Literatura

Libros en mitad de otros. A propósito de la lectura de El resto de la vida

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6 / 07 / 2019

Hay lecturas que saben deslizarse en medio de otras. Libros que se te van metiendo entre otros casi sin que lo adviertas el resto de la vida.

El resto de la vida, del escritor y antropólogo Carlos Agudelo Montoya, publicado por Hilo de Plata Editores, llegó a mi bolso de lectura de las propias manos del autor. Toda una deferencia entre escritores: su libro, con firma y dedicatoria, a cambio del mío con idénticas cortesías. Como es bien sabido entre el gremio, esos son libros que uno guarda para sacarle el tiempo que merecen. Lo cierto es que al final nunca acaban mereciendo lo suficiente como para sacarles el tal tiempo, y terminan arrumbados entre los muchos pendientes que adornan el desorden de escritorio de todo lector compulsivo. Después uno los coge y lee con cierta afectación la dedicatoria, como excusándose de no haberles sacado el rato para leerlos: “Andrés, con aprecio estas historias con la amistad de las letras”. Y se ríe. Y los abandona definitivamente entre el anaquel de los libros de lanzamiento de feria con firma de autor.

Pero fue nada más escoger al azar alguno de los nueve cuentos que componen el libro y leer la primera línea para sentir que una puerta se abría. Y después tentar las puertas de los ocho restantes, para descubrir que no había forma de dar marcha atrás. El resto de la vida de Carlos Agudelo Montoya, había logrado deslizarse por entre mi juiciosa lectura de Patria de Fernando Aramburo y Podemos fabricarte de Philip K. Dick.

No es del caso detenerme en los pormenores de la anécdota o la historia de cada uno de esos cuentos. El libro está ahí para que un buen lector se deje interesar por ellos. Tampoco creo que el eje temático sobre el cual giran explique la razón por la cual el libro logró quitarle tiempo valioso de lectura a los otros dos. Creo que los tiros van por otro lado.

El resto de la vida no es un libro de cuentos escrito para grandes tirajes y no necesita serlo. Tampoco requiere de terribles esfuerzos para desentrañar la forma como están escritos. No sé qué tan arduo habrá sido, para el autor, crearlos. Lo cierto es que su lectura te lleva a pensar en alguien que tiene bien apuntalada aquella difícil gracia del dominio de la escritura simple. En cada uno de ellos el lenguaje contenido y sobrio transmite, con precisión, el valor de las historias en sí mismas. Eso para cualquier lector es impagable, y se le agradece con lo mínimo: quedándose en la lectura atenta de esas poquísimas pero atractivas 90 páginas. El resto de la vida se lee fácil porque está escrito con la ardua elocuencia de quien sabe que hilvanar buenas historias consiste simplemente en elegir los hilos convenientes y tramarlos sobre bastidores adecuados. Nada más complejamente sencillo.

Mario Vargas Llosa decía que no se escriben narraciones para contar la vida sino para transformarla añadiéndole algo. Que los cuentos nos ofrecen una representación de los asuntos humanos que la vida de verdad no alcanza a develar. Que, al escribirlas, el autor quiere reordenar el caos de la realidad, mudar la vida añadiendo algo, rectificar o trocar una circunstancia por otra para que la realidad no parezca insuficiente.

Y me atrevo a afirmar que eso es lo que hace el autor con eficacia, sencillez y sin ningún ruido formal en estos nueve relatos. Su eje temático es el mismo que sirvió a Jorge Franco para escribir su emblemática Rosario Tijeras o, ahora último, a Luis Miguel Rivas su novela Era más grande el muerto: muchachos de gatillo fácil enfrentados a un mismo destino cruzado por violencias y desarraigos; todos habitantes de la ciudad invisible que bordea la otra ciudad para asaltarla y no dejarla dormir tranquila.

No importa cuál cuento, de los nueve, escojamos para leer primero. La sensación será igual, porque pareciera que es una misma puerta la que se abre: no hay ninguna amenaza de la ciudad invisible que no pueda pasar a través de ella, bien para hacernos sus víctimas o bien para recordarnos a los que vivimos en la ciudad visible que esa otra también existe.

De todos los cuentos me quedo con “Miedo”. Fue el único que me hizo reír con sordidez y algo de malicia. Los demás, imágenes sobrias pero patentes de asuntos humanos que la vida de verdad no alcanza a develar, me conmovieron.