Arte

De la necesidad de un arte para la vida

Por:
6 / 12 / 2017

Una reflexión a partir de la polémica desatada por las declaraciones de la crítica de arte Avelina Lésper.

Nuestros contemporáneos

no son nuestros contemporáneos.

Jaime Jaramillo Escobar

 

Una caravana está pasando siempre

entre la nada y la existencia.

Rumi

Hace poco, estuve viendo y escuchando un par de conferencias y algunas entrevistas hechas a una crítica y curadora de arte mexicana, muy cuestionada por sus aseveraciones, que tiene por nombre Avelina Lésper. Y sus reflexiones me suscitaron estas breves palabras.

El arte es ahora, con mayor énfasis, la puerta para la libertad. Pero, ¿esto en qué cambia las cosas con respecto a los defensores del gran arte, del arte que crea obras de arte a la manera de los “clásicos”, si ellos siguen en su contexto de modelos? Y alguien podría decir lo siguiente: “actualmente cualquiera puede utilizar el arte, sin ningún tipo de cuidado, como un lugar para reflejar su vacío, para mostrar su necesidad de ser tenido en cuenta, y ‘hacer’ lo que le plazca -aunque nadie entienda nada- con materiales inservibles y, por tal razón, que se le llame ‘artista’, uno mediático y efímero, pero artista. Por ese motivo, los museos y sus exposiciones, los académicos y sus estudios de estética en las escuelas de arte, son importantes. Es que no se puede permitir que el arte esté en manos de cualquiera”. Estas podrían ser palabras cercanas, aunque no exactas, a las de la mencionada experta.

Esta situación, desarrollada por algunos privilegiados -por ser escogidos entre muchos- se abre a las dimensiones de la vida ordinaria sin ofrecer el grillete de las academias, de los críticos, los curadores, los artistas ya hechos y derechos, del establishment y el círculo de un mercado para esos pocos consumidores de alta estirpe que pueden comprar mucho sin importar el precio. Ahora el arte está en la calle, y esta apertura es genuina, está bendecida por los habitantes de las esquinas que, en lugar de masacres, buscan elevar los corazones con los colores del regocijo y -por eso también es un peligro- con los argumentos de un pensamiento crítico que se enfrenta a los que sólo tienen como “arte” la destrucción de la vida, sin ningún tipo de recelo. Si el arte, si sus intenciones y logros ayudan para que la vida prevalezca, para que la danza de la muerte violenta no siga siendo la protagonista, entonces el arte es realmente importante. Y la vida, más obligatoria que el arte. ¿Qué acto creador está por fuera de su influjo? Sin vida, ni arte ni nada. No hay duda.

Cuestiones de qué es y qué no es arte, o prédicas de lo que el arte debería ser, nos llevan a retóricas intrascendentes, a ejercicios de discusión -más o menos inútiles- que sólo unos pocos entendidos podrían sostener. Considero que la vida, con sus desgarros y alegrías, con sus límites y horizontes, con sus intransigencias y prolongadas guerras, con sus inmensas desproporciones, no podría ser vivida sin el arte. Sin él, sería insostenible. Y habría que subrayar que vivir implica cierto tipo de maestría. Por dicho motivo, un arte que enaltezca su propia función vital, su actividad creadora de mundos propicios para la libertad y la convivencia, siempre será bien recibido.

Una actividad artística que asuma el compromiso de generar cambios en las dinámicas sociales que estén emparentadas con la apertura del conocimiento y la equidad en todos los aspectos básicos, para que todas las personas puedan tener una vida digna -no sólo las que se dedican al arte- es imperiosa. Desear una vida que sea vivida sin los tropiezos recurrentes de un sistema que indigesta los sueños, que suplanta el terror con la máscara de la belleza, que vela por los intereses de aquellos que desconocen el perdido equilibrio con el ecosistema planetario, es un afán ineludible. E intentar una vida fuera del alcance del fatigoso veneno que ha sido arrojado por nuestra ignorancia y que niega la pulsación, el ritmo, las cadencias de nuestras aspiraciones y que son las de la vida misma, no podría dejarse pasar de largo.

Así nos vamos yendo entre los que defienden una causa -por más noble que sea- y sus contradictores que nunca faltarán y siempre creen que la suya es superior. Nos vamos situando en una relación donde lo que interesa es la manera de asumir la vida con sus triunfos y sus derrotas. Decidirse por esta o aquella opción en los ámbitos de lo creador, en las cercanías de lo naciente, implica recortar el plano de la perspectiva que, desde los inicios de la mirada, hemos intentado construir y ampliar. Pero esto no quiere decir que todo sea válido. Esos excesos de la tolerancia sólo aumentan la degradación. El arte figurativo, la estela de las abstracciones, los desarrollos algebraicos puestos en acción, y las piedras y los bronces y las estructuras que parecen dormir desde tiempo atrás, o las puestas en escena de obras que caducan una vez son narradas, no implican, necesariamente, un juicio sobre si enriquecen o no el mundo del arte. Lo que en el fondo se espera -teniendo en cuenta las múltiples posibilidades de hacer camino- es que los llamados a la creación sean escuchados con atención para materializar su dictado con extasiada lucidez, convencidos de la oportunidad para enaltecer una vida que, por ser abatida en territorios ajenos al nuestro, no es tenida en cuenta.

El arte es una vía para la construcción del pensamiento, una oportunidad para dejarse tocar, para mostrar lo que, por ser cotidiano, pasa desapercibido a nuestra costumbre. El arte es una manera de la comunicación que intenta decirnos -de manera cifrada o con una sin igual claridad- lo que las sensaciones provocan en nosotros al tener contacto con el mundo y sus cosas. En este caso, la realidad de la vida y del arte mismo. Un arte que acoja las manifestaciones que el lenguaje letrado no puede traducir y que son puestas delante nuestro con creatividad y destreza, con una sensibilidad audaz, será bienvenido siempre. Un arte que no tenga concesiones con la industria y que se asuma en libertad, es más que un mero capricho. Aunque las obras de arte puedan generar cierto tipo de reflexiones -en muchos casos con un carácter emotivo-, los conceptos del arte están por fuera de la obra, aunque tal obra sea de aquellas que son llamadas “conceptuales”. El arte es, ante todo, un regalo, una forma de enriquecer la crudeza de la existencia con los trazos de la imaginación que, es bueno repetirlo, se nutren de la existencia misma, de su ramplona manera de ocurrir en la siempre batallante actualidad.

Lo demás son juegos del ingenio que no producen sino ese mal llamado “asombro desprevenido” que, por más que se quiera, pasa rápidamente a un segundo plano porque las precarias condiciones de la vida en que estamos siendo, se han incrementado: ¿vale más un par de zapatos de piel de foca con el vómito del artista, que los pies heridos de una niña después del terremoto? Quizá la respuesta sea la de la curadora mexicana (cito de memoria): “el sufrimiento es algo que pasa a todas las personas, y no debe utilizarse como chantaje para conmover a los incautos frente a una obra de arte”. Precisamente por eso, el arte es necesario, porque la vida no puede seguir esperando, porque la emoción es una condición humana y el arte no viene caído del cielo. ¿Qué otra cosa podría ser más importante ahora? ¡Ave María purísima!

 

Medehollín, comuna 13, 26 de octubre de 2017 (9:20 p.m.)