Literatura

Un hada sin hache

Por:
13 / 03 / 2019

“Si escribo, es para que mis palabras tomen un sitio en el mundo y ese lugar es su bolsillo.”

Ada es poeta, no poetisa; ya que lo encuentra cursi. Y una poeta del sol, porque le suena más bonito. Ella dice que eso le dijo la luna y que es la mejor opción para definirla. Aunque ella lo diga, más parece de la luna que del sol por su aspecto de locura camuflada con dulzura, encanto y picardía.

Un poco oscura a ratos y con sonrisa de vino blanco, Ada es tan espontánea que sus ocurrencias van ligadas a las carcajadas o a la ternura.  Su nombre, escrito por sus padres de un modo que pudiese parecer errado, es lo más justo que puede tener su presencia en este mundo.

Es un ser mágico: un hada sin hache pero con la energía espiritual de un cosmos, porque ella vive en su propio universo de hippie eterna.

Una tarde con asomos de aguas y vientos traviesos, Ada fue a buscar historias en la calle.

Encontró una señora que, sentada en una acera, tenía entre sus dedos un folleto. Con la mirada perdida entre las letras y ausente del mundo, leía como si nada ocurriera a su alrededor. Tomó nota de eso: era una buena imagen para un texto. Más adelante, un hombre joven que usaba gafas, a quien en su mente llamó Juan, sacó una sombrilla y se preparó para la lluvia. Ella misma miró su reflejo en la ventana de una tienda y se sintió parte de un cuento. Ya tenía algunas imágenes que serían transformadas en palabras con su música y sus juegos.

El cielo comenzó a oscurecerse y algunos truenos lejanos hicieron que las personas aceleraran sus pasos. Ada era una de ellas. Quería llegar pronto a la estación del metro.

No era fácil desplazarse, no había manera de caminar sin dar uno que otro tropezón, sin rozarse con alguien o empujarse.

—Disculpe, señor. Disculpe— decía Ada al pasar entre la gente.

—¡Hum!

—¡Perdón!

—¡Grr!

—¡Ah!

—¡Lo siento!

Había una cantidad enorme de obstáculos humanos de caras largas y amargadas.

—¡Ay!

—Perdón, perdón. Es que tengo el bolso lleno de poesía.

En uno de tantos tropiezos el bolso voló por los aires, vistiendo de palabras la ciudad desnuda. Un poema de amor se metió entre dos chicos tímidos; otro, beligerante, apareció de color rojo en una ventana cerrada que escondía a una mujer llorando enojos; los versos de la luna volaron hacia las nubes, quizá buscando su origen, y los del sol iluminaron la cara de Ada, que se partía de la risa gracias a los juegos del viento con olor de lluvia.

Fue tanta su risa, que decidió parar de caminar y reírse como loca en medio de la acera. No era algo inhabitual, ya era un poco loca ella.

Un chico que veía la escena, sentado en el quicio de una puerta, se daba cuenta de que ni los más despistados transeúntes podían sustraerse de la poesía. Le gustó eso, amaba la poesía. Él mismo era poeta. A él le llegó un poema que hablaba de las trenzas de la amistad que se tejen desde los orígenes del mundo y arman, con sus hilos, enramados multicolores. Dejó su estado de reposo y fue a devolver el poema perdido.

—Tome, es su poema. Casi me saca un ojo a golpes de palabras— dijo el chico sonriendo.

—Es suyo. Si escribo, es para que mis palabras tomen un sitio en el mundo y ese lugar es su bolsillo.

—Gracias. ¿No cree que se pierden un poco al dejarlos libres?

—Desde que nacen son libres, nunca han sido míos.

El chico sonrío, él hacía lo mismo.

Ada le dio un abrazo. Para eso, ella no tenía mezquindades; y se fue como un hada sin h, como un hada sin alas, a volar en otros espacios de la ciudad.