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Mancha negra y furia

Dos narraciones azufrales

Por:
4 / 06 / 2019

Ya corría el rumor por el pueblo. Ese hombre, el nuevo profesor de filosofía, no era casado y vivía con su única hija sin una mujer que la cuidara. Y, para colmo, pretendía enseñar por fuera de la doctrina con que se había fundado el lugar —hace 150 años— e inculcar ideas que iban en contra de la moral.

DE DEMONIOS Y CEGUERAS

 

No siempre nos sentimos atraídos por la luz,

a veces es la sombra la que nos empuja.

Fernando Savater

Mientras el sol ardía él, con los ojos cerrados, les iba contando la historia: “(…) por eso la riqueza del hombre no está en lo que posee, sino en su sabiduría; es decir, en la paciencia, la prudencia y el silencio. Pero nuestro ambicioso protagonista había escuchado que solo un demonio podía darle el poder sobre los demás hombres; es decir, todo el oro existente y la inteligencia para convertirlos en sus esclavos”.

Un hombre adinerado, que escuchaba la historia sin hacerse notar, interrumpió en tono irónico al mendicante —delante de los jóvenes que lo rodeaban entusiasmados— intentando rebajar su prédica: “¿no te parece innoble andar viviendo de la caridad de los demás? Ya eres muy viejo, tu modo de actuar solo desacredita a los hombres de este país y es un mal ejemplo para los que apenas comienzan la dura tarea de vivir. ¿Por qué mejor no te vas hacia otro lugar y dejas esas fábulas sin fundamento?”.

El monje, sin detener su relato, continuó: “(…) de esa manera comenzó su amor por la oscuridad: toda figura que representara su fuerza, su soberanía, su imperio, lo atraía. Y sin ningún disimulo, anunciaba que pronto sería dueño del mundo, porque contaba con la venia de los demonios y sus séquitos en la tierra. Cierto día, mientras leía en su casa sobre los más inescrutables secretos de Mara —ya hecho un hombre que muchos temían—, éste le hizo una visita en medio de un gran temblor y le quemó los ojos. Ya no era digno de obtener sus privilegios: la prisa, su habladuría, divulgar los secretos de las sombras con el ánimo de imponer su voluntad, olvidar la deuda con el inframundo, lo habían llevado a un conocimiento inexacto, baladí, ingrato.

Abatido, entre sollozos, el hombre recordó su blanca niñez y su deseo cambió de rumbo. Pero volver al inicio fue una gran imposibilidad y partió de inmediato, sin que nadie supiera ya sobre su destino, hacia el lugar de nadie. Se dice que solo uno, de entre todos los vivientes, ha podido hacerle frente al Señor del Mal: El Buda. Ese ser de enigmática sonrisa que predicó casi desnudo sus nobles verdades, y a cuyo lado todo parecía brillar. Mas de este hombre en tinieblas, nadie sabe nada. Aparte de su ruina”. Entonces el anciano bajó su cabeza y lo siguió un profundo silencio… ni el viento se atrevió a molestarle.

Los muchachos se inclinaron ante él, dejaron algunas ofrendas, y siguieron en sus actividades. El hombre rico se inclinó también y, luego de despedir el carruaje que lo esperaba y darle las gracias, solicitó al monje continuar el camino a su lado, a lo que éste accedió con un gesto cordial y una mirada llena de bondad. Entonces el nuevo discípulo puso su mano en el hombro del viejo y esperó el momento de partir, pues, era ciego.

 

UNA VISITA INESPERADA

Para Elkin Restrepo,

a quien le gusta imaginar ángeles en las noches.

Y a Manuel Mejía Vallejo, que prefería no hacerlo.

 

Ya corría el rumor por el pueblo. Ese hombre, el nuevo profesor de filosofía, no era casado y vivía con su única hija sin una mujer que la cuidara. Y, para colmo, pretendía enseñar por fuera de la doctrina con que se había fundado el lugar —hace 150 años— e inculcar ideas que iban en contra de la moral. Algunos muchachos entusiasmados le hacían eco en medio de la cena con sus padres que, pensando muy seriamente el problema, se reunieron en la iglesia. ¡Alguien debía poner en cintura al descreído! ¡Tenían que eliminar los frutos que comenzaban a pudrir la cesta! Tras mucho deliberar escogieron a Abigail, por ser la muchacha más devota y la más bella del lugar. La seducción era objetable entre ellos —obcecados puritanos—, pero era la única medida a la mano.

Acababa de caer la tarde. El profesor abrió la puerta de la casa en que vivía y que quedaba a las afueras del pueblo. “Alguien te espera desde hace ya un par de horas”, le dijo su hija. Al entrar al estudio, vio a su estudiante sentada con un vestido un poco insinuante y —sin evidenciar la sorpresa— saludó con una sonrisa conciliadora a la joven. En su clase, la bella Abigail lo había refutado airadamente en varias ocasiones con Biblia en mano, mientras él trataba de hablarle a los asistentes sobre la muerte de la metafísica y las grandes empresas del espíritu de la modernidad. El profesor dejó claro que no era el sitio para enfrentar un duelo; que había personas con otras inquietudes “más filosóficas”; que la esperaba en su casa cuando quisiera y podrían discutir estos y otros asuntos, en calma.

Impetuosa al verlo entrar, mientras acariciaba la misma Biblia ajada, sin ningún preámbulo le preguntó si creía en los ángeles. Una vez él descargó el maletín en el escritorio, ajeno a cualquier tipo de vacilaciones, le respondió: “digamos que un ejército de esos que usted llama ‘ángeles’, me protege. El que va adelante cuida de mí con sus cien ojos y me confiere el poder de decidir sobre su vida y las demás. Si en este instante quisiera cortarle la cabeza, con solo desearlo rodaría sobre el tapete. Pero no se preocupe, esa no será la tarea que tengo para él. No obstante, tenga cuidado, una espada está levitando sobre su cuello. Medite con cuidado sus palabras y los consecuentes actos, o la sangre hablará y la muerte caerá sobre todos los jardines de alas que usted y los suyos hayan imaginado; arderán sus inútiles plegarias, no lo dude. Ya nada las justificará sobre la faz de la tierra y el polvo volverá al polvo tras un aullido infernal”.

La chica se sintió incómoda y un leve sudor empañaba su hermosura; su pálida y desencajada hermosura. ¿Qué pretendía el profesor con lo que decía? Era claro que se enfrentaba a alguien de gran confianza en sí mismo y que presumiblemente sabía de lo que hablaba. Por más que ella lo intentara, no se doblegaría ante “la luz del Señor” sin una inteligencia que ella, por desgracia, no tenía. Entonces, un rubor la alcanzó y pensó en el destino del pueblo, de su gente piadosa, de ella misma en manos de un “ángel terrible”. ¿Cómo lograr que el nuevo profesor dejara sus blasfemias?

La hija del filósofo entró en el estudio con un agua aromática para la invitada y un café para su padre. Abigail, con una repentina astucia, se paró, tomó un libro de uno de los estantes de la biblioteca y se lo dio al profesor. Era un libro de cuero negro que —resaltando entre los demás— tenía una cruz de plata en el lomo. Quizá no es tan malo y también lea la Biblia, pensó. La chica pidió al hombre que leyera y le hizo un guiño con una coquetería que revelaba una gran ingenuidad. Él abrió en cualquier parte y esto fue lo que leyó: digamos que un ejército de esos que usted llama “ángeles”, me protege. El que va adelante cuida de mí con sus cien ojos y me confiere el poder de decidir sobre su vida y las demás… ella hizo un pequeño gesto de asombro y retrocedió. Él sonrió con un leve asomo de maldad y cerró el libro.

La joven se sintió desamparada. La ansiedad se notaba en su cabalgante respiración, pero con cierto aplomo, increpó con una fuerza inusitada: “¡no me charle, profesor! ¡Deje de jugar conmigo! Usted repite sus oscuras palabras y quiere confundirme. Ninguna de ellas está en esas páginas. Bien sabe porque este es un pueblo creyente que nada podrá contra la verdad que está escrita en el Libro de los Libros, que la palabra de Dios no puede ser burlada con esos artificios. Si no confía en el poder del Señor, si no tiene fe, sucederá una gran fatalidad, no habrá salida para usted y su alma perecerá”.

El hombre, que permanecía parado con el libro en la mano, lo abrió de nuevo y, leyendo lentamente, se acercó a la joven que seguía sus movimientos con temor: ¡no me charle, profesor! ¡Deje de jugar conmigo! Usted repite sus oscuras palabras y quiere confundirme. Ninguna de ellas está en esas páginas… entonces, ella le arrebató el libro de las manos con una brusquedad imprevista. Ese libro que duplicaba con una resonancia macabra las palabras dichas esa noche hacía también eco en su cabeza solitaria, ahí, en medio del estudio de ese extraño hombre que no dejaba de sonreír y cuya mirada llameante acababa por vencer el ímpetu de la pobre jovencita.

Como si la tinta de las letras fuera un espejo fatal, se veía decapitada entre cuervos y pequeñas serpientes que parecían celebrar la danza de la muerte; era como si su creencia en la divinidad ya no pudiera sostener lo que sostuvo por tanto tiempo. No sabía lo que sucedía. Un frío insoportable sacudió su cuerpo. Una fuerza insólita le arrebató la cordura. Y Abigail —la bella e inocente Abigail— no pudo más… “¡un truco del demonio!”, gritó, antes de caer desvanecida.

Al día siguiente, las personas del pueblo encontraron el cadáver de Abigail en su propio cuarto, en medio de las páginas rasgadas de un libro de cuero negro con una cruz de plata —invertida— en el lomo. Todos fueron tras el asesino. Pero la casa estaba abandonada, tal y como la habían dejado sus antiguos dueños, antes de salir a probar suerte por el mundo varios años atrás. La gente enmudecía con un pasmo de horror ante el prodigio. Se persignaban y, levantando los brazos al cielo, fueron sintiendo —cada vez más fuerte— un batir de alas siniestras, inmensamente filosas, en el interior de sus pechos. Algunos vieron el brillo de una espada.

 

VÍCTOR RAÚL JARAMILLO

Medehollín, comuna 13, 11 de mayo de 2019 (12:38 a.m.)