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El Cronicario

Maradona un trágico ícono latinoamericano.

9 / 12 / 2020

Crónica del más reciente luto nacional argentino

Desde el primer momento en el que me enteré, gracias a los titulares del noticiero, de la muerte de Maradona, supe que tenía que escribir algo al respecto. El fenómeno se convirtió en un monstruo demasiado grande para dejarlo pasar. Mis conocimientos sobre el hombre como figura deportiva siguen siendo limitados, teniendo en cuenta que nunca he sido particularmente fanática del fútbol; más bien, detractora de la institución mafiosa a nivel mundial que lo usa como pantalla. La información sobre El Diego que compilé formó parte de las nociones básicas de cultura general que consideré que debía tener como tributo y muestra de respeto al país que vio nacer a mis hijos.

A medida que pasaban los días, impregnados de rareza, mis emociones al respecto fueron mutando considerablemente. Como colombiana, la imagen que tuve de Diego Maradona desde pequeña fue negativa: en palabras de mis familiares aparecía como un hombre egoísta y drogadicto, inmoral, sinvergüenza, de ego inflado; siempre por debajo de su antagónico Pelé. Ahora, como adulta, puedo ver por qué el paralelismo entre Brasil y Colombia nos significó cierta identificación: ambas naciones muy negras y pobres, muy bailadoras y sensuales. Y humildes, ante todo. Tal vez por eso, y por ese inolvidable 5-0 de hace chorrocientos años, decidimos que Argentina era un poco nuestro contrincante en aspecto y actitud. Vivir y ver crecer a mi familia inscrita en este sentir popular me ha hecho comprender al argentino a un nivel que probablemente no quiera intentar explicar aquí, pero en ese mismo nivel pude admirar el fenómeno maradoniano en todos sus aspectos, al punto de apropiarme de él. Por eso, la noche del 25 de noviembre, a las diez en punto salí a mi balcón, como el 99% de la población del país, a aplaudir y llorar, para rendirle un merecido homenaje. Lloré porque comprendí que con Diego murió una forma muy específica de ser hombre en este país, una forma de ser humano.

Empecé entonces escribiendo un intento de ensayo periodístico lleno de fechas, datos y referencias. Me entusiasmaba la idea de predicar sobre el Barrilete Cósmico y su obra. Cómo y cuándo sacó campeón a Boca Juniors ignorando la jugosa propuesta salarial de River Plate, cómo y cuándo sacó campeón al Nápoles, ese pequeño seleccionado del sur de Italia asociado a la pobreza, la droga y la mafia, cómo con la selección, en ese mundial del ochenta y seis, le hizo dos goles al equipo de la Inglaterra que poco antes los había reventado en territorio de Malvinas. El Gol Del Siglo y La Mano De Dios son sólo dos de los cientos de goles alucinantes que, contrario a desafiar las leyes de la física, las aplicaron con exactitud científica para dejar sin aliento a los espectadores, quienes hasta el día de hoy los comparan con actos milagrosos. Sin embargo, se puede decir que lo que tienen de especial esos dos goles, además de ser anotados en el espacio de cinco minutos, es que combinados representan el contradictorio desconcierto que genera el acto de un mago, un mago que vengó a sus soldados caídos y a sus realmente humildes coterráneos. Por eso sigo convencida de que, en ese estadio inicial de jugador de fútbol, lo mínimo que merece El Diegote es la más profunda admiración.

Por eso mandé al carajo todo lo que había compilado y andaba escribiendo a tinta. Comprendí que todo lo que yo tuviera que informar sobre Maradona, más allá de lo futbolístico, ya se encuentra en la web. Puedo sugerir el documental Maradona by Kusturica, que está en YouTube, en donde el cineasta serbio hace un bello énfasis en la parábola del pobre idealizado como arquetipo oculto pero común a todas las sociedades del mundo. Este pobre que, cuando su talento es descubierto por fuerzas pervertidas y legitimadas, termina sucumbiendo a los excesos que trae la fama. Por lo tanto se humaniza, comete errores, en ocasiones lo suficientemente graves para dejar de ser considerado bueno. Es necesario aclarar que la actitud ‘canchera’, las demostraciones de orgullo y la sobrevaloración de la propia persona, típicas de hombres como Diego, ya venían de mucho antes, de una época en la que era necesario bajarse del barco pisando fuerte para ganarse un lugar en este nuevo continente, convenciéndose de que el que pega primero pega dos veces. De esta manera, así como Maradona es y será siempre un digno representante de su estirpe, cada argentino, sin importar su región de procedencia, se identifica con el ídolo para apropiarse de un céntimo de su gloria.

Tres días fueron necesarios para el duelo nacional. Pasados estos días, no ha habido un solo momento en el que la televisión no siga su caso. Su féretro fue inicialmente expuesto en la Casa Rosada, la residencia presidencial, gesto con el cual el presidente Alberto Fernández quiso reafirmar su conocida postura de identificación con el pueblo. Como era de esperarse, tras ocho meses del aislamiento preventivo y obligatorio establecido como protocolo contra la propagación del Covid 19, la verdadera naturaleza de ese pueblo reventó con violencia el recinto y sus alrededores. Si Diego fue grande a pesar de su controversial consumo de cocaína, quienes lo homenajearon se atribuyeron el derecho de irrumpir ebrios y drogados en las elegantes instalaciones, vitoreando, ignorando groseramente las pautas de prevención que les costó tanto mantener hasta el día inmediatamente anterior. La sociedad entera, en el centro de la ciudad, parecía vomitar de pleno su sufrimiento, de manera que todo exceso cometido pareció haber sido bendecido por esa imperfecta persona que ahora ascendía oficialmente a la categoría de Dios. El cajón estuvo a punto de ser robado por la turba, por lo que se dispuso que fuera transportado y resguardado por agentes de seguridad por las principales calles y avenidas de la ciudad, para asegurarse de que llegara lo más cerca posible a cada persona que quisiera despedirlo. Llegó a pasar a pocas cuadras de casa, dejándome una sensación de que el realismo mágico no exclusivo de mi amada Colombia. Los desmanes continuaron los días siguientes, mientras en la televisión los comunicadores se encargaban de desgarrar lo que quedaba, como buenos carroñeros: que si las ex mujeres del Diego entraron o no al funeral, que si sus hijos tuvieron o no buenas relaciones, que si el médico de cabecera pudo haber evitado la muerte o no, que si su abogado es un chupasangre que se lucró durante años con las marcas registradas de fetiches y baratijas… La primera casa digna que tuvo con su familia, la que le dio el club Argentinos Junior para sacarlo de la marginal Villa Fiorito cuando debutó en categoría profesional, se convirtió en un museo en el que se conservan pulcramente todos los humildes objetos de la cotidianidad de la estrella en ascenso. Las calles en las que está ubicada fueron rebautizadas, entonces los vecinos del barrio pueden indicarle al taxista que viven en Diego al 800 o en Maradona al 500, aunque en la placa la altura de ambas –calle y avenida- llega al infinito. Ni qué decir de la Iglesia Maradoniana. La vida de cada uno de sus miembros, que transmiten celosamente a sus descendientes una especie de biblia traducida en código futbolero y que imparten todos los sacramentos conocidos habidos y por haber, ha quedado desprovista –por lo menos por ahora- de la alegría de vivir que les insuflaba su opíparo santo encarnado. Atestiguar todo este aparato de códigos, tan absurdo como explícitamente exagerado, hizo que eventualmente mi admiración se transformara en la náusea del hartazgo. Tuve que parar por un momento de pensar en Maradona, porque ya no quería saber nada más. No pude evitar rememorar esos días largamente idos en los que yo misma consumía cocaína, me sentía la reina del mundo parada en la proa del Titanic, y luego sufría la asquerosa depresión de la abstinencia. De primera mano pude comprobar esa vieja premisa budista que dice que como es adentro es afuera, y como es arriba así es abajo. Y por supuesto, que todos somos parte de todo.

Me obsequié un par de días de volver a mis pensamientos y actividades cotidianas, para posteriormente reconectarme con mis verdaderas reflexiones. Definitivamente sigo admirando el legado del 10. Estoy convencida de que ningún Messi diseñado por la FIFA en un laboratorio auspiciado por Gatorade le va a llegar jamás a los tobillos. En primer lugar, el talento hay que tenerlo, y este sin duda alguna era un talento excepcional, acompañado de una poderosa fuerza de carácter que lamentablemente se fue perdiendo con el tiempo. Inspiró a generaciones enteras de todas las escuadras y todas las disciplinas a mejorar al máximo su rendimiento deportivo. Maradona ha sido la única figura que ha tenido el poder de rellenar la grieta separadora de partidos políticos, corrientes filosóficas y barras bravas. De Peronistas y Progres. De ricos y pobres. De rubios menemistas y negros de mierda. Cada hombre argentino que he conocido se ha detenido a comparar su deterioro físico y mental en relación a su edad y su nivel de consumo de todo tipo de sustancias. También se comparan constantemente los vínculos y los afectos. Los que cuentan con un mínimo de consciencia y un círculo familiar contenedor han concluido que lo mejor es cortar con los vicios. Por supuesto que lo es, ya que no hay mayor gloria que contar con el amor de la familia. Los que no, continuarán de seguro convenciéndose de que cualquier cosa que hagan que les traiga un mínimo atisbo de satisfacción es consecuencia de haberse entregado a esa ‘blanca mujer, de extraño sabor’…

De toda esta vorágine, de todo el vértigo de la última semana, he elegido quedarme con el recuerdo de quienes amaron al Diego sin juzgarlo. La toxicidad puede encarnarse en diversos objetos y personas de la más absurda naturaleza, y seguramente aparecerá en el trayecto de viaje de cada individuo. Por supuesto que puede ser una etapa de la cual puede aprenderse mucho, más no tiene que ser el viaje en sí mismo. Yo me quedo con el recuerdo del hombre al que admiré por putear ante el mundo sin asomo de vergüenza cuando le insultaron el himno. El hombre que cuando miraba de frente al inglés al que le iba a disputar la pelota se lo tragaba vivo. Al hombre del tobillo roto que le hizo el super pase gol al Pájaro Caniggia, jugando contra Brasil. El hombre que sabía limitar la rivalidad a la cancha y que se convertía en el mejor amigo fuera de ella. El que le hizo fokiu reiteradamente al gobierno de George Bush y se negó a pisar los Estados Unidos, fan acérrimo de Fidel y del Ché, aunque también tuvo el único Ferrari Negro construido especialmente para él y luego fue consentido sin límites en Dubai. Pero de allá volvió decidido a dirigir a un equipo chico como Gimnasia y Esgrima de La Plata. Hay que estar en todos esos lugares y en todos esos momentos para salir de la burbuja del hombre ordinario. E insisto que hay que dejar de confundir la humildad con la falsa modestia, monedita de cuero con la que se quiere caer bien a todo el mundo cuando ya sabemos que es imposible. Continuaré practicando mis oficios a ver si algún día logro, como consecuencia de mi terquedad, llegar a un pequeño porcentaje de lo conseguido por este trágico ícono latinoamericano.