostro de Stan en la forma de la mujer desfigurada, anclada a él por sus dientes.

Beberly en el lavabo nos presenta dos imágenes de un poder visual perturbador. Primero acude a las voces de los niños perdidos mientras el lente se instaura dentro del desagüe, como si se tratara de la garganta de alguien, y los cabellos y la suciedad que emanan de ese lugar surgen como telarañas dignas de una pesadilla de Freddy Krueger, por no mencionar la sangre a borbotones que evoca la muerte de Johnny Depp en A Nightmare on Elm St. (1984). Luego, Beberly bañada en sangre mientras su padre niega lo que está ante sus ojos, esta atmósfera tan intimista me recuerda a Carrie (Bryan de Palma, 1977).

La casa siniestra de Neibolt St. Nos lleva a la entrada de la cueva más profunda. Un grupo de chicos frente a una casa embrujada es una imagen muy común en la historia contemporánea del terror, por mencionar un par de referencias claras traería a Salem’s Lot (Tobe Hooper, 1979) y Fright Night (Tom Holland, 1985). Una vez dentro de esta mansión embrujada las pruebas que enfrentan Bill, Eddie y Richie se componen con una estética de locura infernal al mejor estilo de Evil Dead (Sam Raimi, 1981) y Hellraiser II (Clive Barker, 1988).

Otras referencias más actuales están ancladas a quienes iniciaron este proyecto. Los hermanos Duffer, creadores también de la exitosa serie Stranger Things para Netflix y cuya estética guarda los mismos códigos temporales de IT: pueblo pequeño, los 80, rock n’ Roll, niños aventureros que se unen en sus soledades y bicicletas surcando calles pequeñas hacia grandes peligros. Aquí, la suma del estilo Spielberg y de Stand by me (Rob Reyner, 1986) se encuentran con la propuesta de los Duffer de redescubrir las virtudes de un subgénero atrapado en una época que, gracias a las tendencias de “recuperación de lo viejo”, pueden ser rebobinadas y re-producidas en la era de la alta definición.

“Esta IT divierte pero no asusta tanto”

Nada será nunca más subjetivo que el miedo, porque cada uno de nosotros guarda cosas en la mente que ni siquiera comprende. La habilidad maestra detrás de esta adaptación consiste justamente en explorar hasta el cansancio todas las formas de terror posibles.

Muchas fobias son exploradas a lo largo de la película, siendo la más constante la coulrofobia (miedo a los payasos) que vemos, entre otras muchas escenas, en el baile de Pennywise. Sé que para algunos esto da más pena ajena que miedo, pero si me preguntan a mí, tuve que esconderme tras la montaña de crispetas para no enloquecerme mientras el payaso bailarín hacía de las suyas. De igual forma su aparición de contorsionista en Neibolt St., y la burla al asma de Eddie se convertirán en referentes legendarios del género.

Otros tipos de fobias aparecen de manera más rápida, como la claustrofobia (miedo a espacios cerrados), la gerontofobia (miedo a los ancianos), pedofobia (miedo a los niños), musofobia (miedo a las ratas), caetofobia (miedo a los cabellos sueltos), oftalmofobia (miedo a sentirse observado) y otros temores que están allí, en cada proyección que veamos, guardados y encriptados para múltiples destinatarios.

Como si la enumeración anterior fuera poca, cabe decir que aquellos que padecimos (en el buen sentido) la miniserie de los 90 acudimos a un encantamiento tan simple que era muy efectivo para aterrorizarnos y hacernos ver a Tim Curry entre cobijas. Personalmente la escena de la ducha siempre fue mi favorita por la irrupción del espacio íntimo. Como muchos, pasé semanas revisando el desagüe antes, durante y después de ducharme. Era el temor de un niño.

Ahora, Bill Skarsgard me transmite otro temor que supera al payaso: el temor a un pueblo impávido donde no hay un solo adulto funcional, donde todos están embrujados por el olvido, donde recordar está prohibido. El temor a un pueblo sin memoria y que entrega a sus nuevas generaciones al matadero.

“Por esta vez me lo llevaré sólo a él y tomaré mi larga siesta y ustedes se irán para tener vidas largas y plenas, hasta que al final de sus días envejezcan y regresen a las profundas y oscuras raíces de la tierra”. Tal frase se me incrustó en los huesos mientras disfrutaba de la proyección. Ahora que hemos crecido nuestro mayor temor es vernos a nosotros mismos envejecer, imposibilitados para detener el paso agresivo del tiempo.

El cierre de la cinta podría guardar una ligera pista de lo que tendremos en la próxima entrega: cada uno de los chicos deja el círculo en el orden en que abandonan la historia en el libro, comenzando por Stan, cuyo temor a IT radica en la no-comprensión lógica de la criatura (su temor es una mujer con el rostro desfigurado, una abstracción que no cabe en su lógica); Mike, el voluntario para cuidar el umbral de Derry y mantener el faro encendido; Eddie y Richie, cuyo recuerdo de amistad los mantendrá con vida hasta el siguiente enfrentamiento; Ben, Beberly y Bill, cuyos destinos parecen estar unidos por una letra inicial y la resolución final más allá del terror.

Puntaje lateral: 8.5 de 10 (el 10 está reservado para el capítulo 2).