Literatura

No era un simple pájaro negro

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24 / 11 / 2017

El ímpetu con que una vida se conduce a sí misma suele provocar que su final sea, trágicamente, irremediable”

Estábamos recién casados y como no teníamos dinero suficiente para arrendar un departamento, optamos por quedarnos donde María, mi suegra. Sin embargo, la casa era prácticamente nuestra pues María, luego de la boda, decidió viajar a Nueva York por un tiempo con Sucelt. El lugar, de tres plantas, era una reliquia en Santa Fe. Todo el barrio la conocía, porque era una de las casas fundadoras y María una colonizadora. Por eso, cuando Antonio me ofreció quedarnos, no le reproché. Además, a pocas cuadras vivían mis hermanos con mis padres y su cercanía me sentaba bien. El hogar de María era ahora el mío. O el nuestro. Porque la casa estaba invadida de palomos y canarios, sinsontes y un loro y un pastor alemán que se llamaba Hitler y era la ‘ñaña’ de Antonio.

Las aves le pertenecían a él desde antes de casarnos. Tenía la terraza llena de jaulas. Cada una por nombre, separadas por especie. Manolo, el sinsonte, era un cantor prodigioso y en las mañanas, inflaba el pecho y llenaba la casa con su canto. A este lo seguía Linda, la lora, en habladurías aprendidas. También los canarios, todos en coro repetían, entre silbidos y alaridos, el ‘Mambrú se fue a la guerra’ o ‘la cucaracha’; canciones que Toño les enseñaba.

Pero Negrura, sin duda, era el pájaro más bello.

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Fue Dora quien lo trajo desde Don Matías, en una caja de cartón con orificios, por donde asomaba el pico. Esperó a que el pájaro emplumara y estuviera un poco fuerte para abandonar la pajarera. Lo arrebató en un descuido de la mirla, al dejar el nido en busca de comida, y lo encerró en una caja. Luego, apareció en el salón de clases con el paquete sujeto con una pita y me lo entregó.

—Es tu regalo de bodas—me dijo y se disculpó por su inasistencia al matrimonio.

—Está pichón, aún no vuela—agregó, y enseñó una sonrisa.

Luego de clases, me lo traje y se lo mostré a Antonio.

No sé por qué nunca contemplamos la opción de encerrarlo. Tal vez por la culpa de saber que era una especie silvestre, al igual que las otras, pero con una diferencia enorme: él sí conocería los cielos. Porque el sinsonte, la lora y los palomos, todos, eran aves de abarrotes, domésticos, acostumbrados a las migas con leche y la fruta en trocitos. Pero Negrura era un mirlo libre y apresarlo en una jaula era doblemente mezquino.

Tenía los ojos redondos y brillantes, rodeados por un halo dorado. Y las patas anchas y negras y el pico grueso, también dorado, en filo como un colmillo. Y el plumaje azabache y brillante como el interior de un trozo de carbón. Era hermoso y recorría la casa en saltitos, tambaleándose con el cuerpo hacia los lados, deslizándose con las uñas sobre la baldosa. Se alimentaba de higos maduros y papaya y en ocasiones, cuando apetecía, exigía en chillidos agudos, un poco de mixtura para pájaros.

Sobrevolaba la casa escondiéndose en los cuartos, posándose en la baranda de las camas o asomándose al espejo sobre una cajonera. Giraba el cuello hacia los lados y abría el ojo, asombrado. Abría el pico y golpeaba su imagen y chillaba. Se alzaba, dando latigazos en el techo hasta posarse sobre mí, en una pañoleta de satín que me envolvía el cabello, como un nido delicado y fino. Sentía curiosidad por la terraza. El arrullo de las palomas, el ladrido del perro y el canto del sinsonte y los canarios le causaban intriga y husmeaba a lo lejos, desde el primer peldaño, el sonido que provenía de lo alto. Sin embargo, nunca lo vi subir; excepto un día.

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Tardamos un tiempo en saber su género. Poco sabíamos de los mirlos, y durante los primeros seis meses, lo creímos hembra. Aunque Toño le abrevió el nombre para no confundirse, o confundirnos, porque al llegar a la casa, desde que abría la puerta, entre la oscuridad de la escalera, anunciaba: — ¡Negra, llegué!—, y Negrura abría las plumas del cuello y de las alas y cantaba. El saludo era para mí, pero Negrura, altivo y consentido, se apropiaba del saludo y el apodo. Con el tiempo, con un ‘Ne’ le bastaba y sabía que esa palabra era suya, que así lo nombraban y cantaba desde el lugar de la casa donde se encontrara.

El descubrimiento llegó como un relámpago. Negrura arribó a mi lado, mientras trapeaba el piso. Crispó sus alas, transformado, pues ya no era un pichón de plumaje marrón y tenía ahora un plumaje negro, resplandeciente. La cola, larga y firme, se le arrastraba por el piso y con el ala izquierda desplegada, en un gesto de matador, giró sobre mí en repetidas ocasiones, cortejándome. Toño, asombrado y sonriente, intentó acercarse, pero ‘Ne’, un macho celoso, lo ahuyentó con una algarabía de ave y un batir de alas.

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Disfrutaba mirarlo tomar su baño en un recipiente plástico, junto a la escalera en las mañanas. Sumergía la cabeza en el agua, y con fuerza, lanzaba chorros sobre su espalda emplumada. Abría las alas, clavaba de nuevo el pico y la pechuga y salpicaba las paredes y el piso. Luego, sacudía el cuerpo, desordenado, y volaba hasta lo alto de una silla, en el zaguán, donde permanecía estático para tomar el sol que se colaba por las celosías de un ventanal.

Las puertas del balcón y de la calle permanecían cerradas, pues temíamos que Negrura, entrometido, huyera. Sólo la puerta de la terraza, al final del corredor, permanecía abierta para que Hitler subiera y bajara. Pero en el tiempo que ‘Ne’ permanecía conmigo, nunca se le había ocurrido asomarse en lo alto, donde se divisaban los solares y los patios de las casas vecinas, en el que abundaban las ratas y los gatos. La puerta siempre estaba cerrada mientras nosotros salíamos. Como protesta por dejarlo solo, al regresar, encontrábamos los muebles, las ventanas o los pisos, el espejo o la ropa en la mesa de planchar, cubiertos de guano de mirlo.

Por eso me sorprendió regresar esa tarde y encontrar los muebles limpios. Y la sala y las cortinas en orden y un silencio poco común en los cuartos y en el corredor de la casa.  Entonces, decidí buscarlo porque la ausencia de su canto me angustiaba. Y después de buscar en la alcoba y en el cuarto de las frutas, fue cuando supe que el canto del sinsonte y los gritos de la lora, no era la orquesta natural con que se sorprendía ‘Ne’ en los peldaños de la terraza. Subí las escaleras y entendí el alboroto: ‘Ne’ daba saltos y aletazos en el fondo de un patio de una casa vecina, donde un gato asechaba con sigilo. Nunca supe por qué no voló, por qué simplemente no abrió las alas y se echó a los aires. Por el contrario, decidió trepar la pared como una iguana, torpemente. Antonio entró en ese momento, y al ver mi cara de angustia, decidió salir a buscarlo y traerlo de vuelta.

Opté por encerrarlo en una jaula de la terraza. Se veía aún más asustado que cuando tuvo a sus espaldas, saboreándose con su cuerpo, al gato. Irritado, hinchaba las alas y cambiaba el canto por un sonido sombrío y golpeaba la jaula con el pico y las patas como un gallo de riña. Se detenía y el pecho se inflaba como a punto de estallarse y los ojos negros brillaban y se veía indefenso, similar al momento en que abrí la caja y lo traje a casa. Permaneció en la terraza callado por tres días, se reservó el canto.

No soporté el silencio de la casa, tan llena de cantos de otras aves, menos el de ‘Ne’, amplio y agudo. Decidí liberarlo. Voló de inmediato al interior de un cuarto y buscó el espejo. Cantó tan fuerte que me estremeció. Era un canto silvestre, nada doméstico; como el canto de las aves libres.

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La noticia nos llegó por sorpresa, como Negrura. Esperábamos un bebé. Toño, enloquecido, le hablaba a la barriga y ‘Ne’, a pesar de los celos, guardaba distancia y alzaba el canto. Transcurrieron tres años desde el viaje de María a New York, quien al enterarse, decidió volver.

Negrura recorría de nuevo los techos de la casa y se enseñoreaba en los pasamanos de las escalas y en lo alto de las cortinas. Era un pájaro libre, un mirlo indomable; no era un simple pájaro negro.

Cuando María ingresó a la casa, una sombra atravesó el zaguán y se abalanzó sobre sus piernas con várices. Ella soltó las maletas y huyó al fondo del pasillo. La correteó en saltitos por la casa, la hizo huir de los cuartos y sobre una silla, con una cartera de mano, lo alejaba de las piernas, mientras ‘Ne’, saltaba para picotearla.

Para él, la presencia de María era invasiva y no podía verla deambular por la casa, porque emitía un sonido agrio mientras volaba hasta ella, para impedirle los pasos. María, asustada, dejó claro que se iría si no hacíamos algo con el ave.

Temía por sus piernas tumefactas, por un mal picotazo en las pantorrillas. Y no era de menos; ‘Ne’ tenía un pico recio y grueso como un dedo: un picotazo le causaría la muerte. Decidimos encerrarlo de nuevo.

Esta vez no dio batalla. Ingresó voluntariamente y sobre un madero que atravesaba lateralmente la jaula, se acomodó de espaldas. Mordía la fruta apenas un poco y los platos de mixtura, que antes reclamaba, permanecían intactos. Verlo tras la reja me daba pena. Extrañaba su canto; el alboroto de plumas que causaba antes del descenso sobre mi cabello envuelto; los pasitos torpes por el zaguán de la casa; el charco de agua de su baño sobre el suelo. A veces se le escuchaba un canto, pero al instante mermaba, diluido entre el silbido de los canarios. Con el paso de los días, dormitaba callado.

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María decidió salir un rato a la calle. Se ausentaría por un tiempo ¿Por qué no sacar un rato al Negro?

Ascendí las escaleras hasta la terraza y me acerqué a la jaula: él dormía con la cabeza oculta entre sus alas. Abrí la rejilla, y antes de ingresar mi mano, ‘Ne’ se abalanzó contra la puerta. Sus plumas golpearon contra las barandas, y en su esfuerzo por huir, su pata izquierda se engarzó en la lámina de los desperdicios. Encolerizado, aleteaba e intentaba emprender vuelo, pero la pata atorada lo abatía de nuevo. Ingresé la mano e intenté calmarlo. Me picoteó los dedos. Sabía que esa era su manera de reclamar aquel castigo, de increparme por lo que le había sucedido. Al sujetarlo, pude examinarlo. Me miró asustado. La pata izquierda, con el filo de la bandeja, sufrió un corte por el tarso.

El veterinario aseguró que la pata se le caería sola y no le dolería. Que sería un proceso natural, que le aplicara cremas. A los días, la palma se desprendió del hueso, y en vez de ella, sobresalió un muñón negro.

Toño decía que no era mi culpa, que nada pasaba, que fue un accidente. Sin embargo, ‘Ne’ no comía y menos, se oía su canto. Al acercarme a la jaula para alimentarlo, huía. Daba saltitos y se arrinconaba con su pata de palo. Abría el pico, amenazante. Parecía un cuervo; un ser solitario.

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Transcurrieron semanas hasta que lo oí de nuevo. Era un canto agudo, vigorizante. Atravesó el zaguán y llenó los cuartos. Yo estaba en la cocina, preparando algo. El canto era vívido, y sin embargo, se sentía lejano. No estaba en la casa, pues los cuartos, la cajonera y el espejo, estaban vacíos. También la silla junto al ventanal, los peldaños. Subí a verlo. Lo encontré tieso, tendido entre el guano y el higo seco, con el pico abierto. El muñón estático apuntaba al cielo. Una bandada de pericos sobrevolaba la terraza en algarabía. Las palomas, los canarios, el loro y el sinsonte, guardaban silencio.