Literatura

Locas de felicidad: el furor del archivo travesti de John Better

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17 / 05 / 2019

“Las memorias de unas vidas que no podían sentirse libres en otro espacio que no fuera la disco o el bar de ambiente queer.”

El libro de crónicas que el escritor John Better recopiló y publicó en 2009, bajo el título de Locas de felicidad Crónicas travestis y otros relatos, es el compendio de un extenso archivo de vida del autor, así como del furor travesti.

El trabajo del escritor barranquillero responde a la necesidad de producir una serie de relatos que se inscriben y ligan las memorias de los cuerpos (Suely Rolnik, 2010) en el sentido en el que lo planteaba el pensador Jacques Derrida, al describir el nombrado furor desde la idea del mal-de archivo, desde la pasión: un archivo del deseo.

Una idea que comprendió muy bien el escritor y performer Pedro Lemebel al expresar en el prólogo que “la letra homosexuada en su delirio escarlata eterniza el instante en la aspirada marmórea del baño disco, el manoseo muscular o el simple guiño de la pestaña travestonga que le da rienda suelta al relato”, manifestando con estas palabras que la obra de Better dio nombre por primera vez a las prácticas del cuerpo travesti, las cuales aún permanecen al margen y sólo son elevadas a la categoría de crónica roja con tinte criminal, incluso si se relacionan con la prostitución. De las crónicas amarillistas de los medios de comunicación de los años setenta hasta los dos mil, en el nuevo siglo en el Caribe los referentes literarios no incluían el potencial travesti, hasta que Better dio rienda suelta a su repertorio.

Desde la noche cómplice que visibilizó a las travestis, hace ya unos cuarenta años en la Guacherna Gay del Carnaval de Barranquilla; desde su ímpetu por mostrarse, cada experiencia conlleva la marca de quienes incluso fallecieron ejerciendo la práctica o simplemente queriendo ser quienes eran.

Las memorias de unas vidas que no podían sentirse libres en otro espacio que no fuera la disco o el bar de ambiente queer, se movían ahora inmortalizadas rítmicamente de la pista y el baño a las páginas de un libro que les dio nombre y visibilidad más allá de los clichés.

Así se expresaba el escritor al decir que: “aquí están todas tus amigas, tus camaradas en el combate. ¿Seguro que están todas, compañera? Pues pasemos lista: la Brigitte (aquí), la Raisa (no está), la Cero Cero (ahí viene corriendo), la China (la mataron hace una semana), buenos sigamos (…) la Terrorífica (buuu, aquí), la Horripila (se está maquillando), la Padre Santo (el sida la tiene hace un mes en cama, pero se levantará), la Bardot (ya está jubilada), la Rosa Mosquita (se fue con el hombre de la Ford Explorer), la Ligia 40 (está presa con la sexy Wendys), la Xiomara Rosa (está en Caracas)”.

Entre los personajes citados aparecen nombres que en el imaginario travesti Caribe se reconocen, como la Brigitte, o su gran amiga la Xiomara Rosa; y además se advierte la presencia del sida y las circunstancias violentas en las que murieron muchas.

El medusario espeso que recreó Better en Locas de felicidad se inscribe en una nueva forma de enunciar, desde el neobarroso de Néstor Perlongher, devenido del neobarroco, así como en la escritura de Severo Sarduy: admite tensores diferentes entre la lengua y el cuerpo, entre la inscripción y la carne. Recorre una rica geografía queer en la que aparecen las referencias a lugares en una ciudad del trópico, con carnaval, bares y discotecas, establecimientos que reverberan la potencia corporal de quienes, en la práctica del hacer del cuerpo, transitan entre dos mundos: uno que llama la ciudad travestida, del cual el último vestigio es la señorita Invierno en Okinawa, delirante y fantasmal, cuyo único rastro son “los closets llenos de pelucas, tacones y vestidos de noche”.

Otro, el mundo de la novísima academia gay, aquella en cuyos armarios sería imposible, según Better, “encontrar un chifón o un libro de Oscar Wilde”, la de las locas actuales, “forjando un ballet tembloroso, tan afeminado y baladí, con una manada de poodles, que sólo saben acicalarse los unos a los otros”. Esto proclama el archivo travesti, estableciendo una manera de ver. Incluso en el horror, las formas poéticas capaces de plantearse desde los cuerpos, con más sentido que la superficialidad que impone lo mediático, en el mismo año en que el emporio de RuHollywood empieza a andar con el Rupaul Drag Race.

Entonces, ¿cómo fue que el archivo de Lemebel al Sur se encontró con el de Better en la dimensión sudaca? ¿Cómo es que el archivo de la activista y psicóloga travesti Marlene Wayar en la Argentina se encontró con el archivo de las Locas de felicidad? Tal vez en algunos gritazos de la Wayar publicados en su libro Travesti / Una teoría lo suficientemente buena, encontramos una posible respuesta: “Harta de dolernos por nuestras muertas / Hartas de que nos maten justo cuando hemos logrado que una comience y permanezca realizando sus estudios secundarios / Y ahí los maten / Hartas de llegar tarde / Hartas de sólo verter lágrimas / Hartas de escuchar sólo palabras de la nada, a la nada, con nada como propuesta que sane la muerte.” Es la memoria del trauma, que se forja a partir de lo poético, de lo creativo, del hacer corporal; y, además, resignifica.

¿Cómo archivar el trauma para conservar aquello que no debe olvidarse por sus profundas heridas? En su libro Un archivo de sentimientos, Ann Cvetkovich (2018) cree que “la experiencia emocional y el recuerdo de la misma demandan y producen un archivo inusual. Los recuerdos pueden vincularse a los objetos de formas impredecibles, y la tarea del archivista de la emoción es por lo tanto inusual. Entender los archivos de gays y lesbianas como archivos de emoción y de trauma ayudan a explicar su cualidad queer y su determinación de no olvidar nunca”. Como apilados en fragmentos, el devenir queer está compuesto de disímiles fragmentos. Los fragmentos del sida están alineados con la versión del desprecio que rodeó a quienes contrajeron la enfermedad.

El espectro de una pandemia que pudo haber borrado el pensamiento activista latinoamericano favoreció el sentido de comunidad LGBTIQ, como lo demuestran los estudios de Massimiliano Carta. El habla, el lenguaje, la escritura y el cuerpo promovieron “la afirmación de puntos de subjetividad nómades, guiadas por sus derivas deseantes”. (Perlongher, 1997)  Eso hizo que prevaleciera la memoria travesti, en sus palabras y en sus acciones performativas y poéticas.

El ardor, la pasión, el deseo, el transformismo, el furor travesti que ha trascendido en Locas de felicidad, propone una lectura amplia de su memoria, de sus archivos, de sus luchas y de su hacer del cuerpo. Lejos de la métrica literaria que avala estilos comerciales para una audiencia jadeante de obras asépticas, el archivo de Better contamina y no tiene reversa posible.

*El 22 de mayo será el relanzamiento de Locas de felicidad, a propósito de sus diez años. La cita será a las 6:30 p.m., en la Fundación Cultural El Bordillo (Barranquilla).