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Literatura

Javier Naranjo: “La poesía sucede”

6 / 05 / 2020

En esta entrevista, hacemos un recorrido por cada uno de los libros del poeta colombiano Javier Naranjo, autor de Casa de las estrellas, su libro más editado, elogiado por lectores y escritores, y fruto de su extensa trayectoria como tallerista de escritura en Medellín.

Javier Naranjo vive en El Carmen de Viboral -el pueblo del poeta colombiano que más admira, José Manuel Arango-. Un lugar a una hora de Medellín que, al ritmo que van las nuevas construcciones, pasará a ser una ciudad en pocos años. Para llegar a su casa debo tomar dos buses: el primero en la Terminal del Norte de Medellín y el segundo en el parque principal del pueblo. Este último sale puntual cada hora y me lleva hasta la vereda La Chapa. En este cambio, ciudad – pueblo -vereda, sobresale el olor. En la subida al pueblo la ciudad huele a industria, a desechos, a río contaminado; al llegar a la vereda se pierde el olor a polvo y pan recién horneado del parque, para darle paso a la hierba y los cultivos de flores.

El bus me deja en la tienda que hace de estación final. Me bajo mientras otros se suben: es domingo y bajan al pueblo a mercar o pasar la tarde. Camino unos pocos tramos de carretera y encuentro la casa. No llamo a la puerta porque está abierta. Javier está ordenando con prisa el desorden que dejó la visita de una semana. Ordena con prisa su casa para la otra visita, la de unos amigos y familiares de su esposa, Orlanda, que se han citado hoy para un almuerzo en familia. Mientras eso pasa, saca un tiempo para esta entrevista.

Nos dirigimos a la biblioteca que ocupa casi la mitad del primer piso. Es generosa en libros y, como toda biblioteca personal, tiene un orden especial. Al lado de su escritorio está el estante con los libros de poesía, ordenado por países y alfabéticamente. En la sección más grande, dedicada a los poetas colombianos, hay libros pequeños de sus amigos que siguen publicando, que siguen con la fe intacta en la poesía. Argentina está arriba, con Héctor Viel Temperley, Alejandra Pizarnik, Roberto Juarroz; y Uruguay abajo, con Idea Vilariño como joya absoluta.

Javier Naranjo nació en 1956 en Medellín, ciudad en la que realizó estudios de Antropología. Empezó a escribir desde el colegio cuando, en el grupo de compañeros con los que compartía libros y salidas, un amigo le mostró un texto que había escrito y le reveló que cualquiera podía escribir. Javier, lector de libros de aventuras, creía que las historias las contaban los grandes autores que ya estaban muertos. Ese encuentro desprevenido fue la semilla de su literatura y hasta ahora ha publicado cinco libros de poesía: Orvalho (1990), Silabario (1994), Lugar de cuerpo ciego (2006), A la sombra animal (2011) y La distracción (2017); y tres recopilaciones de talleres: Casa de las estrellas (1999, 2009, 2013, 2018), Los niños piensan la paz (2015) y Lo que mi voz leía (2019), en coautoría con Orlanda Agudelo.

Javier Naranjo

Foto cortesía Jorge Luis Sepúlveda Argáez

Jorge Luis: Tu primer libro, Orvalho (1990), es muy especial: lo acompañan dos poetas amigos, los grabados del artista José Ignacio Vélez y una introducción del poeta Carlos Vásquez T. Háblanos de ellos, de ese libro y de ese momento de tu vida.

Javier: Varios amigos nos reuníamos alrededor de la lectura, de la poesía, los parques, los vinos y el asombro, con lo que la poesía tenía para decir en el mundo o estaba diciendo en el mundo. Leíamos y escribíamos mucho. Hubo un momento en el que uno de los amigos, digamos que de alguna manera se fue a hacer fortuna, [aunque] eso es muy particular diciéndolo así; un amigo lector nos ofreció a tres de nosotros, a Gabriel Jaime Caro, a Carlos Enrique Ortiz y a mí, publicar un libro. Él se llama Efraím Urrego y muy generosamente nos dijo: ‘Ustedes ponen los poemas, yo pongo el dinero y hacemos el libro’. Veníamos escribiendo hacía tiempo y Orvalho es el resultado de esa amistad. La idea era que cada uno tuviera una parte en el libro. A José Ignacio, cuando el libro estaba ya muy armado, le mostramos los textos y él accedió a entregarnos unos grabados -yo tengo aquí en casa algunas de las planchas de esos grabados que son muy bellos-, admiramos mucho su trabajo; y a Carlos Vásquez, amigo entrañable. Juntos estábamos en esa aventura de la poesía con otros cuantos amigos, recorriendo, como te dije ahora, calles, vinos, poesía, conversaciones y todo eso; y Carlos accedió a hacer el prólogo.

J L: ¿Habías publicado antes?

J: Se habían publicado algunos poemas en una revista que dio mucho golpe, que fue muy reconocida. Por lo menos en Medellín tuvo un impacto muy interesante, porque estaba publicando poetas nuevos. Entonces, uno verse ahí en papel era muy bueno, para mí y para muchos que no habíamos publicado nunca. [Se llamaba] La Gaceta, de la Universidad de Antioquia, era un gesto muy bello de los organizadores e impulsores de la revista.

J L: ¿Quiénes fueron tus primeros lectores? ¿Dejaste por fuera de tu primer libro otros textos?

J: Empiezo por el final. Quedaron textos por fuera, sí. Yo hice una selección, no era fácil darme cuenta de qué podía ser razonablemente decente o digno de alguna manera. Sentía que estaba balbuceando y que esos [poemas] eran apenas modulaciones iniciales. No porque pensara que iba a tener un destino como poeta o publicando, simplemente escribía, [era] un muchacho que escribía y sentía que en la escritura estaba diciéndose, tratando de entender también al mundo y a los demás en la escritura. Publiqué en Gaceta. ¿Quiénes me leyeron? Entre los amigos un poco, pero yo era tímido y no mostraba mucho. Sí nos mostrábamos un poco lo que estábamos haciendo, pero a mí me daba pudor y me sigue dando.

J L: ¿Compartías tus poemas con tu familia?

J: No. Mirá, mi papá fue el que me impulsó, entre comillas, porque no fue un impulso evidente. Mi papá leía, me entregó la fiebre por la lectura, un lector que no pudo terminar primaria siquiera. Leía y me llevaba a la Biblioteca Pública Piloto y ahí empecé a sacar a Mark Twain, Salgari, y a leerlos. Pero la poesía no estaba en mi radar, por mucho tiempo la poesía solo era algo que se leía de para abajo de una manera muy complicada, con palabras muy enredadas. No me interesaba mucho, no la entendía; pero disfrutaba, de muchacho, las aventuras en las que yo también, de alguna manera, participaba. No le mostraba a mi padre [lo que escribía], a pesar de que él era muy cercano a la palabra; ni a mi mamá, ni a nadie.

J L: “…y se le ha dado al hombre el más peligroso de los bienes, el lenguaje, para que con él cree y destruya”. Esa frase de Hölderlin, traslada a tu trabajo inicial, ¿qué te dice ahora?

J: Me sigue pareciendo que el poder de la palabra es tremendo. La palabra nos construye y nos destruye también, en el lenguaje habitamos y que en esa habitación puede haber de todo: asombro, misterio, terror, horror, angustia, depresión, alegría. No sé, el lenguaje para mí es una cosa muy vital. No sé cómo decírtelo de una manera menos torpe, pero es algo que nos hace y nos deshace.

J L: Después de Orvalho, se publica Silabario (1994). ¿Nos podrías contar cómo se fue escribiendo este libro?

J: Yo seguía escribiendo, siempre bajo la condición, que aún se mantiene, de que no me sentaba a escribir, sucedía. Sigo pensando que la poesía sucede y no hay nada que me garantice que mañana o pasado mañana va a suceder y posiblemente nunca más, no tengo idea. Quisiera que no me abandonara esa sugerencia -ni siquiera digo la musa-, esa pequeña sugerencia que toma cuerpo en el poema, en las palabras, y a la que uno asiste. Uno es el primer asombrado de eso que se va desarrollando en el papel, [y uno se dice]: ‘uy, yo no sabía que esto estaba ahí’. Es una cosa a la cual yo he tratado de estar atento y funciona así. No me sentaba a escribir.

Admiraba mucho la obra de José Manuel Arango y otros poetas, como Juarroz; pero volvemos a lo de la imagen. La de José Manuel Arango era mucho más despojada de imágenes y había algo en ese silencio y esa manera delicada de poner las palabras que a mí me atraía mucho. Una vez, yo tenía unos poemas por ahí y me encontré con él. De hecho, fui a buscarlo y pude encontrarlo en una escalera de la Universidad de Antioquia, de algún bloque de esos, y le dije, en el mismo balbuceo de siempre: ‘José Manuel, mirá, tengo esto ¿Podrías verlo de pronto?’ Y se lo entregué así… casi que se lo solté; y salí huyendo, literal, muerto de la pena y del respeto. Pasados unos días, no sé cuántos; José Manuel me llamó. Ahí estaban mis datos, y me dijo que teníamos que conversar, y eso fue un acto de generosidad increíble. De esa conversación que tuvimos en un bar al frente de la Universidad y en el señalamiento de él, del peso específico de cada palabra, y de la importancia de cada frase y de cada imagen, y en el detenimiento de cada cosa, de cada palabra; entendí muchas cosas. Y después de eso, tras un trabajo que vino con las señales que él hizo, se lo devolví y José Manuel decidió presentarlo a la Editorial de la Universidad de Antioquia.

J L: De hecho, José Manuel Arango dice en la contratapa del libro: Lo primero que uno halla en estos poemas -lo primero que lo sorprende- es su delgadez, su contención, su callada música. ¿Qué recuerdas de José Manuel Arango? ¿Cómo era con los poetas que recién comenzaban a publicar?

J: Él era de una generosidad increíble. José Manuel era una persona que escuchaba. Toda la vida, hasta su muerte, escuchó. Estaba atento a las nuevas voces, no tenía recelos de grande, ni de divo, ni de estar en una torre de marfil para sentir a esta gente que apenas empezaba, nosotros que apenas empezábamos a esbozar palabras en el papel. [Trataba de] estar atento, de ver lo que había ahí y señalarte algunas cosas en tu escritura, a señalarnos con una generosidad tal que yo lo que tengo por José Manuel, aparte de que la vida me haya procurado esa amistad, es un profundo agradecimiento. Era muy generoso y con compañeros míos como Pedro Arturo Estrada, que publicó simultáneamente conmigo. Yo conocí a Pedro por José Manuel y admiro mucho su trabajo.

J L: El libro está divido en dos partes y el tema de la muerte lo atraviesa ¿Por qué la muerte?

J: Me parece que la muerte es el gran tema, es lo que nos obsede a todos, queramos admitirlo o no. Sin eso no hay conciencia de la vida. Es decir: si tenemos una consciencia también de que morimos y lo ponemos ahí al frente y conversamos con esa muerte, que en algún momento nos va a llegar, la vida cobra pleno sentido. Otros lo han dicho, esto no es nuevo, yo me pego de otros.

J L: Por esos años conoces a Blanca Varela y te regala un libro…

J: Sí, en el Festival Internacional de Poesía de Medellín, no recuerdo qué año. Yo era fotógrafo, me ha gustado mucho la fotografía; entonces el Festival me propuso hacer fotos de los poetas y los eventos, y estaban Gloria Gervitz y Blanca Varela entre otros tantos, muy buenos poetas también. Con Gloria conservamos amistad todavía; y con Blanca, hubo un momento muy dador porque yo le regalé un libro de poemas con la misma timidez que había tenido con José Manuel por ser quien era, por leer esa poesía de Blanca que es una alta poesía. Yo le regalé un libro y ella me regaló otro con un epígrafe muy especial, valorando lo que ya había leído. Pasaron los días entre una cosa y otra, y estábamos en una lectura -realmente, más que haber leído el libro es que ella asistió a una de mis lecturas-. Yo era fotógrafo [además de] invitado, entonces Blanca se manifestó muy generosa con la poesía mía y me dio ánimos.

J L: ‘las cosas nimias / de los vivos… ¿Esa podría ser la frase que contenga tus dos primeras obras?

J: No sé. Pero se me antoja que, frente a esa realidad tan tremenda, tan totalizante, tan arrasadora de la muerte; todo lo demás es nimio. Pero al mismo tiempo, es la vida. Es decir: hay que disfrutarla, hay que vivir esa alegría, este sol que tenemos aquí, el verde en las hojas. Yo trato de ver ese tipo de cosas, entonces sí creo que son las cosas nimias de los vivos frente a la potencia de la muerte, eso es lo que tenemos.

J L: Pasan más de 10 años para que se publique tu tercer libro, Lugar de cuerpo ciego (2006). Aquí se construyen imágenes e ideas sobre el amor, el cuerpo, la casa, la lluvia, los hijos, el paisaje personal, y la muerte se presenta como un fantasma ¿Este libro se construyó con poemas sueltos o tenía una idea atravesándolo?

J: Nunca ha habido, ni en ese ni en los demás, un propósito definido, un tema. Nunca. Yo a veces entro en choque con eso porque sé que muchos poetas hablan de que hay que tener un tema que englobe un conjunto de poemas, o una preocupación, o una obsesión, o hasta una propuesta estética o lo que sea; pero yo nunca me he guiado por eso. Mejor dicho: en cierto sentido, el tema soy yo frente al mundo y el asombro que eso representa, el maravillamiento y también la tristeza y la percepción de la fragilidad, como te contaba antes.

En Lugar de cuerpo ciego lo que hubo, después de Orvalho y Silabario, es que los temas siguen siendo los mismos: está la muerte, el amor, la conciencia del paso del tiempo, el intento de vivir el presente que se ha ido afianzado a lo largo de los otros libros, el intento de estar ahí con la percepción, en el momento. En ese libro, sobre todo, hay una preocupación con el lenguaje porque quería podar mucho, prescindir de las palabras que creía sobraban; entonces a veces son poemas que, casi para algunas personas, pueden ser estrangulados. Algún amigo me dijo: ‘Mirá, vos tenés problemas con el estreñimiento’; y yo le decía: ‘Y vos con la diarrea’. Son maneras de ver las cosas, creo que andaba amarrando demasiado y prescindiendo de palabras y giros del lenguaje porque sentía que eran accesorios y quería la nuez, el centro.

Quizás venga con tus preguntas, pero lo voy a mencionar de una vez: me he dado cuenta, lentamente, de que hay que dejar en el poema algunos giros, algunas palabras, algunas expresiones, si se quiere, imperfectas. O sea, hay que ensuciar un poquitico esos poemas que pretenden ser impecables, como intenté con Lugar de cuerpo ciego. También ganan en frialdad o pierden por frialdad, se vuelven demasiado concentrados; y no es que no haya compresión, el poema no es hermético, pero puede ganar un toque en hermetismo y algunos decirte: ‘Yo no entiendo lo que dice aquí’; y uno se dice: ‘Pero si está muy claro’. Como está completamente recortado, se puede volver cerrado para los demás en esa búsqueda de la palabra precisa.

Entonces, la palabra imprecisa también tiene que estar en el poema, ¿sabes? La que sugiere, la que apenas juega. Vuelvo a la expresión: ‘La que ensucia un poquito también’. Paulatinamente traté de irlo entendiendo y haciendo, había que dejar cosas que no son tan impecables.

J L: A la sombra animal (2011) es una ruptura en la forma, sino en el contenido: hay más prosa, más relato, y una síntesis al servicio de la ambigüedad ¿Qué trabajo especial hiciste para abandonar el verso breve?

J: No puedo hablarte de un trabajo especial, de una propuesta. Vino de una necesidad, el verso se decía, el verso rompió ese esquema vertical, esa manera, y se propuso así. Así funcionó.

J L: En uno de los poemas se lee: Entro a la nata espesa del día, levanto la cabeza y miro con otra atención¿Qué atención tienes para la escritura?

J: Hay dos cosas: la atención a los días, o a los pequeños momentos, pequeñas epifanías si se quiere, que a todos nos suceden. Solo que algunos optamos por tratar de escribirlas y contárselas a los demás, primero a sí mismo y de pronto cobran la fortuna de poder llegar a los demás también. Lo otro es la atención al poema, a las palabras; para revelar eso, para contar eso. Dejo que suceda, no programo escribir, no escribo de 8 a 10. De pronto pasa y escribo, mantengo cuadernos. Toda la vida tengo cuadernos que alguna vez hasta te enseñé a vos. En mi morral siempre tengo un cuaderno con cosas que trato de escribir de mis días, eso sí es voluntario. Pero de pronto aparece un poema también, algo que se define como poema o que tiene una carga poética, y entonces procuro rescatarlo. Yo reviso los cuadernos y digo: ‘Aquí hay algo, aquí no’, y de ahí salen los libros.

J L: En el poema Condición del ajeno tú haces el ejercicio de traducir una experiencia cotidiana en un poema muy redondo, que no se agota con la relectura. Háblanos de ese poema, de su escritura, corrección y valoración dentro de este libro.

J N: Ese poema es muy singular, [por] la manera en cómo se escribió, porque yo asistí a él. Bueno, así como a todos, uno asiste a esos poemas y también ejerce la voluntad sobre ellos; pero creo que la voluntad viene después, al principio es su existir. Estaba haciendo un trabajo en Santa Bárbara, un trabajo con profesores, y esa noche me hospedé en un hotel en el marco de la plaza. Y en ese hotel -que era antiguo y con piso de madera- sucedió eso que está en Condición del ajeno. Yo no estoy inventando nada. Tuve la sensación de estar en ese cuarto escuchando todo lo que sucedía alrededor, cómo retemblaba ese piso de madera y alguien se lavaba las manos en un lavamanos que había afuera. Pero, además, yo ocupaba un sitio como tantos lo habían ocupado en esa cama y con una cobija que tantos habían usado, con cuadros que tantos habían visto; y sentí el ser ajeno ahí completamente. No lo escribí ahí, ni tampoco supe qué era lo que había sentido. Esto tiene un pequeño asunto con eso de no saber qué se sintió: vos sabés, a veces, que sentís, o que te emocionaste, o que pensaste en esa mezcla entre reflexión, emoción y sentimiento cuando escribís. Quiero decir, la escritura te trae algo que te dice cómo te sentiste.

La escritura llegó cuando estuve en Medellín, pasados dos o tres días, y apareció así. A ese poema yo no le cambié nada. Cuando hablas de redondo, quizás se haya logrado eso en el poema, porque no hay ninguna palabra que cambiara luego, [simplemente] surgió. Vuelvo y te digo: la experiencia estuvo. Pero cuando yo me devolví en el bus, no tenía la conciencia de haber asistido a algo particular, especial, para nada. Y entre otras cosas, es una cosa común. Esa condición del ajeno creo que todos la tenemos.

J L: En el poema ‘Erosión’ tu madre parece que empieza a perder la memoria. Y en tu siguiente libro, tu padre se despide. Este poema es premonitorio y plantea también tu manera de encarar el deterioro del cuerpo y la memoria ¿Qué sientes cuando lo lees?

J: Me conmueve porque ese poema viene de una conversación en la mesa, como trato de relatar ahí, donde mi mamá buscaba encontrar las palabras precisas. Para mí fue muy complicado, tratar hasta de resolverlo con palabras. Creo que ni siquiera se resolvió bien, creo que ese poema tiene errores de escritura. Te voy decir: yo traté de contar que ella hablaba con ella, que por fin se encontró ella con ella.

J L: Publicas La distracción (2017), tu quinto libro. Y para este caso, la escritura regresa a la brevedad ¿Cómo fue el trabajo de escritura y reescritura?

J: Yo, en este y en todos, sobre todo después de las conversaciones de años con José Manuel Arango, corrijo mucho. Pienso cada palabra, cada giro, pienso cuál es la palabra precisa. En La distracción siento que lo trabajé mucho. Pasaron años, transcribo los poemas y empiezo a darles vueltas, vueltas y vueltas; y vuelvo mucho sobre ellos, hasta tratar de llegar a leerlos como si no fueran míos. José Manuel decía que había que dejar que corrigieran los ratones. También tengo la sensación -y esto te lo había mencionado hacía mucho tiempo a vos- de que no es sólo que corrijan los ratones, sino que vos te olvidés de vos en ese tiempo, que no parezca tuyo. Olvidarte de vos es leerlo como si no fuera tuyo. Y eso alumbra, eso es importantísimo. Encontrar ese estado es muy difícil, vos volvés y tenés conciencia de que es tuyo y no lográs despegarte, no lográs estar afuera. Pero cuando está la fortuna y el milagro de leerlo como si no fuera tuyo, decís perfectamente: ‘esto es una mierda, esto está bueno, esto hay que dejarlo’. [Por eso yo] corrijo mucho.

J L: Aquí logras cierto equilibrio entre la situación narrada y la situación explicada a través de imágenes muy precisas de tu entorno ¿Qué te propusiste con este libro?

J: De todos los libros, tengo la sensación -bueno, uno siempre dice que el último; pero de verdad voy a decirlo-: tengo la sensación de que es el mejor, pues de los libros de poesía, es el más logrado. Yo nunca he sido precoz. Tras la vejez, ya llegué a ese libro con bastantes años. [Y] creo que es el más trabajado porque logré -tengo la sensación, no es pretensión- quizás un equilibrio entre el tratar de decir lo que quería y cómo lo quería, hasta dejar que salieran muchas cosas que usualmente hubiera cortado. Es decir: hay algunas expresiones que tal vez no sean tan potentes, fuertes, tan dicientes; pero que necesito [que] estén ahí para lograr un equilibrio, para que no se vuelva lo que fue Lugar de cuerpo ciego, demasiado aséptico, limpio y frío.

J L: Dices al final de un poema: “Esencia de la escritura / la distracción”. Ese valor se suma a “La otra atención” necesaria para escribir ¿Alguna otra que falte para escribir?

J: Yo me encontré con esto de la distracción porque, para muchos, era lo contrario. Te explico: algunos amigos me dijeron: ‘No, esperate un momentico, pero es que el escritor lo que está es concentrado’. Y yo les digo: ‘Sí, pero está distraído de muchas cosas al mismo tiempo’. Y creo que es una esencia de la escritura. Tengo la sensación de que el estar distraído, sobre todo de vos mismo, te permite poder ver lo otro; entonces trato de decir eso. El libro recrea un poco eso por muchos lados. En este caso, la muerte está, está el amor y está todo eso; pero creo que en el libro hay una pugna, un intento todavía más fuerte por habitar el momento. Algunos dicen que es sobre la alegría, la felicidad y la armonía o el intento de armonía. Con eso no se escribe poesía, ni se hace arte. Pero yo tengo la sensación de que sí puede hacerse algo para contarlo a los demás. Digamos que no estoy en armonía, que no estoy en alegría, no es un estado permanente; pero doy cuenta de pequeños regalos. O sea, es un libro de agradecimiento.

J L: En el poema Morir del padre, uno siente que la mano pierde vitalidad ¿Te costó escribir este poema?

J: Sí. Hay unos poemas del padre muy duros ahí. He estado asistiendo a ese morir de él, que aún vive, y al mío en paralelo. Pero me costó mucho, y hay unos poemas recientes que conforman otro libro, que no ha sido publicado y que sigo mirando. Y hay varios poemas al padre, a la despedida de él de la vida, al deterioro que también es el mío, que lo veo en mis ojos, en mi cuerpo, en todo. Me costó ese poema y otros tantos que hay del padre ahí, de despedida.

J L: Salen algunos gatos, pero más tus plantas.

J: Porque creo que hay un secreto en el detenimiento, porque creo que las plantas y los animales te ayudan a contemplar la realidad: contemplar habla de bajar la velocidad, de estar. Yo no hago meditación, ni yoga. Admiro quienes tienen esas disciplinas, [pero] mi pequeña manera de hacerlo es eso, contemplando, abandonando, yéndome de mí para entrar en ese otro territorio que las plantas proponen, porque crecen tan lento, que vos ni las ves a menos que estés un poco detenido. Los animales se mueven a una velocidad distinta a la que vos tenés y podés ver algo de eso si estás un poco detenido. No podés ir al ritmo de las plantas, pero podés ver -si tenés un trato, una conversación con ellas un poco más frecuente- cómo un zarcillo se pega de algo más para seguir su búsqueda de crecimiento, de altura, de sol…para buscar el sol.

J L: ¿Por qué, siendo un poeta nacido en la ciudad, esta no constituye un capítulo en tu obra?

J: La ciudad ha sido muy importante en mi vida. Caminé sus calles, como te conté ahora, con amigos, con la fiebre de vivirla. Pero el campo, para mí, ha sido una revelación desde hace muchos años. En el campo yo me siento en mi espacio, en el que procuro ese detenimiento que necesito o que requiero para poder vivir la vida. Espero, de una manera un poco más plena. Trato de encontrar plenitud en esas cosas de las que hablábamos: en las plantas, en los gatos, en los animales, en lo que me olvida de mí para poder ver un poquito.

J L: Tampoco se asoma mucho la infancia en tu escritura…

J: Hay pequeños poemas que hablan de la infancia, uno que otro; pero no hay muchos, no sé por qué. Ahora con otros ejercicios, con otras conversaciones, con comunidades y con niños, creo que la infancia está hablando cada vez más, está apareciendo.

J L: Sigamos con tu libro más editado, traducido recientemente al portugués: Casa de las Estrellas. Revisando la primera edición (1999) y la última (2014) uno encuentra que el libro se ha transformado, hay más definiciones. En las ilustraciones te acompaña el artista José Antonio Suárez Londoño; y en la introducción, la poeta Piedad Bonnett hace una síntesis muy especial. ¿Por qué surgió la idea de reeditarlo y qué hace que esa Casa siga atrayendo lectores?

J: La idea de reeditarlo surgió porque el libro ya se había agotado. La primera edición la hice con la Universidad de Antioquia, luego con Alfaguara, y para la última estaba el Laboratorio del Espíritu, una biblioteca y un centro comunitario rural ubicado en El Retiro, en donde trabajé. Decidimos sacar el libro que ya no existía en físico y ayudar con su venta a las actividades de la biblioteca. Piedad se plegó a esa idea, yo había leído un par de artículos de ella hablando del libro muy emocionada, muy generosa; y me atreví a pedirle si prologaba el libro, y accedió.

¿Por qué sigue diciendo? Porque yo creo que lo que encontré ahí (y muchos lectores) me cambió, en la vida, la manera de entender la realidad, de ver el mundo, de escuchar a los niños. Porque hubo un momento en el que simplemente yo podía verlos como todos los vemos. Y no estoy diciendo que mi mirada sea excepcional, pero hubo un momento en el que tuve un giro y entendí que tenían un poder de evocación, una fuerza en la expresión, que encontraban la poesía mucho más fácil que nosotros. O sea, que habitaban un territorio poético para decirnos, con palabras, la realidad; y que la poesía no era prerrogativa de los poetas, y eso me fascina. Es decir: que los poetas no son dueños de lo poético, que la poesía está en la vida y que un niño, sin conocimiento del lenguaje y de la tradición literaria, accede a ese pozo imaginario, de sueño. Encontré eso y creo que le sigue diciendo, a la gente, cosas.

J L: Casa de las Estrellas se puede entender también como una metodología de taller de escritura. Y en tu último libro Lo que mi voz leía (2019), tú partes de una pregunta muy especial: ‘¿Recuerdas quién te enseñó a leer?’ ¿Qué encontraste de valioso en esta recopilación de textos?

J: Eso es especial porque, primero, es un trabajo de Orlanda y mío a lo largo de varios años, aquí en el país y en algunos casos afuera, en muchos pueblos y algunos países. Especial porque es con adultos, adultos que se vuelven niños. De hecho, no he dejado de trabajar con niños. Solo que, en este caso, los adultos entran en ese territorio, hacen memoria de cómo aprendieron a leer y a escribir, para bien o para mal. Quiero decir, quién los acercó o alejó de la lectura y la escritura. Lo que encontré cuando les proponía que escribieran unas cartas… a ver, era muy difícil para ellos abandonarse. No les propusimos reglas, les decíamos: ‘tranquilos, escriban como quieran’. Tratábamos de allanar esas aduanas del lenguaje para que escribieran como quisieran. Cuando uno limpia de preceptivas que anteceden, el lenguaje encuentra a veces una manera de decirse muy poderosa, y hablar desde la intimidad de cada uno le entregaba a eso una profunda verdad, una potencia. No quiero decir que el lenguaje no necesite reglas, pero creo que vienen después. Entonces, en el momento de escritura, les decíamos: ‘estén tranquilos, hagan sus memorias, un poco de esas aventuras con el lenguaje’; y contaban unas historias maravillosas.

J L: ¿Qué tanto te ha influenciado este modo de decir de los niños en tu poesía?

J: Esa pregunta en algún momento me la hicieron. Por mucho tiempo, creí que muy poco, porque creo que sigo siendo un poco pesado, un poco trascendental, muy poco juguetón y a veces tengo esa sensación. Pero lo que quizás ha influido un poco es pararle menos bolas, estar menos atento a esa perfección de la que hablábamos antes, a que haya un poco de juego en las palabras, a que pueda haber cosas que no suenen tan bien o tan buenas, o ‘tan agudas’, pongámoslo así entre comillas; esa pretensión de agudeza, de lucidez, como a estar tranquilo con eso. Escribir un poco más relajado, digámoslo así.

J L: ¿Podrías definir la palabra “poesía”?

J: Pues eso es una cosa fregada, los niños lo hacían muy tranquilamente. Para uno es más complejo, pero yo podría decir que es revelación.

J L: ¿Y “poeta”?

J: ¿Sabes? De alguna manera, creo que somos todos; pero algunos nos ponemos en el ejercicio o en la tarea de escribirlo. Sin embargo, la poesía por supuesto no es la escritura, está antes; y creo que todos accedemos a ese territorio de maravillamiento, de asombro y de conmoción que la poesía procura. Otra cosa es que se diga en palabras.

J L: ¿Y “poema”?

J: Un poema yo creo que es un artefacto, un artefacto hecho con palabras que es capaz o no de contener poesía. No es que quiera copiar, eso lo define muy bien Octavio Paz, voy con él por ese lado: un asunto hecho de palabras y de silencios que es capaz, a veces, de contener poesía. Pero la poesía estuvo antes, la poesía fue el momento en el que algo se percibió.

PREGUNTAS RÁPIDAS

  1. Un libro de poesía colombiana: Este lugar de la noche de José Manuel Arango.
  2. Un libro de poesía latinoamericana: Poemas humanos de César Vallejo.
  3. Un verso que recuerdes: ‘Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra / traspasado por un rayo de sol: y de pronto despertamos -(y de pronto anochece)’ – Salvatore Quasimodo.
  4. Un libro que visites con frecuencia: los libros de José Manuel Arango, Wislawa Szymborska, Rafael Cadenas. Vuelvo a ellos con frecuencia.
  5. Una película favorita: Adiós hermano cruel de Giuseppe Patroni Griffi.
  6. Una pintura: cualquiera de Egon Schiele.
  7. Una canción: cualquiera de Jethro Tull.