Mancha negra y furia

La libertad del mundo un canto

Por:
22 / 03 / 2019

«(…) nos direccionan para llenar el absurdo con dinero y objetos
innecesarios (…)

El dinero es una posesión soportable.

Ambrose Bierce

Pienso que no estamos para andar atacándonos unos a otros, al menos no entre personas que tienen lugares de encuentro y cierto tipo de afinidades. Mirar feo es muy fácil: no se necesita mucho esfuerzo. Es más complejo sonreír, pues, aparte de las dificultades psicológicas y los abarrotados prejuicios, los músculos que esta acción involucra son muchos más que los del enojo. Saludar, sonreír, ser amables se siente mejor en cada caso, trae mejores consecuencias. Algunos estudiosos dicen que sonreír ayuda a no envejecer tan rápido, que es un buen método de conquista y piensan que, además de alivianar el camino, sonreír —y dejar de insistir en las discrepancias del mundo— posibilita una salida más eficaz hacia esos breves, pero inigualables momentos felices.

La felicidad no tiene contraindicaciones, que yo sepa. A no ser esa ficticia felicidad que se vende para menguar la desazón de los desamparados, esa que se nos viene encima desde las vitrinas de los centros comerciales con sus aparentes brillos de eternidad. La manía de comprar para hacernos a la felicidad no pasa de ser una enfermedad que nos invade y nos corroe y de la cual nos liberamos con repetidas visitas al supermercado. Esto es, la enfermedad crece con la cura. A mí me pasa con los libros: estar en su compañía no me obliga a ser de determinada manera, a fingir lo que no soy; los libros saben esperar el momento preciso para decir lo que tienen para decirme y me tratan bien la mayor parte del tiempo, pero quisiera tenerlos todos a mi lado y costaría una inmensa fortuna. De igual manera me ocurre con la música que, sin más exigencias que un sitio tranquilo para escucharla sin prisas ni alteraciones, me es fiel. Pero debo pagar para tenerla a la mano. ¡Toda esa música que no podré escuchar ni en ocho vidas!

Valoro a las personas que tienen el coraje de caminar por este mundo sin caer en las trampas de la publicidad ni en los engaños del mercado; que no necesitan tener mucho para ser felices; que nos enseñan que la vida es posible con muy poco: las pocas canciones oídas cada que naufragamos en los embates del caos, los mismos diez poemas que no cansarán nunca a quien los lea una y otra vez. Una especie de monacato cuya virtud es ofrecida por el hábito: cuidar del jardín o dar de beber a los pájaros, por ejemplo. La visita frecuente a los mismos parajes; admirar sin presiones las mismas arquitecturas; deambular por las calles de todos los días con suma atención, este tipo de serenidad nos va brindando una especie de sabiduría que no puede ser conquistada cuando cambiamos la mirada y el horizonte abruptamente, tal y como suelen hacer los agitados turistas que piensan que viajar es ir en una carrera contrarreloj por todas las ruinas y los museos del planeta, sin detenerse ante la revelación, ante el brinco de la liebre o la parsimonia del gato que abren el sueño y suscitan lo nuevo.

Es que no todo es contemplación y sensibilidad alada; no todo es mesura o sabia medianía; no todo está dispuesto para ser paladeado con la paciencia del que busca lo naciente. También existen —quién duda— las personas que asisten a esta morada sin poner cuidado frente a la agresión que su vida de altos ingresos y violenta velocidad suele reflejar. Es decir, contabilizando cada moneda que el otro lleva en los bolsillos para darle la mano o hacerlo a un lado. Lo mismo ocurre cuando se va por ahí esperando a que la caridad nos vea y nos llene la vergüenza o la desfachatez. Esa es la ley que nos han enseñado en este mundo de “beneficios” económicos donde se empequeñece el tamaño del camello y se amplía el ojo de la aguja dependiendo de los ceros que haya a la izquierda.

Suele decirse que la felicidad no es el dinero, y eso es más o menos cierto; pero hay ocasiones en que realmente hace falta para no sentir las cargas que adoptamos y sus inquietantes penas. Muchas personas, por ejemplo, no soportan una vida a solas y endosan sus pulsaciones con tal de estar con alguien más —con los amigos, preferiblemente— sin medir en gastos ni en ofrendas que podrían ser devueltas con inescrupulosas quejas, porque no se ha dado “lo suficiente”. Tener a alguien con quién hablar, con quién poder reír libremente, eso parece ser lo que más importa para muchos pese a que en ocasiones no seamos bienvenidos y —vaya crudeza— nos demos cuenta de que el dinero también nos vuelve vulnerables y sospechosos de una vida fraudulenta.

No falta el brote de ese silencio aterrador que nos distancia y un cierto resentimiento contra aquellos a quienes ni siquiera se les conoce el nombre y, por su incapacidad de endeudamiento, son mal vistos: lo único que cuenta —para muchas personas— es el lugar de origen, la dote, los recursos efectivos o una amplia herencia. Si tienes buena musculatura económica, puedes ser bien recibido, harás parte del círculo, mas también puedes ser rechazado de plano. Acto seguido se van haciendo más fuertes las voces que te vituperan y te tratan de indeseable por haber nacido entre esos lujos que no pediste antes de venir y no pasan de ser un accidente. ¡Ni siquiera sabías que vendrías! Pero todo tiene su contraparte: ocurre que por no vestir con la marca de moda ni frecuentar los lugares de “categoría” ni codearte con la gente “in”, eres repudiado, maltratado y excluido. Si no tienes “dónde caer muerto”, ni te acerques: ¡apestas!

No obstante, hay quienes saben soportar el peso del dinero, lo asumen sin la obsesión de las dietas, porque —en el fondo— saben que es más fitness cuando se usa de manera solidaria, sin hacer caso a la rivalidad que tienen la vibrante grasa de la humillación y la gimnástica firmeza de la mutua ayuda. El deseo —no lo podemos negar— aumenta el interés sobre los que tienen sobrepeso en la billetera, aunque sepamos muy bien que no nos podemos alimentar con ese papel que pasa de mano en mano haciendo guiños, traicionando corazones porque no quiere a nadie de forma definitiva, pues ¡como viene se va! A mí, personalmente, no me gusta comer dinero: el dinero huele feo, sabe feo, causa estreñimiento, ¡al día siguiente amanezco con acné! ¡Tenerlo bajo el colchón produce pesadillas! Pero no deja de ser una posesión que aligera un poco la vida, que la hace más manejable; sobre todo cuando vivimos sin mentirnos, recordando que el dinero es una herramienta que ayuda en el camino y podría ser la solución para algunos problemas prácticos, pero que nunca será la verdad de la existencia.

Dicha verdad está en las cosas simples y su levedad, esas cosas que no se compran con dinero, pues le tienen fobia. Nos han educado para ser productivos y para lograr grandes triunfos; nos direccionan para llenar el absurdo con dinero y objetos innecesarios; nos hacen ver la importancia del poder que una cuantiosa cuenta bancaria nos ofrece (y que casi nunca obtenemos, valga la aclaración). No es una originalidad decir que desde pequeños la matriz llena todas nuestras expectativas con premios —y castigos— que casi siempre se procuran con dinero; y ya no lo podemos abandonar. Esto se debe a que nos permite la realización de casi todos los sueños materiales que podríamos tener y que, en muchos casos, suelen ser descomunales y asombrosamente irrisorios.

Todo irá más o menos bien hasta que nos encontramos sin ningún otro lugar a dónde ir, sin nadie a quién llamar, solos y sin un ápice de complacencia; con un enorme descontento por despilfarrar en necedades y con la bolsa vacía. Llegado el caso, tratamos de aliviar la mente perforada con frecuentes transacciones espurias en medio del gran desasosiego y nos aniquilamos, poco a poco, hasta inventarnos la muerte que nos sacará de la frustración. Entonces pagamos lo que sea que cueste una aventura por lo desconocido y tratamos de huir, porque la actual condición de “pobreza” no nos permite poseer lo que nos da la gana, arruinados en algún rincón entre despojos.

Incluso si buscamos esos “estados” amorosos y espirituales que de niños teníamos de forma natural para alivianar la carga, hay que pagar el Rolex del Dalai Lama, o la opulencia del Papa, o la mansión y el Ferrari del gurú de turno y sus escoltas, más esa cifra innumerable de placeres que nos siguen sacando la baba como si fuéramos descerebrados. ¿Y qué decir de aquellos que son elevados a los santos cielos después de un balazo que será devuelto con mil más en la turbia cadena con que se sostienen las arcas de la matanza? La venganza, el odio, la desesperación valen su peso en oro y los brutales mercaderes de la muerte saben aquilatar sus desproporcionadas acciones; esos traficantes del asco saben vender la eficacia de los crímenes que tememos y obtenemos.

Por eso es mejor no ir con la cara fruncida alborotando el gallinero, usando espuelas baratas entre gallos finos… o al revés. Por dicho motivo es más saludable intentar ser feliz con lo poco que se tiene, sin muchas ambiciones, con lo que la vida nos ponga en frente; haciéndonos a una vida honesta y sin penosas envidias, sin forzar nuestros más anhelados deleites. Teniendo en cuenta que el “éxito” no significa ir dando tumbos sobre los demás, ni exigiendo de la vida lo que la vida no puede ofrecer. Teniendo en cuenta que los triunfadores también pueden estarse sentados en su ventana viendo como cae la tarde, sin desesperar.

Vale la pena decirlo: a veces pagamos un alto precio por dos o tres espejismos que indiscutiblemente nos dejarán tirados en la calle con un mal sabor, después de haber perdido el tiempo entre la basura, siguiendo lecciones del tipo “sé positivo que todo está a tu favor”, “nada de lo que pidas te será negado”, y esas ayudas incondicionales que pagas con sangre. Ocurre que no alcanzarás lo que sea que esperas, no siempre, y algo en tu interior —una ira insaciable— querrá encontrar un blanco en el cual desahogar tu fracaso. Y cada día será peor. Por eso, sonreír y ser amables, dejar ir, puede ser suficiente por ahora. Eso sí, ser una persona agradable no te curará de habitar en un lodazal como el nuestro, lamento decirlo. Aunque la vida esté en muchos lugares con sus múltiples circunstancias.

De todos modos, hay personas que con tan poco, sin mucho escándalo, logran lo que no podrán conseguir ciertas personas acaudaladas —dueñas de escondites y manuales de evasión—, pues no han sabido conquistar la vida tranquila de las personas de a pie y prefieren ver la derrota del otro antes que ofrecer una mano; sus satisfacciones están siempre acordadas bajo un cálculo traicionero e hipócrita. Lo contrario es que algunas vidas vayan por el mundo sin ser atosigadas por las deudas y las listas de cruces negras, confiando en lo que les dice el viento que pasa mientras va pasando, libres y a gusto, sin alharacas ante un abrazo, dispuestas a servir sin esperar nada a cambio, tarareando su canción más querida… porque la libertad del mundo es un canto. ¿Para qué más?

 

Víctor Raúl Jaramillo

Medellín, 10 de marzo de 2019 (11:17 p.m.)