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Literatura

Sed del mar

15 / 09 / 2020

“Boca arriba sintió el peso de un ser pegado a su pecho, el cual lo agitaba con una velocidad inhumana mientras se resbalaba en las piedras por la sangre de su espalda”.

Las piedras del acantilado le causaban a Jacinto un dolor apenas soportable en las plantas de los pies, a pesar de ser un hombre de contextura robusta. Solía visitar el lugar para anestesiar sus recuerdos: se consideraba desengañado desde que su esposa se alejó de su vida con sus dos pequeños hijos. Contemplaba el horizonte para apartar la realidad, pero las gotas de las olas que chocaban en la roca se la regresaban al instante.

De repente, una de las olas lo lanzó hacia atrás y lo estrelló contra el empedrado. Perdió la conciencia, pero el dolor le hizo aferrarse de nuevo a ella. Boca arriba sintió el peso de un ser pegado a su pecho, el cual lo agitaba con una velocidad inhumana mientras se resbalaba en las piedras por la sangre de su espalda. El sol quemaba su cara, sentía la respiración del vientre contra el suyo. El calor concentró en el nudo que formaron un olor a pescado y sudor. Lo palpó, la piel era dura y resbalosa, como el terciopelo mojado. Luego, al sentirle una aleta redondeada encima de la espalda, supo que era un delfín.

En la tarde, los últimos rayos del sol se filtraban por entre las nubes y reflejaban un color naranja sobre la superficie del mar. Jacinto, aún boca arriba, intentó apartarlo, pero la piel y los órganos se estiraron como queriéndose ir con él. Respiro profundo y volvió a jalar, el dolor le hizo suponer que con sus propias manos era imposible separarlo. Entonces abrió sus piernas de tal manera que la cola se apoyara en la tierra y pudo ponerse en pie sobre las piedras ya frías por el viento. El delfín, en una posición extraña, comenzó a aletear: lo abrazó con fuerza y aguantó el equilibrio para no dejarse caer. De regreso a casa las rocas herían sus pies porque ahora soportaban el peso de dos cuerpos. Cuando llegó en la noche su columna era una barra de acero al fuego. Con la fuerza que le quedaba en sus piernas subió por la escalera hacia el segundo piso donde vivía solo. Los dos dejaban gotas salinas sobre las baldosas. Vio iluminado el intersticio de la puerta en el primer piso. No quiso tocar para pedir ayuda, porque la relación con su vecina se limitaba a unos insípidos saludos. Continuó.

En la mañana el ronquido del espiráculo lo despertó. Sintió como si hubiese absorbido toda la sal del mar. Además, el asfixiante peso del delfín, sumado al dolor de pecho y abdomen, le hizo gritar y levantarse de la cama. Caminó hasta el baño y llenó la bañera. Desnudo se introdujo abrazado a él y recordó que así se sumergía con su mujer.  El agua se rebosó por el volumen, y por los aleteos que resistió anclado de manos y pies, mientras se diluía un olor de algas en el agua. Aprovechó el alivio del animal para dormir otro poco, pero las sacudidas esporádicas no se lo permitieron. Contemplaba las olas de la bañera. Se vio sumergido en un mar que podía cubrir con su cuerpo, incomparable al verdadero cuya inmensidad resguardaba sus temores.

Horas después se asomó por la ventana. Se sintió con fiebre y acompañado por el delfín en medio de la ciudad. No sabía si le transmitía el calor, o, por el contrario, la temperatura de esta criatura lo invadía. Fue a la nevera y bebió toda el agua de la jarra.  Luego tomó un sobre de mayonesa y lo escurrió en su boca. Se agachó lentamente para rebuscar en los compartimientos y encontró los restos de una ensalada de atún. La boca del delfín emanaba un olor fétido, se la descargó en su interior. Este hizo unas bocanadas y conservó la comida a un lado sin tragársela. El dolor en la columna le hizo volver a la cama, esta vez en posición fetal, abrazándolo de brazos y piernas. Tanteó en el nochero la billetera y contó en ella escasos cinco mil pesos, recordó que era domingo y sumó los días que faltaban para la próxima quincena. Pensó en una compañera de la universidad, que aunque nunca la consideró buena amiga, alguna vez le había hablado de unas prácticas de enfermería que hizo antes de estudiar la carrera donde finalmente se conocieron. Marcó el teléfono: «¿Aló, Mariana? hablas con el gordo de la carrera de Arquitectura ¿Te acuerdas de mí?» «¡Ah sí! Hola, Jacinto. Claro que te recuerdo, ¡tiempo sin escucharte!»  «Sí, sí, ya tendremos la oportunidad de conversar con más calma, te llamo para pedirte un favor: necesito que vengas urgente a mi casa, ven sola y te ruego que lo que veas no se lo cuentes a nadie».

Lo despertó un murmullo de gente a lo lejos, más el ruido de camillas y bandejas del hospital. Giró la cabeza y reconoció a Mariana de pie al lado de la cama. Pensó que había salido de la pesadilla, pero al apreciar una montaña de telas húmedas y mangueras encima de su estómago, quiso volcarla y levantarse. Ella lo detuvo mientras llamaba a las enfermeras.  «Quédese tranquilo», dijo una de ellas, «tratamos de estabilizarlos para mantenerlos con vida». Al escuchar una aglomeración en la puerta, supo que el mundo estaba enterado y se quedó de nuevo dormido.

Cuando despertó al día siguiente, todos los noticieros internacionales lo nombraban. En adelante no hubo una semana que no viniera un médico de otras latitudes a conocer el caso. No supo calcular cuántos idiomas había en la tierra por la concurrencia de gentes de diferentes lenguas: entre científicos, periodistas, políticos, curiosos, cantantes, religiosos, faranduleros, animalistas, literatos, artistas, chamanes, mentalistas, ufólogos, que en sus diferentes disciplinas daban opinión de la manera como debía resolverse el caso y la justificación del hecho en sí mismo. “Es una señal del fin del mundo”, señalaron. “Es un anfibio, resultado de la unión genética”, emitieron. “Es la reencarnación del Dios del Amazonas”, murmuraron. “Es el elegido de un mensaje”, dijeron. “Es una nueva era en el destino de la humanidad”, escribieron. La pesca disminuyó porque los hombres comenzaron a sentir temor de ser tomados por los delfines. Y se habló de un caso no comprobado del pescador de una barcaza que había sido adherido a un delfín antes de caer al agua. Por mucho tiempo estuvo Jacinto internado en el hospital, adaptado a una piscina con la salinidad del mar para mantenerlos sumergidos por momentos.

Para desunirlos se reunieron los mejores médicos expertos en la separación de siameses, ya que los exámenes y radiografías revelaron que, separados, no podían continuar con vida, porque compartían muchas venas y órganos. Entonces decidieron sacrificar al delfín para dejar a Jacinto con vida. Desde ese momento intervino una organización de animalistas. Aducían que no era justo sentenciar a muerte a un ser catalogado como inferior. Proponían que los separaran quirúrgicamente a la espera de que muriera cualquiera de los dos, para enfrentarlos así a un azar más equitativo. La iglesia católica, en coherencia con otras religiones, pregonó por el contrario que no se podía comparar el valor de un hijo de Dios con la vida de un animal que sólo actuaba por instintos. En un programa de televisión, Jacinto también se opuso a su muerte. Explicó que no tendría problema en cargar a su compañero de existencia de por vida. Comenzaron a llegar correos de personas y entidades dispuestas a donar el dinero suficiente para mantener a ambos con vida, ya que dichos costos eran exorbitantes. Pero los médicos descubrieron que la fisiología del delfín invadía cada vez más a Jacinto hasta el punto de dañar como un cáncer sus órganos y tejidos.

Por fin llegó el día, que la prensa llamó el de “la separación”. La mañana era fría. En la ventana de la habitación, Mariana contemplaba el horizonte acompañado de nubarrones y tormentas lejanas. La brisa recogía el olor del mar y lo arremolinaba en la ciudad. Luego, miró hacia los jardines del hospital, atiborrados de carpas de reporteros y curiosos, rodeadas de caminitos de velas encendidas durante toda la noche. Jacinto, acostado, la había pasado despierto, no se cansaba de observar a ese ser que se había estrellado contra su vida y trató en vano de reconocerle una frase de agradecimiento. Miró a Mariana. Pensó que era alguien con quien también había tropezado y le preguntó: «¿A qué horas es la cirugía?» «A las dos de la tarde; dentro de siete horas». «¿Me harías un último favor? Recuerda que los médicos me advirtieron que podía morir durante la cirugía». Se tocó el abdomen cubierto de frazadas. «Quiero ir a observar el mar». Al tiempo de discutir por el riesgo del hecho y por las reacciones que causaría, ella accedió.

Salieron en una silla de ruedas empujados por Mariana entre disparos de cámaras. Un médico trató de detenerlos, ella lo apartó: «¡Déjenos, es el cumplimiento de un deseo! ¡Los traeré para la cirugía!» Llegaron a la playa, cerca del acantilado donde alguna vez se encontraron. Los perseguía una procesión de gente. Las nubes ya estaban sobre la ciudad pero no soltaban el agua, el viento agitaba las olas en diferentes direcciones. Mariana los empujó, hasta que las olas remojaron las ruedas de la silla.

Jacinto contemplaba el horizonte, y ella lo observó en silencio sin interrumpir. De repente, se levantó. El frío entumecía sus músculos; sentía, además, la piel suelta, y reconoció cuánto peso había perdido. Caminó hasta que el agua le llegó a la cintura. Ella le gritó para que se detuviera. Él continuó mar adentro. Algunos voluntarios quisieron detenerlo, pero Mariana los contuvo. Cuando el delfín tenía la mitad de su cuerpo en el agua comenzó a chapotear. Él se sacudía por la fuerza de las embestidas y como pudo giró hacia donde estaba la multitud. Levantó los brazos y los dos se hundieron entre el torrente de las olas.

Años después aún les preguntan a pescadores y marinos si han visto a una persona pegada de un delfín, pero nadie da cuenta de eso. Porque ninguno de los que cazan o ven en el mar lleva en su pecho a Jacinto. Se cree que la sal y las corrientes pudieron separarlos. Unos dicen que los han visto nadar en los acantilados. Otros hablan de haber visto un pez con su pellejo. O que se aparecen a los barcos en las noches. Algunos aseguran haber visto a Jacinto caminar por los mercados en Cartagena de Indias. Los gobiernos ofrecen recompensas a quien pesque o vea en alguna playa el esqueleto de un hombre con aletas de delfín.