Música

¡Fuego, death metal y 666 llantas humeantes!

Por:
20 / 09 / 2017

Puro Death Metal fue lo que se escuchó en el tour de la banda estadounidense Inferion por Colombia, entre el 2 y 6 de agosto del presente año.

El conductor del tour era el más perdido del mundo: 17 horas de viaje de Pereira a Santa Marta, hermano. Seis ciudades y las bandas más improbables a salir de gira juntas por la variedad de géneros. A veces se ven festivales donde a lo sumo hay dos géneros, pero en este habían bandas colombianas de Trash, Death, Heavy y Black Metal, además de Inferion, la banda gringa de Black Death Metal que para esta ocasión contó con un baterista colombiano, Eddy Sepulveda, quien también está en la banda colombiana Luciferian; un sólo bus y que a alguien se le haya ocurrido todo esto era para mí un sueño hecho realidad.

Dos días antes, cuando subía al aeropuerto José María Córdova, me preguntaba a quién penes se le ocurrió este desmadre: ¿A Eddy, a Ray o a Nick de Inferion? ¿O tal vez desde Pereira a Alex de Shadows and Chaos? ¡Yo qué voy a saber, güevón! Me contesté a mí mismo, embotado por el sopor de los buses que lo trepan a uno a Rionegro.

Y uno qué se va a imaginar que lo van a contratar pa’ pasar bueno, oír música chimba todo el camino y más en cada show. Se venía era pura fiesta, tanta que hasta se me podría olvidar el trabajo, cosa que a veces pasa aunque sin duda los ñoños dirán: “a mí no me pasa”. En fin. Llegar a Bogotá siempre será una situación encantadora y más si llegas volando… pero en avión, no sean malpensados. No está de más decir que amores y odios se generan allí, pero en este caso, por fortuna, fueron más los “endemoniados” amores que los odios.

La cita sería en Ozzy Bar. Jamás había entrado allí y menos tan bien acompañado. Sí, ya sé lo que algunos dirán, pero déjeme decirles que soy honesto y así fue, era primera vez que pisaba ese lugar y con tan buena compañía. El bar está diseñado para hacer un muy buen show, hay un hall para venta de mercadería que a su vez funciona como zona de descanso, una entrada con vía al escenario y la tras escena, y amplias gradas para el público. Y claro, mesas.

Inferion, la banda que por medio de su guitarrista Ray Mitchell (amigo y “primo” político mío) me invitó a participar como fotógrafo Oficial del Holiday in Colombia Tour 2017; ya había estado aquí en 2013 y 2015 tocando junto a otras bandas. Yo no había tenido el gusto de oírles y mientras esperaba a que llegaran las bandas y también Ray para saludarlo, hablaba con mi hermosa acompañante, Lila Ganesha Coronado, modelo, artista del performance y entusiasta fan del metal quien esa noche, en un sensual ritual performativo, presentaría a Sacrofobia, una de las bandas bogotanas que abriría el show junto a El Sagrado y Ataque de pánico.

Ataque de pánico Ozzy bar Bogotá

Al primero de la banda que vi ingresar a Ozzy Bar fue a Nick, quien pasó acelerado frente a mí con equipos y maletas junto a Frank, el bajista, Ray, el guitarrista y los Rodies en Colombia. Salvo el encantador y curioso detalle del parentesco que tengo con Ray, también conozco a Anita, la esposa de Nick: ella es un sol de mujer y deja ver el amor que guarda por la banda y por el trabajo de Nick. Me levanté a saludarlos y hablé con ellos un rato, les tomé un par de fotos con gente del bar y empecé a balancear blancos en ese mismo lugar para así estar listo antes del performance blasfemo.

Inferion Cartagena Dogma ensayadero

Esa fue una noche de amigos y de fans inesperados, muy íntima por cierto. El show de todas las bandas fue demoledor y a los presentes nos dieron una descarga de fuerza. Debo decir que empezar esta gira con ese ambiente y a esa velocidad fue lo justo. Pensé que en Medellín y Pereira, próximas paradas del tour, saldrían aún más frikis y loquetos apasionados por el metal, de esos que dejan hasta el último cabezazo con cada voliada de mecha. Y así fue.

Llegamos a Medellín junto a Inferion. Su show sería en Nuestro Bar, que para mí no es la mejor elección para hacer un show ya que la distancia y las vías de acceso hacen que sea difícil llegar, además de que es un lugar con un espacio reducido. Allí confirmé mis sospechas sobre Nick: el hombre estuvo en Irak combatiendo como soldado estadounidense. De hecho, uno de los álbumes de Inferion, The Desolate, tiene como foto de portada las orillas de la base Cobe Speicher en Tikrit (Irak). Yo si decía que tanta “rectitud” era digna de un militar, pero esa actitud era sólo para disimular su ácido sentido del humor. Las bromas que se hacían él y Frank eran muy graciosas, lo cual me dejó ver otra dimensión de su personalidad. Frank, por su parte, es un tipo súper tranquilo y genial que además escribe libros de vampiros. Él y Nick son muy buenos amigos, y la buena energía de ambos quiebran los estereotipos y juicios de valor más bien pendejos creados por el statu quo, que a la final lo van jodiendo a uno y lo hacen partícipe de las contradicciones que están a la orden del día.

Hell wrath. Nuestro bar. Medellín.

En Nuestro Bar tuve la oportunidad de hablar más con los chicos encargados del tour y también saber qué piensan de esta osadía y terquedad de rodar por Colombia con unas bandas de metal. Allí el show fue también muy íntimo y los asistentes dejaron ver su entrega por la escena moviendo cabezas, aplaudiendo a cada banda con fuerza mientras vibraban con los acordes de estos posesos. Hasta John Fredy Mejía, vocalista de la banda antioqueña asentada en La Florida (Estados Unidos) The Glorious Death, pasó a saludar y compartir con los que se presentaron en aquella demoníaca noche.

El final del tour se aproximaba. De Medellín salimos en bus rumbo a Pereira a las 2:00 a.m. Estábamos cansados y con el sueño justo para caer muertos, pero una vez en Pereira fuimos muy bien recibidos. Sin duda es un encanto de ciudad, sobre todo por la gente que apoya este tipo de eventos. Debo admitir que sin ellos muchos de los requerimientos del show, y también algunos caprichos personales, no se habrían cumplido, así que aprovecho este espacio para agradecer a María y Bryan, que de manera entusiasta estuvieron muy pendientes de la logística y la comodidad de todas las bandas.

holyforce oz bar pereira

Holyforce. Oz bar Pereira

Oz Bar fue el lugar escogido para el show. Tal como lo afirma “Caliche”, su propietario, está disponible 24/7 para el metal y allí, nos recibieron muy diligentes y amables, un detalle digno de admirar, más en este mierdero de país donde uno ya no sabe en quién confiar.

Allí también se presentaron Shadows and Caos y Katarsis de Pereira, así como Perpetual Warfare y Holyforce de Bogotá, Hell’s Wrath de Tunja y Resistencia al Olvido de Yumbo (Valle del Cauca), bandas que llenaron de energía todo el escenario y que fue respondida con frenesí por todo el público. Todos disfrutaban, pero yo me la pasé sudando como sudé en Bogotá y Medellín: la angustia se apoderaba de mí, debía luchar con las luces o la ausencia de ellas, y eso que trabajé con el lente más luminoso que tengo pero tuve que hacer de tripas corazón, buscar los hilos de luz que podía atrapar y jugar con eso, además de usar el flash que definitivamente no uso. El show terminó a la madrugada y el tour en bus continuó. Empezaba el éxodo a un nuevo y caluroso destino, Santa Marta, y con él las maletas y los instrumentos no dejaron de desfilar dentro del bus, aunque luego el conductor, como si estuviera jugando Tetris, tuvo que hacer mil maromas para poder organizarlo todo.

Shadow and Chaos. Dogma Ensayadero.

Una vez en marcha el ambiente dentro del bus se tornó totalmente metalero. A pesar del cansancio hubo un espacio para relajarse de diferentes formas… ¡Y de qué formas! Lo único mierda fue la música: ¿de dónde satanaces sacaron la idea de poner música a bajo volumen en un bus lleno de metaleros? Sí, lo sé, después de los shows todos querían dormir así fuera en las sillas, aunque siempre hubo hotel a su disposición. Es más, unas rayitas de volumen no le habrían hecho daño a nadie y hasta bien áspero habrían hecho el viaje.

Antes yo me había subido al bus como un paisano cualquiera; algunos me conocían, mientras que otros empezaron a conocerme. Pese al bajo volumen de la música, el ambiente fue realmente cálido, con chistes y abrazos, fotos y selfies, ¡obvio!, pero en un rato sentí el peso del día y me quedé dormido. Nada qué hacer.

Me desperté en la mañana, con el puto frío de los buses que te cala hasta la médula y los ronquidos de Frank resonando como un trombón. Cuando se despertó algunos empezaron a tomarse fotos con él y fue la sensación de la mañana. “¿Cuánto falta?”, me preguntó y yo le respondí que no sabía dónde íbamos. Le dije que estábamos a cinco horas de nuestro destino, después de viajar diez o algo así. “¡Deberían faltar dos!”, gritaron desde las bancas de atrás un poco fastidiados y aun así reímos por no llorar, como diría Carlos “Neus”. En fin, llegamos a Santa Marta casi después de mediodía, hartos del bus y de un viaje que llegó a durar las 17 horas o más.

Nos bajamos a estirar hasta la mente, estar doblado en un asiento tanto tiempo me hizo sentir como un objeto: yo que mido 1,84 iba como carpeta de colegio. Busqué dónde estirarme y mientras algunos se registraban en el hostal Ray me hizo una seña con la mano y fui hacia él. “Cuz, we need a Uber. You and all the band go to Rodadero”, me dijo y de la emoción mis ojos empezaron a brillar como los de una bendecida y afortunada. Necesitaba descansar, a lo bien, y qué mejor que en la playa.

Pedimos el Uber y nos llevó hasta El Rodadero, donde nos relajamos y recargamos energías suficientes para luego ir al bar. Como mi hermana y sobrina viven cerca las llamé porque quería verlas y ellas, muy amables, nos llevaron comida. Comimos y con el estómago contento ellas y mi cuñado favorito nos acercaron en su auto a Bumayé Temple Rock y Metal, donde se realizaría el show.

Bumayè Templo rock y metal. Santa Marta.

Jamás pensé que Santa Marta tuviera fans del metal tan apasionados, pero en Bumayé pude conocer a varios. “Una fuerte escena caribeña, mi hermano. Aquí en la Costa gozamos el metal y lo vivimos”, me dijo un metalhead caribeño con un acento muy propio. Amé cada momento en ese lugar, aunque hubo caos, fuego, sangre y hasta riñas fuera del bar. El show corrió por cuenta de una banda de Black Metal del Atlántico con una puesta en escena bestial: cabeza de cerdo muy cerca al micrófono, letras de ultratumba, compa, aunque eso no es lo que uno espera de un concierto. El ánimo estaba muy caldeado; ron, calor y metal, ese combinao’ es heavy y los desmadres de la noche dilataron el concierto, que entre otras cosas tuvo que alargarse debido a los incidentes provocados por algunas personas y la banda en mención, cuyo nombre nadie pudo ni quisieran recordarla.

Una que sí recuerdo fue AK-47, también del Caribe. Era una mezcla de rap metal con hard core sin duda impresionante, pues la fuerza de sus letras, claramente anti gubernamentales, dejaban ver cómo en Colombia la gente sí tiene rabia y la argumenta cantándola. Jamás he despreciado la rabia de la gente, ni que la manifieste de la mejor manera que le sale, pero menos mal estos manes de AK-47 no se dedican a dar bala, porque de seguro les iría bien duro en combate.

Nick y los chicos de Inferion quedaron impresionados con el nivel de entrega y pasión que pudo confundirse con agresividad, aunque en muchos casos lo fue. Aun así, sintieron que estaban frente a un público que recibía su material con la fuerza de un metalhead: muchos subieron los brazos o hicieron con la mano la señal de devils horns en una muestra de clara vehemencia, como si moviéndola de atrás hacia adelante estuvieran invocando al mismísimo putas, al tiempo que movían la greña como si no hubiera mañana, ni hernias en los discos cervicales.

Cuando el concierto por fin terminó sentimos todos un descanso, ya que estaban cansados de viajar y la adrenalina del show a muchos se nos agotó. Me fui con Ray y los que cabían en el carro, aunque pese al cansancio luego nos pusimos a beber, con vista al mar, hasta casi las 3:00 a.m. Teníamos el espíritu embriagado pero ya era hora de irnos a dormir, debíamos levantarnos a eso de las 9:00 a.m. para nadar en la playa, desayunar y tomar el bus que nos llevaría a Cartagena, última parada del tour.

A pesar del madrugón estaba psicológicamente preparado para soportar de nuevo el puto frío del bus y también los ronquidos de Frank, a quien le tomaron selfies con la boca abierta. Hubo risas, chistes y fraternidad masculina en exceso, pero luego nos pusimos a dormir, ya que Cartagena nos esperaba para el último show de este tour metalero.  A esta altura del viaje era inevitable sentir un poco de nostalgia, pues a pesar del vértigo y de las cosas fugaces allí vividas — dignas de repetirse por lo entrañables— fue una gran oportunidad para crecer en muchos sentidos, como fotógrafo pero sobre todo como persona.

Llegamos a Cartagena y resultó ser más caliente de lo que recordaba. Salimos del bus con ansias de que todo sucediera de una vez, pero primero un poco de mar. Ya en la noche nos alistamos para ir a Dogma Ensayadero Café, donde sería el show. Además de las bandas del Caribe que allí se presentarían nos acompañaron los locos del bus, por lo que la noche estaba más que lista y el lugar resultó encantador, salvo por las luces que no fueron las más idóneas. Mil muecas de rabia hice dentro de mí al testear la ISO de cada sala, y hubiera preferido ser parte de un sacrificio solar eclíptico o que el edificio se desplomara a tener que usar ese hijueputa flash que tanto odio. Pero bueno, palabras más, palabras menos, se hizo la labor mientras las bandas daban todo su power on stage.

Resistencia al olvido. Caratagena Dogma café ensayadero.

Explicit Violence y Gigal, bandas del circuito local Cartagenero, abrieron el concierto con excelentes giros musicales, riffs duros y contundentes. De los locos del bus los atrevidos fueron Holy Force de Bogotá; desde el primer momento dejaron la piel en cada canción, eso sí es compromiso. Enseguida, y manteniendo el brillo que tuvieron durante todo el tour, Hell’s Wrath,  ¡cinco tipos que sin miedo se subieron a machacar cabezas! Ray y los chicos de Inferion volvieron a dejar claro de qué estaban hechos y el compromiso con su público fue completo, ¡siempre acelerando el motor y dando caña al 100 por cien! El final de la noche corrió por cuenta de Shadows and Chaos y Katarsis, que siempre hicieron buen metal y dejaron memoria en los lugares donde tocaron. Cartagena no fue la excepción y la gente tuvo la oportunidad de vivir estas dos bandas, además del homenaje a Elkin Ramírez que hicieron los amigos de Pereira. Con la mejor música y energía cada una hizo mover cabezas, al punto de que muchos les pidieron más canciones al final de sus presentaciones, algo que también le pasó a Resistencia al Olvido, banda que con acordes furiosos demostró calidad y entrega hacia el público.

Así quedaba atrás el tour, el bus de los locos, pero también los hoteles pequeños, las paradas de viaje, las risas y la buena música. Fue un privilegio total oír de todos la fuerza vital que los mueve, la justa medida del desorden para crear. Y es que iniciativas colectivas como esta tienen la fuerza de inspirar a cientos; aunque jamás será fácil satisfacer a todos, fans y detractores, sí hay que hacer un leviatánico esfuerzo para no desfallecer y darle larga vida al metal nacional, pues de él es el ahora, el futuro no se sabe y el pasado es prólogo. ¡Dejemos que los demonios corran libres en este bosque de espectros afectos al sonido!