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Literatura

Huir, siempre huir…

22 / 03 / 2021

A veces, aun teniéndolo todo, simplemente queremos huir. Huir de todo, de todos, de nosotros mismos.

Muchas veces pienso en Jorge, en Jorge y en su frase, “Hay momentos en la vida de matrimonio en que a uno le gustaría salir corriendo, ir a comprar cigarrillos, huir, no volver nunca, en fin, salir corriendo”.

En mi caso sería salir corriendo, ir a comprar una bolsa de leche, huir, no volver nunca, en fin, salir corriendo.

Me acuerdo de él cada vez que peleo con Salvador, mi esposo. Lo recordé cuando el cura pronunció: “Ahora son marido y mujer y lo que une Dios que no lo separe el hombre”. Cada vez que él reniega por mi poca devoción hacia la Virgen. O cuando peleamos porque no bendije los alimentos. O cuando usaba escotes y faldas cortas, o veía en cine cómo los actores hacían el amor acaloradamente.

Hace tiempo que he querido huir, siempre huir, pero no, no lo voy a hacer. Él me brinda el cariño que he buscado, desde que ya no pude pronunciar la palabra “papá” porque la muerte la hizo desaparecer de mi léxico. Por eso no he ido a comprar leche, y más bien me tomo el café oscuro y amargo.

Dejé de pensar en Jorge, y en su frase, y en huir, el día que conocí a Miguel. Fue un día lluvioso. Un hombre alto, guapo, que me impactó desde que sus manos tocaron las mías. Fue unas horas después de regresar de mi trabajo, en una noche fría. Yo venía cansada y solo esperaba el momento en que me iba a tomar un café con leche para calentarme e irme a la cama. Cuando fui a buscar la leche en la nevera vi que solo quedaba el empaque, de leche nada, entonces le dije a Salvador que iría a comprarla. Discutimos. Él me decía que esperara, que las compras se debían hacer según el calendario y que ese no era el día, me dijo también que si no había leche, debía resignarme a tomar el café negro. La cara se me puso roja, y salí.

En el supermercado, en la estantería, tratando de coger la última bolsa de leche, mis manos palparon algo, otra mano. Era Miguel. Un hombre que también fue a comprar leche para salir de su casa, para huir. Nos quedamos mirándonos y al final decidimos dejar la leche tirada, tomarnos un capuchino y conversar de nuestras vidas.

Supe de Miguel: apasionado por las bellas artes, toda la vida ha querido ser pintor, un gran pintor. Supe que, por un error, un hijo que nació cuando no debía, sus planes se esfumaron como el sueño que los creó.

Mientras nos tomábamos el café, nuestras manos se volvieron a buscar. Aunque esta vez con miedo, comenzaron a jugar y a conocerse. Yo le conté mi vida de casada. Nos dimos cuenta de que nuestras existencias eran tan parecidas como dos mundos paralelos. Afuera caminamos riéndonos de nuestros problemas.

Volví a mi casa. En la mesa del comedor encontré una nota, era Salvador que se despedía: había salido a buscar cigarrillos.