Literatura

Las estaciones de Debbie Poch

Por:
2 / 12 / 2017

Teniendo, el ser, fases como la luna; en la impronta de cada una hay
idiosincráticos dialectos y matices

 El Camino

 

Somos tantas víctimas ahora, tantos mudos en otros mundos,

tantos azulejos en una sola masacre,

¿Quién podría pintar ahora un cuadro?

¿Quién podría escribir un poema sin temer a los puntos suspensivos?

 

Se anhela la arena cálida en un un atardecer fresco,

donde las flores de los siete cueros bailen con el viento,

donde las manos estén ansiosas,

donde las palabras se encuentren tímidas.

 

Hay temor por la monotonía,

por un final igual a los de siempre,

por la tristeza de una última caricia,

un último roce,

una última mirada,

un último…

 

Hay gritos por todas partes,

por aquí,

por allá.

También por donde va caminando esa mujer que lleva a cuestas un costal.

Esa,

la que va descalza, mirando fijamente al pasto para no destruir los hogares de las hormigas;

la que se niega a mirar al cielo, que únicamente le trae recuerdos agridulces con caretas de ojos claros.

 

En la lejanía y en la incertidumbre hay fantasmas,

son más hermosos que su rostro,

tienen más forma,

son más visibles que su estampa.

 

Sólo está la lucha del día a día, la que borra todo,

hasta la obligación de mantener la calma.

Ella se encuentra flotando en la cumbre de la montaña, ansiosa, con esperanzas, olvidando que es una víctima, olvidando, que tiene que bajar de la montaña.

Dawid Planeta, Right Road (2017).
“Right Road”, por Dawid Planeta, 2017, en Behance

      Despierta

Lo bueno es que ahora sé cuáles siluetas son reales,

y no son sólo abstracciones atraídas por tus locos destellos.

 

Ahora acaricio todas las siluetas,

les hablo y me responden;

ya no me sonríen y nada más,

ya no me besan, y nada más.

 

No me tocan,

no me olvidan,

no me ignoran.

 

Hoy me tocan y nada más;

me agarran,

me llevan,

me cargan,

me hablan, me vuelven a tocar

y me siguen sonriendo.

 

Pero yo me quedo quieta, aunque temblando de miedo;

recordando sucesos que únicamente me contaron,

recordando episodios que no se han vivido,

recordando que me enloquece el miedo a enloquecer.

 

        Voz interior

 

Me voy a olvidar de las largas conversaciones que no he podido olvidar, olvidaré cada paso que di hacia una tormentosa despedida, abandonaré los apegos, los caminos, los paraderos, las sonrisas, la atención, el interés.

Me abrazaré las piernas y pensaré en el polvo de mis libros, en cómo doblar las esquinas, en pelar una naranja, en cualquier cosa. Le temo a los que se roban mis sonrisas.

Quisiera despertar en una laguna acompañada de las serpientes que nadan sin preocupaciones, dormir entre la hojarasca y no temerle a las hormigas; contarles mis secretos, caminar descalza sin vergüenza de mis pies.

Me voy a olvidar de que el aire del lugar donde vivo no se puede respirar. En cambio, lo aspiraré con energía y satisfacción. Mis manos recuerdan la tierra con ternura, la anhelan y la imaginan contigo… ¡También las quiero abandonar! Abandonaré las vías que estoy imaginando, por las que llegaremos a nuestro destino donde estaremos solos, sonriendo y extrañando.

Cuando mi corazón se calme, olvidaré esta locura. Cuando respire sin ganas, te abrazaré. Cuando nos miremos, bailaré contigo sin tener que verte…

Me voy a olvidar de las largas conversaciones que no me dejan dormir, de lo molestas que son las moscas que no me han abandonado, las mismas que me susurran todas las noches tus palabras para que no las olvide, aquellas que marcan mi piel y la cicatrizan. Cuando regresen los recuerdos de mi cordura, acudiré a ellos, sola, sin el miedo a la sombra de los árboles, ni a los silbidos del viento. Cuando regrese la cordura, le preguntaré cómo se sentía una cabeza normal, qué era saltar, correr, no llorar, y no temer tanto.

¡Quisiera despertar en una laguna llena de serpientes! ¡Si tan sólo pudiera ver a las lagartijas nadar! ¡Si tan solo mi piel no se estremeciera mirando la delicadeza de los cuerpos!

Me voy a olvidar de las largas conversaciones conmigo.

Parte de Deep Dark Things (2017), Trevin Wyant.
Parte de la serie “Deep Dark Things”, por Trevin Wyant, 2017, en Behance

        Trasmutación

 

Me convertí en aquello que nunca pensé sería:

tronco seco que se dejó llevar por la corriente de un caudaloso río,

tronco que alberga gusanos, después de haber tenido turpiales como invitados.

 

Hoy digo adiós al que

se permitió haber sido un guayacán rojo,

al que se atrevió a dar sombra,

al que se decidió a florecer.

 

Mientras tanto, medito al lado de un caudal apaciguado

y estoy comenzando a creer

que soy la sequía inminente, con ojos carceleros de ilusiones.

¡Y que, como si fuera poco!

Termina exprimiendo y descomponiendo el alma.

 

O que, solamente… estoy cerrando un ciclo

 

Metamorfosis

 

Hasta ayer fui larva, hoy me encuentro dentro de mi acogedora crisálida,

cogiendo fuerza para al fin romperla.

 

No niego que me sentía cómoda siendo oruga: blanda, pero con expectativas de alzar el vuelo.

Se me olvida que la realidad es otra.

 

Soy un imago.

Alguien que ya abrió sus alas hace mucho tiempo;

un bicho que tiene una vida formada;

alguien que le robó todo el néctar

a las flores de los jardines más hermosos;

una personita que va recompensando sus robos

semilla a semilla.

 

Un imago que, al aletear,

tiembla y vuela hacia atrás,

con las alas llenas de remiendos y coseduras

que le ha obligado el cielo.

 

Pronto, tendré vestiduras nuevas.

Alas sin cicatrices.

O bueno, con una,

que no vale la pena mencionar.

Pronto, contaré otros hechos,

con palabras más exquisitas, dóciles,

preparadas con los más dulces néctares.

Pero, hasta ese entonces,

seguiré en esta constante metamorfosis

y con esta respiración profunda.

 

Shed (2013), Alison Czinkota.
“Shed”, por Alisson Czinkota, 2013, en Behance