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Literatura

Síndrome de M’

29 / 01 / 2020

Un viaje, un reencuentro con el pasado en el que, por más que se quiera olvidar, ahí está él con su tensionante presencia.

Para variar, en medio de nuestro almuerzo y en el televisor del estadero apareció la cara del innombrable, aunque sin ser sorpresa ni para Alejandra, ni para mí, ni para los cuarenta y tantos millones de ciudadanos que, inevitablemente, habían pronunciado su nombre, visto sus gestos invariables, memorizado –muchos hasta imitado– el tono de su voz. Y digo para variar porque el pueblo donde el bus había hecho la parada está en esa región mítica donde comenzó la leyenda de este personaje. Y sí, digo mítica porque sólo en términos de mito y de leyenda se han referido y se referirán a muchas cosas suyas, tal vez por mucho tiempo, tal vez a perpetuidad; incluso hasta me tocará a mí, que tendría razones serias para no hacerlo.

Alejandra es una estudiante y yo soy su profesor. Aunque no viajábamos en esa lógica, para el resto del mundo -de la universidad, de sus compañeros, de mi esposa- regresábamos de un congreso de Ciencias Humanas en la capital, donde en medio de salidas a museos, restaurantes, callecitas coloniales y frío seco y eterno, presentí que nuestra historia de casi un año había de terminarse. No sabía si era por evitar las presiones que conllevan las relaciones que van madurando en secreto, si era por algunas molestias o defectos de ella que yo no estaba dispuesto a reconocer por esa condescendencia ciega y desbordada con la que siempre la había tratado; o si el problema se ponía muchas máscaras y en el fondo era simple aburrimiento. El viaje de ida desde nuestra ciudad lo habíamos hecho en avión, y se me ocurrió proponerle que el de regreso lo hiciéramos por carretera, para tener más tiempo de pensarlo todo y porque era la primera vez que ella haría ese recorrido. Durante el almuerzo se me olvidó contarle que cierto tiempo atrás había pasado una temporada en ese mismo pueblo, el pueblo de M’, capacitando a los profesores del diminuto colegio. Alejandra lo sospechó, por supuesto, cuando al llegar la administradora del estadero me recibió con el ánimo de quien recibe una visita familiar agradable. Y cuando apareció la cara del innombrable en el televisor, se me escapó lo siguiente:

–Arrulla más escucharlo en persona.

Alejandra no dijo nada, no tenía que decir nada; las cejas y los ojos preguntaron. Yo resolví todo forzadamente: <<Nada. Bobadas>>.

Después, para terminar de enterrar las “bobadas”, la invité a caminar por el pueblo mientras el bus volvía a calentar motores. Sin decirlo, se me ocurrió que podría contarle la historia completa después, cuando llegáramos a la ciudad, y el recorrido por el breve pueblo de M’ le daría más paisaje a la narración. Antes de subirme al bus volví a despedirme de la administradora con el mismo ánimo del saludo. Cuatro horas después, ya en nuestra ciudad, ya descansados del viaje, retomé la pregunta muda de Alejandra y le expliqué que antes debía contarle sobre mi temporada breve en el pueblo donde habíamos almorzado; así comencé este relato, más o menos igual:

Llegué al pueblo de M’ hace cinco años. La universidad, asociada con la gobernación, me había enviado para capacitar a los profesores del colegio en asuntos de pedagogía, para revisar el diseño de los planes de estudio y para elaborar un informe del desempeño de la institución, una suerte de auditoría de calidad. Trabajo de todos los días que sólo me dejaba los fines de semana para redactar y descartar viajes intermedios a la ciudad. La cuestión demoraría poco menos de dos meses. Yo ya sabía el papel importante de la región en la última etapa de violencia del país, en la creación de esos grupos que veían insuficiente la gestión de los militares y habían comenzado a usar la bandera de la justicia por mano propia. Todos los que sabían de mi viaje me recomendaban la cautela. Mis colegas más cercanos, corrosivos como yo, se despidieron de la siguiente manera: <<Nos avisa cuando vuelva, si es que no vuelve con los pies por delante>>.

Y, como casi siempre ocurre, las cosas con las que uno se previene por desconocidas, dan la bienvenida como esforzándose para ahuyentar la mala fama: mi cuartico de hotel tenía aire acondicionado, y con los encargados desarrollé un respeto y distancia mutuas; acaso al final percibí un vago afecto. Nunca pasamos de los <<buenos días>> y las <<buenas tardes>>; la administradora del estadero, que de ahora en adelante será mejor ponerle nombre, digamos, Sol, atendió mi primer pedido de comida desde el inicio hasta el final de mi estadía, aunque yo todavía no alcanzaba a entender dónde terminaba su amabilidad de anfitriona y comenzaban las vagas señales que luego me aclaró que había cifrado desde el inicio; señales para que hiciéramos lo que hicimos después. Los profesores, por su parte, eran en su mayoría jóvenes y, por lo tanto, ingenuos y dóciles; respecto a la minoría de viejos, en cuanto más rápido terminara mis talleres, mucho mejor para ellos, y por eso colaboraron. Ese día de mi llegada había un desfile sobre no sé qué cosa, y los niños de primaria iban con su ropa impecable y banderitas blancas, los bombos y las liras de la banda marcial eran soportables y yo me fui detrás de ellos. Crucé un breve puente y ya estaba en la zona central del pueblo de M’, separada de los estaderos y hoteles del lado de la carretera. Curiosamente, lo que se puede llamar el centro no estaba regido por un parque ni por una iglesia sino por una avenida corta, separados sus dos sentidos por un estrecho relleno de arbustos y árboles y bancas de cemento que imitaban troncos de madera. A un bordo y otro de la avenida: cafés, bares y tiendas. Y en una diagonal medio empinada la iglesia diminuta y desabrida, puesta como en afanes de última hora, casi una copia a escala de una casita de cartón de pesebre. Los edificios más antiguos eran los que estaban al pie de una desusada carrilera. Todo comenzaba a envolverme, con su calor de mediodía, en un encanto entremezclado de peligro y paraíso escondido.

Entre los profesores jóvenes, recuerdo especialmente uno, Manuel, que se autoproclamó –nadie se lo pidió nunca– mi anfitrión. Con él tomábamos cualquier cosa en alguno de los cafés, una que otra tarde después de las jornadas, y los fines de semana era obligatoria nuestra visita al billar que se asoma a la ribera del turbio río. Nunca hablamos directamente de política, aunque él a veces, yo en mis descuidos y otro recién conocido compañero de juego caíamos en ese terreno, y sólo nos salvaban las frases de cajón sobre la corrupción inseparable de toda la estirpe de los políticos, o la sorpresa porque alguien hacía varias carambolas consecutivas, o molestábamos imaginando cómo la estarían pasando los del otro billar, que era sinónimo de prostíbulo. Era imposible saber la postura política y moral de Manuel respecto a todo lo que era el pueblo, pero alguna vez, al terminar el juego, el muchacho salió entonado por la brisa y el sereno fuerte de la noche, más las varias cervezas que habíamos tomado, y al pasar por el centro del pueblo, en el que los bares competían por ver cuál ganaba en estruendo, se paró en el estrecho separador de la avenida y miró hacia el pavimento.

–Hace unos veinte años tanta fiesta era imposible –suspiró Manuel.

–Jodida la cosa, me imagino.

–¿Jodida? Le cuento que esta calle nada más era para ver cómo dos camionetas despresaban cristianas, bueno, cristianas putas, porque ahora que me acuerdo, nunca vi que hicieran eso con los hombres.

No dije más, y él no tuvo que decirme de quiénes eran las camionetas. Desde esa noche desarrollé cierto instinto nervioso hacia las camionetas grandes y de vidrios polarizados que pasaban por el pueblo. Algo de eso, estoy seguro, sobrevive entre el repertorio de mis miedos hasta estos días.

Por otra parte –una más amable– a la tercera semana, la propia Sol quiso ahorrarse las jugadas disimuladas y se decidió por un ataque frontal: después del almuerzo comenzó a poner dos pocillos de café sobre mi mesa y a sentarse conmigo. Quise creer que ese gesto despejaba el peligro y la duda de si tenía ese tipo de pretendientes territoriales de quién sabe qué calaña, porque nunca me advirtió nada al respecto y tampoco nadie se me acercó para decirme nada. En cuanto a su aspecto, basta decir que era un poco mayor, detalle que, maravillosamente, sólo se le notaba en ese tipo de manos que a pesar del evidente trajín de la vida, siguen siendo delicadas; tenía una mirada clara de ojos imperturbables, buena acompañante de unas pocas palabras que manejaba, y que venía muy bien como complemento de sus atributos –tetas libres, no decaídas, cadera casi al punto del exceso, casi al punto de la firmeza– (estos detalles y otros se los ahorré a Alejandra cuando le conté esta historia) de los que ella y el resto del mundo que la veía estaban seguros, y por eso poco o nada se esforzaba en enseñarlos. Una tarde cualquiera me emboscó con su artillería pesada:

–¿Entonces le gusta mucho ir a los billares, profe? – preguntó y cifró en una sonrisa la doble intención de la pregunta.

–Sí, pero no vaya a creer, no me va bien.

–La próxima no busque la suerte allá. Tuerza el camino de vez en cuando.

En efecto, comencé a torcer el camino entre semana. Pasadas las diez de la noche, cuando Sol cerraba caja en el estadero y medio pueblo ya estaba dormido; apenas quedando un par de pescadores nocturnos sentados en el puente, los pies y la caña colgando sobre el río. Todo entre Sol y yo tuvo sus límites claros, aunque nos permitíamos ciertas confidencias, a veces sinceras, a veces sólo como relleno agradable mientras recogíamos el desorden de su cuarto. Acá es donde la historia gira de tal modo que el vértigo marea: cierta noche quise tantearla sobre su historia propia dentro de la historia grande del pueblo; entonces mencioné no sé qué noticia del día sobre el innombrable.

–Y todo lo que dicen de él es verdad. Venga le muestro –y se levantó de la cama hacia la terraza de la casa.

Yo la seguí. Luego me señaló otra terraza a tres casas de distancia, y siguió hablando:

–Cuando venía, que vino por lo menos tres veces que yo me acuerde, siempre se hacía en esa terraza a saludar a la gente. Andaba en caballo, con el revolver al cinto. Todo el pueblo lo sabe. Siempre al lado de los que ya se mantiene negando. Cualquiera con veinte años de vivir en este pueblo le va a decir que se acuerda. Bueno, pero usted no se va a poner a preguntar esas bobadas, ¿cierto, profe? porque de qué me sirve usted tieso. Mejor que se le entiese lo otro.

–Entonces, si lo sabe tanta gente, ¿cómo es que? –pregunté aunque ya presentía la respuesta.

–Primero, quién se va a meter de testigo en eso tan peligroso; y segundo, supongo que eso de palabra nada más no sirve de nada. Yo no sé –respondió Sol.

La última frase era la señal para cambiar de tema por el resto de la noche, y al mismo tiempo fue el momento en el que comencé a verlo todo con una extrañeza peor de la que había pronosticado.

Hasta este punto de la historia, Alejandra no me había interrumpido, pero acá se le despertó el instinto de científica social:

–Todo eso es horrible. Pero, ¿por qué creerle a esa mujer?

–A uno le queda fácil creer ciertas verdades así de graves cuando sabe que no tienen salvación, cuando adivina lo insalvable de las cosas.

Entonces di paso a dos hechos consecutivos que ocurrieron la última semana:

Primero, y ya sabiendo que no iba a tener respuestas grandes sobre otras cosas, me conformé con resolver curiosidades pequeñas que de cualquier modo tenía pendientes con Sol, a modo de preparativo para nuestra despedida. Una de ellas fue preguntarle por las extrañas y sugestivas marcas que tenía en el recorrido de sus caderas a las rodillas. Así comenzó a contarme que cierta vez, en los “tiempos duros”, “ellos” quisieron pasar revista por el colegio, <<buscando viciosos, maricas, gente metida con los otros>>. Los alinearon a todos. Una de sus amigas la flechó uno de esos uniformados, y se cruzaron muchas miradas. Las amigas al lado de ésta no se demoraron en darse cuenta y comenzaron un murmullo de risas que inevitablemente estalló en una carcajada grupal. El personaje al mando ordenó quitarles las faldas a todas, y también mandó a calentar una varilla.

–A mí casi ni se me notan las marcas, en cambio a otras… –concluyó entre risas que fueron disminuyendo hasta que se quedó muda por unos segundos, mientras al mismo tiempo miraba a la ventana sin mirar nada en especial.

Luego pareció volver en sí:

–Pero antes no se veía tanta cosa, digo yo. Sólo lo que hacían ellos, claro. Mejor dicho, yo no sé nada.

Pegó sus ojos a los míos con cierta expresión alegre, como para cambiar el tono de la conversación y, al mismo tiempo, para saber si reprochaba su comentario. Yo disimulé. Disimulé por el bien de todo el resto de esa última noche y por el recuerdo que iba a guardar de ella.

El otro hecho involucró a Manuel y al resto de profesores. El miércoles de esa última semana mía en el pueblo llegué a la sala de profesores, donde estaban todos sintonizados al son del mismo tema: en la madrugada, detrás de los edificios viejos al pie de la carrilera, dos motorizados le habían disparado a alguien del pueblo, y justo en ese momento de la mañana, los del hospital confirmaron que la persona finalmente había muerto. La noticia dio paso para que los profesores comenzaran a reconstruir la hoja de vida del difunto –poco limpia, por lo que pude oír–, iniciando siempre sus malos comentarios con una fórmula cristiana: <<Mis palabras no lo ofendan, pero…>>. Y aunque, como había dicho antes, nunca supe qué esperar de Manuel en cuanto a muchos temas, me sorprendió su comentario. No sé muy bien por qué, o si en realidad no fue sorpresa sino desilusión:

–Y muy maluco decirlo y que sea frase de cajón, pero por algo lo mataron. Tampoco era una perita en dulce el hombre.

Todos los profesores asintieron. Después se dieron cuenta que yo estaba entre ellos, me saludaron, y siguieron con el tema, ahora hablando de la desdichada familia.

 

Por fin Alejandra comenzó a entenderme.

–Luego de eso no vi la hora de volver, y me alegré mucho cuando lo hice porque no me gustaba esa sensación de vértigo de los últimos días. No sé si te das cuenta, pero esa gente, todo el pueblo, porque estoy seguro que los que yo conocí eran los que más hablaban del tema y que el resto deben ser peores que tumbas, no son ni una prueba ni un peligro para el innombrable ni para el resto de esa gente con la que está conectada. Esta gente tiene tan guardado adentro una manera de pensar que ellos les inculcaron desde el miedo que ya quedaron averiados.

Alejandra no dijo nada durante un rato. Los dos teníamos los ojos un poco rojos. Después soltó un suspiro:

–Y el encuentro con ese tipo…

El encuentro con el innombrable ocurrió dos años después de mi visita al pueblo de M’. El sabor de la historia ya había tomado cierto amargor soportable. En esa época me nombraron jefe de departamento y tenía una oficina en el piso administrativo de nuestra facultad. Nuestro decano había invitado al innombrable a cierta cátedra. El día fijado, el decano se retrasó; el innombrable se adelantó. Para mi mala suerte, recibí una llamada: el decano me pedía el encarecido favor de darle la bienvenida al dichoso personaje mientras él llegaba, e instalarlo a él y a todo su equipo en todo el espacio que necesitaran.

Los oídos se me comenzaron a tapar, el estómago comenzó a quejarse y los latidos comenzaron a afanarse a medida que escuchaba el rumor de la comitiva alrededor del innombrable acercándose. Por fin lo tuve a la vista: esa estatura de Napoleón criollo; el cuerpo decaído, la cara demacrada y, sin embargo, una fuerza y empeño en cada gesto que daban a entender que él mismo no estaba consciente del semblante desgastado que le ofrecía al mundo.

Le estreché la mano helada y de pellejo ya suelto.

–Caballero, un gusto.

–Igualmente, senador.

Lo guié hasta la oficina del decano y le ofrecí sentarse y acomodarse, mientras el resto de su equipo se desplegaba por todo el lugar. No dije nada más. No fui capaz de desviarme por los comentarios automáticos sobre cómo había sido su viaje. Sólo apreté los labios, arqueé las cejas, me crucé de brazos y me apoyé en uno de los cristales de la oficina. Y justo cuando él percibió la incomodidad del silencio, justo cuando iba a iniciar algún tipo de conversación, llegó por fin el decano. Me desaparecí sin espacio a más formalidades, y me puse a pensar en lo que no pasó.

Cinco minutos más con él –o un kilo más de entrepierna–, y me hubiese arriesgado a decirle que lo sabía todo, que sabía que un pueblo entero lo sabía todo, y que no pensaba hacer nada con eso porque nada se podía hacer, porque él y todas esas ideas a su sombra, que se escurrían como buenas intenciones y se iban destilando, deformando y justificando hasta volverse la maldad encarnada, se habían hecho un espacio, más allá de la fatal resignación y del terror, en los afectos maltratados de una gente que parecía que, de una vez y para siempre, se les había secado y perdido un pedazo grande de su propia humanidad.

Terminada la historia le expliqué a Alejandra que era la primera vez que le contaba a alguien todos los puntos de manera entrelazada. Nunca entendió por qué le conté todo esto, o no quiso entender. No entendió que esta historia fue, en realidad, el último regalo que intenté darle semanas antes de terminarse todo, no sólo como un capítulo triste de historia patria, sino como una recomendación descarada, una consideración para que pensara muy bien qué era lo que iba a hacer con mi recuerdo, con el recuerdo de los dos, para que se diera cuenta que eso fatal del pueblo de M’ no era tan insólito como uno podría pensar, que en el fondo no iba a estar mal si en medio del ejercicio del desapego podía sobrevivir algo, cualquier cosa, en todo caso menos fatal que en la historia del innombrable, de sus amigos invisibles y ese pueblo de M’.