Literatura

La virgen loca y el marido infernal

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6 / 08 / 2018

Dos poetas, una relación tormentosa. Esta es una intensa historia de amor protagonizada por dos genios de la poesía: Arthur Rimbaud y Paul Verlaine.

En esa casa de Candem town, viven dos clandestinos al acecho del amor.

Robi Draco

*Este artículo fue escrito en respuesta a una demanda por injuria y calumnia, puesta en contra del autor por uno de sus ex amantes. La demanda nunca prosperó.

Verlaine tiene un arma: ¡Bang, bang!

El 10 de junio de 1873, en un hotel de Bruselas, los poetas y amantes Paul Verlaine y Arthur Rimbaud se reunieron nuevamente después de una breve separación.

Ese día, encerrados en la habitación hablaron, bebieron, se embriagaron y tuvieron sexo. Verlaine estaba en la capital belga tratando de convencer a Mathilde Mautè (su exmujer) de volver con él.

El autor de los Poemas Saturninos había conocido al joven poeta dos años atrás, cuando este le envió a su residencia en París una carta que contenía algunos poemas de su autoría para que fueran evaluados por él. Verlaine era diez años mayor a su futuro pupilo, aunque su afición por la absenta lo hacía ver como un hombre viejo y decaído.

El bello y maldito poeta se instalaría en casa de Verlaine al poco tiempo, adueñándose de algo más que cuatro paredes. Lo que vendría después fue el romance más escandaloso del que hasta la fecha se tenga noticia en el mundo literario. El matrimonio con Mathilde Mautè -quien contaba con 17 años- se vino a pique con la avasalladora presencia de Rimbaud.

Días antes de aquel encuentro en Bruselas, Verlaine escribió a su amado: “solo conmigo puedes ser libre, piensa quién eras antes de conocerme”. Semanas antes, por su parte, Rimbaud le había enviado una misiva a su mecenas por su partida a Bélgica: “vuelve, vuelve querido amigo, único amigo, juro que seré bueno”. Tras la apariencia de súplica, en la carta del muchachito se escondían las intenciones de un ser malvado y egoísta que sólo deseaba doblegar al otro con una palabra y nada más. Tal vez lo único que deseaba de Verlaine era la aprobación de su obra, después de haberla enviado a otros escritores franceses de la época y nunca obtener respuesta alguna.

Y ya sabemos que un hombre como Rimbaud, que pasa largas temporadas en el infierno, nunca será bueno. Sin duda el huésped infernal se convertiría en un genio; en el averno se cocinan gran parte de ellos, no sin antes echar abajo unas cuantas almas.

Pero Verlaine le tenía a su amado algo más que reproches aquel julio de 1873: bang, bang. Suenan dos disparos: el primero va directo a una chimenea, el otro roza la muñeca del joven poeta, quien empieza a sangrar. Verlaine siente vértigo. Discuten más, el chico herido abandona la habitación, su amante lo sigue. Salen a la calle, se origina un pequeño escándalo. Un policía los intercepta. Rimbaud lo acusa de intento de asesinato. Sale a luz el romance, y aunque el amado días después retira la denuncia sobre su amante, la “sodomía” es un delito en Europa.

Verlaine pasaría encarcelado dos años entre Bruselas y la ciudad de Mons, temporada en la que escribe libros espléndidos y se convierte al catolicismo.

A lo mejor durante todo ese tiempo en prisión, a Verlaine se le vendrían una y otra vez las palabras dichas a su amor antes de dispararle: “esto te enseñará a irte de una buena vez”.

Después de salir de la cárcel, Verlaine tuvo un último encuentro, en Stuttgart, con su insufrible compañero. Así lo describió Rimbaud: “Llegó con un rosario en la mano, tres horas después había renunciado a su Dios y reabierto las 98 heridas de nuestro salvador”.

Verlaine estaba equivocado si guardaba esperanza alguna con su niño genio, su amado era el demonio mismo, lo más parecido a un hombre libre. La libertad que le ofrecía el amante a su amado en aquella misiva de 1873 no era más que una vida algo confortable dentro de la legalidad, asunto que a Rimbaud nunca le interesó, ya que no podía amar a más nadie que no fuese él mismo. Verlaine era el masoquista y el luciferino párvulo el instrumento de su aflicción.

Rimbaud siempre vio a Matilde, la esposa de su amante, como una “cosa” hecha para el placer: una mujer adinerada sin ningún interés por el arte, incapaz de entender a un genio como Verlaine.

En la película Total Eclipse (1995), dirigida por Agnieszka Holland y protagonizada por David Thewlis (Verlaine) y Leonardo Di Caprio (Rimbaud), hay un diálogo imaginario entre Mathilde y Rimbaud. En esta escena, la mujer dice a su rival: “¿por qué nos haces esto?”, refiriéndose a la relación destructiva entre él y su marido; a lo que el endemoniado poeta responde: “Te lo devolveré pronto y sólo un poco dañado”. Mathilde fue el refugio para un artista atormentado por sus sentimientos. En este tipo de relaciones destructivas, la mujer parece reducirse a una psicoanalista encargada de ajustar los desequilibrios emocionales del hombre.

A veces, el amor es la peor de las bebidas: Si la absenta y el opio hicieron de Verlaine un despojo, la pasión por su joven amado lo fulminó como un rayo.

El amor entre hombres de naturalezas proclives a sensibilidades artísticas puede producir el arte más puro o el caos total, todavía más si hay terceros que desequilibren el supuesto orden y peso natural del amor.

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El deseo atado

Para un hombre en edad madura –digamos entre los 30 y 50 años– enamorarse de otro mucho más joven, si bien puede resultar una experiencia comparable a la de encontrar una perla dentro de una lata de atún, también se corre el riesgo de que la nueva aventura termine siendo un naufragio irremediable con tumba marina asegurada. Más si “el amado” –como sugiere Platón en El Banquete– nunca estará dispuesto a un sacrificio, y sólo asuma su relación como una forma de intercambio de belleza por sabiduría al mejor estilo griego.

El asunto se hace un poco más complejo cuando el joven amado lleva a cabo sus deseos en la clandestinidad, huyendo tal vez del señalamiento de una sociedad heteronormativa, donde la religión es el máximo castrador de las libertades. En este punto traigo a colación las palabras de la filósofa pop, Verónica Louis Ciccone, (más conocida como Madonna) incluidas en su libro Sex e insertas en el single “Justify My Love”, (“Justifica mi amor”) incluido en Erotica, su álbum de 1992: “Poor is the man whose pleasure depends on the permission of another” Traduzco: “Pobre es el hombre cuyo placer depende del permiso de otro”.

Partiendo de esta premisa, es apenas obvio que “el amado”, en el instante de cualquier acorralamiento donde se vea amenazada su identidad sexual o su noble “reputación”, estará dispuesto a cortarle la cabeza a su amante y servírsela a la mismísima Salomé en una charola de plata.

Con tal de salir ileso ante el ojo escrutador de la moral pública, será capaz –como el apuesto y arrogante Lord Alfred Douglas hizo con Óscar Wilde– de hundir al amante en la más pavorosa de las mazmorras para que escriba su propia balada carcelaria.

Como Judas hizo con el Cristo, le negará una y mil veces; y con las monedas cobradas por su traición, se comprará una nueva, reluciente e hipócrita moral que le permita ser eximido de toda culpa para no salir corriendo a colgarse del primer árbol que se cruce en su camino.

Ahora bien, “el amante” (tal vez usted o el que escribe estas líneas) pretende algo más: lo quiere todo, pretende poseer por completo al objeto de su deseo. Para tal propósito se vale de diversos artificios: despliega una red de seducción que va desde el escribirle poemas a su amado, obsequiarle libros, hasta invitaciones a comer, beber, o ínfimas dádivas de dinero.

El romance empieza. Una noche celebran el mundo reciente en la embriaguez del amor: al mirarse el uno al otro, mil galaxias revientan, nuevas estrellas aparecen en el oscuro cielo de sus pupilas.

En retribución, el amado entrega su cuerpo, sus besos, sus más manoseadas palabras de cariño: un “mi amor” inesperado desde el otro lado del teléfono, un “te quiero”, un “te amo” después del sexo, y otras cosas por el estilo.

En aquellos instantes todo es un paraíso adánico: dos hombres creados por un mismo Dios se sienten dueños del mundo que habitan, dos adanes con sus costillas completas celebran la hierba mojada del edén bajo sus pies y se juran invencibles.

Pero un día, en que el cielo es tan azul como de costumbre y ninguna señal de mal presagio se divisa en el horizonte, aparece ELLA, y lamentablemente ahora son tres en escena. La sala del teatro empieza a llenarse de a poco para contemplar una función inesperada; tal vez, el peor de los montajes.

La relación se transforma en un encubierto ménage à trois emocional, un “juego lúgubre” donde quedarse significa las lágrimas y el desasosiego. En esta nueva y decadente versión del Banquete platónico, el amado es salomónicamente dividido en dos mitades. Pero el hambre del amante es demoníaca, no desea compartir nada; y allí empieza a ponerse peligroso el asunto, cualquier cosa podría suceder. Están a un paso de la famosa escena Verlaine vs. Rimbaud, es cuestión de un empujón para que todo haga ¡Bang, bang!

Una noche, el amante (el hombre en edad madura) explota en histerias consecutivas ante su joven preciado, discuten a solas, delante de ELLA, de un grupo de gente en la calle, o en la virtualidad de las redes. Todo empieza a arruinarse. “El hombre al que amas es el monstruo al que temes”, dice otro filósofo popular llamado Bryan Warner (Marilyn Manson).

Entonces la única salida que queda es huir, correr lo más rápido que se pueda. ¡Escapar!

Como Verleine, los amantes traemos dentro un fuego, un apetito de destrucción que sólo se sacia al echar un imperio abajo o consumir hasta el último halo de aliento de nuestro amado.

Debo concluir diciendo que soy el amante del que habló Platón siglos atrás. Me retiré a tiempo del campo de guerra y padecimiento que representó mi “amado”, salí fracturado, despreciado y casi muerto.

Para los de mi estirpe, queda la hoja en blanco a la que nos enfrentamos día tras día. Para nuestros demoníacos amados, siempre habrá una pobre y traumada Mathilde Mauté, esperándolos por siempre en cualquier esquina.