Literatura

Lídia Jorge: los escritores “tenemos la llave para decir que hay belleza en la vida”

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14 / 06 / 2018

Durante una conversación por celular, la escritora portuguesa Lídia Jorge habló de literatura, del tiempo y también de su vida.

Del otro lado de la línea la voz de Lídia Jorge (Boliqueime, Portugal, 1946) se escucha como una brisa que por momentos se convierte en vendaval. Aunque se disculpa por su “flaco español” habla con seguridad, como si tuviera las primeras líneas de una historia que se esmeró en escribir.

Esos contrastes en su voz dan una idea de lo que son sus libros: un paralelo entre la desazón y la esperanza, el amor y la guerra. Es autora de varias novelas como El día de los prodigios, ambientada en la Revolución de los Claveles y que en 1980 llamó la atención del panorama literario portugués por su ingeniosa sucesión de milagros que marcan un cambio en el poblado de Algarve; o La costa de los murmullos, desarrollada en Mozambique – país donde Lídia trabajó como profesora durante la Guerra Colonial Portuguesa – y que relata cómo el conflicto erosiona al matrimonio de una joven con un militar. Además de sus novelas ha escrito cuentos, literatura infantil, teatro y ensayo.

Los conflictos sociales y políticos son, para ella, motivo para ahondar en la condición humana y sus laberinticos rincones, en la cotidianidad con su asombro y pesadumbre, en esa capacidad del ser humano para seguir viviendo y luchando a pesar de la adversidad; pero también para reflexionar sobre la infancia y lo femenino, grandes temas que atraviesan a su extensa obra.

Ganadora de importantes reconocimientos, como el premio Jean Monnet de Literatura Europea – Escritor Europeo del Año (2000); el Premio Albatros de la Fundación Günter Grass (2006) y el Gran Premio Luso-Español de Arte y Cultura (2014), ha sido traducida a más de 20 idiomas y es considerada una de las voces más influyentes de la literatura portuguesa.

Al momento de atender la llamada, Lídia se encontraba en Bogotá como una de las autoras invitadas a la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBo) 2018. “Una feria grandiosa”, dijo con entusiasmo y manifestó su encanto con la capital colombiana. Era 23 de abril (casualmente Día del Idioma) y a 446 kilómetros, más precisamente en Medellín, un periodista la escuchaba presto a preguntarle por su obra, por la esperanza como resistencia a la desazón y por la vida, que en últimas es material de sus libros.

Hay en sus cuentos y novelas cierto estremecimiento, así como realidades duras que afrontan los personajes. Aun así, ¿cómo logra darles un atisbo de esperanza y humanidad? 

Me parece que las dos cosas, la amenaza y la esperanza, ocurren en mis libros. Escribo alrededor de la violencia, la violencia íntima, la violencia entre los matrimonios, la violencia entre los países, la violencia entre las culturas. Pero siempre dejo algo para que uno se mire en la esperanza, para que la gente, viendo lo que es diferente, persevere [en el hecho de] que los humanos son más próximos los unos de los otros.

En mi país hubo una guerra muy dura durante 13 años, que ha creado graves problemas no solamente en Portugal, sino también elementos muy contrastantes y dolorosos en las antiguas colonias. Nosotros estamos viviendo esos momentos, que son muy contrastivos del punto de vista de la paz que queremos alcanzar todos en los territorios que son diferentes, pero los ritmos son diferentes también. Portugal quiere rápidamente olvidar lo que ha pasado, su pasado colonial; pero en las [ex]colonias quieren recordar porque tienen resentimiento aún.

Mis libros hablan mucho de ese descompás entre las expectativas de las diferentes culturas, los que quieren recordar y los que quieren olvidar. Yo hablo de la diferencia entre las miradas, pensando que fraternizando sea posible un entendimiento. Esa es una de las materias de mis libros.

Hay otros temas en sus libros, Lídia; y son el universo femenino y la infancia. ¿Podría hablar un poco de ambos, qué tan determinantes son en su universo literario?

Mi infancia pasó en un tiempo un poco [parecido a lo] medieval, cuando la gente dependía de la tierra, la lluvia y las estaciones del año. Era un momento muy rural. Después pasó a un periodo donde toda la gente que tenía algo de fuerza y visión dejaba la casa, la tierra, e iba al extranjero para trabajar. En eso, conocí la desbandada de la gente de los pueblos, pero después vino el turismo que lo ha modificado todo.

La infancia me ha enseñado sobre todo a esperar, a tener paciencia, ese ritmo. Nosotros dependíamos de la naturaleza. Me ha dado la idea de que el ritmo humano debe saber que hay un principio y un fin, y la literatura hace eso: ve los hechos en perspectiva y no como algo que se vive rápidamente, siempre en ese gran plano de la naturaleza, la modificación y el desplazamiento. El pasado me dio mucho por ver, tener la posibilidad de replantear silenciosamente, como una espía, para comprender.

Creo que hoy mismo, esa mirada de la infancia, que es una mirada de expectativa silenciosa, es aún mi mirada, una mirada que hemos tenido entre las mujeres, porque todos los hombres de mi familia partieron para África, Argentina o Australia, y las mujeres se quedaron solas. Ese sentimiento femenino ha sido muy importante en mi construcción mental y por ello me planteé que uno espera para comprender.

Yo sé que el movimiento de hoy es diferente, nosotros estamos en la cultura de la velocidad y la rapidez, pero hay otro movimiento que es más largo y hondo. La rapidez es una especie de primer plano, pero el segundo plano es un plano en perspectiva, un plano lento, donde el principio y el fin se ven en cámara lenta.

En este momento de tanta facilidad en la comunicación, me parece que todo ese sentimiento que mi generación trae detrás es necesario para contar lentamente, dejar que los mensajes se depositen dentro de nosotros calmadamente con el tiempo, el tiempo de la literatura, el tiempo que hace que uno encuentre las palabras exactas para lo que ocurre. Toda esa enseñanza y comprensión que he vivido en el pasado me ayuda a comprender hoy, a interpretar el presente. Los escritores quieren presentir el futuro, pero en mi caso esa mirada mía me ayuda a comprender ese paso entre los diferentes tiempos, entre el pasado, el presente y el futuro.

La entrevista transcurría con la tranquilidad de un viaje en velero. Lídia tejía su universo literario sin alterarse por el correr de los minutos, pero justo cuando iba a hablar con el periodista de cómo la literatura ha sanado las heridas aún abiertas por la Guerra Colonial Portuguesa – tema que en muchos portugueses genera sinsabor, debates y a veces silencio –, ocurrió un imprevisto que a él casi le hace perder los estribos: la llamada se cayó.

Avergonzado se dispuso a llamarla, pero antes de hacerlo sonó el celular y contestó. Era Lídia, tranquila como al inicio de esta entrevista. “Se nos cayó la llamada. ¿Tu pregunta va por cómo la literatura enfrentó el silencio?”, preguntó y al escuchar un sí como respuesta retomó la conversación:

Portugal ha hecho toda una literatura que ha revisitado la cuestión colonial, sobre todo desde el lado de los militares que hicieron la guerra. Yo nombro a dos escritores, Antonio Lobo Antunes y João de Melo, que han escrito libros extraordinarios sobre su presencia directa. Pero hay toda una generación con lo mismo, es un tema aún recurrente. El último libro de Antonio Lobo Antunes es sobre la guerra, porque para nosotros el colonialismo se plantea como una especie de gran herida que es la guerra, la guerra ha sido una demostración de la injusticia, de la incomprensión entre los portugueses en relación a los otros. Hay libros del lado de las [ex]colonias, escritores que han escrito sobre el mismo tema desde su lado, pero viendo el problema como la herida necesaria. Esa herida necesaria continúa siendo el tema predominante de la literatura portuguesa hoy.

Si la Guerra Civil Española es un terremoto que hace que la escritura de España continúe haciendo una literatura muy viva, desde el punto de vista de la revisitación contra el silencio de la guerra, los alemanes revisitan permanentemente al Holocausto y los franceses la ocupación alemana; para nosotros el tema terremoto es esta separación en relación a los espacios coloniales.

Hay un filósofo portugués muy importante, Eduardo Lourenço, quien dice que los portugueses aún están sintiendo las colonias como miembros fantasmas. Como cuando se corta un brazo o una pierna: uno siente un dolor en la pierna y en los brazos, pero ya no los tiene. Eduardo Lourenço habla de que en Portugal continúa una especie de dolor fantasma por haber perdido las colonias, aunque hubo una compensación cuando nosotros entramos a la Unión Europea. Pero desde el punto de vista artístico, en las películas y los libros, nosotros hemos revisitado permanentemente el tema.

Precisamente usted vivió en Mozambique y Angola, donde fue profesora.  ¿Qué tanto la influyó esa experiencia como persona y escritora?

Yo diría que fue mi experiencia inaugural, porque estaba del lado de los colonizadores y de los militares, yo era mujer de un militar. Pero como profesora tuve muchos alumnos africanos y fue muy importante porque conocí sus vidas, ellos venían de pueblos que habían sido destruidos por los portugueses.

Entonces, comprendí que en mi sala de clases veía las dos partes del enfrentamiento, las dos partes humanas, y eso me ha hecho sensible al otro lado. Me ha hecho mujer, me ha hecho una persona grande, en el sentido de que comprende la cultura y la civilización como diálogo. Ha sido mi prueba de adulta. Aún escribo no directamente sobre esa experiencia, pero sí con la sensibilidad que adquirí con esa experiencia.

En un artículo del El País de España a usted la definieron como una escritora ética. ¿Se considera así, o más bien se considera una escritora humanista, dada la importancia de lo humano en su obra?

Me considero una escritora humanista, como todos los escritores en general. No quiero jamás decir que soy una escritora ética, pienso que la escritura hace lo que quiere, cuando habla de los sentimientos humanos quiere hacerlo con belleza. Quiere que la pesadumbre de las relaciones humanas se eleve hablando con belleza, eso es para mí lo más importante.

Yo creo que los escritores no oponen al mal con el bien, al mal lo opone la belleza. Nosotros no tenemos la llave para erradicar el mal, pero sí tenemos la llave para decir que hay belleza en la vida, que el bien es una parte de la belleza.

Usted ha escrito cuento, novela, ensayo y literatura infantil, ¿con cuál género se siente más cómoda?

No, todos me parecen cómodos. Hay unos donde el personaje es muy cercano a mí misma, pero eso no significa nada. Yo me siento cómoda con todos, no hago la diferencia.

Hoy en día es considerada una de las escritoras portuguesas más importantes del momento. ¿Se siente bien usted con este título o qué piensa al respecto de los elogios que hacen de su obra?

No me parece que se pueda decir ya lo que soy, porque estoy escribiendo. Mi proyecto es un proyecto de futuro, no me preocupa el lugar que ocupo. La gente vive de eso, pero yo estoy ahí, inventando la vida, inventándola en mis libros. Tengo la ilusión de que el libro más importante sea un libro del futuro, donde pueda hablar de la humanidad con los ojos más grandes posible. Pero eso será en el futuro, no soy capaz de colocarme en un lugar, los otros que lo digan.

***

Terminó la entrevista. Lídia se despidió con un “muchas gracias” y colgó el celular. Su agenda en Bogotá continuaba, aunque al otro día viajaría a Chile para, como le dijo antes al periodista, “conocer mejor el continente”. En realidad asistiría a la Feria del Libro de Plaza de Armas, así que la esperaban ocho horas de vuelo, una agenda más. Aun así, tendría espacio para volver a tiempos más lentos, para inventar la vida, como en este fragmento de Los tiempos del esplendor, cuento de su más reciente libro homónimo:

Escuchad el silencio de la casa en la madrugada. El pasillo está aún a oscuras y la puerta del fondo se mantiene cerrada, pero ellos ya se han reído, han hablado y se han callado de nuevo. (…) Eran los tiempos de las grandes casas para tres personas, los tiempos de las criadas, los tiempos del agua no canalizada, los tiempos de una única lámpara colgada del techo, los tiempos de los jardines domésticos con lagos y peces rojos, los tiempos de los profesores de Latín, como mi padre”.