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Literatura

Hace 75 años

3 / 08 / 2020

Hace 75 años nació María Merdeces Carranza, una de las voces más importantes para la poesía en Colombia. Un repaso por su vida y obra.

Hace 75 años, nació en Bogotá María Mercedes Carranza. La poeta que creó una poesía lejana del conservadurismo y la expresión meliflua que encabezó su padre Eduardo Carranza, derechista y piedracielista. Seguramente no admiró a Juan Ramón Jiménez ni a Gustavo Adolfo Bécquer, pero fueron Francisco de Quevedo y el chileno Nicanor Parra, además de los atormentados Cesare Pavese, Dylan Thomas y Antonin Artaud, quienes se quedaron en su ser y en su verso y palabra, que son la materialidad del ser.

Cuando Vainas y otros poemas apareció en aquella blanca colección de poesía de Simón y Lola Guberek, yo, que venía de leer Flores negras de Julio Flores, Canción de la vida profunda del gran Barba Jacob, a los surrealistas camellos de Guillermo Valencia en aquel trópico lleno de burros y pavos en el que habitaba, y al azucarado “Mi tú. Mi sed. Mi víspera. Mi te-amo” de su edulcorado padre, sentí que esclarecía para mí un camino en el que ya no sólo eran las telenovelas quienes explicaban la vida, sino que la poesía era susceptible de decirme, con las palabras más desenfadadas, las ideas y situaciones trascendentes y cotidianas.

Entonces un amigo me trajo, de la Librería Tiempos Nuevos de Lenny Portnoy en Sincelejo, esa edición café de la biblioteca Oveja Negra llamada Tengo miedo. Muy temprano, entendí (desde Vainas y otros poemas) que el amor al que cantaba María Mercedes carecía “de desmayos,/ de ojos aterciopelados/ y demás gestos admirables”. Era justamente ese amor que yo veía en el pueblo: tosco, rutinario, entre obligaciones que había que cumplir para sobrevivir y, como leería después en Tengo miedo, un amor que se va, que no perdura como me habían dicho las películas mexicanas que había visto en el Teatro Diana y las telenovelas venezolanas que me estaban educando en mi primera juventud. Se trataba de un amor que, una vez hecho, lleva a la amada (no tan amada) a pensar “entonces debo ocuparme ya/ de encender las luces de la casa. /”. Un amor que se va y conmina al abandonado (abandonada) a “rehacer la casa/ barrerlo todo/ Y seguir viviendo”.

Maria Mercedes Carranza. Fotografía de Milcíades Arévalo

El miedo como una pasión normal. Sentir miedo como sentir odio, o amor, o desdén, o fastidio. Otro gran descubrimiento para la joven lectora, que dedujo en su segundo libro que sentir miedo empezaría a ser el estado normal en un país en el que a la patria había, con urgencia, que limpiar sus muros. Esa desazón manifiesta en los pocos poemas de este tomo (es muy breve su obra) la hacía convocar a Artaud y a Dylan Thomas, pero finalmente reírse del pavor que se cernía sobre ella y su ciudad, Bogotá, en la que nadie miraba a nadie de frente: “He aquí que llego a la vejez/ y nadie ni nada/ me ha podido decir/ para qué sirvo/ (…) Espíritu Santo, dama de compañía, Estatua/ de la Libertad, Arcipreste de Hita. / No sirvo para nada/”.

Después vendría Hola, soledad con un guiño a su amigo, el poeta Darío Jaramillo Agudelo, y al bolero de Rolando Laserie. Toda la nostalgia de la cercanía de la vejez y la permanente preocupación por el país que, para 1986, le brindaba la oportunidad de inaugurar la Casa de Poesía Silva, apoyada por el mismo presidente que sorteó de manera errática la Toma del Palacio de Justicia por parte del M19. Están en ese libro publicado también por la Oveja Negra. El país se desmoronaba (¿cuándo no?) y María Mercedes Carranza intentaba detener el tiroteo con la promoción de la poesía y los poetas. Pero en 1989, matan a Luis Carlos Galán, que en la Revista Nueva Frontera era su jefe y amigo querido.

Ese hecho provocó la escritura de 18 de agosto de 1989, publicado en 1990 y dedicado a Pilar Tafur y a Daniel Samper. Para entonces, yo habitaba en Pamplona, Norte de Santander, y se avecinaban las elecciones para una nueva constitución que reemplazara a la anacrónica de 1886. La poeta trazó un airado y sentido poema narrativo para nombrar-narrar el asesinato del candidato por el Nuevo Liberalismo y de paso problematizar sobre el nulo valor de la vida en Colombia. El poema es una coreografía de la muerte que aumenta en intensidad y emotividad a medida que se acerca el momento del asesinato: “Cae el cuerpo, cae la sangre, caen los sueños/ (…) Todas las lenguas de la tierra maldicen al asesino”.

Voté por ella para que integrara la Asamblea Nacional Constituyente, con toda la esperanza y el fervor, porque leí con gran admiración el hecho que su nombre estuviera avalado por el M19. Sin embargo, en el país del horror, las esperanzas pronto se diluyeron. Cuando fue asesinado Carlos Pizarro Leongómez y María Mercedes Carranza, tal vez anonadada, tal vez ofendida, tal vez consternada, publicó entre 1990 y 1997 sus dos últimos libros de poemas. Retoma el amor en ocho poemas (nunca tremendistas) pero sí desesperanzados; y hoy pienso que los versos de su Maneras del desamor dialogan con esa suerte de amor del que hablaba Clarice Lispector: “Pocos quieren el amor, porque el amor es la gran desilusión de todo lo demás. (…) Amor es no tener. Amor es incluso la desilusión de lo que se pensaba que era amor”.

Maria Mercedes Carranza. Fotografía de Milcíades Arévalo

Antes de que ella decidiera irse de la vida, apareció El canto de las moscas (versión de los acontecimientos), libro al que dediqué dos años de mi vida para contar, a través de un análisis semiótico, la violencia que desnudaron esos 24 poemas que componen el lapidario libro. La violencia de la que da cuenta el poemario es una puesta en escena del falso anonimato del verdugo. Todos saben, pero nadie sabe quién es, porque la herida con la cual se mata, desaparece al cuerpo, lo desmiembra. Las armas empleadas –machete, mona, moto-sierra, pica- instauran una despersonalización de la víctima y su desaparición total en el río. La violencia es ocultada justamente porque no existe herida que sanar. Se trata del ritual mortuorio cuya única evidencia habría de ser el cuerpo, pero el cuerpo está disperso en el río, en la montaña, en la fosa común. Y es ahí, cuando también se degrada al territorio.

Así fue en Necoclí, Mapiripán, Tamborales, Dabeiba, Encimadas, Barrancabermeja, Tierralta, El Doncello, Segovia, Amaime, Vista Hermosa, Pájaro, Uribía, Confines, Caldono, Humadea, Pore, Paujil, Sotavento, Ituango, Taraira, Miraflores, Cumbal, Soacha y cientos de pueblos y caseríos sobre los que se ocultó la masacre.

Hace 75 años, un 24 de mayo, nació María Mercedes Carranza; y hoy la violencia ya no es ocultada, es una escena que ocurre ante un coro o bien silenciado, o bien experto en hacer de la palabra una puta (o un puto) que se vende al mejor postor. Por ende, cobra vigencia su sarcástica configuración del arte de hablar paja que mostró en ese maravilloso poema titulado El silencio: _es lindo el verde/ _sí, el verde es lindo/_claro, el verde/ -sí, el verde.

 *Beatriz Vanegas Athías. Escritora, docente y editora de Majagual, Sucre. Columnista de El Espectador. Sus más recientes publicaciones: Llorar en el cine, poemas, 2018, Ediciones Corazón de Mango; AbColombia, poemas, 2018, Ediciones Corazón de Mango; Goles, chilenas y gambetas, 2018, poemas, Ediciones Corazón Naufragar en la orilla, antología poética, Letra a Letra (2019). Sus poemas aparecen en antologías como Pájaros de sombras, Nuevo sentimentario, La vida es bella, Ellas cantan.