Literatura

Los reclutas

Por:
30 / 07 / 2019

“Emeterio cerró los ojos y respiró hondo. Miró a su hermano. Apretó los labios. Bruno pronunció de nuevo: “tengo miedo”, y empezó a llorar”.

Dejó caer el machete y se inclinó hacia el cuerpo. En el abdomen lacerado, Emeterio introdujo la mano derecha y revolvió las partes. Bruno lo miró aterrado. Cerró los ojos.

— ¡Abrílos!— le gritó Emeterio—. ¡No podés tener miedo!

Retiró la mano del vientre y se puso de pie, frente a Bruno.

—Hermano, no es momento para arrepentimientos, tenés que ser fuerte.

— ¡No soy capaz, no me joda!

— ¿¡Vos creés que es tan fácil!? ¿¡No ves que me arriesgué por vos!? El comandante dio una orden precisa: que lo mataras. ¿Y vos qué hiciste? Te llenaste de miedo como una niña, ¡guevón!

— ¡No me joda, Emeterio!

— ¡No me joda usted a mí, Bruno!

— ¡Usted sabe el miedo que me dan los muertos, Emeterio!

— ¡Yo sé, hermano! ¡Pero no es el momento pa’ esas pendejadas de niños! ¿O sí?

— No.

— ¿Entonces?

—No sé.

— ¿¡Cómo que no sé!?

— Yo lo seguí a usted–– dijo Bruno.

Emeterio cerró los ojos y respiró hondo. Miró a su hermano. Apretó los labios. Bruno pronunció de nuevo: “tengo miedo”, y empezó a llorar.

En el cerro se divisaba el ocaso. Era cuestión de un cuarto de hora para que en el monte primaran las sombras. Emeterio, el mayor de ambos, estiró su mano derecha impregnada de sangre sobre el rostro de Bruno y le limpió las lágrimas.

—Ya no sienta miedo, hermano—Le dijo—. Huela la sangre. Acostúmbrese a vivir con ese aroma.

Bruno paró de llorar y lo miró a los ojos. La luz de la luna le iluminaba el rostro  ensangrentado. Miró el cuerpo lacerado: sintió asco. Las cigarras en el monte susurraron.

— ¡No me deje solo!— suplicó Bruno.

Emeterio levantó el fusil del suelo y se lo terció al hombro. Achinó los ojos para percibir el espacio en la oscuridad del monte y se limpió el sudor de la cara con el antebrazo sucio.

—Aquí pasamos la noche— dijo Emeterio—. Temprano, cuando aclare el día, hay que cavar un foso.

— ¿¡A dónde va, Emeterio!?

—A buscar leña.

— ¡No me deje solo!

—No me joda, espérese un rato.

— ¡Emeterio!

Bruno se sentó junto a un guamo a pocos pasos del cuerpo. Apretaba el arma contra el pecho y observaba nervioso la espesura del monte. Cerró los ojos y rezó un padrenuestro. Escuchó que las hojas se agitaron en lo oscuro y se puso en guardia. Sintió una mano aprisionarle el cuello por la espalda. El tronco del árbol le tallaba y la sensación de muerte lo aturdía. Inútilmente quiso librarse, pero la presión del brazo y el tronco en el dorso le impedían moverse. Sintió que la opresión del cuello paró y arrodillado, asfixiado por el estrangulamiento, empezó a toser.

— ¿¡Se durmió, patrullero!?— preguntó Emeterio, que lo miraba en lo alto, sujetando unos leños, sonriendo—. A mi comandante no le gustan las nenas en sus filas, y menos en el monte.

— ¡Cuál su comandante, bobo!

— ¡El mismo suyo, pendejo!

— ¡Él ni es mi comandante, ni yo pertenezco a sus filas!

— ¿Está seguro, hermano?—, preguntó Emeterio—. Acuérdese que él le confió esta tarea de matar a Bernardo. Si él se entera de que usted es una loca y que le faltó valor, que el que le dio machete fui yo, se mete en la grande.

— ¡No me joda!

— ¡No, tan machito, pues!

— ¡Espere y verá cuando mis papás sepan!

— ¡Sapo! Mañana cava solo el foso.

Bruno frunció el ceño y gateó con el fusil en una mano hasta el guamo. Se pasó la mano por el cuello, para aligerarlo. Miró con enfado a su hermano.

Emeterio preparaba con los leños una fogata. En el cerro no había peligro, excepto por la fieras que salían de noche a buscar alimento, pero con el fuego, Emeterio pretendía ahuyentarlos en caso de que el olor de la carne los condujera hasta ellos.

— ¿Y por qué hay que enterrarlo?

— ¿Si es tan machito, por qué no arranca?

Bruno guardó silencio. Emeterio encendió el fuego, tomó el rifle y se echó en el pasto. Miró las ramificaciones y a través de ellas, el cielo despejado.

—Se parece al cielo de la casa.

Bruno abrazaba el arma.

—A veces extraño el chinchorro, pa’ qué le miento. Y la subienda. Pero qué mierda volver a tirar azadón con Lorenzo, ¡viejo marica! ¿Te acordás cómo nos pegaba? Yo no quiero otra vez esa vida de mierda.

Bruno seguía aferrado al fusil sin responder nada. Pensó en la mañana del lunes, un mes atrás, cuando al salir del colegio, al mediodía, aceptó irse con su hermano a los campamentos para enfilarse como combatiente en la Serranía de Abibe. Miró sus botas de caucho y extrañó sus botines gastados y su pantalón de paño. Portaba otro uniforme, cargaba un fusil, tenía hambre y extrañaba su casa; las arepas y los fiambres de su madre, el baño y las tardes de remo en las doradas aguas del Cauca. Observó el suelo, y junto a la hoguera, entre el vaho y el crujir de las llamas, vio el cuerpo de Bernardo desollado, cubierto de sangre. Desprendió una de las manos del fusil y se tocó la cara. La sangre, seca, le revolvió las entrañas; quiso vomitarlas.

— ¿Por qué lo matamos?

—Mi comandante dio la orden.

—Era nuestro amigo.

—Yo no soy amigo de ningún guerrillo.

—Emeterio, Bernardo creció con nosotros, era el hijo de Zenaida. Él jugó  fútbol conmigo, ¿se acuerda?

—Él mismo se cavó la tumba.

—Emeterio…

—No me joda, Bruno; deje dormir. Además, usted no lo mató, fui yo.

— ¡Tengo miedo!

— ¡No empiece!

—Usted sabe que le tengo miedo a los muertos

— ¡Vos sos un marica que le tiene miedo a todo!

— ¡No me diga así!

— ¡Entonces duérmase!

— ¿Entonces, qué va a decir?

— Que usted lo mató

— ¿Seguro?

— Sí, hermano, ya duérmase.

— ¿Y será que nos creen?

— ¡Hasta mañana!