Teatro

El movimiento suena, el sonido se mueve como el ballet

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23 / 09 / 2017

Levitan cual hojas en el aire y dan vida a la música por medio de su pasión. Así son los bailarines de ballet, protagonistas de esta crónica.

“Battements tendus”. “Ronds de jambe à terre”. “Grands battements”. Con un marcado acento francés, la instructora Ana Lucía Rivera da inicio a la lección de ballet clásico. Son las 9:30 de la mañana de un día soleado de mayo, y los rayos de luz iluminan el piso de madera de la academia de danza. Un espejo, ubicado en la totalidad del ala izquierda, da la sensación de estar en un espacio mucho más grande que el estudio de seis metros por cuatro de la sala de ballet. Un grupo de seis estudiantes, cubiertos por mallas y trusas negras, desfilan por la sala y empiezan a tomar lugar por orden de estatura: Samanta va al frente y detrás de ella se encuentran Laura, Sofía, Sebastián, Alondra y, por último, Inés.

Las suaves notas de un piano resuenan en las cuatro paredes del lugar y guían el movimiento de los seis estudiantes que asisten a la clase. En el fondo, un gran piano negro es tocado por una anciana que desliza sus dedos con tal delicadeza sobre las teclas que parece que apenas las rozara. Con los ojos cerrados, y concentrándose en cada melodía que produce, mese la cabeza en un gesto casi imperceptible, y permite que los bailarines den vida a las notas a través del movimiento de sus cuerpos.

Una barra de hormiguillo de dos pulgadas, situada a lo largo del espejo, es la fuente de apoyo para los movimientos de calentamiento que se hacen al principio de cada clase. Ana Lucía dicta su primera orden: “Ronds de jambe à terre”. Las largas y delgadas piernas de cada uno de los estudiantes toman una posición específica: la izquierda permanece inmóvil para ser su centro de apoyo, mientras que la derecha gira en un movimiento de 180° en dirección de las manecillas del reloj. Los desplazamientos son paulatinos, las manos se elevan en un semicírculo y descienden en una imaginaria línea recta.

Las miradas de cada uno se encuentran perdidas en diferentes puntos. Sus rostros permanecen inmóviles e inexpresivos: la concentración en los movimientos que hacen los obliga a desligarse del mundo terrenal y sumergirse en las notas que levitan en el aire. Y así, mientras la mujer toca el piano, adentrada en su propio mundo, los bailarines dibujan el suyo a través de sus cuerpos, dándole vida a las notas que se pierden en el recinto. Los seis estudiantes que hace 30 minutos esperaban a su instructora, ahora aparentan figuras de cera ajenas a todo sentimiento humano.

“Endereza tus omóplatos”; “Estira más la pierna”; “Alza tu rostro”; “Mejora la postura”. La instructora pasa al lado de cada estudiante y los observa meticulosamente, desde las puntas de sus pies hasta las coronillas de sus cabezas. “¿Qué hacen esas perlas en tus orejas?” — Alondra deja de mirar a la nada y voltea su rostro para mirar a Ana Lucía — “Lo siento”. Rápidamente se aleja de sus compañeros, quienes siguen concentrados en el vaivén de las melodías, y guarda los aretes en un bolso color menta que está en una esquina del lugar. Sólo puede integrarse de nuevo al grupo cuando se dicte el próximo ejercicio, así que se irgue a un lado de ellos con los pies mirando en sentido horizontal, en rotación. Espera que se dé el próximo movimiento y vuelve a unirse.

Las reglas son sencillas: mujeres con malla, trusa y zapatillas de ballet. No se admiten accesorios y sólo se le permitirá ensayar a la que tenga el cabello recogido en un moño alto. Las mismas reglas van para los hombres o, en este caso, para el único hombre que conforma el grupo: Sebastián. Él, a diferencia de sus compañeras, debe ir sólo con malla y una camiseta básica además, por supuesto, de sus zapatillas. Las mallas permiten apreciar fácilmente los movimientos de las piernas, y hacen más evidente cuando la postura de sus cuerpos es la incorrecta. A su vez, son las que evidencian la delgadez de sus complexiones, al abrazar cada centímetro de su ser y ceñirse a sus piernas de flamenco.

Sobre la barra de madera, las manos se apoyan delicadamente y los seis cuerpos esperan inmóviles la siguiente orden. La instructora dicta el próximo movimiento que deben hacer: plies. Poco a poco, los cuerpos se sincronizan y descienden, doblando sus rodillas sobre los pies planos. El rostro de Samanta se ve incómodo y su respiración agitada hace eco en el lugar; no obstante, permanece firme y vuelve a su posición inicial, retomando nuevamente la inexpresividad en su rostro y la mirada perdida propia del estado de concentración en el que se encuentra.

Estirar el cuello para sentirse pleno. Meter abdomen para no dejar salir la esencia. Apretar nalgas para que nada se suelte. Estirar rodillas para clavarse como árbol a sus raíces. El ballet, para algunas personas ajenas a él, es una técnica que funciona como un espejo, a través de la repetición de patrones y movimientos pensados. Pero para los bailarines que lo practican es diferente. Al descubrir que mediante el aprendizaje de esos movimientos algo en ellos siente placer, ya no se toma como repetición, sino que se adopta en sus cuerpos, es suyo.

Al finalizar los ejercicios en la barra, Ana Lucía permite a sus estudiantes descansar por 15 minutos, hidratarse y estirar para la siguiente fase de la clase: ejercicios de centro. Así, los bailarines improvisan un semicírculo en el centro del estudio y hablan de sus vidas. Entre risas, Alondra cuenta que le tocó perseguir por una cuadra al bus que la lleva a la academia de baile. “Le puse la mano y el muy maldito siguió y paró una cuadra más adelante”, todos ríen, incluso la anciana y la instructora, que se encuentran en una esquina.

El reloj marca las 10:15 de la mañana y todos se encuentran listos para iniciar los próximos ejercicios. En el centro, los estudiantes se organizan en dos filas perpendiculares. Samanta, Laura y Sofía, las más pequeñas de la clase, van al frente. Por su parte, Alondra e Inés van atrás de ellas. A las mujeres se les enseña movimientos más delicados y ligeros, por lo que Sebastián no participa en esta lección. Grand Adagio. Las cinco muchachas irguen sus cuerpos y cruzan sus piernas sutilmente, las manos se elevan a cada costado y sus pies izquierdos empiezan a ganar altura en el aire. Las notas agudas del piano guían sus pasos y parece que las mujeres levitan en el suelo con su baile.

La libertad con la que danzan se asemeja a las medusas que se mueven con sus largos tentáculos mediante las contracciones rítmicas de sus cuerpos. Los movimientos de Inés resaltan sobre los de las demás bailarinas: sus piernas logran alcanzar más altura y sus brazos flotan en el aire, en armonía con la balada que toca la anciana. La cabellera rubia y la pálida piel contrastan con el negro de su enterizo, y con cada salto que da, se oye el seco pha, pha de sus pies al tocar el piso.

La profesora habla: “pirouette”. Las cinco bailarinas empiezan a girar sobre su pierna izquierda y dan tres vueltas completas antes de terminar con las plantas de sus pies encontrándose en rotación. Las notas del piano cada vez toman más rapidez, y con ellas, los giros de las jóvenes. Uno. Dos. Tres. Las mujeres giran con más rapidez. Uno. Dos. Tres. Ana Lucía mira a sus alumnas. Uno. Dos. Tres. El primer trompo cae y Laura se aleja distante. Uno. Dos. Tres. Las bailarinas siguen su vaivén. Uno. Dos. Tres. Las piruetas cesan y los pies se encuentran otra vez.

Cuando en algún momento de la clase un alumno erra en sus movimientos, los que siguen en escena no se inmutan y continúan con sus ejercicios. Lo mismo hace la instructora, sigue mirando a los chicos en pie. Si el error fue mínimo pueden continuar con la lección, pero si caen deben esperar a que Ana Lucía les dé permiso para volver a integrarse. En su cuarta pirueta, Laura perdió el equilibrio y cayó sobre su hombro izquierdo. Se levanta. El rostro sigue inexpresivo y su cuerpo adopta la posición que Alondra efectuó 30 minutos atrás.

Y mientras sus compañeras practican los ejercicios que la instructora les dice, Sebastián se encuentra estirando en la barra. Sus ojos se centran en el reflejo de su cuerpo en el espejo, y con la mirada puesta en él, eleva lentamente su pierna izquierda en un ángulo de 180°. Es un split perfecto. No se queja. Mantiene los grandes ojos negros fijos en su rostro y se ve la fuerza que emplea para mantener la pierna estirada. Inhala en silencio y exhala con brusquedad. Después de 20 segundos, la pone de nuevo en tierra firme y con una pequeña sonrisa observa su delgado cuerpo con detenimiento.

Para él, el ballet es el lugar donde se puede encontrar, donde realmente puede sentir su yo interior. En la danza, Sebastián puede explorar su feminidad y sentirse libre con sus movimientos. Cada gesto dramático que los bailarines recrean con sus cuerpos, son los gritos que él le da al mundo, son las palabras de su verdadero yo. “No tengo miedo cuando estoy danzando, creo mi mundo. Aparece ese Sebas que tanto amo y busco”. Mientras él se mira en el espejo, las mujeres acaban sus ejercicios y Ana Lucía lo llama con la mirada.

“Battement frappé” y “pirouette” son las palabras que salen de la boca de la instructora. Sebastián se para firme en el centro del recinto mientras sus compañeras descansan, observándolo desde una de las esquinas. La anciana lo mira por unos segundos y empieza su tocata. La mirada se pierde en algún punto y el bailarín cruza sus piernas cubiertas por la delgada tela negra, mueve hacia adelante la pierna derecha y eleva ambos brazos a los costados de su cuerpo. Sebastián danza con tal soltura que parece que el aire lo abrazara y lo elevara como a las cometas en agosto.

La música se acelera y los giros empiezan a aparecer. Las puntas de sus pies tocan el suelo y generan un rítmico sonido seco: thu, thu, thu. Los brazos le dan impulso y Sebastián se sumerge en un remolino invisible que guía su cuerpo. La instructora lo observa en silencio y sus compañeras se miran unas a otras. Uno. Dos. Tres. El joven rota sobre su ser. Uno. Dos. Tres. Su cuerpo se eleva sin querer. Uno. Dos. Tres. Sebastián parece en una película que se rebobina una y otra vez. Uno. Dos. Tres. Las piernas se abren en el vaivén. Uno. Dos. Tres. Escucho aplausos por doquier.

Sebastián permanece inmóvil mientras sus amigas le aplauden. No las mira. No mira nada. No ha vuelto del trance que le produjo moverse. Ana Lucía lo observa y da unos silenciosos aplausos. Las raíces del árbol dieron frutos y él lo sabe. Agacha su cabeza y se sienta al lado de sus amigas. La clase ha terminado. La instructora está satisfecha. Las dos horas del ensayo se fueron entre las notas del piano y los delicados movimientos del ballet. Aunque hoy hubo una novedad: un joven bailarín recibió los aplausos de su profesora.

Son las 11:40 y ahora los rayos del sol iluminan con intensidad la habitación que ha sido testigo de caídas, lágrimas y triunfos. Ana Lucía se sienta al lado de la anciana que toca el piano y observa cómo ella recorre las teclas mientras sonríe sutilmente. Los seis bailarines, por su parte, tocan las puntas de sus pies haciendo gestos de dolor, para después marcharse y seguir con su diario vivir. Entre tanto, yo sigo quieto, mirando la barra de madera y el gran espejo, en cuyo reflejo puedo observar cómo se alejan lentamente las piernas de garza que minutos antes les dieron vida a las notas del piano.