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Diálogos con la cultura

Una visión cultural para Antioquia y Medellín

28 / 02 / 2020

A propósito de las administraciones que comienzan su gestión, algunas recomendaciones de lo que podrían hacer en cultura para estos cuatro años.

La cultura, vista desde los entes gubernamentales, no es más que una búsqueda por generar diálogos ciudadanos a partir de diferentes mecanismos, siendo el arte el más visible de ellos. Por eso, las instituciones estatales dedicadas a las políticas culturales deben recurrir a esos mecanismos para avivar discusiones más profundas, que permitan a los ciudadanos expresarse libremente y autoevaluar sus propios comportamientos. Y esas conversaciones atraviesan a los espacios que habitamos: cómo nos movemos en ellos, cómo nos apropiamos de ellos y cómo nos relacionamos dentro de ellos.

En Antioquia y en Medellín se puede hablar de múltiples culturas: la cultura paisa, la cultura traqueta, la cultura Metro, la cultura indígena, la cultura ambiental, entre otras. Algunas son más visibles que otras; algunas se han construido con el tiempo y otras han sido impuestas por diferentes fenómenos sociales. Todas estas con cosmovisiones y expresiones propias que dan luces del territorio tan diverso que habitamos. Y desde allí se delimitan esas características que nos unen o que nos separan desde la cultura, pues es muy diferente un campesino que cultiva papas en Abejorral a uno que cultiva plátano en Apartadó. De la misma manera pasa con una mujer que vive en El Poblado a una que vive en Manrique. Pero eso es lo bonito de los procesos culturales: no impiden pertenecer a uno o a mil grupos a la vez; lo que sí es tácitamente prohibido en las ideologías políticas o las creencias religiosas.

Los gobiernos que recién asumen en el departamento y la ciudad tienen enormes retos en materia cultural. Por el lado de Medellín es volver a integrar a los colectivos a las discusiones de ciudad y no limitar la cultura a una visión artística; seguir fortaleciendo eventos como la Fiesta del Libro y El Altavoz; hacer de nuevo una Feria de Flores para todos los públicos y edades y no una programación en su mayoría privada, y hacernos entender cómo habitar una ciudad que quiere ser el valle del software con todo lo que eso implica en las maneras de relacionarnos. Digamos que es una agenda con preocupaciones pasadas y aspiraciones futuras.

Nos hemos dado cuenta que, en una ciudad sin ningún respeto por la vida como la nuestra, la cultura debe servirnos para reflexionar alrededor del hecho que no cuidamos de nosotros mismos ni de los otros. Todos los espacios que existen se deben volcar a eso, y no solo es generar más espacios y eventos dedicados a la cultura: es lograr que estos nos permitan meditar sobre por qué seguimos siendo una sociedad tan violenta que como insignia tiene la premisa del sálvese quien pueda.

Para ello se hace muy necesario escuchar a los colectivos. Justamente eso es pensar la ciudad desde abajo: son ellos quienes la caminan y quienes día a día sueñan transformarla. La Secretaría de Cultura de Medellín tiene el desafío de volver a generar la confianza para que estos colectivos se vinculen a la administración, de modo que se avance en otro de los grandes retos que tiene la ciudad: la democratización cultural. Cómo hacer que esta llegue a más y más personas y que deje de ser de una vez por todas cuestión de élites, sino que sea un bien público que atraiga a nuevos públicos.

En el caso de Antioquia es poner la cultura al servicio de los antioqueños y no de los caprichos de un dirigente. Debemos generarnos cuestionamientos sociales sobre el lugar al cual pertenecemos y contribuir a la reducción del regionalismo que nos ha acostumbrado a ser muy críticos con los otros, pero no con nosotros mismos; necesitamos dimensionar las visiones económicas de las subregiones del departamento y los cambios que trae consigo para un territorio pasar de ser agrícola a ser floricultor, o de ser turístico a ser minero. Asimismo, hemos de apuntarle a una verdadera cultura de la paz, que diste de las pretensiones del Gobierno Nacional. Para ello deberá articularse cada municipio, y permitirse que en cada rincón del departamento se desarrollen sus propias visiones culturales, apostándole a un mismo objetivo.

Por tanto, en nuestro territorio la cobertura cultural tiene que ser una prioridad. Si bien existen retos primarios como la infraestructura – muchos municipios no tienen los espacios físicos adecuados para la apropiación cultural-, y ciertamente no es fácil dar abasto en cuatro años de administración; sin embargo, se debe contribuir por lo menos a la planificación, de modo que se avance en el proceso. Ahora bien, la utilización de la televisión pública y las nuevas tecnologías será un eje fundamental para que los antioqueños puedan acceder a la cultura, trabajo que debe articularse además con la Secretaría de Educación; tanto en la ruralidad como en el entorno urbano se requiere un amplio y profundo acceso a la cultura, pasando por aprender o perfeccionar la técnica para tocar un instrumento hasta aumentando el sentido de pertenencia territorial.

La cultura sobrepasa al producto artístico: es un proceso permanente en la búsqueda de la participación ciudadana, la democratización de los espacios y la integración entre unos y otros. Es entender que más allá de un libro, obra de teatro, pintura, música o trova deben existir unas discusiones que nos lleven a repensarnos como sociedad y a entender las dinámicas que vivimos. En nuestros entornos culturales paisas, aún tenemos rasgos heredados que debemos modificar: el machismo, por ejemplo; o ese “lema” intrínseco que dice que el vivo vive del bobo. Y así muchos aspectos más. La cultura, además, tiene que proveernos a los ciudadanos de nuevos referentes de mundo para que se nos sea más fácil modificar esas costumbres que podrían considerarse dañinas. Por eso hablamos de procesos: porque no son estáticos y nunca encontrarán una verdad absoluta. Son un trabajo continuo.

¿Podría hablarse entonces de una cultura mala y una cultura buena? Para nada. La cultura simplemente es. De lo que sí podemos hablar, y es uno de los retos permanentes de quienes asumen las direcciones de los entes encargados de la cultura, es cómo en la generación y difusión de productos y servicios culturales se modifican comportamientos y se logra impactar en la convivencia de las sociedades. Por ejemplo, en algunas veredas de Antioquia se han dado familias producto de incesto: para esas comunidades no es culturalmente incorrecto. Sin embargo, la ciencia ha demostrado las problemáticas que estas prácticas trae, además que en muchos casos estas relaciones no son consensuadas. Por tanto, el trabajo debe ser de una reeducación constante y una modificación de las creencias propias de un territorio.

Para que esos procesos sean exitosos deben construirse de una manera horizontal con las personas. Así es como se genera confianza y los ciudadanos pueden identificar sus propias prácticas a modificar y adoptar nuevas visiones culturales. Una cultura que no sea construida en conjunto es una cultura fallida. Esto sucede porque, si los ciudadanos no muestran la intencionalidad de cambio, o si simplemente no se cuestionan sobre sus actuaciones, no se logrará un impacto real. El objetivo entonces es impactar la cotidianidad de las personas, para que prácticas como el uso de la bicicleta, la separación de residuos, el respeto por el pensamiento diferente y por la vida misma sean comunes y naturalizadas.

Por todo esto la cultura tiene que ser pública: que el gobierno quién asuma su responsabilidad con el sector. Delegarle a los actores privados es renunciar al desarrollo de seres humanos sensibles, es permitir que sean los privados los que generen imaginarios sociales de acuerdo con sus intereses comerciales y empiecen a incidir en los comportamientos de las personas, no con el fin de hacerlos mejores ciudadanos, sino con el mero hecho de hacerlos consumidores de una sola dimensión cultural, la que probablemente refuerce un montón de estereotipos. Por eso la importancia de que esta sea horizontal y que se construya de abajo hacia arriba. Es así donde hay más probabilidades de éxito, ya que como asunto público debe pertenecerle a la mayoría de las personas.

La cultura es transversal a todas las acciones humanas y puede modificarse con el tiempo, por eso esta debe estar en permanente contacto con las demás dependencias de una administración departamental o municipal, pues con ella se pueden lograr impactos positivos en una sociedad siempre y cuando se crea en su poder transformador, en reeducar a las personas desde otros imaginarios y en hacerlos partícipes de una sociedad que parece preocuparse por una infinidad de circunstancias, pero no por los lugares que transita ni por las oportunidades que tiene de incidir en los cambios.