Arte

Paola Rojas: “El desnudo confronta”

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31 / 07 / 2018

A propósito de su primera exposición en Medellín, la fotógrafa bogotana Paola Rojas conversó con Laterales Magazine sobre sexualidad, cuerpo, feminidad y demás elementos que constituyen su particular obra.

Mirando a un grupo de estudiantes, artistas, fotógrafos y curiosos que el 7 de julio colmaron la Mediateca Arthur Rimbud de la Alianza Francesa de Medellín, Paola Rojas (Bogotá, 1994) dijo estas palabras que quizás hicieron mella en todos ellos:

“Cuestiónense. Hay cosas que son muy obvias, porque sí, realmente uno dice ‘cuestiónense de todo lo que vean, no le crean a todo el mundo’. O conózcanse, qué les gusta y no les gusta. Pero aplicándolo al lenguaje personal es muy chévere cuando uno dice: ‘venga, ¿lo que yo estoy haciendo me gusta? ¿O lo estoy haciendo por moda? ¿O lo estoy haciendo porque lo vi en Instagram repetido 5.000 veces?’. Y también es un asunto de qué quiero explorar, yo también tengo algo que decirle al mundo, o ni si quiera, tengo algo que decirme a mí mismo, una cuenta pendiente conmigo. Eso es decisivo en que ustedes tomen al arte o lo que sea como medio de expresión, y es que se apropien a tal punto de poder cuestionarse acerca de lo que hacen y no hacen”.

Publicista de profesión, Paola Rojas ha llamado la atención con una obra en la que se cuestiona por su propio cuerpo, además de temas como la sexualidad, la religión, la cultura, lo femenino y hasta el mismo color, tan característico en sus fotos, las cuales han sido expuestas en Argentina, Colombia, Corea del Sur, España y México.

Horas antes de contar algunos pormenores de su vida y su proceso creativo, inauguraba en la Galería Olivier Debré (contigua a la mediateca) su primera exposición individual, Narrar la piel, que estará abierta al público hasta el 9 de agosto.

Las paredes de la galería, pintadas con vibrantes amarillos, fucsias y azules, hacen un recorrido por algunos de sus proyectos como Las palabras del sexo, que, a través de sugestivas y coloridas imágenes, entre ellas la de una mujer cuyo pubis está cubierto por la cabeza de un conejo de peluche, indaga cómo la cultura popular ha pretendido suavizar la crudeza del sexo con dichos como “Pegarle al peluche”, “Jalarse el ganso” o “Darle como a rata coja”.

En principio las fotos provocan risas que desembocan en preguntas, de modo que más adelante se narren a sí mismas desde nuestra piel (con los placeres y dolores que en ella habitan), derrumbando prejuicios y reivindicando el autoconocimiento, la libertad y el goce del cuerpo.

Aquel día de inauguración todo fue asombro y juego, ya que mientras unos contemplaban las fotos otros se miraban en un pequeño espejo y pasaban a un improvisado estudio fotográfico (con silla azul y sinfín naranja), donde seguían algunas instrucciones: quitarse una prenda, posar con un pollo de plástico, una serpiente, unos brazos de muñeca y otros juguetes que aparecen en las fotos de Paola Rojas. Esto como parte de una instalación que incitaba a la desnudez física y mental.

Luego de hacer una corta guía por su exposición y alejada de la euforia que en muchos había provocado, Paola (pelo rojo, vestido a rayas y sentada en una silla de la mediateca) nos habló sin tapujos de su obra, sus rupturas y autodescubrimiento como persona y fotógrafa. Fue esta una entrevista que ni se sintió, en parte por el aire acondicionado que ayudó a distraernos del agobiante calor del día.

Esta es la primera vez que muestras tu obra en Medellín, donde además realizas tu primera exposición individual. ¿Qué representa este logro para tu carrera?

Para mí es muy importante a nivel personal. Profesional también, obviamente, pero a nivel personal es muy importante porque ha sido un espacio en el que he podido tener libertad creativa. Yo expuse un montón y me alejé del mundo del arte [porque] muchas exposiciones no están pensadas para la gente del común, están pensadas para los mismos curadores, los mismos artistas, y yo quería hacer algo en un lenguaje muchísimo más masivo, que la gente entienda, se acerque a la obra y a su cuerpo. Entonces, más allá de lo profesional —obviamente una exposición individual es un logro—, es poder tener una libertad creativa y que la gente se lleve algo para sí misma de la exposición.

Estudiaste publicidad y eres fotógrafa desde hace seis años. Háblanos de tus inicios con la fotografía y en qué momento decidiste tomarla como medio de expresión

Yo inicié [el aprendizaje de la] fotografía porque había salido del colegio y estaba estudiando otra vaina distinta que era Ciencias Sociales, siempre me han gustado las humanidades y todo eso. A mí me gustaba la imagen, pero yo no entendía muy bien, quería simplemente aprender algo y dije: “pues voy a hacerlo sola”; me gustaba Photoshop y empecé a aprender. Duré más o menos un año, dos años, aprendiendo de manera autodidacta, mientras me compraba mi cámara.

Me cambié a Publicidad porque todavía no estaba segura de que la fotografía era lo mío. Me gusta la fotografía, pero si ustedes ven yo no hago fotos de paisajes, nunca me he identificado con eso y por eso me costó entender que la fotografía sí era lo mío. Profesionalmente hago otra cosa, creo contenidos para redes sociales, para marcas, porque me gusta hacer también eso, es mi pasión. Pero en ese inicio aprendí lo básico: el color, la luz, un montón de cosas y después dije: “bueno, ¿y qué más?”.

Ahí ya estaba estudiando Publicidad y lo que más me gustaba de la publicidad como tal era que tú podías tener un concepto, comunicar algo que entendiera todo el mundo. Eso me parecía súper chévere. Entonces dije: “pues voy a combinar”; me gusta mucho la fotografía pero como medio, solo para mí, se me queda corto. Justo este proceso se juntó con un proceso personal, entonces fue ahí que yo dije: “voy a hacer un proyecto personal. Ya aprendí un montón de cosas y voy a aplicar esto que he aprendido en la carrera para comunicar cosas un poquitico más masivas, más abiertas”. Y ya, ese ha sido mi proceso a grandes rasgos.

Háblanos de tus referentes, ¿quiénes son y qué elementos te dieron para afianzar tu trabajo fotográfico?

Es muy difícil hablar de referentes, muy difícil. Te puedo decir que Chema Madoz para mí ha sido uno, y es muy chistoso porque uno diría que visualmente no se parece en nada, pero yo hacía muchas fotos a blanco y negro y todo ese rollo. En este tema del concepto especifico, que tú ves una imagen y dices: “¿quién fue el genio que pensó esto?”, Chema Madoz ha sido mi referente más grande en comunicación de la imagen. De resto, puedo decir que me encanta la fotografía publicitaria de los años 90 a nivel estético.

Yo combino lo que a mí me gusta. O sea, claramente yo hablo de cuerpo, de sexualidad, de un montón de esas cosas, porque me tocan personalmente, porque es autobiográfico completamente. Pero a un nivel estético un día dije: “voy a dejar de reprimirme y si me gustan las patas de un gallo, y me las quiero poner en la boca, me las pongo porque me gustan, me parecen chistosas”. Entonces es eso, es más el gusto que un referente como tal, que yo quiera llegar a ser como ese referente.

¿Cómo fue el proceso para llegar a la formalización del concepto fotográfico que manejas?

Es un asunto súper complicado ¿saben? Ha sido una cuestión que pasó en cinco años, pero creo que seguí mucho mi intuición, como: “bueno, voy a hacer lo que a mí me haga feliz”. Y suena reclichesudo, aquí Paola Coelho (risas), pero a lo que voy es que me cuestioné, lo hice muy consciente y dije: “tengo un montón de cosas que he construido porque me han gustado, es decir, el objeto, el cuerpo”. O sea, lo construí porque me gustó y así pasó.

Tuve un proceso personal en el que me empecé a aceptar, aceptar mi cuerpo, a ver el cuerpo como un asunto más cultural y me pregunté qué quería hacer con esto. No quería hacer otro tipo de fotos, no me interesaba, por lo menos en mi parte artística, porque en mi parte comercial hago otras cosas para comer (risas). Pero en este proyecto yo dije: “bueno, voy a hacer lo que yo quiera”, y todo este proceso se ha guiado por la satisfacción personal.

No sé si ustedes saben, pero yo pertenecí a una iglesia cristiana toda mi adolescencia y cuando salí [pasó] esta exploración aceleradísima de mi cuerpo. Si ven ese primer proyecto [Paola se refiere a ¿Cómo puedo pintar la piel?] es un erotismo distinto, no es sexuado, es íntimo. Ya después me enloquecí. Entonces todo ha sido un rompecabezas que se fue armando con eso que me causaba satisfacción personal en diferentes niveles; desde el discurso como tal, que pasé de lo íntimo a verlo culturalmente, y hablar de los dichos, de cómo le puedes decir a la vagina, hasta el color azul, con el que me casé y amo.

Después algo que influyó un montón fue que empecé a crear una comunidad, porque cuando empecé hacer contenidos, pues lo apliqué para mí completamente y me funcionó. Eso también me ayudó a generar una unidad desde el color, hasta los mismos posts que publico en Instagram, las historias y todo ese tipo de cosas.

Ya que hablaste del color, este es un elemento fundamental en tu trabajo fotográfico y tu paleta ya tiene un reconocimiento ¿Esto a qué se debe y qué quieres contar con los colores tan fuertes que utilizas?

Primero partamos de que a mí me ha encantado el color un montón. Pero a mí me gusta lo que confronta, lo escandaloso. Tenía un montón de cosas y conceptos —como la foto del pollo: es fuerte, desagradable, como “¡guag, qué asco!”—, y la crudeza del cuerpo me ha interesado, pero tenía que buscar una manera bonita de contarlo. Entonces, uní eso bonito que ya tenía en mi estética y era el color —que ha sido una obsesión técnica en mí, lo aprendí sola, buscando tutoriales en YouTube—, [con otras] cosas hasta llegar a un flujo de trabajo que es este último proyecto, que ya lo hago muchísimo más rápido.

¿Qué quiero comunicar precisamente en este proyecto? El proyecto que ustedes ven en la pared fucsia es una transición entre el primero, que es íntimo, al último que es estridente. El color lo que hace es que llama la atención y te armoniza toda esa crudeza que tú ves, esa irreverencia te la hace ver bonita porque te está metiendo un mensaje súper fuerte. Justamente me remito a esas piezas publicitarias de los noventa, una vaina estridente, linda pero fuerte.

Algo que nos llamó la atención es que la exposición está dividida en momentos. Detállanos más en eso

En la exposición hay un primer momento donde empezamos a hablar de un reconocimiento, por eso tú entras y lo primero que vas a ver es a ti mismo en el espejo. Después tienes un ejercicio en donde te tienes que quitar una prenda de ropa, jugar con los objetos y, entre el chiste y la chanza, vas entendiendo. Lees y entiendes que todo parte de algo muchísimo más allá y empezamos a contar el primer proyecto.

Este primer proyecto yo lo hice, más o menos, en unos tres o cuatro años, fue un proceso larguísimo. Yo estudiaba, mi tiempo se iba entre estudiar y hacer este proyecto. Son muy poquiticas fotos, en colores pasteles, una exploración que hacía de mi propio cuerpo de una manera muy íntima, porque yo me veía súper gorda, súper fea, hasta que dije “no más”. O sea, el cuerpo se tiene que leer de otra manera, pero no concebía a la larga que fuera así por lo que tenía en la cabeza.

Después hay una transición, en la siguiente pared, y en ese proyecto yo empiezo a ver que me gusta el color y hablar de un deseo de explorar otro tipo de cosas, de dejar un poquito de lado lo íntimo, así sublime, y decir: “vea, parce ¿qué pasa si yo también me pongo como un objeto de deseo y soy medio pornográfica ahí? ¿Cómo me leo a mí misma? ¿Cómo leo al cuerpo?”. [También] empiezo a hablar de lo masculino, que yo no lo tocaba porque el proyecto era íntimo.

Se cierra un ciclo personal y hablo del cuerpo de una manera cultural; o sea, si ven hay una transición de menos sexuado a más sexuado. Entonces ya empiezo a hablar de los dichos, a cuestionarme acerca de eso y decir: “ay, darle como a rata. Marica, ¿quién es la rata? Pues usted se está diciendo rata”. O sea, ese tipo de cosas, como “ah, esto construye mi visión del sexo”. Pero por más que yo intente ser muy abierta, cojo con pinzas los términos, tengo mi lado feminista obviamente. Cuando digo “la vaca muerta”, pues básicamente es una exploración, por eso se habla de narrar la piel, y es que la piel se puede narrar desde lo más íntimo y sublime que tienes, hasta lo ajeno que es “la vaca muerta”, todos usamos ese término. Esa es la propuesta de la exposición.

¿Qué mirada quieres hacer de lo cotidiano, tan presente en tus fotos?

Lo cotidiano nació porque simplemente no tenía otra cosa para inspirarme. Yo quería salir del país un montón, no pude y me tocó quedarme estudiando. Me sentía atrapada, era como “¡no quiero!”, pero no. Muchos de mis procesos han sido completamente conscientes y dije: “voy a hacer de eso poquito que tengo una vaina increíble”. Fue como mi meta. Entonces, si no tenía para montarme el estudiasazo —en Bogotá uno ve que los fotógrafos son como, marica, o sea, con las cámaras de 30 millones de pesos y el estudio gigante, divino— pues iba a construir un estudio en mi casa —igual había buen espacio—, y a comprar mis cosas. Si ven las primeras fotos son en pared blanca, o en sábanas, porque yo recorría la casa y decía: “ay, esto tan lindo para una foto”, “ay, ¿me queda bien? Sí”. Ya después se volvió súper técnico, claro, [porque] aumentaron los recursos y podía hacer más cosas. Básicamente nació de eso.

En las fotos utilizas objetos ¿estas nacen del objeto, el objeto es la foto o la construcción es conjunta?

Es una construcción conjunta y vuelvo a decir lo que repetí ahora: es parte de lo que me gusta. Claro, no son lo mismo unas tijeritas que un pollo plástico ¿cierto? Tienen una connotación distinta. ¿Por qué? Porque hay un patrón y es elegir objetos, por eso Chema Madoz me inspiró tanto y sigue siendo una inspiración, porque de una alcantarilla hace un lavaplatos. A mí me encantan la semiótica y los objetos, porque si tú lo pones aquí [Paola toca un estante de la mediateca] o aquí [toca luego su cabeza] te da una connotación y cambia semióticamente lo que estás haciendo.

Eso me encanta del objeto, por eso no lo he dejado de utilizar. En un principio yo tomo esa cotidianidad y me la apropio. Preciso a mí me gustan mucho las tiendas chinas. En Bogotá hay un lugar que se llama San Victorino, que es donde llegan los juguetes y se venden baratísimo, hay un montón de gente. Me encantan esos lugares y allí empecé a ver cosas raras. Yo las compraba, no sabía si las iba a usar para mis fotos, pero las compraba. Tenía mi colección de lo que ven ahí [Paola señala los objetos de la instalación con que la gente posa para las fotos] y las guardaba. Muchas de esas cosas no están en las fotos porque me gustan y nada más. Cuando pasó lo de los dichos —que fue un día diciendo “ay, pa’ darle como a rata coja. Uy, ¿se imagina usted con una rata en las…?”  (Risas)—, ya había unas conexiones que eran esos objetos, y me fui a San Victorino cada fin de semana a conseguir todo, a ver si lo hacía a la marcha.

¿Por qué la obsesión por los espejos?

De pronto ya no tanto, pero en un momento sí porque yo quería encontrar una visión de mí misma, una imagen corporal que no tenía. O sea, yo era súper delgadita, me miraba al espejo y me molestaba por el peso. Estuve en terapia y todo ese cuento, porque las fotos en sí mismas me ayudaron a entender, pero obviamente no me llevaron a hacer el proceso completo.

Para mí esa obsesión era porque yo me miraba un montón en el espejo, y era con cada cosita “no me gusta”, “no me gusta”. De hecho, Cómo puedo pintar la piel, que es el proyecto de la pared blanca, nació porque mi cuarto era pintado de rojo, yo tenía un espejo hacia la ventana y dije: “ay, este espejo se vería divino aquí en la mitad”. Cogí una puntilla, tin, lo puse, y ese mismo día hice todo, exploré el desnudo y fue como “¿yo soy así de gorda?” “¿Yo soy así de fea?”. Tengo un proyecto que se llama Speculum, y es jugar con el espejo. Claro, en medio de mi rollo corporal también sacaba el espejo, como cuando iba a la finca de mis abuelos, me ponía a molestar con mis primos y decía: “marica, escóndase en el espejo”, ese tipo de cosas. Era un juego, un chiste, pero decía: “voy a hacer un proyecto”. Fui a Chile porque mi hermana vivía allá, me fui un par de meses y allá sacábamos el espejo a todo lado.

A la par que desarrollaba mi proyecto personal, el espejo en un momento sí fue como esa pulsión de verme y construirme a mí misma, porque yo no me conocía. O sea, yo acababa de salir de una iglesia cristiana, me acaba de cambiar de carrera, no sabía si la publicidad me gustaba; se me prendieron un montón de cosas que ni idea. Yo siempre he sido muy ambiciosa y me quería destacar, tenía 18 años… Sí, o sea, era un montón de cosas que las canalizaba a través de las fotos y el espejo fue como ese elemento canalizador también.

Hablando precisamente de canalizar, ¿consideras el autorretrato una extensión de tu obsesión por los espejos?

Creo que es al contrario, yo tenía un interés por los espejos porque quería autorretratarme, encontrar una imagen de mí misma. Pero creo que el autorretrato para mí fue vital. Uno de mujer se siente gorda, se sienta fea, no sé qué. Pues fácil, güevón, baja de peso ¿qué tan difícil puede ser? O sea, yo era redelgadita, pero nada que ver, era mi mente. Se baja de peso y lo solucionas, o modifícate el cuerpo. Eso no tiene nada, y ya.

Pero yo tomé el camino largo y difícil, que fue pararme frente a un espejo y, tengan en cuenta, que fue un proceso de mi mirada como fotógrafa y mi mirada como Paola. Entonces, mi mirada como fotógrafa era un asunto de tener que mirar 300 fotos para ver cómo quedaba la curva de la cintura, a ver si me gustaba como una pieza artística. Eso por un lado, y tenía que mirar 200 veces eso que a mí no me gustaba. Entonces fue como esa terapia de choque, de “¿no te gusta? Acéptalo”. Yo no tomé el camino de modificarme, porque ahorita yo diría “pues, parce, si no me gusta, bajo de peso y ya”.  Ahí uno ve que esa pulsión no era un asunto no más del peso, sino que terminó siendo una vaina completamente personal e íntima.

A propósito de tu exposición en Medellín ¿qué es la piel para Paola Rojas y por qué se debe narrar?

Uich, ¿qué fue eso? [Paola se ríe y toma unos segundos para responder la pregunta] Creo que para mí la piel es donde nos podemos narrar a nosotros como seres humanos; y narramos un montón de cosas, desde el problemita que tenía una chinita de 18 años que no se haya aceptado con su cuerpo, hasta cómo le dices a tu novio cuando coge con ella. Y creo que para mí la piel es un vehículo, un vehículo para narrarme a mí misma y para narrar a otros, y entender el mundo que yo no había conocido porque estuve en una burbujita muchísimo tiempo. Creo que eso ha sido para mí la piel.

Has dicho en otras ocasiones que tienes una mirada muy femenina, ¿cómo reivindicas entonces lo femenino en tus fotos?

Lo femenino va desde la construcción de la feminidad. A mí me encanta la hiperfeminidad, o sea, en otra vida fui drag o algo así, no sé (risas). Me encanta lo seductor y el maquillaje, soy súper vanidosa. Entonces, lo femenino está planteado desde ese gusto, pero también desde lo sensible, ese asunto que es un poquitín más esotérico, que va de la energía que recibes, más suave, [hasta] lo femenino de “parce, yo me quiero poner una empanada en la cuca (risas) porque se me da la gana y me empodero como mujer, porque es mi cuerpo”. Va desde esas tres aristas.

Aunque pocos, en tus fotos también aparecen modelos masculinos. ¿Qué quieres retratar y contar con ellos, y también realzar?

Lo masculino nace desde cuando me despojo del asunto íntimo y de lo femenino, que yo digo: “oye, yo también me descubrí a través de otro ¿no?”. Entonces me parece súper chévere lo masculino. Sí desde lo chistoso, pero intento hipersexualizar al hombre porque siempre es la mujer la hipersexualisada, el hombre no. Pero lo femenino responde a un asunto en el que yo empiezo a explorar otras cosas, siento que me salgo de esos límites porque ya no es íntimo, ahora es cultural y en lo cultural también están los hombres.

Muchos consideran tu trabajo visceral, provocador e íntimo. De hecho, se dice que esta exposición es una invitación a empoderarnos de nuestra sexualidad e identidad, pero ¿qué quieres hacerle llegar al público con tus fotos? ¿Cuestionarlo o sensibilizarlo?

Las dos, porque tú no te sensibilizas completamente si no tienes un estímulo lo suficientemente fuerte. Vivimos en un mundo inundado de imágenes, yo puedo ver desnudos en todo lado, en las revistas, en Instagram. Pero para mí es mi vehículo más sencillo, por lo mismo que soy publicista; es decir como “te confronto y te sensibilizo”. Por eso son las dos.

Aun estando en pleno siglo XXI, persisten ciertos tabúes en torno al cuerpo y la sexualidad. Incluso, se han censurado trabajos que de manera directa abordan estos temas. ¿Tus fotografías han sido censuradas y si así ha sido cómo le has hecho frente a la censura?

Yo me emputo y todo el cuento (risas), y hago pataleta por Instagram. O sea, digamos, hay algo que me moleste, lo del pezón, que por qué no puede haber igualdad en ese sentido. Pero obviamente yo no voy a mostrar genitales en Instagram, es un asunto estandarizado, un asunto que afecta a todos, entonces respeto eso. Pues yo hago pataleta y todo porque a veces me censuran vainas que no tienen sentido, aunque me rijo a las reglas, y las censuro. Hacemos parte de un sistema. Siento que sí se ha cambiado un poco y se han abierto un poco la mente y todo eso. Pero, por ejemplo Instagram, yo no siento que responda a la mente de alguien que esté ahí detrás, mirando a ver a quién censura, sino que responde a unas reglas como sociedad.

Que ya me censuren en un espacio, pues también lo entiendo. Acá no pudimos mostrar una foto porque expresaba una posición muy religiosa, es difícil que tomen una postura tan política y para mí está perfecto. O sea, yo eso lo entiendo completamente porque el desnudo confronta. Si no confrontara probablemente ni me gustaría. Empezando por ahí.

En los últimos años ha cobrado relevancia la discusión del papel de las mujeres en el arte. ¿Cómo es el medio fotográfico en Colombia para las mujeres? ¿Están ahora más visibilizadas o todavía trabajan a la sombra de los hombres? ¿Crees que se han superado los prejuicios en torno a su trabajo o persisten?

A mí me costó un montón surgir porque empecé muy chiquita y por ser mujer. Yo no era la chacha que salía con la cámara y “ay, voy a hacer fotos de paisajes”, remasculina la cosa. Claro, eran como “¿esta vieja qué está haciendo?”. Pero en los últimos meses he visto fotógrafas en espacios completamente masculinos, representando marcas o como embajadoras de la fotografía.

Un ejemplo es que me invitaron a un congreso donde todos eran hombres, y fue como “uich, marica”. Nunca lo creí. A mí me han hecho propuestas para ese tipo de cosas, pero siempre veía que eran los mismos y hombres, y yo “aaah”. Y apostaron. Fue súper chévere. [Se escuchan gritos y risas provenientes de la galería. Paola mira intrigada, hace una pausa y se ríe. “¿Qué pasó?”, pregunta y se entera que una visitante está tomándose fotos con algunos objetos que cubren sus senos desnudos. Vuelve a reír y continúa con la entrevista]. Pero yo sí siento un cambio ¿saben? En los últimos meses he visto demasiado eso, que hay espacios o los abren.

Eres una fotógrafa que reivindica lo femenino y la sexualidad, ¿cómo has logrado hacerte un espacio en un medio tan competitivo?

No sé (risas). No sé porque ha sido un trabajo de años. No sé a nivel de como construí toda esta vaina, pero a nivel de redes ha sido súper importante. Uno lo ve como “ay, tan chistosita la historia con el gif y la cosita”, pero todo tiene una estrategia detrás. O sea, esto es pensado, completamente pensado. A mí las redes me han ayudado mucho a abrirme, como, “vea, aquí estoy yo, esta es mi voz y me importa un culo si me dices que soy muy porno o lo que sea. Esto es lo que yo hago, me he mantenido firme en los años y en las redes sociales haciendo esto”. Eso se basa en la creación de una marca personal. Es eso.

*Esta entrevista fue realizada por Felipe Sánchez Hincapié y José Rojo.