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Fiesta del libro

Héctor Abad Faciolince: “El espejo de la vida es una imagen que no se puede borrar”

10 / 10 / 2020

El escritor conversó con Laterales Magazine a propósito de su participación en la 14° Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín.

“He tenido el extraño vicio de duplicar los sucesos de mi vida escribiendo sobre ellos”, confiesa, sin pudor, Héctor Abad Faciolince en el prólogo de su más reciente libro Lo que fue presente (Diarios 1985-2006), una reunión de papeles póstumos que publica en vida; “un memorándum para mí mismo” que empezó a escribir en un momento crucial, lleno de alegría y ansiedad a la vez: la espera en Italia, junto a su mujer, del nacimiento de su primera hija.

Hay en estos diarios, como él advierte, más sombras que luces. También están sus obsesiones y amores furtivos, algunos momentos amables y felices, las personas que lo marcaron (para bien y para mal), sus búsquedas como escritor y ese afán de no enloquecer, de tratar de llevar una vida más cuerda, mientras escribe el presente.

Pero no sólo por este libro el reconocido escritor ha sido noticia. Hace dos semanas, El olvido que seremos, la adaptación de su libro más célebre realizada por el español Fernando Trueba, fue ovacionada en la clausura del Festival de Cine de San Sebastián; y a inicios de septiembre, la Academia Colombiana de Artes y Ciencias Cinematográficas anunció que representará a Colombia en los Premios Goya de 2021.

Invitado a la 14° Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín, el domingo 11 de octubre, desde la 1:00 p.m., participará junto a la escritora e historiadora Fania Oz y la periodista Adriana Cooper en la charla El sino de las palabras y su significado en los hombres.

Antes de ello, conversó con Laterales Magazine sobre la cuarentena, sus diarios, El olvido que seremos y otros temas.

Pasó la cuarentena en su casa, en Medellín. ¿Cómo fueron estos días para usted? ¿Hubo descubrimientos, cambios? ¿O todo transcurrió en absoluta calma?

Volví de España, cuando se frustró la presentación de mi libro de diarios, el 15 de marzo. Ahí tuve una cuarentena obligatoria, por venir de un país más infectado que el nuestro. Después, como tengo carnet de periodista, podía salir; pero salí muy poco. A veces, por curiosidad, cogía el carro a media noche y recorría la ciudad, quería experimentar ese silencio, esa soledad. Yo no diría que eso reflejara calma: reflejaba miedo, tensión, temor. Todo este año ha sido muy raro y los contactos se han limitado a lo más esencial: la familia cercana, y muchos encuentros virtuales. Ahora que nos han aflojado las riendas, he seguido viviendo de la misma manera: no ha habido una explosión de encuentros o de salidas. He querido apoyar a algunos amigos que tienen restaurantes y estuvieron a punto de cerrarlos, poco más.

Mucho se ha dicho y escrito sobre esta pandemia, sobre “la nueva normalidad” en la que estamos y seguiremos. Si escribiera algo al respecto, ¿cómo sería? ¿Estos días tan extraños lo han motivado a escribir?

Estos días raros, más bien, me motivaron a no escribir. Lo que tenía empezado, de repente, parecía muy poca cosa, parecía hablar de un planeta muy distinto, de una experiencia que no reflejaba lo que estaba viviendo, la nueva visión del mundo que nos da esta fragilidad del cuerpo frente a una enfermedad contagiosa. Abandoné la novela que estaba escribiendo, la puse en pausa, como puse en pausa tantas otras cosas; y más bien me dediqué a traducir a Kipling, un ejercicio que me ocupaba la mente, me distraía de un modo agradable, y le daba sentido al tiempo de cada día. Después volví a abrir la novela y traté de incluir la experiencia del encierro y de la pandemia en ella: no ha sido fácil, pero ahí voy.

A propósito de su más reciente libro, Lo que fue presente. Diarios (1985-2006), el acto de escribir, más si son diarios, es similar al de mirarse ante un espejo ¿Qué sensación le genera verse reflejado en lo que escribe? ¿Qué dejaría y qué cambiaría de lo que mira en ese espejo que a veces es la escritura?

Es un espejo raro, porque es un espejo interior: no es lo que se ve de tu cuerpo por fuera, sino lo que tu mente te va dictando por dentro, de lo que ves, de lo que sientes, de lo que vives o recuerdas o lees o escuchas. Uno, por supuesto, quisiera cambiar muchas cosas que hizo en la vida; yo no las volvería a hacer como las hice. Pero en los diarios cito, precisamente, a una gran poeta polaca, Szymborska, que nos recuerda que la vida no es nunca un ensayo, es siempre lo que es; y lo que hagas, se convertirá para siempre en lo que hiciste. El espejo de la vida es una imagen que no se puede borrar. De alguna manera, la literatura intenta corregir o vivir las vidas que no pudimos vivir bien, o que no pudimos vivir de otra forma. Por eso es fascinante escribir: explorar lo que no fuimos, lo que pudimos haber sido y no fuimos capaces de ser.

Ya fue presentada en algunos festivales la adaptación cinematográfica de El olvido que seremos, la cual ha recibido muy buenos comentarios. Aunque el cine y la literatura manejan tiempos muy distintos y, por ende, es difícil lograr una adaptación 100% fiel, ¿considera que Fernando Trueba plasmó bien la esencia del libro? ¿Qué sensación le generó ver en la pantalla una historia tan suya, que no fue fácil escribir, pero que al final fue un acto de sanación y de memoria?

El libro pretendía ser una novela de no ficción. La película está basada en el libro y en la vida de mi padre. Pero solo basada, así que es ficción. En la ficción las cosas pasan distinto a como ocurren en la vida, o a cómo se cuentan en el libro: son una interpretación, una lectura muy especial (una traducción a imágenes, a música, a diálogos) del libro. Y lo que hizo Fernando Trueba no solo es fiel al libro, sino que lo hace, a veces, más real que mi recuerdo. En la película, yo puedo ver cosas que no vi y que no viví, que solo imaginé, y que ahora puedo ver como tal vez ocurrieron. La ficción tiene una fuerza, un poder de condensación, que la realidad no tiene. La película convierte en leyenda lo que fue experiencia. Es algo asombroso, que me deja atónito: las personas se vuelven personajes, mi papá de repente se me confunde con Javier Cámara. Es algo extraordinario y muy bonito. Nunca pensé que iba a vivir en ficción pedazos tan importantes de mi vida real. Además, la película me dejó algo quizá más importante: la amistad con Fernando y con su mujer, Cristina, que ahora son un lazo para toda la vida, estoy seguro.

Recientemente se ha sumado a las voces que rechazan el proyecto minero que pretende realizarse en el Suroeste Antioqueño y que afectaría seriamente su riqueza ambiental y cultural. ¿Confía que tantas voces de rechazo, tantos estudios que demuestran su inviabilidad y afectaciones, frenarán este proyecto? ¿Cómo lograr convencer a los defensores de este proyecto sobre las consecuencias que traería para la región?

Yo creo que vamos a perder. Que en la lucha entre la razón, el ambiente, el deseo de conservar un paisaje único, y la plata, el dinero, la plata (una vez más) va a ganar. Pero las batallas no se dan porque uno las vaya a ganar, sino incluso si está seguro de que las va a perder: para que quede constancia, en el futuro, de que hubo algunos que se opusieron a la destrucción, al horror, al atentado a la naturaleza, las aguas, la vida, el paisaje. Que los jóvenes del futuro sepan que ese crimen no lo cometimos todos los que ya estamos muertos. Y que luchamos para que no ocurriera, y fracasamos dignamente.

Usted dirige una editorial, Angosta Editores. ¿Cómo pudo sobrellevar la editorial estos días de pandemia? ¿Qué panorama visualiza para las editoriales independientes, como la suya, ahora que poco a poco se sale de esta forzosa pausa que fue la cuarentena?

Alexandra, mi mujer y la gerente de Angosta, dijo algo muy sabio desde el principio: “Es tiempo de recogernos”. Ese verbo, recogerse, aplicado en todos los sentidos: estar recogidos en la casa, recogernos en los gastos, editar menos libros, tratar de seguir vendiendo lo ya editado por la página de la editorial. Hemos hecho solo dos libros: uno por encargo de la Fiesta, el de Kipling; y uno de un poeta español, La sed de las palmeras. Publicar poesía, de alguna forma, es también recogerse: reducirse a lo esencial, a lo más básico y necesario. Así es la poesía de Juan Vicente Piqueras: esencial. Creemos que es una lectura silenciosa, recogida, ideal para estos tiempos raros de la peste.

A propósito de su charla en la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín, El sino de las palabras y su significado en los hombres ¿Cuál, precisamente, es ese sino de las palabras en los hombres y cómo, aun los diversos idiomas que hay en el mundo, pueden unirnos?

El don del lenguaje es quizá el factor que más ha humanizado al homo sapiens. Esta capacidad simbólica de duplicar el mundo mediante los sonidos que salen de la garganta, de los pulmones, de la lengua y de la boca, es maravillosa. Gracias a ella hemos poblado, dominado (y quizá también destruido) el planeta. Las distintas lenguas vivas, y las lenguas muertas y que se siguen muriendo, son manifestaciones variadas de un poder con el que todos nacemos: el órgano del lenguaje. Pero la charla a la que se refiere tiene que ver con un libro de Amos Oz y su hija, en el que ellos se ocupan, sobre todo, de lo que ha hecho la cultura judía, que con razón ha sido llamada la cultura “del Libro”. Es decir, de un paso ulterior del lenguaje: la escritura, el alfabeto, y el registro de las verdades o mitos de la religión de un determinado pueblo. Entonces creo que ahí hablaremos más de cómo la escritura y los libros nos forjan, nos convierten en lo que somos.

Cuando los españoles llegaron a México, Moctezuma mandó a sus hombres más sabios a la costa, y como su escritura era pictórica, mandó a que dibujaran lo que veían. Esos dibujos pueden verse todavía en las historias del padre Bernardino de Sahagún. Una de las cosas extrañas que pintaron, además de los caballos, los perros, las carabelas, las pistolas, fue a un hombre que trazaba signos en un papel: un escriba. Esa fue una de las cosas que más intrigaron y sorprendieron a los indígenas: que los papeles de los invasores hablaban. Ahí su destino, su sino, más que en las pistolas, se convirtió en algo espantoso: los españoles se mandaban mensajes escritos que los indígenas no podían entender, y así fueron derrotados, masacrados. Más por la escritura, quizá, que por los arcabuces o los caballos.

*La charla de la tarde El sino de las palabras y su significado en los hombres. Las culturas y el lenguaje transitan por los mismos caminos, en la que participará Héctor Abad Faciolince, puede verla en el canal de YouTube de la Fiesta del Libro y la Cultura.