Arte

Sara Vélez, una historia de colores

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26 / 10 / 2018

Sara Vélez, quien ha dibujado con lapiceros, marcadores y micropuntas las cases y calles de la Comuna 13, conversó con Laterales Magazine antes de su exposición en el Parque Biblioteca de Guayabal.

Medellín es un conjunto de montañas repletas de casas. Es por eso que, ante los ojos de los visitantes, una fotografía tomada de una de sus zonas periféricas podría ser de cualquier otra zona de la ciudad: sin embargo cada comuna, cada barrio y cada sector se ha ido adaptando estéticamente al comportamiento cultural de sus habitantes, lo que posibilita que se ubiquen referentes que parten con la singularidad de las montañas.

Una montaña de casitas es la obra de Sara de Colores (pseudónimo de Sara Vélez), en la que plasma a lo largo de nueve metros el diseño del barrio que habita y las fachadas de las casas que permiten, después de observarlas un rato, imaginar toda la vida que ocurre en su interior.

Esta obra estará en la sala de exposiciones del Parque Biblioteca Manuel Mejía Vallejo de Guayabal hasta el 20 de noviembre. Se puede ingresar libremente de lunes a sábado, de 8:30 am a 7:30 pm y los domingos y festivos de 11:00 a 5:00 pm. Es la segunda vez que se expone desde que fuera exhibida en un centro cultural/hostal en el barrio Conquistadores.

Fue gracias a este dibujo que conocí a Sara. Luego la contacté para decirle que quería verlo completo y de paso me contara cómo lo había realizado. El lugar en el que estaba expuesto no permitía una mirada panorámica, pues había que recorrer un estrecho pasillo para verlo hasta el final; efecto que lograba generar la sensación de estar caminando por los callejones del barrio. Al terminar el recorrido nos sentamos en un sofá del hostal y hablamos por poco más de una hora. Esto fue hace exactamente un año, y ahora comparto con ustedes la entrevista.

Una historia de colores

Un lápiz de color azul claro atraviesa la mesa del comedor para enfrentarse al imponente verde. Lo convence de hacer una travesía juntos a la que se suma toda la caja de colores. Puede ser una guerra o una fiesta, lo cierto es que estos lápices nuevos pasaron de estar envueltos en una caja de regalo a convertirse en los personajes de una historia que Sara Vélez recrea todos los días en la sala de su casa. Su destino será el mismo que el de los del año pasado: se desgastarán poco a poco hasta que sólo quede su rastro en dibujos hechos en paredes y papeles.

Han pasado cerca de 15 años desde esta escena y veo a Sara detenida justo al frente de la obra que estuvo dibujando durante cinco meses. Una montaña de casitas. Nueve metros de papel que se extienden a lo largo de un rincón envolvente de Calibrí, la casa libre del río, el lugar que eligió para su primera exposición en este formato.

Para llegar a la casa nos encontramos en la estación Suramericana del Metro, y caminamos juntas y acompañadas por Alejandro — su novio — a lo largo de la Carrera 65. En nuestro trayecto sin prisa fueron protagonistas una pequeña y brillante ave amarilla que se balanceaba en un alambre de púas; el cuchicheo de dos loros trepados en un árbol y una planta cuyo peso la llevó a besarse con el suelo. Me contaron de una campaña que hay en Bogotá para salvar a las aves que van al sur, pero que caen a las calles por el cansancio, y entonces recordé la llamada que había recibido hace unos días de un amigo que vive en el Chocó, quien me describía la migración de aves que estaba viendo pasar desde su casa en ese instante. Recordé cómo me gusta estar en ese lugar y a la vez cómo amo volver a la ciudad con su ruido, su gente chocando, sus disparates…

“Jessika, ¿has llegado a montar en estas bicicletas?”, me preguntó Sara, reincorporándome a la conversación, mientras señalaba una estación de bicicletas públicas. Hablamos sobre peatones imprudentes y sobre cómo la geografía de Medellín no es la más apta para recorrerla en dos ruedas sin motor.

Ella vive en el barrio Juan XXIII de la Comuna 13 de Medellín, su casa está ubicada en la periferia y es una de las que se instalan en la montaña que eligió para su obra. Con sus ojos verdes mira cada detalle de los lugares por los que pasa, con sus manos logra retratarlos y darle una nueva vida a los personajes que parecen caminar por esos trazos azules intactos. Y con su tono de voz, tranquilo pero sensato, compartió conmigo la historia de su vida, que es también la historia de sus dibujos.

¿Por qué decides exponer tu obra en Calibrí?

Es un lugar relativamente nuevo así que están abiertos a muchas propuestas. Podía acceder al espacio rápidamente y era lo que necesitaba, ya que la obra hace parte de mi trabajo de grado. [Para adquirir el título de Licenciada en Artes Plásticas de la Universidad San Buenaventura de Bello, Sara realizó el trabajo El dibujo como herramienta de investigación cultural: las estructuras en las casas y sus habitantes]

¿Cómo surge la idea de la obra?

Este trabajo surge a partir de la observación de mi entorno. Desde niña me he sentido diferente a mis vecinos y me ha causado mucha curiosidad comprenderlos, y de paso comprender el barrio. Aun así, no había notado cómo cada elemento de este paisaje puede decir mucho sobre lo cultural. Alejandro venía a visitarme y en el camino tomaba fotografías para preguntarme sobre cosas que le parecían muy particulares; caí en cuenta entonces que para mí siempre habían pasado desapercibidas porque hacen parte de mi cotidianidad y porque mi trabajo como artista siempre estaba enfocado en elementos diferentes.

¿Cómo era tu trabajo antes de Una montaña de casitas?

Me he dedicado a la deformación de los cuerpos para llegar a la caricatura y por medio de esta a la crítica social. Es algo que no he dejado de hacer, pero ahora tengo una fijación más hacia las estructuras, como puede evidenciarse en esta obra.

¿Cómo llegas entonces a Una montaña de casitas?

Comencé a observar más detenidamente los detalles del barrio, a preguntarme: ¿esta casa por qué es así?, ¿por qué este vecino le ha puesto esto a su casa? Reconociendo así los elementos que conforman la estética y tomándole fotografías. Me concentré en las estructuras que conforman cada espacio, buscando una respuesta al por qué las personas deciden asentarse en la montaña. En medio de la investigación me topé con que muchos vienen de zonas rurales y al no hallar comodidad en la ciudad, buscan sitios que se asemejen a sus lugares de procedencia en los que puedan continuar medianamente con sus actividades del campo.

Aunque inicialmente hice el reconocimiento de la parte estética, no descarté que los territorios no estén compuestos sólo por casas y que cada casa sea habitada por alguien. Me concentré en lo cultural, llegando a investigar sobre los escenarios del barrio, el contexto político, las muy conocidas operación Orión y Otoño cometidas en el 2002, y un montón de situaciones que han ocurrido en la comuna y que son causantes de la forma como se relacionan mis vecinos.

¿Cómo reflejas el componente cultural en la obra?

Antes de dibujarlo, tomé una fotografía de 360° para poder apreciar detenidamente todo el paisaje, en esta captura quedaron registrados varios personajes que estaban realizando sus actividades cotidianas. Dibujé cada uno de los personajes tal cual los pude observar para que las personas que vean el dibujo puedan sentir que al estar en este espacio se relacionan con ellos.

Las escenas de los personajes evidencian las actividades que se realizan normalmente en el barrio: una señora hablando desde un teléfono público, un pelao de los que se parchan en la calle, el trabajador de Empresas Varias sacando las basuras, entre otros.

¿La fotografía que inspiró el dibujo fue tomada desde tu casa?

No, de hecho, mi casa aparece en el dibujo. Busqué un puente desde el cual se puede tener una vista panorámica de la montaña, no solo de Juan XXIII, también aparece un poco de Pradera Parte Alta y de otros barrios, pero es difícil delimitarlo porque todos están muy pegados.

Además de la Comuna 13 ¿qué otros lugares has retratado con esta técnica?

He dibujado parte de La sierra y en Moravia tuve la oportunidad de dibujar el lugar que se quemó recientemente, meses antes del incidente. Además, dibujo los sectores en los que doy clases como parte de mis prácticas. Me gusta usar las imágenes de los barrios para las clases, así los chicos se pueden interesar por retratar su propia realidad.

Hace un rato me decías que procurabas inculcarles la disciplina a los participantes de las clases de dibujo ¿Cómo se es un artista disciplinado?

En mi caso estudio constantemente técnicas. Todos los días dibujo. Tengo varias bitácoras, algunas más elaboradas que otras. Dibujo lo que veo en la calle o en los medios que me genere interés por retratarlo. Sin embargo, no me gusta la rutina en el dibujo porque no quiero llegar a verlo como un proceso sistemático que me robe la fascinación. Para Una montaña de casitas tuve la presión del tiempo, pero siempre intenté no dejar de hacerlo por gusto, a veces me encarretaba más, otros días me dedicaba a otras cosas.

¿Cómo fue el proceso de elaboración de esta obra?

El tamaño del dibujo implicó que lo hiciera en pliegos de papel y, a medida que fuera dibujando, debía unir los pedazos para darle continuidad coherente a la imagen. Usé materiales con acabados tintosos como marcador, micropunta y lapicero. Fue complejo porque no tenía un espacio donde podía hacer la intervención completa, mi casa, que es muy pequeña, terminó untada de color azul por todas partes, igual que mis gatos. Luego terminé la obra en otro sitio, pero solo hasta que lo instalé en el lugar de la exposición pude verlo completo.

Además de Una montaña de casitas ¿Qué otras exposiciones has realizado?

Esta es mi primera exposición en formato grande, las demás han sido en la universidad o en bares, y en 2016 que expuse para un proyecto de Fundación EPM. He sido muy cerrada con la academia por el temor que genera su desprecio, ya que no hay suficientes espacios para los artistas que emergen en la ciudad y en muchos casos se les da prioridad a artistas extranjeros o a quienes tienen cómo pagar por el espacio. Sobre esto pienso: ¿cómo es posible que tenga que pagar en un espacio que se dedica a la cultura para exponer mi trabajo? Y ¿por qué los artistas han normalizado esto?

En el arte a veces es difícil trabajar sin competencia, por eso apenas estoy abriéndome en este gremio, en el que considero se debe apoyar mucho más el talento local.

¿Tienes algún artista como referente?

He encontrado pocas personas que trabajen el paisaje urbano. El primer referente que tuve fue Fredy Serna, quien retrata su barrio. Vi que él se fija también en la cotidianidad y en el habitar, se preocupa por ver cómo se comportan las personas y cómo es la estructura de los barrios, él lo hace desde la pintura. Son pocos los dibujantes en la ciudad porque el dibujo se ha visto como un paso para una obra, como un boceto. Me gustaría encontrar más referentes y saber que hay más dibujantes.

Yo más que artista me defino como dibujante en esta época en que las artes están en una lucha y que muchos han tendido más hacia lo performático, a caminos más modernos. Por ahora yo seguiré con el dibujo, pero aún no sé si piense explorar más otras técnicas. Tampoco creo que me dedique toda la vida a dibujar casitas (se ríe).

Actualmente Sara se encuentra trabajando en una serie de dibujos sobre los habitantes del barrio. Dentro de poco obtendrá su título profesional, lo que sumará tan sólo un nombre a la carrera que ha hecho toda su vida desde la experimentación, desde que robaba hojas del diario de campo de su profesora, la misma que sugirió a su padre que la matriculara en algún curso de dibujo.

Aunque no lo hizo, comprendió el interés de su hija de estar todo el tiempo haciendo trazos, dejó de regañarla por rayar las paredes y pasó a regalarle los colores que finalmente serían el obsequio de su nombre artístico: Sara de Colores, una mujer que sabe que pintando no puede cambiar el mundo, pero puede llenarlo de color.