Editorial

Exégesis del sometimiento

Por:
20 / 11 / 2019

La sociedad colombiana esta cansada del pésimo gobierno de Ivan Duque y muestra de este malestar social es la convocatoria al paro nacional este 21 de noviembre

Banda sonora sugerida: “Western” de Attaque 77, “Young Cardinals” de Alexisonfire, “A Design for Life” de Manic Street Preachers.

Por años, incluso antes de que el profesorado de universidad pública me introdujera súbitamente a lo que se ha denominado “hermenéutica de la sospecha” desde la segunda mitad del siglo pasado, he creído que el uso del lenguaje dado en todas las plataformas de lo público dice un montón sobre la actitud predominante en torno a las relaciones de poder políticamente hegemónicas, en torno a cómo los actores que las ejercen desde las instituciones del estado y sus lugares de privilegiamiento privado suponen que debe administrarse y proveerse para el bien común. Y acá entiéndase “creído” no como la actitud más bien especulativa desde la que uno también diría “yo creo en los duendes” o “yo creo en las almas gemelas”, sino como precisamente un entendimiento cualitativo y palpable de la pluralidad de voces, connotaciones y factores entre los que uno, como actor social, se mueve aglutinantemente entre los demás actores sociales.

Me refiero a esa posiblemente plural connotación de la creencia (como palabra y como imaginario significado desde experiencias y referentes concretos por igual) porque hay asuntos seriamente críticos que el imaginario popular colombiano se da el injustificable lujo de frivolizar como mera creencia, en el primer sentido aludido, como si no nos afectaran directamente; y que así lo ha hecho porque así lo han propiciado las actitudes culturalizadas hacia las cosas con las que no estemos familiarizados, con las que de antemano no sepamos cómo lidiar con comodidad, o las cuales no reafirmen lo que a uno particularmente lo beneficie a costa del bienestar de otros; actitudes todas apoyadas y perpetuadas por la clase dirigente tradicional colombiana, a su vez criada desde esas actitudes.

En otros lugares me he topado con “es que yo no creo que la gasolina contamine tanto como creen los científicos”. Y la cuestión no es solamente que alguien asuma que hacer ciencia y producir conocimiento se trata sólo de creer en el sentido supersticioso: la cuestión yace en la predisposición disuasiva (que funciona más bien como pasivamente coercitiva) de todas las personas y condiciones circundantes que lleven a la persona a asumirlo, y que en Colombia suele ser el conjunto y el medio de las personas que subestiman todo oficio y conocimiento que no gire en torno a la redituabilidad y a la imposición de intereses sectorizados. Para la muestra, un botón: Darío Acevedo, siendo historiador, tergiversando, censurando y mutilando el oficio historizador para su particular beneficio y el de sus despóticamente guerristas padrinos.

Un ejemplo más amplio: hacer carrera política para ganar plata, para extender el capital, el patrimonio privado y la cobertura de la influencia del ejercicio de poder propio; en vez de hacer carrera política porque la política es lo que nos compete a todos como miembros de una colectividad en la estamos inmersos desde la afinidades, afectos y necesidades que compartimos. Todo esto siendo mucho más inmediato y urgente que la mera acumulación de bienes, porque lo social, lo cultural y lo nacional no se hacen de arriba hacia abajo, desde la abundancia proyectada sobre la carencia, desde la institucionalidad proveyendo a la informalidad, desde gobernantes disponiendo para los gobernados; sino al contrario.

La mención del carácter culturalizado de esas actitudes está directamente vinculada, ya no con mi particular punto de vista, sino con la disposición de esta plataforma hacia lo cultural como el medio en que se mueve todo. Concisamente, y pese a las diferencias entre sus integrantes, en Laterales nos importa e insistimos en que la cultura no es la idea elitista y esnobista de la alta cultura, de lo “culto” como inherentemente superior y opuesto a lo popular; sino -como consecuencia de un adecuado e interdisciplinar aprendizaje desde la teoría y las experiencias a las que esta remite siempre- en que la cultura es el escenario de lo popular, es el medio de lo social, es la suma de todos los elementos y sensibilidades que desde las que en un primer momento comienzan a articularse las relaciones interpersonales, enfáticamente incluyendo lo político. Indisociable e irremediablemente incluyendo lo político porque, contrario a la asumida creencia de quien dice que nadie debería politizar las artes, la música, la literatura, el fútbol (y etc.); lo político está en todo -y acá no hay manera editorialmente posible de hacer el suficiente hincapié-, en absolutamente todo.

Este texto comienza aludiendo el tiempo, la educación, la experiencia de mundo como textualidad y el medio de lo público como asentamiento actualizado de un imaginario normativo porque lo que ha predominado en Colombia -y particularmente en Antioquia, como nicho histórico del conservadurismo patronizante de la política nacional- es un uso tan compulsivo como torpe de las figuras retóricas propias de la demagogia de los regímenes autoritaristas y totalitaristas del antes mencionado siglo XX, la escuela de los tiranitos que temen que los demás no quieran exactamente lo mismo que ellos y que sólo saben ejercer su agencia política como ejerce poder el típico patán de escuela: amedrentando y agrediendo para tratar de disimular sus propias carencias, su absoluta falta de una personalidad íntegramente cultivada escondida entre la bulla y el desespero de su intransigencia y adagios tradicionales que han repetido durante toda la vida para fingir que tienen idea de lo que significa “cultura política”.

Y lo hacen sin ningún cuidado, porque salen en Noticias RCN y en Twitter balbuceándole culpas a sus opositores con vocablos como “justicia” y “democracia”, a la vez que mandan a colgar pendones y repartir volantes difamándoles con el más precario desconocimiento de lo atribuído. Con esto me refiero, por supuesto, a las acusaciones de “comunismo” contra sus opositores, prevalentes en las dos últimas contiendas presidenciales -teniendo el fresquísimo recuerdo de los comunicados de varias sedes regionales del Centro Democrático y las anónimas Águilas Negras tachando de guerrillero al demócrata liberal de centro-derecha de Juan Manuel Santos, y de comunista al muy airado socialdemócrata de centro-izquierda de Gustavo Petro- y arreciadas en la pasada contienda regional con las más descaradas e insustanciadas difamaciones sobre el centrista independiente de Daniel Quintero. Ni hablar del modo en que los grandes medios periodísticos del país recibieron la elección de Claudia López en Bogotá, enfocándose más en su género y orientación sexual que en su ya consolidado historial como funcionaria pública y su más que atestiguadamente profundo conocimiento de causa sobre su profesión. El morbo siempre por delante de la coyuntura, el espectáculo siempre por delante de lo competente. Qué de democrático y justo hay en ello queda como desvanecido en la inexistencia de su pretendida pertinencia.

Todo esto sin la más mínima consideración por sus consecuencias sobre el imaginario popular acerca de lo político, sin la más mínima consideración sobre cómo esa rampante manipulación de la jerga política ha servido incontables veces para saldar riñas personales, sin la más mínima consideración por cómo las personas de a pie sufren por empleos mal pagos y una deficiente atención en salud proveídos por empresarios emparentados partidaria y/o empresarialmente con esa clase dirigente tradicional y los mandamases de los grandes medios periodísticos nacionales, para luego ir a perpetuar la misma ideología a las patadas y tener con qué mínimamente cumplir tributariamente para sostener el privilegio de las tres partes.

Porque sí: eso es ideología y adoctrinamiento. Y negarlo es un acto aún más afirmativo del carácter inexcusablemente ideológico y doctrinario del asunto. Aunque esto no se trata de desprendernos toda forma ideológica subyacente o explícita que percibamos en la rutina, porque la ideología es inherente a lo político en cuanto a que se articula a partir de determinado conjunto de ideas (acá una aclaración que volví recurrente en mi persona social: ideología es justamente la significación de un conjunto de varios logos utilizados en pos de la articulación de las ideas que se tengan acerca de la vida en sociedad, en intersubjetividad, en lugares comunes, en intimidades, en todo. Idea + logos = idea + logía (las experiencias que significan a los signos, las formas semánticas utilizadas para referir algo con esas ideas) = ideología = discurso que sigue determinada lógica con los signos y en el orden de las ideas y los referentes en ellas que lo constituyan. Y esta es la más importante razón por la que es imposible abstraernos de toda connotación ideológica -como para de una vez descartar la desideologización que Jair Bolsonaro en vano ha tratado de imponer en Brasil- connotaciones que de todos modos se presentan en variados grados de intensidad y/o urgencia) que tengamos con respecto al mero hecho de transcurrir por la vida y en el mundo. Cierto día, hablaba con una amiga y colega sobre cómo sería si las administraciones públicas colombianas contrataran a semiólogos y gente estudiada en retórica para redactar sus anuncios publicitarios y programas de gobierno, quizás un poco tratando de señalar que realmente hay muchísimos problemas de orden societal originados en una pésima y descuidada elección del lenguaje con que se suelen expresar. Pero teniendo en cuenta que eso es precisamente lo que se hizo en su momento en la Alemania nazi, el Imperio del Japón en su era colonialista, la URSS y Estados Unidos durante la Guerra Fría; y que es lo que hace el actual gobierno de la China continental, eventualmente dejó de parecerme tan jocosa la idea. Aún peor a la luz de cómo la actual iteración de gobierno uribista ha tratado de intervenir a la academia desde el Centro Nacional de Memoria Histórica. Una muestra de gobierno totalitariamente represivo acá mismo, en nuestra propia cancha, con nuestra propia jerga, entre nuestros propios referentes culturales. ¿Quién dijo que esto, más de medio siglo después de Rojas Pinilla y décadas tras el cúlmine del Frente Nacional, nunca podría parecerse a una dictadura?

No obstante, llegado a este punto, le sugiero al lector que, si lo que ha podido retener de todo este texto son sólo los nombres de las personalidades políticamente célebres mencionadas, debería empezar a leer desde el comienzo otra vez. El meollo de esto no son las personalidades e íconos de la vida política nacional, sino los procesos y realidades que nos reúnen y nos interrelacionan, un “nos” que los incluye a ellos, a este medio, a este autor, al lector, y a toda persona que lleve por nacionalidad la colombiana.

Por “procesos y realidades” me refiero a los allanamientos a medios -como Cartel Urbano- y sedes de líderes sociales que han promovido el Paro Nacional del próximo 21 de noviembre; a la militarización de las calles de Bogotá, a la clausura de las fronteras terrestres e hidrográficas del país, a la difusión de proclamas pasadas de falsas para estigmatizar el paro desde que se abrió la convocatoria al mismo, al actual Proyecto de Ley de Financiamiento que precariza aún más las condiciones de vida y empleo de todos los trabajadores en el país y al que probablemente podrían agregarle aristas aún más deshumanizantes durante las sesiones de cámara decembrinas en que típicamente se aprueban decretos y proyectos de ley a espaldas de la gente de a pie; al bombardeo del ejército nacional con pleno conocimiento ministerial y militar de la presencia de los 18 menores de edad asesinados como consecuencia, a la interminable seguidilla de líderes sociales asesinados por oponerse al monopolio sobre los capitales y el ejercicio de poder hegemónico de la clase dirigente tradicional, a la ferviente discriminación de género e imposición de la también patronizante moralidad tradicional que con frecuencia se significan en violencia hacia y asesinatos de mujeres y personas queer por el específico hecho de ser quienes son; al aún compulsorio enlistamiento militar que llanamente consiste en secuestrar gente en nombre de la difusa e intrascendente idea de patria predominante en el relato nacional colombiano, al despilfarro del presupuesto nacional en licitaciones amañadas y la subsecuente paga de demandas y gastos judiciales a costa de la inversión pública que bien podría ayudar a mejorar las paupérrimas condiciones de los sistemas educativo y de salud constantes durante toda la historia nacional, a la abismal brecha entre los ingresos salariales en promedio de la clase dirigente tradicional y el resto de personas contractualmente laborantes en todo el país, a la incompetencia de la claramente útil idiotez de todo el actual gobierno encabezado por el pusilánimemente impotente de Iván Duque, al acaudillamiento parroquial de toda la vida política nacional desde hace años a manos del bravucón dementeseníl de Álvaro Uribe Vélez, a las promesas insignificadas y efectivamente depletas de franqueza con que los candidatos de los partidos políticos mayoritarios suelen venderse en cada período de elecciones; a la actitud de que el vivo vive del bobo, a la actitud de que el fuerte siempre debe pisotear al débil, a la actitud de que el hombre propone y la mujer dispone, a la actitud de que la letra con sangre entra, a la actitud de que la sangre es más espesa que el agua, y a todas las demás actitudes displicentes e indolentes y que nos han infundido culturalmente y que continúan constituyendo la manera de facto de ejercer poder en el país.

La legitimidad no existe por sí sola. Nada que dependa tan estrictamente de la articulación del consentimiento de todas las partes del conjunto puede existir meramente “en el aire”, listo para que la agarre y domine el “sentido común” o el mejor postor. Y la manipulable maleabilidad de esto es justamente lo que ha permitido que todo lo del anterior párrafo sea la realidad colombiana generación tras generación, empujada por cómo la clase dirigente tradicional, los grandes medios periodísticos y los empresarios suelen aprovecharse del desconocimiento y la vulnerabilidad de la gente de a pie, de quien no puede darse el lujo de pensar en lujos porque necesita pagar comida, techo, salud y escolaridad. A tal grado de absurdo llegó esto, que incluso la Iglesia Católica, histórica aliada de la culturalizada violencia de estado en Colombia, hizo un llamado abierto a participar del paro del próximo jueves; quizás sugiriéndonos que, pese al apabullantemente sangriento equívoco de su violencia armada, la insurrección popular de la que el ELN se ha servido para vincular directamente la experiencia de fe religiosa y la justicia social a través de la Teología de la Revolución no está tan alejada de la realidad.

Todo eso es, después de todo, un llamado a iniciar el cambio de todas las cosas que nos han aquejado desde hace generaciones a los colombianos; incluso pese a que, personalmente ahora sí, no me fío de la noción estatistamente moderna de la nación.

Así pues, las cuentas claras y el chocolate espeso (ya que tenemos la tendencia culturalizada de servirnos de los adagios de antaño): esta es una invitación a que nos apropiemos de esa legitimidad el próximo jueves, para de verdad significar la expresión “el bien común” desde nuestras propias experiencias intersubjetivas de bienestar. A que, si nos duele la bronquitis de nuestros padres, el hipotiroidismo de nuestras madres, la deserción escolar de nuestros primos, el acoso cosificador y ataques con ácido sobre nuestras amigas, el hostigamiento sobre nuestros allegados de género y/u orientación sexual no normativa y no binaria, el embargo inmobiliario que atenta contra el derecho inalienable a la vivienda de nuestros conocidos, los duplicamientos bancarios que anclan a nuestros vecinos a casi impagables deudas bancarias y todo el desgastante trajín de sus trámites burocráticos, el estrés postraumático de nuestros amigos otrora desplazados por el conflicto civil que hemos tenido desde el siglo pasado y, en fin, si nos duelen todas las formas de violencia e injusticia que se han ejercido histórica y contemporáneamente sobre nosotros por parte de “los que mandan”; entonces salgamos a la calle y lo hagamos manifiesto entre todos este 21 de noviembre.

Arrebatémosle la presunta legitimidad a los de siempre, a los que sólo ven para sí mismos y sus impulsos. Agarremos la legitimidad y extendámosla entre todos y para el bien de todos.