Música

Ay, Medellín no te rajes: dar la vida por la serenata

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6 / 08 / 2017

Una crónica sobre el oficio de ser mariachi y dar serenata en la capital antioqueña. Una tradición que se resiste a morir.

Yuliana no espera ningún otro invitado a su fiesta, y sólo quiere que sus dos amigas se vayan para poder dormir. En el techo quedan las bombas de colores con algunas serpentinas que no se han caído. La única luz que confirma que hay vida allí, en ese tercer piso sobre la variante de Caldas, es una cortina navideña morada. La música se detuvo hace un rato y el silencio que dejó un cumpleaños sin la compañía de su esposo se rompe con un “Toc, toc”.

— ¿Quién es?

— ¡Buenas noches!

— ¿Qué? ¿Quién es?

— ¡Mariachi Medellín Show! (En silencio, un conteo con los dedos: un, dos, tres) ¡Arriba muchachos!

Lalalaira laralalaira…..En la puerta de tu casa, te venimos a cantar, en este día venturoso que Dios te dejó llegar. Si estás dormida despierta, deja ese sueño profundo, porque en este día es la fecha que llegaste a este mundo…”.

La anfitriona tarda en abrir, mientras tanto el líder del grupo le pregunta al esposo: “Señor agente ¿si le va a leer el poema?”, – “No mijo, sigamos así” –. Ambos voltean a mirar la puerta blanca, moviéndose y dando paso a lo que serían 30 minutos de música popular mexicana.

“¿Qué cuánto dura una serenata? Eso depende del cliente. El paquete normal de 280.000 pesos, que es de siete canciones, dura media hora, ya si el paciente pide más, se le va sumando”, cuenta Ferney Ortiz, líder del grupo Mariachi Medellín Show desde hace un año.

Antes de formar el grupo, Ferney tocó durante siete años en Mariachi 2000 y Mariachi Mexicanísimo. Él siempre quiso tener su empresa, pero jamás pensó que iba a ser de mariachis. Antes trabajó como guardia en la cárcel de Concordia, hasta que un día cualquiera de sus 23 años estaba de permiso en el parque y asistió a la inauguración de un supermercado en la que se presentaba un mariachi de Medellín. Algunas personas reconocían que cantaba bien y le pidieron que participara en el show. Desde entonces ya no se quita el sombrero.

“Yo me di cuenta que cuidar presos era algo muy serio para mí. Me estaba volviendo muy malaclase en la cárcel, así que aproveché la propuesta que me hizo el director del grupo que tocó en esa inauguración y arranqué para acá a tocar con ellos”. Ferney tomó las riendas del pánico escénico y pasó de cantar en su casa a cantar en todo tipo de escenarios.

Los mariachis no tienen un nicho de mercado cerrado: cualquiera puede ser su cliente. Tocan en matrimonios, aniversarios, cumpleaños, reconciliaciones, bienvenidas, despedidas y hasta entierros. Les encanta Medellín porque dicen que después de México es la mejor plaza. ¿Por qué? Porque aquí se celebra todo. “Acá compran un par de zapatos y llaman para una serenata”, dice Ferney carcajeando, pero “gracias a Dios”.

Van a cualquier lugar del que los llamen, por eso les pasan tantos cacharros. A los de Medellín Show no mucho, pero cuentan que a sus amigos los han llamado de lugares lejanos sólo para robarles los instrumentos, les ha tocado llegar en medio de las peleas de las fiestas, les han salido clientes caprichosos que los amenazan para que sigan cantando y en algunas noches no les han pagado. A Humberto Zapata, el otro cantante del grupo, un día un niño le tiró un baldado de agua, lo que dio por terminada la serenata porque la risa no los dejó seguir.

Humberto es el que más experiencia tiene del grupo. Lleva 30 años de cantante, de los que 18 han sido como mariachi. Él se intercala con Ferney en las serenatas: hay canciones que le salen más a uno que al otro. Mientras ambos con su voz buscan romper el frío de mujeres como Yuliana, la cumpliañera de Caldas; “Carlangas”, el utilero del grupo, sale corriendo por los alrededores de la casa a repartir publicidad. Él tiene 18 años, no canta pero se sabe todas las canciones y todas las historias de familia que se discuten en la Van blanca, antes y después de cada serenata.

Cuando el cliente no define el repertorio, ellos lo cuadran en el carro. Siempre llevan abierta la posibilidad de cambiar de canciones dependiendo del ambiente, de la reacción de la gente y de las peticiones que hagan. Lo que más suena es Javier Solís, José Alfredo Jiménez, Aceves Mejía, Pepe Aguilar, y por supuesto, Vicente Fernández, que aunque muy comercial no deja de ser “El Rey”.

En el fondo todos quieren ser “El Rey”, pero admiten que hay unos mejores que otros. Al principio ninguno se pone nombre artístico, pero con el tiempo aparecen las chapas. El rey de Caballo Blanco –  el local que queda en el cruce de la 70 con Colombia – es Bernardo Restrepo; el trono se lo dio él mismo por la experiencia que adquirió. Tiene 65 años y canta desde los 35. Es el director del grupo Los Charros de América, el cual cataloga como uno de los de más categoría de la ciudad. Su voz suena contundente cuando afirma que los mejores sombreros los tiene su mariachi porque se los mandaron directamente de México.

No sólo el talento musical le da categoría a un mariachi: con mirar los vestuarios uno podría calcular la tarifa. Un atuendo, más o menos, vale 450.000 pesos, más 170.000 que valgan unas buenas botas; el moño y el cinto que cuesten 120.000 y el sombrero 200.000. La pinta debe ser completa: camisa, chaleco, chaparra, pantalón, botas, el moño de color y el sombrero. Lo demás es identidad del grupo: si el moño es estampado o no, si los arabescos del pantalón son tejidos o colgados, eso lo deciden con la intención de sobresalir entre tanto mariachi que hay en la ciudad. Cada uno empieza a hacer su propia colección. Bernardo “El Rey” tiene 11 trajes. Ferney “El Sí, Sí” tiene cuatro y Jhonatan Ballesteros, “Chupetín”, otro de los miembros de Medellín Show, tiene seis.

“Chupetín” es el más joven del grupo y el más nuevo también; tiene 28 años y la primera serenata se la dio a su mamá en Itagüí cuando tenía 15. Toca todos los instrumentos de cuerda que conforman a un mariachi: violín, vihuela, guitarra y guitarrón, y además canta. La música la heredó de su padre, Víctor Ballesteros, antiguo líder de Mariachi Veracruz.

Los compañeros de Jhonatan lo admiran; es especial que él esté allí. Así lo cree Giovanni Sánchez, el violinista del grupo, que al igual que su amigo viene de una familia de mariachis y desde que tenía 19 años decidió ser como su padre. Hace 25 años que no trabaja en construcción, ni es mensajero. Hace 25 años que se la pasa casi todas las noches en un carro de barrio en barrio, de pueblo en pueblo, tocando para algún afortunado o desdichado.

Antes de llegar a Caldas estaban tocando en un aniversario en Girardota y después saldrían para una serenata en Robledo. “Así es esto”. Los mariachis tienen fama de impuntuales, a veces les toca serlo. Iban bien de tiempo, pero el cliente del aniversario les pidió otros temas, además de que les ofreció tequila. Le llegaron media hora tarde al señor agente, pero gracias a eso le dieron de ‘ñapa’ otras dos canciones.

Cobran siempre en efectivo porque se reparten la plata al finalizar la noche o la madrugada. El mejor día es el sábado, en el que se hacen entre 10 y 11 serenatas. Ocho músicos más el utilero es la base normal; así también es el grupo de Bernardo “El Rey”. Otros de mayor categoría, como el grupo en el que también toca “Chupetín”,  Mariachi, Mi Tierra, tiene 13 en su elenco y cobra más.

En la Medellín mexicana se ve de todo: los mariachis que piratean, esos que pertenecen a un grupo pero que en los ratos libres trabajan y hacen reemplazos en otros; los grupos que trabajan por línea, como el de Bernardo, o el de Ferney, que sólo van a Caballo Blanco cuando ya han concretado la serenata porque allí tienen los camerinos.

14 camerinos pertenecen a Caballo Blanco, lugar en el que también está el salón de billares. Al lado una casa grande de dos pisos está distribuida en 35 camerinos; los demás los alquilan encima de la panadería Buñuelos Pan. Cuando se llega a este lugar por el costado izquierdo sobre la carrera 70, se ve a lo lejos en una fachada caída por los 50 años de antigüedad, un letrero azul que dice “Centro artístico de Mariachis”, nombre real de la esquina que popularmente es conocida como “Plaza Garibaldi”. Allí, dice “El rey”, se encuentran alrededor de 35 grupos de mariachi. Algunos van y vienen, otros permanecen allí desde las 5:00 p.m. hasta las 3:00 a.m, esperando a que los llamen para una serenata.

Están también los que no tienen camerino, pero se cambian en la Van. Algunos grupos tienen su propio carro y a otros les toca alquilar. Don Bernardo, por ejemplo, tiene tres Van y dice que en el día es comerciante y en la noche mariachi. Al Rey siempre le ha gustado la música popular mexicana, y antes de ser mariachi fue bailarín y profesor de tango. Él es de los mariachis de la Plaza Garibaldi de Medellín que lleva más años en ese cuento y que ya augura su final. Se está despidiendo de los trajes elegantes y sombreros pesados, de las trasnochadas, de las lloradas, de las alegrías que le han regalado las rancheras. Ha decidido jubilarse, y como es el sueño de todos, ir a conocer México por fin, el país de sus ídolos.

Aunque don Bernardo nunca ha visitado la tierra de Julián Carrillo, es más de allá que de acá. Aunque ya piensa dejar de ser mariachi, “sigue siendo el rey”, como dice la canción.

Los mariachis de Medellín Show y Los Charros de América no se conocen, aunque quizá se han visto en la plaza muchas noches. En un día pueden entrar y salir hasta 100 músicos por esa puerta con olor a sudor, berrinche, cigarrillo, tequila y mezcolanza de todo tipo de perfumes y desodorantes.

Ferney, Jhonatan, Giovani, Humberto, Jhon Jairo el guitarronista, los tres vientos y Carlangas están en el camerino, preparándose para salir a Girardota, a la primera serenata del jueves. Bernardo y sus Charros acaban de llegar de Laureles. Los mariachis Aztecas están fuera del bar escuchando la música que suena en una de las Van. Otros cinco mariachis con trajes diferentes están en toda la esquina buscando clientes, a estos son los que llaman “los guerriadores”, esos que se quedan toda la noche sin contrato fijo, “levantando” la atención de los que pasan. Sobre esa forma de “guerriar” hay quienes piensan que es una manera de “perratiar” el negocio, otros consideran que no son competencia porque cada grupo tiene sus propios clientes.

Thomas Cipriano es uno de esos guerriadores, también porta un buen traje y tiene su equipo de trabajo, pero no pierde tiempo, ni siquiera respondiendo preguntas de nada. En los tiempos muertos se para en la esquina a decirles a los muchachos y señores que pasan “¿Le quiere llevar una serenata a su mujer?”, “Venga, se la dejo baratica”. Ellos no son la mayoría esa noche. El bar está lleno de mariachis a medio traje jugando billar, otros jugando maquinitas, y los que no, viendo jugar. Los que salen se van elegantes y bien puestos. Los que llegan están sin moño y con la marca del sombrero en la frente, rodeada de sudor.

Gabriel Arias es uno de los administradores de Caballo Blanco, trabaja turnos de 24 horas. Él ya conoce cómo es este mundo, sabe cuáles son los borrachines, porque todos no lo son. Es la imagen con la que ha tenido que cargar por muchas embarradas de sus colegas y porque no se le puede despreciar trago a un cliente. “Al principio uno sí se descarrilaba mucho con el trago, recibiendo en todas las fiestas, a tal punto que no era capaz de seguir tocando”, cuenta Giovani.

Los grupos de mariachi tienen que convertirse en amigos o en familia, porque una vez deciden unirse para tocar tendrán que compartir el resto de las noches y celebraciones. Serán quienes se ayuden a ahuyentar a las mujeres que les caen en las fiestas de solteronas y a las muchachas lindas que les hacen ojitos.  “Las culturales” son las serenatas que se regalan entre ellos, las que le llevan a sus esposas cada vez que están peleados, o las que donan cuando es necesario.

Jhonatan recuerda que un día estaban por la 70 descansando y llegó un vendedor de chicles, les preguntó si podían darle barata una serenata para su mamá con unos ahorros que tenía. El director del otro grupo en el que toca Jhonatan le dijo que lo más barato que podía dársela era 350.000 pesos y el joven puso cara de desanimado, les dijo que si mucho tenía en la alcancía 100.000. Los músicos no soportaron la imagen y decidieron pagarla entre ellos.

—  Mijo, venga pues. Arranque y vamos de una.

Subieron en el carro hasta el barrio Santo Domingo Savio. Recuerda que la casa era de tablas, que la mujer era anciana y estaba enferma, que lloró de la emoción, pero lloraron más ellos.

Soy el hijo más humilde, que no ha tenido riquezas, pero sí tengo a mi madre y con ella no hay pobreza”.

Ese día no les ofrecieron licor, ni comida, ni torta. De hecho, ellos tuvieron que comprarse la gaseosa y compartir con el joven y su madre. Recibieron como pago la sensación de que estaban ayudando a generar emociones en esta familia y para ellos este siempre será el placer de dar una serenata.

Hay gente que llora, gente que se alegra, gente que se enoja, hubo una muchacha que se orinó. Hay gente que no pone cara de nada, como Yuliana, la de Caldas. Hay gente que mantiene en esas: grupos de amigos con plata que están comiendo en un restaurante y llaman a pedir una serenata, pero también hay personas para quienes recibir un grupo de mariachis es un sueño.

Antes de arrancar de Caldas para Robledo, los Medellín Show tocaron “Si quieres” de Juan Gabriel. “No necesitas decir sí, tan sólo bésame y sabrás que como un loco estoy de ti enamorado”. Ella le dio un abrazo y un beso disimulado al señor agente, algo es algo, para lo enojada que estaba. “El beso de judas”, dijo Humberto ya en el carro y todos se rieron.

Ellos se la pasan reparando corazones de extraños, cuando muchos ni cantándose el repertorio de 400 u 800 canciones que se sepan, pueden sanar sus propios despechos. En esas mantienen: de novia en novia, hasta que encuentran una que aguante el voltaje de la vida de un mariachi y con esa se casan. Todos los mariachis de Ferney son casados, excepto él, que se divorció el año pasado por lo mismo. No podía estar con su esposa el Día de la Madre, ni el Día de la Mujer, ni ningún sábado. Cuando llegaba a la casa, ella debía salir para el trabajo. Pero cuando ella llegaba, él estaría por ahí cantándole “te amaré toda la vida” a alguna desconocida.