Mancha negra y furia

En el sueño tu estrella o el combate de la pasión

Por:
5 / 06 / 2018

El amor es la fuerza del mundo, sentimiento que nos une y transforma. Ese es el mensaje de este manifiesto.

Y fue evidencia

de que entonces

no era la tierra

la que temblaba

sino el silencio.

Fátima Vélez

 

En el sueño, la imaginación vence sus derrotas

y el deseo se venga de sus dolores y de su carcelero.

Alí Al-Hazmi

Cuando el amor por nosotros mismos crece el acto amoroso que nos identifica como humanidad (el respeto por lo vivo y su cuidado) se acentúan, y vemos en el otro una prolongación de lo sagrado que no es divino y es lo divino mismo, aunque también acabe. Por eso, el diálogo con nuestra propia naturaleza merece estar fundado en el amor y en la fuerza que surge del hecho de tenerse confianza uno mismo.

La persona que no se ama a sí misma carece de libertad. Una persona encadenada sólo es un obstáculo para el crecimiento de la alteridad. Su única posibilidad de liberarse está en la creación: el ejercicio de crear, de tener una íntima relación con lo naciente, de estar atentos a los dictados de lo que funda, hace de las personas una presencia real, les permite continuar y librarse de estados ajenos a su propio crecimiento.

El amor es una obra que vivifica a la humanidad, es un pensamiento que nos acerca a lo que nos rodea, es el camino para la conservación y la transformación de lo existente. Hay que nutrirlo. De eso depende la libertad que seamos capaces de asumir: el que ama recupera la disolución de la nada, el salto de nada en nada que alguna vez inauguró el Caosmos, su contingencia.

Sabemos, no obstante, que en el amor se han edificado las grandes conquistas, que en el amor se han anunciado las falsas doctrinas, que en su nombre también se han hecho persecuciones y perpetrado violaciones, que en nombre del amor la peste también cabalga: muchos, destruyendo con un odio carnicero al mundo —un odio acrecentado en sus fieles—, buscan la manera de imponer sus ficciones, odian al mundo, se odian a sí mismos y por tanto la vida.

Dominadores a carta cabal, aumentan su poder insano y destructor, edifican la guerra y una letanía sangrienta que sostiene esa mentira que genera el miedo irredento hacia demonios y dioses que no lo son, y con los que los embaucadores someten y extienden sus criminales imperios. Y es a eso a lo que llaman “amor”. Y muchos bajan la cabeza, siguen la insignia de aquella pantomima que les han impuesto con terror, se inclinan, obedecen sumidos en un silencio pavoroso y besan la mano de sus asesinos.

Sucede lo contrario con aquellos amantes honestos y apasionados que asumen el cuidado por todo lo viviente, aquellos que crean el amor volcánico por todo lo que está presente, pues, sólo en el amor, podemos cultivar nuestro espíritu creador y generar con él la cercanía de lo cercano, la maravilla de lo maravilloso. Sólo en el amor, no en el que nos roba la existencia, sino en el que nos descubre la pulpa de la nada de la que extraemos la canción ancestral a la que hemos dado la espalda, el fuego con que hemos crecido entre la maleza… sólo en el amor aguerrido ese tiempo del fuego sagrado será respetado y guardado para iluminar nuestro camino.

Conjugar nuestro impulso vital en el amor, en su grieta y obra, podrá dar inicio a lo que siempre hemos buscado: una vida que no dictamine matar, una vida que reciba y congregue, una vida cuya incansable dedicación logre los momentos que siempre quisimos vivir y pueda enaltecer la mutua ayuda, el lugar donde los cuerpos se reúnan y hagan del amor el anuncio de una vida que logre seguir adelante.

Si hemos logrado escalar la cumbre, no es para arrojar los desperdicios de nuestro ascenso, sino para crear señales que podrían servir a quienes vienen tras de nosotros. Hay que seguir y no desechar la estrella que guía a la caravana, la planta que nos ha ofrecido el viaje por los territorios de la videncia, la piedra con que iniciamos la fiesta de una morada protectora.

La voluntad de crear debe ser guiada por la inteligencia sensible que traspasa la oquedad y, de esa manera, será efectivo el reconocimiento de toda belleza, de lo grotesco que pudiera contener dicha belleza y hacerlo propicio en momentos de escasez. En la capacidad del brote, símbolo en medio de la sequía, habita toda gramática con su fuerza, toda alquimia y su rebelión. En manos de una erótica que desvele la acción del cuidado —con su habla amorosa—, la muerte perderá su señorío.

Somos la escritura, la herida que queda. Somos el canto que dice y muestra. Por eso hemos vuelto, para vencer. La mujer y el hombre creadores serán dignos de su época sin obviar lo intempestivo de una otra realidad. Harán, de dicha realidad, la puesta en escena de la realidad con que se nutren sus sueños, el viaje por los bosques y los mares, por los espacios estelares que nos darán las pistas para conquistar lo habitable.

Perseverar en este y único paraíso que se habita, no implicará la ausencia de aspiraciones hacia una vida futura, la mirada hacia lo que nos fue dado y aún espera. Una vida donde los habitantes del tiempo puedan alimentar su decisión de seguir adelante, de retroceder para advertir sobre lo ya hecho, dará presencia al camino que luego, aunque la tristeza vista la escena, los recompensará en la medida de sus amigos que, por ser tales, cuidarán de ellos al cuidar sus obras. Serán ellos mismos obra y legado para la vida que queda y pide ser acogida.

Ellos tendrán cuidado en no atar vínculos que los obligue a perderse de su amor por lo presente. Amarán con entusiasmo su estar en el mundo que aparece, amarán la experiencia humana en carne propia, le harán el honor de crecer con ella sin negar el desastre, sin soslayar la herida que los impulsa a claudicar. Y activarán, con el ruido de la desgracia, esa utopía que los llevará más lejos, a ese lugar que algún origen soñó. Y para lograrlo, hay que amar. Amar es necesario, aunque sea insuficiente. ¿Deberé repetirlo?

Un ser humano creador es quien se gobierna y se obedece a sí mismo aceptando el vínculo con los demás. Estará comunicado, no por el ánimo de ser el centro de la comunicación, sino por el deseo de integrar el mundo de la fiesta y el pálpito de su dedicación. Creará su dinámica existencial en la claridad de un pensamiento lúcido que aprende de sus dosis de locura. Sus sobresaltos, su arrojo, su confusión, también serán parte de su sabiduría.

La mujer y el hombre creadores aceptan que su obra los dejará atrás, pero la asistirán en los momentos inevitables. Posibilitarán una entrañable dimensión lúdica, una correspondencia vital con su expansión, con la cual tomar decisiones al momento de salir a darle un susto a quienes propician el cañonazo que busca la destrucción definitiva. Recogerán de su propia siembra y aceptarán, sin desfallecer, la despedida que les ofrece el instante de su separación y entrada en el vacío que recuperará sus voces, sus siempre erguidas voces.

Los hombres y las mujeres libres que sustentan su devenir en la creación, caminarán con su corazón embriagado, con su lenguaje sobrecogedor por cada una de las cimas de su propósito —sin negar los abismos de la tragedia— hasta alcanzarse y vivirse como un episodio apasionado de este planeta en emergencia. Su único celo estará dispuesto en la mirada que contagia los horizontes de lo ignorado, no para olvidar lo que se habita, no para desechar aquello que ofreció la luz de un nuevo inicio, sino porque su decisión será estar siempre en la vía del aprendizaje, sabiendo que hay que des-aprender lo que ya no hace falta.

Todo aquel que escriba una nueva página en el mundo sabrá que la guerra es por dentro, y su voz será un arma contra las armas. Sabrá que cada fundación, cada nueva mitología, será ofrecida como un regalo para prolongar lo viviente. Su apuesta no levantará muros que no sean para proteger. Su acecho servirá para permitir el descanso de aquellos que pretenden la alianza y permitirá su partida amorosamente.

En medio del laberinto, pondrá el mapa de su tesoro como recompensa. Ese breve y alegre tesoro. Su voz será un pensamiento de agua que dará la bienvenida a quienes cruzan el tiempo en su búsqueda. Sabrá callar y permanecer en silencio cuando su palabra quiera imponer el ritmo de la conversación. Estará dispuesto a escuchar. Escuchará antes de ofrecer su poema, su canción, esa que es atraída por los laberintos de la noche y que ya algunos conocen y dice:

Se queda en tus brazos.

Y pase lo que pase,

el río sigue su curso.

Después de todo,

“los muertos

rebrotan y florecen”.

Así, por fin, podremos comenzar la fiesta del nuevo universo, la nueva respiración. Porque el universo —en su multiplicidad— no va a acabar: apenas dará un llanto de recién nacido. ¡Y por fin seremos dignos de habitar su herencia!

 

*Tomado del libro inédito: Susurros del Árbol Insomne