El Cronicario

“Gracias a vos, panita”

Por:
14 / 08 / 2019

Estar tan cerca de un prepago, por primera vez en mi vida, era indescriptible; pude sentir por un instante cómo todas sus historias y sus hombres se pegaban a mi piel solapada y moralista.

La cita estaba lista. No era una de las que Javi estaba acostumbrado a tener con sus clientes; en esta nos conoceríamos para yo entenderlo un poco.

“Baja por toda La Playa y doscientos metros después del Coltejer encuentras el Hotel La playa, pero no te preocupes que no es un motel, es un hotel”, me dijo con su acento venezolano marcado e inconfundible.

En efecto era un hotel, pero tenía todas las características de un motel barato del centro, con unas escalas que no precisamente lo llevan a uno al cielo, o por lo menos no en mi caso. Al llegar al segundo piso había una reja que dejaba ver una recepción sucia y descuidada, toqué el timbre y salió una señora gorda, vestida con un pijama de las que usan los enfermeros, combinada con unas chanclas cafés que venden en los remates. “¿A la orden?”, preguntó con voz chillona y le respondí que iba a ver a Javi, tenía vergüenza de que pensara que era otro más de sus clientes, creo que hasta se me puso la cara roja.

Entré y caminé por un pasillo oscuro, el corazón latía a veinte mil pulsaciones por minuto y a cada rato miraba el papel donde había anotado la dirección: Hotel La Playa, habitación 209. La puerta estaba abierta, desde afuera podía ver que el televisor estaba encendido y se podía escuchar claramente cómo Lana del Rey cantaba “Summertime Sadness”, envolviendo en una estela sexual todo el ambiente.

Javi me recibió con un abrazo que me heló todo el cuerpo. Estar tan cerca de un prepago, por primera vez en mi vida, era indescriptible; pude sentir por un instante cómo todas sus historias y sus hombres se pegaban a mi piel solapada y moralista. Él también lo sintió y me preguntó algo que todavía me retumba en la cabeza y que seguí pensando durante toda la semana: “¿Cierto que a usted le enseñaron en la casa a no meterse con prepagos?”. No tenía respuesta, pero sólo le di una sonrisa y le entregué la hamburguesa con papas fritas que le había llevado.

Me senté en la cama; Javi quería que me pusiera cómodo. Me dijo que me recostara bien, que ese era mi espacio. Siempre fue muy enfático con eso. Él se sentó en el piso a los pies de la cama. Mientras abría la bolsa con la comida observaba todo con detenimiento. Estaba perplejo: la habitación no debía medir más de 10 metros cuadrados, tenía la cama con dos nocheros en donde había un sombrero, unas revistas de moda y un celular. Al lado de la cama colgaban de un perchero tres chaquetas y unas pañoletas, y en la pared opuesta, de un clavo oxidado, se sostenía la bandera de Estados Unidos y al frente estaba un televisor barrigón suspendido por un artefacto metálico pegado a la pared.

Javi parecía buena persona; sin embargo, todavía sentía esa indisposición casi vulgar y morbosa que se tiene cuando se está cerca de una persona a la que los papás y profesores nos enseñaron a tenerle cierta fobia, como si todos no tuviéramos historias más degradantes metidas en los recuerdos. Su amabilidad me parecía extraña, y no quería que el estereotipo me nublara el juicio, quería estar lo más receptivo posible. Sus palabras eran dulces y, combinadas con ese acento extranjero pero conocido, me confió muchos de sus secretos.

Comenzó en el negocio de la prostitución año y medio atrás, cuando tenía 28 años. Acababa de salir de una relación de cinco años con un hombre que le dio la espalda cuando él se vino a estudiar a Medellín sobre bienes raíces, para afianzarse en el negocio que tenían los dos en Estados Unidos.

Apenas pisó tierras antioqueñas “la Duquesa de Alba”, como graciosamente le dice a su expareja, le mandó un mail contándole que tenía otra persona en su vida, estaba rompiendo con él. “Yo no sabía qué hacer, estaba perdido, con el corazón roto y en una ciudad desconocida, sólo tenía un amigo que fue el que me hizo el contacto con la academia para estudiar bienes raíces”, me dijo mientras se devoraba con un hambre feroz las papas fritas. A raíz de esto buscó trabajo en decoración de interiores, profesión que dominaba bien pues años atrás, cuando vivía en Venezuela, la había estudiado. No le fue bien. Trabajó seis meses en un almacén del centro Comercial El Tesoro, pero el pago era muy malo y no alcanzaba para cubrir su vida ostentosa, la cual se había ido a pique pero quería mantener, porque a eso estaba acostumbrado.

Mira, la vida no es fácil y menos en aquel tiempo cuando me sentía perdido. Un día, mientras me desvestía en mi cuarto, me miré la verga y me dije: ´voy a empezar a putear´”. Acto seguido, se inscribió en una página de escorts para ofrecer sus servicios como prepago, además de abrir unas cuantas redes sociales donde el sexo entre hombres se promociona y comercializa como los abarrotes en una plaza de mercado. Javi siempre tuvo muy claro que este mundo de la prostitución era difícil y que tenía que cargar con una cruz inmensa, la del estigma social de conocidos y desconocidos, pero que iba a asumir porque no tenía tampoco mucho pudor, ni mucha moral para pelear.

Mientras me contaba sobre sus inicios en el “prepaguismo” sonó el teléfono, era un cliente. Comenzó a explicarle sobre las tarifas. Cincuenta mil pesos por dos horas que incluían masaje relajante, masaje erótico y la relación sexual. El cliente definía si quería ser pasivo o activo. Si quería más tiempo debía pagar otras dos horas y si era en un lugar distinto a su hotel debía cubrir todos los gastos, desde los taxis hasta el alojamiento y lo que se consumiera. Fue muy enfático con el cliente en la delicadeza con que lo iba a tratar. A Javi le importa que la otra persona se sienta importante, especial, única. Que al momento de encontrarse con su cliente no sea todo mecánico y monótono, de llegar y quitarse la ropa y fornicar en menos de dos horas para dejar medianamente satisfecho al hombre en cuestión, no, es un acto de amor hacia el otro, “es sentir una piel desconocida, es compenetrarte con una historia que no conoces, con miedos y angustias distintas, por eso tengo mis clientes fijos, porque me preocupo por el otro, porque conmigo se sienta un ratito en el cielo”. El cliente quedó en volverlo a llamar para concretar el encuentro.

A veces son sólo salidas con hombres que se sienten solos, otras veces se va a rumbear con el cliente y, después de unos tragos que combina con cocaína para mantenerse alerta, se los lleva a su hotel para tener un encuentro que se quedará para siempre en la memoria. Javi tenía una seguridad astronómica, en sus palabras se podía entender que disfruta en parte lo que hace, y aun así, mientras me hablaba de su mamá fallecida hace dos años y sus inicios en este mundo, dejó caer unas cuantas lágrimas. Al principio pensé que le estaba picando algo en el ojo, pero cuando su voz se quebró al decirme que este mundo era para valientes y que así tuviera mucho contacto físico se sentía muy solo terminé de comprender: Javi era de carne y hueso.

Su familia sabe a qué se dedica y no le importan las recriminaciones de ningún sentido. Con los ojos todavía vidriosos me contó que uno de sus tres hermanos también se está dedicando a la prostitución en España, que es un chico muy bello y que, aunque no quiere que esté en ese mundo, no lo puede detener. “La belleza es un demonio y hay que saberla explotar”, me dice mirándome a los ojos. Siento que en cualquier momento puede pasar algo extraño, que va a cerrar la puerta o me va a dar algún tipo de alucinógeno, pero no, Javi es tal vez el ser humano más cuerdo y transparente que he conocido.

Tres veces han tratado de asesinarlo mientras tiene sexo, en unas de esas prácticas sadomasoquistas a las que recurren ciertos clientes para que el placer sea más intenso. “Una de ellas fue en un motel cerca al Poblado, mientras estábamos fornicando al tipo este le dio por ahorcarme, yo lo único que hice fue seguirle el juego y comenzar a gemir más fuerte, pero de placer, no de desesperación, le dije que me matara, que yo quería que me matara. Inmediatamente me soltó, marica, y dijo que yo estaba loco”.

Javi destapó una cerveza que se bebió en dos sorbos, tenía un evidente problema de alcohol que empezó desde muy joven, cuando conoció a un hombre en Venezuela que le patrocinaba sus estudios a cambio de sexo esporádico. Con esto me dejó claro que todos alguna vez nos prostituimos por algo, sea por unas bebidas, una comida, una ida a cine, un paseo, el estudio; todos pagamos por sexo o nos vendemos, que es mucho peor. Él está consciente de lo que hace y entre una risa y otra escondía detrás de su mirada la vergüenza, porque me lo hizo saber. “Es muy difícil que no sientas culpa, por eso yo trato a mi cliente de la mejor manera posible, es imposible que yo me convierta en una de estas mariquitas Street Boys que encuentras en las calles y te lo maman por diez mil y no interactúan con sus clientes”.

Le pregunté por el amor y las relaciones; quería saber si alguna vez se había enamorado de algún cliente. Hay alguien que le genera una sensación extraña, me responde. Nunca le ha cobrado porque, más que para un servicio, esta persona llegó a su vida de la forma usual pero no para hacer lo mismo que todos. Es un abogado que se separó de su esposa y busca ocasiones con muchachos para tener compañía. Javi se siente entusiasmado con este hombre y piensa que podría ser una bonita oportunidad para enamorarse y dejar a un lado este sórdido mundo, lleno de placer pero tremendamente solitario. Ya tiene fecha y hora para abandonar su oficio, quiere dedicarse a otras cosas, pero mientras llega el empujón que necesita debe seguir haciéndolo. No parece que quiera salir de su zona de confort por el momento.

Las redes sociales e internet han favorecido que su oficio sea bueno y se mueva. Los clientes lo contactan por medio de mileroticos.com, una página donde estos chicos venden sus servicios. Allí pueden encontrar todos sus datos personales y una descripción detallada de los servicios que prestan; también lo pueden contactar por redes sociales como Grindr, Manhunt y Hornet. “Para mí no sería lo mismo si no me diera a conocer por medio de las redes y la Internet, no me considero un chico de calle, me parece menos riesgoso y no me gusta ofrecerme en una esquina”.

Al cabo de la segunda cerveza el tiempo se agotaba, Javi debía ir a cumplir un compromiso con un cliente que vino de Bogotá y quería invitarlo a almorzar, y yo debía volver a mi trabajo. Nos dimos un abrazo fuerte, él me dio un beso en la mejilla, lo sentí como un gesto de agradecimiento, por el tiempo, por el momento.

-Bueno, Javi, una última pregunta: ¿Hasta cuándo vas a estar en esto?

-Como te lo dije ahora, ya tengo fecha y hora, en la vida todo se acaba, todo se cae, todo se desmorona. Mi belleza no será eterna. Quiero por fin ser libre.

Salí de aquel hotel descolorido y lúgubre dejando atrás una historia que me llegó al alma, por sus matices, por lo desconocida, porque pude desmitificar un estereotipo, darle nombre a un puto. Mientras caminaba por Junín, buscando mi almuerzo de camino al trabajo, sonreía. Parecía un loco, un loco con una buena historia, un loco feliz. Sólo les pido a los dioses por Javi, para que lo que sueña sea posible porque es una buena persona y merece felicidad. En la noche le escribí a su WhatsApp dándole las gracias por abrirme su alma, él me devolvió el gesto montando una foto de la conversación en su Instagram con un corazón que decía: “Gracias a vos, panita”.