Mancha negra y furia

Ecos del subsuelo (uno)

Por:
27 / 06 / 2018

Una reivindicación de la música como energía creadora, grito que expresa lo que a veces no se puede decir, energía transformadora que emerge del subsuelo

Las iglesias han muerto,

en sus nichos anidan gusanos.

Georg Trakl

También los dioses se descomponen.

Friedrich Nietzsche

 

Hay momentos en que el ejercicio de la comprensión no se puede equiparar al estallido de la expresión. Expresarse, en cierto modo, es abusar del lenguaje, nos enseña Hugo Mujica. El subterráneo ha sido ese exceso: silencio y grito. Grito que se silencia en la familia del mundo, en su corte mística. Custodia de la joya en el cofre de la resistencia, pues, como decían un poeta y su lucidez: habrá que resistir hasta que pase la inflamada codicia.

Como realza el ya mencionado Mujica: en el grito no se busca significar, sino expresar: salir. Y los metaleros, punkeros y hardcoreros quieren nuevos sentidos, nuevas valoraciones, otras gramáticas. Buscan inaugurar un planeta. Por eso gritan: para salir de la trampa del político y del sacerdote, del maestro; para curar la herida del nacimiento des-naciendo. Y con la música de la vida, ser lo vigoroso de la ausencia; no la ausencia como tal.

Quizá, como cantaba silenciosamente el poeta francés René Char, si gritas, el mundo se calla: se aleja con tu propio mundo. Pero ¿qué hacer con esta estampida del hombre actual? ¿Frenarlo en silencio? ¿Encararlo fantasmalmente a su propio suicidio? ¿Cómo, sin un “¡detente!”? ¿Tal vez interrogando entre susurros su alarido? ¿Quizá hablándole como jorobado a su joroba y empujándolo al inminente abismo? ¿Dejando que se abisme sin darle ninguna señal?

Porque se ha olvidado escuchar lo que antes era sagrado: el rumor del viento, el correr del agua, la crispación del fuego, las metamorfosis de la tierra, su liviandad. Ahora amar —no el amor—, amar, no significa nada para una humanidad que acelera su propio abandono en la arremetida del consumo, del pensamiento calculador y sus trampas.

Los habitantes del subterráneo, sin embargo, van irguiéndose para saciar la sed; para brotar de la noche como el rayo que anuncia la tempestad y el nuevo comienzo. Van con su heroísmo negro por las calles de las brutales masacres para fundar la fiesta, la incansable voluntad del que se exige y se dice “sí” a sí mismo, superando la bestialidad virtual, las fronteras invisibles. Haciendo de sus atropellos una canción, no un drama.

Van ensalzando con la tragedia su existencia y, al que sufre, le ofrecen la bebida de la crueldad dulcísima. Van sin miedo por los territorios de lo peligroso, de lo terrible, de lo problemático. Van siempre tendiendo al asombro capital que les muestra el estar y su finitud. Pero también al desencanto ante el fango que rodean y buscan aniquilar con un ataque de sonido. Con el nuevo rugido de la ciudad por la que vuelven.

El subterráneo ha guardado la mancha negra y la furia en músicas que, indómitas y ocultas ahora, después de padecer, traen y arrancan el más alto entendimiento: saber que la vida copula diariamente con el vacío como en la boda de los asesinos y la infancia. Y también siente que, aunque todo esté perdido, el apropiamiento de la salud es el regalar y el agradecer. Imaginar cómo la vida podría hacerse vivible y lograr que suceda.

La cueva donde los músicos de las cloacas establecen su iniciación es éxtasis ruidoso y, al tiempo, alimento de lo proteico que hace circular su sangre en el conocimiento de sí, agotando la vida en la vida. Conjugando la voluntad de crear que desentraña lo nunca visto, con el momento del destello que preña y el necesario trabajo de alfarero, su jugada maestra. Porque crear es aceptar el decir de lo que está por decirse.

El sonido no puede ser representado. Por eso, la música sólo se vive en la emoción y, por tanto, aduce a un cuerpo que piensa a través de las sensaciones y que se deja llenar para ser vehículo de una erótica viva, siempre actual. Misma que el subterráneo reconoce como una canción hecha por todos los que se aman a sí mismos y pretenden un amor entre todo lo viviente, su entrañable relación. Esos hombres y mujeres peligrosos que se contraen en una revolución interior y se exponen en las calles del desamparo que los erige como la montaña que une tierra y cielo.

Preparar la guerra —lo repiten— es propicio para llegar a una meditación sobre ellos mismos que los vincule con un mundo llamado a desparecer. Sus diferencias no anulan los parentescos que los convierte en cataclismo de su más grande anhelo: recurrir a la hermandad, no en el sentido teológico que funda una iglesia, sino en la voz que quiere desbancar la hambruna y la desgracia con una esperanza —quizás escéptica— impulsada por un “no” para alcanzar un “sí”.

Su grito es carne y aliento, tierra y giro celeste; es ser bramidos y un nuevo lanzamiento de dados; es un culto a la existencia intensa y extrema, una emoción vivida sin disimulos. Su grito es ser la desgarradura, la alegría, la conquista de esa sed antigua que despierta lo por venir. Su grito es advenimiento del origen. Su grito es uno y múltiple. Es ser la fiesta de los cuerpos que se embriagan en su expansión continua; que buscan lo naciente, su pretendida prolongación. Pues el propio mundo está en juego.

Un sueño de hombres y mujeres que abrazaron un caballo antes de enloquecer, peleando con gigantes que fueron derrotados como los que ahora vienen para avasallarlos con golosinas delicadas de oro ensangrentado, se hace videncia acontecida. Pero sus latigazos son hallados en la corriente procedente del deshielo de la religión y la política. Su condena ha terminado y suenan las trompetas y se inicia con ellas una exclamación devastadora y resistente que no niega ni la ganancia del río que fluye, ni sus desbordamientos que exacerban el delirio.

Pero hay que considerar seriamente si existen todavía fundamentos para que surja una humanidad que vuelva a creer en la palabra, en el honor, en la sabiduría y en la voluntad de crear; si es una tontería sembrar en un planeta que ha mutilado la mutua ayuda; insistir en una equidad económica, de dignidad y de conocimiento donde la familia del mundo se convierta en una comunidad que elogie al otro en su desnudez y lo proteja; donde la conciencia poética active —con actitud viva— las palpitaciones del mundo naciente, el heroísmo de la música.

Donde se establezca un sentido que profundice y propicie el aumento del éxtasis; donde todos puedan ser nombrados con un “nosotros” en una múltiple unidad planetaria que respete la individualidad, las consignas de quien calla, los silencios de una ciudad agitada donde hombres y mujeres se obedecen a sí mismos y reciben con propiedad al diferente, enalteciéndolo en las coincidencias que lo hacen un próximo.

Una cultura que ofrezca a los niños y jóvenes una vida en la que los éxitos siempre estén emparentados con los fracasos, con los desengaños y las frustraciones que les son propios. Una educación que proyecte un pensamiento crítico, libre, con decisiones posibles para lograr el respeto de una corporalidad que pueda gozar de otros cuerpos y sepa cuidarse al momento de la caída en medio del baile, de esa fiesta que nos devolverá la ineludible soledad. Un cuerpo que efectivamente desaparecerá con todo lo que el ser es: cuerpo plural de nuestros sueños.

¿Todo esto podrá ser llevado a cabo por la música? ¿La música con sus luminosas y cavernarias dentelladas podrá ser utilizada con un fundamento semejante? Lo pregunto porque como lo poetizaba el chileno Pablo de Rokha:

La soledad heroica nos confronta con la ametralladora

y el ajenjo del inadaptado,

y nos enfrenta a la bohemia del piojo sublime

del romanticismo.

Entonces, o ejecutamos como ejecutamos

la faena de la creación oscura y definitiva

en el anonimato universal arrinconándonos,

o caemos de rodillas en el éxito por el éxito

aclamados y coronados por pícaros

y escandalosos,

vivientes y sirvientes del banquete civil,

acomodados a la farsa, comedores en panteones

de panoplias y botellas metafísicas…

Todo, porque la creación es cada día menor y la prisa de figurar es mayor. Porque ahora nos deslumbra el código de la popularidad que nos ha puesto de moda y, por tanto, nos convertimos en un anhelo decadente que olvida gritar, aullar, dar alaridos a diestra y siniestra porque la domesticación ha logrado cortar nuestra fuerza.

Lo pregunto porque tal parece que ahora la meta es la notoriedad y el dinero; ser escuchados por más público con ínfulas de artistas mejores; negar la posibilidad de una vida que no necesite pedir perdón ni permiso alguno para ser vivida; forjar ejércitos que aplaudan y adulen nuestro cansancio; olvidando el compromiso con una forma de vida que ahora se ajusta al mercado y sus ínfulas de libertad, que sólo pasan de ser un espejo de aquellos inútiles dominadores amaestrados.

Lo pregunto porque —a pesar de lo anteriormente dicho— tenemos el imperativo categórico de ensanchar la gran dignidad de la vida humana: acabar con la humillación del hombre sobre el hombre y crucificar al tirano como aquella dulce estrella a la cual mataron nuestros hijos, para que yazca como yacen yaciendo los muertos adentro del mundo.

Ya es la hora y debemos propiciar una nueva entrada en las cloacas para rescatar las partituras asesinadas. Es un compromiso con nuestra intimidad recorrer los rincones del laberinto que nos abrirá al amor de cada eco solar. Es imperante levantar vuelo para no ser una caída mentirosa y no seguir arrastrando la pena al ignorar la trayectoria del cóndor. O nos atrevemos a convertir la espina en flor para redondear el relámpago, o sólo seremos sangre podrida cayendo en el vertedero, además de perder la oportunidad de iluminar la escasa amistad que nos queda.

Porque ya es la hora y en este inminente naufragio del mundo nuestra ceguera ni siquiera presiente la obcecada derrota.