Cine

Un café espeso en Cinema Villanueva

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20 / 06 / 2017

Hay en el centro de Medellín un lugar donde el deseo es explícito. Se trata de Cinema Villanueva y esta crónica se adentra a sus lujuriosos rincones.

El silencio que queda después de la proyección de un par de cortos porno, se irrumpe con el sonido de las braguetas de los pantalones de algunos hombres que esperan a que comience la película.

En la oscuridad cómplice del Cinema Villanueva no sólo se acentúan los sonidos de gemidos, de palmadas, de gritos acallados por mordidas de labios o de chirridos de sillas; allí, también los olores dibujan escenas que no son visibles ante los ojos de los curiosos. Olor a semen, olor a café – que venden en la confitería –, olor a sudor fuerte de hombres, olor a muebles viejos y a humedad.

La imaginación es la compañera precisa para el espacio. Imaginar ser cualquiera de los dos de la película; imaginar ya en la sala a qué boca le pertenecen esos suspiros, cuántas lenguas han pasado por ese pene y cuántos penes han pasado por esos labios. Imaginar quiénes se esconden detrás de la sombra de ese rincón y qué vida persigue a ese hombre que atraviesa la puerta después de un polvo.

Dos hombres en Villanueva.

De las puertas del edificio, resta atravesar sigilosamente lo que queda de Bolívar y perderse entre la multitud de la calle 54. Desde allí, los clientes del Villanueva pueden volver a ser lo que consideren, pueden volver al otro lado de la ciudad en la que el sabor a semen se los quite una cerveza, una comida o hasta el beso de su esposa.

“Acá viene mucho gay, uno diría que todos lo son, pero hay unos que hasta son casados”, cuenta Sandra, personaje del teatro que ofrece sexo oral hace 13 años, después de que decidió perseguir a un hombre desde el parque Bolívar y dejarse llevar al lugar donde probablemente encontraría un sustento económico y así fue: descubrió la fuente de ingresos en su boca, esa que necesita para convencer a los clientes de que ninguno o ninguna se lo mamaría igual que ella.

A pesar de su experiencia le toca más difícil que a los otros siete que trabajan en este teatro, principalmente porque quienes van prefieren que sea un hombre el que se los haga, un hombre como ellos lo imaginan: con ropa masculina, voz gruesa, barba, pecho y piernas peludas, no como Sandra, quien esconde su pene detrás de una falda fucsia, guarda en su bolso rojo la cédula en la que se llama como ya no quiere recordar y tapa con su cabello largo desteñido las facciones del rostro que todavía le recuerdan que nació siendo hombre.

Las mujeres en especial representan la competencia fuerte para Sandra, pero al teatro entran muy pocas: grupos de amigas curiosas o estudiantes universitarias para hacer algún trabajo, como nosotras. “Pensábamos que era que venían a hacer cosas ahí las dos y eso les gusta mucho a los manes, por eso les gritábamos ‘¡Malditas mujeres!’, pero cuando vimos que se sentaron a no hacer nada, de una caímos en cuenta que demás que estaban haciendo una tarea”, nos dijo Sandra, después de que tras haberle insistido un rato decidió darnos una entrevista con la condición de que no dejáramos ver la grabadora porque allí está prohibido.

“Acá nos cansamos de dar entrevistas y que todo lo que publicaran fuera malo: que no hay cumplimiento a normas de sanidad, que es inseguro… y un montón de cosas que decían los periodistas y los estudiantes. Los que vienen aquí son casi siempre los mismos y lo hacen porque encuentran privacidad, porque no hay cámaras, ni grabadoras. Lo que pasa en esta sala se queda en esta sala. Si quieren hacer una entrevista o grabar, vayan mejor al Sinfonía”, afirma la administradora de Villanueva.

La Sala X Sinfonía está ubicada sobre Sucre, entre Caracas y Maracaibo. El público es diferente al del Villanueva, van más parejas heterosexuales, o como dice Sandra, amigos que son gay que se hacen pasar por ‘hetero’ para poder entrar gratis. Estos dos teatros son los únicos especialistas en porno que sobreviven a la desgarradora decadencia del negocio de exhibición de cine en el centro de Medellín. Anteriormente estaban también el Metrocine, el Radio City, el Capitol y el Bolivia.

La oferta de teatros para proyección cinematográfica en la ciudad comenzó en 1924 con el Junín. El centro se convirtió en un foco obligatorio de habitantes y transeúntes cinéfilos de todo gusto. El primer teatro que incluyó contenido erótico fue el Salón España,  inaugurado en 1942. Cuando pasó a ser el Sinfonía el sexo se hizo explícito en la pantalla gigante por primera vez en Medellín.

Proyección de película porno. Fotografía por: Víctor Zapata

El Villanueva tampoco fue construido con el fin de ser una sala de proyección de cine XXX. La fachada detrás de la que hoy se esconden personas con gustos libidinosos, exhibió con orgullo el nombre de Teatro Guadalupe en 1963. Por allí, durante años, pasaron familias amantes del cine y de la comodidad lujosa que representaba para entonces esta sala.

“Ya no es como antes”, dice Sandra, porque cuando inició en este negocio no tenía que preocuparse por los clientes, pero ahora la poca gente que entra al Villanueva no basta para quienes se dedican a ofrecer servicios sexuales allí. Además, muchos que van no cobran, hacen sexo oral a otros por el simple placer que les genera. En semana es muy solo, pero entre las 2 y las 5 de la tarde ella se hace lo que necesita para vivir.

El Villanueva no permite que se cobre por sexo, pero hay quienes viven de ello. Por el sexo oral a Sandra le tiran de ‘liga’ 2000 pesos y hasta 5000 si está muy de buenas. Ella llega a la sala tipo 12 del medio día y se queda hasta las 8 de la noche, la hora en que cierran.

Nosotras llegamos a las cinco de la tarde, ya no había mucha gente pero con los 6000 pesos que pagamos por entrar nos podíamos quedar hasta el final. Subimos intentando pasar desapercibidas, pero la presencia de dos mujeres los alertó a todos. Cuando estábamos entrando a la sala escuchamos que un corrillo de manes y una travesti nos gritaban cosas, pero su algarabía se perdió con el sonido de los gemidos de la película.

Una mujer latina siendo penetrada por el hombre, cuyo rostro teníamos que imaginar porque sólo podíamos ver la mano con la que sostenía las trenzas de ella. Gemidos de ella, gemidos de él, una palmada dura en las grandes nalgas de ella, quien volteaba para decirle con su mirada “dale más”.

Minutos después caímos en la cuenta de que éramos las únicas que estábamos viendo la película y de que todos los espectadores se habían ido hacia la parte de atrás de la sala. Mientras nosotras murmurábamos sobre lo aburridora que era la trama, nos interrumpió un joven diciendo: “¿me puedo sentar acá?”. Ambas asentimos con la cabeza y él se acomodó. Escuchamos que desabrochó su pantalón, sacó su pene y comenzó a masturbarse mientras con el brazo rozaba la pierna de Luisa, mi compañera. Nos quedamos ahí, no porque nos excitara la idea de que alguien fantaseaba con nosotras dos, ni porque el joven fuera atractivo; sino porque nos tomó por sorpresa y no supimos cómo reaccionar. Además, lo que hacía él nos ayudaba a entender por qué la gente asiste a una sala triple X.

“Acá la gente no viene por ver la película, vienen es a tener sexo, les sale más barato que pagar un motel”, nos dijo Sandra cuando salimos a tomarnos un tinto con ella. Un tinto espeso y amargo que no fuimos capaces de terminar, pero que nos sirvió como excusa para sentarnos en la confitería mientras hacíamos la entrevista y veíamos parejas de hombres desplazarse erectos desde la sala hasta los baños. Hay quienes se quedan sólo un rato, otros durante horas. Ese martes eran pocos los visitantes y Sandra ya estaba resignada a que había acabado su jornada laboral.

Yo había pasado por allí cientos de veces, había visto entrar y salir a hombres apresurados desde la banca de un Transmedellín, esos buses rojos que esperan a llenarse justo fuera del Villanueva y que mientras eso sucede, sus pasajeros no tienen más que hacer que comerse unas papas callejeras e imaginar cómo será un Cine XXX.

La puerta del teatro separa a la Medellín moralista de una escena que muchos paisas creen que sólo pasa en las películas europeas. De la puerta para afuera un mercado sucio de baratijas de todo tipo, de la puerta para adentro: sexo barato. La cortina roja separa la confitería de las zonas de placer, esa cortina que enrojece la pupila y las mejillas de quien por un descuido se sostuvo justo de un charco de semen.

La pantalla se apaga, las sillas de quienes estaban sentados reclinan, el taquillero y la administradora empacan, Sandra cuenta billetes de mil y dos mil pesos, la luz encandelilla a los nocturnos, el hombre del lado gime, nos ve directo a los ojos, pone su mano sobre mi hombro y con una mirada todavía perdida en el orgasmo nos dice ‘gracias’ y se va.