Mancha negra y furia

¿Te glorificamos, madre?

Por:
13 / 10 / 2019

“Es el momento para reconciliarnos con las palpitaciones del tejido que nos acuna desde el inicio, hacer con sus vibraciones el camino”.

En la vivencia del planeta se hace evidente una evolución que debe ser comprendida de forma integral para que nuestra percepción de lo vivido —tan variable y de tan fácil afectación—, se relacione con el movimiento ancestral que constantemente nos hace señas.

Originar un ritmo festivo que nos anuncie con nosotros mismos y con las demás formas de asumir la presencia de lo vivo en el mundo, es vernos hacia afuera y reconocer el reflejo de lo que somos por dentro. Es hermanar los conflictos, es adiestrarnos en la solidaridad, en el amoroso encuentro con lo naciente.

Por eso, cuando cada una de las posibles personas atienda a la diversidad, al cambio o a la renovación de su interior, se dará el primer paso para restablecer la conexión con las incomparables manifestaciones de lo que ocurre y, así, podremos aceptarnos como voluntades creadoras, como esa necesaria determinación hacia el respeto y el cuidado de este organismo dinámico que es nuestro planeta: la violentada madre. Porque hemos usufructuado sus cantos, su memoria, su respiración. Y aun así nos acoge.

Debemos mucho a este planeta y su multiplicidad, prototipo de la nuestra. Por tal motivo es un deber el reconocimiento mutuo, tanto en lo creativo, como en la inquietante capacidad para destruir —sin perder tal distinción—, y propiciar una escucha atenta, una acción que restituya la naturaleza que hemos violado.

Es el momento para reconciliarnos con las palpitaciones del tejido que nos acuna desde el inicio, hacer con sus vibraciones el camino. De otro modo, la Tierra abrirá sus fauces y se tragará nuestras intenciones asesinas y nadie podrá hablar de lo vivido mientras fuimos sus hijos —sus indelicados y carroñeros hijos— pese a estos versos:

 

PRIMICIA ENTRE ESCOMBROS

La más indigna primicia:

el honor del fin.

Marina Tsvetáieva

Ya no era
un bando
contra otro

Era un gran nudo
de odio y demás pestes

Racimos de bestias
aniquilando
a quien se interpusiera
en el camino

Sin importar
la delicada situación
de las cosas

 Todo ardía

No hubo
sobreviviente alguno

Excepto
un pequeño puñado
de guiñapos aturdidos
entre los escombros

Con el estómago vacío

Con una sed acrecentada
de agua y sangre fresca

(Casi nada para lo que había)

Preparando
sus macabras mandíbulas
apocalípticas

Haciendo muecas de
¡yo sé dónde estás!

En la oscuridad

Medellín, comuna 13, 23 de septiembre de 2019