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Mancha negra y furia

El virus somos nosotros

23 / 04 / 2020

“De todos modos, nuestra función en este planeta debe ser diferente a la que acostumbrábamos tener para evitar un daño mayor”.

 

 

 

 

Siento hacia mí venir tu pensamiento

y acá en mi corazón hacer su nido.

José Martí

 

Hay que pensar con el corazón

y obrar con la inteligencia.

Bertrand Russell

 

El ecosistema mundial, que ahora nos compromete como especie, hace evidente un cúmulo de relaciones y vínculos, cuyas características se van generalizando poco a poco. Esto nos obliga a hablar de salud global, de un cuidado que sobrepase las esferas del yo para hacerse comunitario; no como palabra vacía o discurso político, sino como argumento para una vida cotidiana que haga realidad un hábitat para todos, incluso en las diferencias que, forzosamente, se ven en peligro.

Es inminente: las cosas piden un cambio de nuestra parte, sobre todo dejar atrás nuestra conducta apática, el egoísmo con que vemos al otro, la manera de hacer de su presencia un propósito para nuestros propios intereses. La situación actual exige hacerlo. Ya no podemos seguir como veníamos antes. De hecho, las circunstancias han dado un vuelco, pero no nos hemos dado cuenta, o no queremos aceptarlo. Y esto implica —quiérase o no— un desafío en nuestras decisiones como especie: la naturaleza (de la que teóricamente nos hemos alejado) no está muy cómoda con nuestro proceder y debemos reconocer que hemos invadido su lugar. Hemos creído que tenemos el total derecho y al parecer no es tanto.

La tecnología y los sistemas que, al ser globalizados, unen lo que antes no era posible, tanto en las regulaciones sociales, la información y la cultura como en la amplia biodiversidad con la que saciamos nuestra voracidad, necesitan ser repensados para brindar una alternativa eficaz a nuestro deseo de seguir habitando el planeta. El ecosistema ha demostrado que nada está fuera de su movimiento; ningún agente vivo se instala en él como una rueda suelta. Al contrario, somos parte de un mismo tejido, de un mismo orden nutricio.

Si una sola parte de ese todo que nos acoge no se ajusta a lo que se necesita para continuar funcionando, el todo fallará y esa parte no podrá seguir adelante. Entonces —reconozcámoslo o no— será expulsada del sistema, reemplazada por una nueva pieza que tomará su función. Así son las cosas. Nada más ver cómo ha operado el orden en las dinámicas sociales que tanto se asemeja a las del orden natural: los animales, los ríos, las temperaturas.

Pero dicha pieza también podría ser rehabilitada, puesta de nuevo en funcionamiento una vez se conozca y comprenda el porqué de su inoperancia. Se le brindará un nuevo lugar, pues, al haber abandonado la maquinaria, su fuerza podría operar de manera diferente, al menos hasta que se sienta capaz de retomar el sitio de donde fue sacada. Si es conveniente al momento de volver —ya que las cosas suelen dar giros inesperados—, se le exige mayor atención y se le pide cumplir su tarea con precisión para no verse relegada de nuevo.

Hablo de una humanidad consciente de sus actividades diarias, de sus ganancias y gastos, de un deseo que debería estar relacionado con el principio de realidad que la sostiene. Una humanidad dispuesta a crecer en solidaridad y respeto sin necesidad de estar bajo el mando de un Gran Hermano que someta su libertad. Libertad posible, si las coordenadas de la obra que se lleva a cabo no sugieren otra cosa, si se hace vital no perder el resultado que se preveía con la escena. Sin embargo, hay condiciones donde la improvisación logra maravillas y no se pueden obviar estos niveles de creatividad.

De todos modos, nuestra función en este planeta debe ser diferente a la que acostumbrábamos tener para evitar un daño mayor. Debemos agradecer el haber sido acogidos sin reservas en cada lugar donde hemos situado nuestra morada, sea propicio o no. Por eso, requerimos de una humanidad que se haga responsable de sus propias decisiones. Que despierte y se comprometa con la salud global de la que ya muchos hablan, puesto que ahora nos corresponde pensar entre todos y para todos. Esto es, poner nuestra inteligencia en la búsqueda de soluciones orgánicas para combatir el hambre, la pobreza y la inestabilidad biológica.

No estoy a favor de un nuevo orden mundial como el que se nos va imponiendo poco a poco, pero francamente me parece irreversible. Se sabe que han pasado muchos años en los que personas inescrupulosas y sedientas de poder han trabajado para tal propósito. Pero los pueblos no quieren promesas que jamás serán cumplidas. Necesitamos gobiernos que se preocupen por el crecimiento, no solo económico y comercial, sino y ante todo en un aspecto espiritual, es decir, en sus gestos de acompañamiento y cuidado de todos y cada uno de los habitantes del planeta. Velando por el bien común, buscando salidas para lograr una vida digna que pueda conocer la alegría y el gusto de vivir, un sano y honesto fluir en las relaciones. Para eso fueron elegidos.

Sanar las heridas que nos infligen el mercado y la banca internacional no podrá ser viable si estos estamentos no suprimen los empréstitos que hemos heredado a través de los siglos. Y si el poder se acrecienta a nuestras espaldas, acallando el pensamiento crítico con bonificaciones o con balas; si los dueños del poder sugieren —como lo han hecho— una continuación de la guerra donde solo aumentan sus riquezas y los demás mueren —una guerra que ellos mismos comenzaron—, tendremos que actuar de otra manera. Porque no queremos seguir enterrando a nuestros hijos.

Las cosas no están para hacernos ni los sordos ni los ciegos. O hacemos un alto en el camino para dar soluciones responsables y amorosas al ecosistema que necesariamente nos implica, o ya no podremos seguir habitando el planeta. Es inevitable. Él no tolerará nuestra presencia combativa ni nuestra desproporcionada y arrogante ambición. Y esto, obligatoriamente, requiere de una gran capacidad para aceptar nuestros errores y dirigir nuestro camino hacia nuevas dinámicas de convivencia. Dinámicas estas que están más cercanas a la poesía y sus vínculos con la ciencia y la sabiduría ancestral, al cuidado sostenido y a la imaginación, que a una economía cifrada en el consumismo inmoderado que nos pone a vivir en tristes cloacas. Iluminadas y llenas de espejos y colores, pero cloacas.

Esa es la tarea y está en nuestras manos que se pueda cumplir.

 

Víctor Raúl Jaramillo

Medellín, 31 de marzo de 2020