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Fiesta del libro

Tragaluz Editores, 15 años haciendo libros bonitos

7 / 10 / 2020

La directora de Tragaluz Editores, Pilar Gutiérrez (invitada a la 14° Fiesta del Libro y la Cultura), habló con Laterales Magazine sobre los 15 años de esta editorial independiente, los retos que trajo la pandemia y los planes que tienen a futuro.

Hace 15 años, Pilar Gutiérrez emprendió la apuesta más grande de su vida: hacer libros bonitos.

Comunicadora social y periodista de la Universidad Pontificia Bolivariana (UPB) y escritora, se conoció con Juan Carlos Restrepo, diseñador gráfico y escritor. Ambos, enamorados de los libros infantiles, fueron creando entre conversaciones esa editorial con la que soñaban, una en la que los libros fueran para tocar, mirar y sentir. Mejor dicho, para leer con los sentidos.

En una oficina al sur de Medellín, abrieron Tragaluz Editores. Sin muchos recursos y sin más empleados que ellos dos, su primera publicación fue bastante inusual para lo que tenían en mente: un catálogo para una empresa de champiñones que era vecina de ellos. Aceptado el reto, se pusieron manos a la obra. Su trabajo gustó tanto, que empezaron a ofrecer servicios editoriales a más empresas.

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Pilar Gutiérrez, directora de Tragaluz Editores. Cortesía.

Los recursos llegaron, contrataron a más personas y, al año siguiente, pudieron hacer el primero de los libros bonitos con que tanto soñaban: Tres poemas ilustrados de Jaime Jaramillo Escobar. Ilustrado por José Antonio Suárez Londoño, el libro era una celebración de la poesía, género al que Pilar y Juan Carlos le tienen profundo respeto; además de un regalo con el que querían contarles a sus amigos qué era Tragaluz. Aunque no estaba en venta, algunos de los ejemplares llegaron a los ojos de otros lectores y, de repente, empezaron a llamarlos para pedirles más libros. Sorprendidos ante esta inesperada demanda, no tuvieron más opción que sacar más copias y estas se fueron en un parpadeo.

El libro abrió la colección de Poemas Ilustrados —en la que más adelante fueron publicados Helí Ramírez, Pablo Montoya, Giovanni Quessep, Juan Gustavo Cobo Borda y otros poetas—, pero también hizo destacar a Tragaluz Editores como una editorial independiente que, contra todo, se arriesgaría a hacer libros ilustrados que sorprendieran y enamoraran a sus lectores.

“A ese libro de poesía, yo diría, prácticamente, se debe Tragaluz, fue como una declaración de principios de lo que queríamos ser y somos”, recuerda muchos años después Pilar.

Con el tiempo llegaron más libros bonitos (infantiles, juveniles, novelas, cuentos, de ensayo, de historia, de teatro y de periodismo. Hasta una colección dedicada a los autores en lengua portuguesa, Lusitania); participaciones en certámenes tan importantes como la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBo), la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, México, y la Feria del Libro Infantil de Bolonia, Italia; el reconocimiento y las distinciones dentro y fuera de Colombia: dos veces el Premio Nacional de Diseño Lápiz de Acero (“fue una motivación grande para nosotros y nos visibilizó definitivamente”), cuatro libros (Cuando los peces se fueron volando, La contradicción humana, Conquistadores en el Nuevo Mundo y Bola de agua) premiados por el Banco del Libro de Venezuela, varias menciones especiales en la categoría Nuevos Horizontes del BolognaRagazzi Award y 4 nominaciones como la mejor editorial de Latinoamérica en la Feria del Libro Infantil de Bolonia; entre otras.

Tragaluz Editores ya tenía una legión de lectores, un diverso catálogo de autores, y venía haciendo un fuerte trabajo de la mano de ilustradores, con quienes organizaba exposiciones y hasta premios de ilustración. Además, compartía con otros su saber y empezaba a ser más que una editorial, por lo que la necesidad de tener un espacio más grande se volvió urgente. Pero en vez de una oficina el doble de grande, lo que necesitaban era una casa, cuyas puertas estuvieran abiertas a todos y donde pudieran hacerse realidad más sueños.

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Fachada de la Casa Tragaluz, ubicada en el barrio El Poblado, al sur de Medellín. Cortesía.

“En la medida en que vamos buscando espacios y compartiendo un saber en lo editorial, en la escritura y en la ilustración, vamos viendo la necesidad de una casa, de un lugar que nos hospede. Pero, además, un lugar que le abra las puertas a todos los que quieren compartir con nosotros y, sobre todo, crear con nosotros. Porque consideramos que la comunidad es lo más valioso que tenemos, pues esto es un trabajo que se está retroalimentando constantemente”.

Fue así como hace cuatro años empezaron a poner en planos esa casa con la que Pilar, Juan Carlos y su equipo tanto soñaban; hasta que, en 2019, abrió sus puertas la Casa Tragaluz, un centro cultural de tres pisos en el que hay un café-librería, una galería, una zona de trabajo compartido, las oficinas de la editorial y un taller destinado a la formación en oficios alrededor del libro y la palabra.

Presentaciones de libros, exposiciones, conferencias, conciertos, talleres. La Casa Tragaluz, además de centro cultural, se convirtió en un punto de encuentro para escritores, ilustradores y lectores. Por sus rincones pasaban, de día y de noche, niños, jóvenes y adultos, todos enamorados de los libros y atraídos por la calidez y la tranquilidad que allí se sentían.

La programación artística y cultural iba en aumento, la Casa ya era referenciada en Medellín y muchos llegaban hasta allí para disfrutar de sus actividades, pero también de un café y de un buen libro.

Para el 13 y 14 de marzo de 2020, se había organizado con entusiasmo su primera feria editorial, La Propia, en la que participarían, además de la anfitriona, 12 editoriales independientes de la ciudad como Sílaba, Angosta, Hilo de Plata, Frailejón, Mesa Estándar y Libros del Fuego. Aparte de mostrar sus últimas novedades, estas editoriales conversarían sobre su oficio y darían talleres de fotografía, collage e ilustración. Incluso, la feria terminaría con merengues, salsa y porros, ritmos alegres para cerrar con broche de oro.

Sin embargo, un extraño visitante, que en otros países había paralizado la economía y provocado miles de muertos, llegó de improviso y varias actividades de la feria tuvieron que aplazarse. Días después, la Casa Tragaluz tuvo que cerrar sus puertas y la magia de los libros no volvería a sentirse por mucho tiempo.

La pandemia de COVID-19 tomó a todos por sorpresa, incluida a la misma Tragaluz, y mientras toda la ciudad entraba en cuarentena, Pilar y su equipo se las ingeniaban para hacerle frente a esta crisis.

“Nos dejó suspendidos en una cantidad de planes que teníamos, porque la Casa tenía sentido en la medida en que abría sus puertas al público, y casi que la mayoría de sus actividades estaban en función de esos visitantes. Precisamente, la pandemia llegó en el momento en que estábamos en una feria, la primera feria que hacíamos de editoriales independientes, La Propia. Tuvimos que interrumpir la feria antes de que se terminara. Ese fue como el primer golpe de este virus en el ejercicio de la Casa como centro cultural. Hubo cambio de planes, definitivamente; y nos afectó como afectó a todo el mundo. Fue parar en seco, tener que empezar a comunicarnos y a decir este evento no se puede hacer, lo vamos a reemplazar por la virtualidad. Y, poco a poco, irnos acomodando a esta nueva forma de comunicación”.

La Casa Tragaluz abrió nuevamente sus puertas, pero desde la virtualidad, y durante la cuarentena sus antiguos visitantes, a través de las redes sociales, el sitio web y el blog de Tragaluz, pudieron disfrutar de presentaciones de libros, recomendados (muchos de ellos, antiguos títulos que volvieron a ser solicitados por los lectores), talleres, promociones y otras actividades que les hicieron más llevaderos esos días que no parecían días. Incluso, la editorial se animó a realizar un concurso de relatos cortos, Desde casa hacia el futuro, con el que invitaron a reflexionar desde el presente y preguntarse por lo que vendría después de esta crisis, cuando la vida dejara de transcurrir en cuatro paredes. Hubo una recepción masiva: se presentaron más de 400 relatos y 21 fueron elegidos como ganadores. Unos relatos estaban llenos de esperanza, otros de crudeza; pero todos se imaginaban un futuro para el que, si no fuera por las historias, solo habría una palabra: incertidumbre.

“Nosotros tenemos una buena comunicación con la comunidad que sigue a Tragaluz, entonces no bajamos el ritmo. Al contrario. Y sabíamos que teníamos que parar de producir, de imprimir nuevos títulos, pero que igual era el tiempo para mirar todo lo que hemos hecho y darle fuerza a esos libros que tenemos en el fondo y que vale muchísimo la pena refrescarlos, volver a hablar de ellos. Entonces, yo diría que esa fue una de las acciones más importantes: no dejarnos de comunicar en ningún momento con la comunidad y que la comunidad supiera que, aunque habíamos cerrado las puertas de la Casa; Tragaluz, como editorial, los seguía acompañando y estaba ahí, generando muchos contenidos en el blog y enriqueciendo toda esa información que tenemos nosotros en la página web, que finalmente la página se vuelve esa Casa virtual, ese espacio que reemplaza al espacio físico”.

Pese a que no se quedaron quietos, en Tragaluz también empezaban a sentirse los coletazos de la crisis del sector editorial, que afectó especialmente a las editoriales independientes y universitarias. Se dejaron de imprimir libros y las ventas bajaron considerablemente, ya que estas, en buena parte, dependían de las ferias del libro, que tuvieron que cancelarse para evitar la propagación del virus. Pidieron auxilio al Gobierno Nacional, pero este poco o nada hizo para ayudarlas. De hecho, las primeras ayudas fueron para el sector de espectáculos, quedando excluidas, además de las editoriales independientes y universitarias, las librerías. Ante esto, la unión fue su único salvavidas y Tragaluz, junto a otras editoriales independientes, buscaron la manera de alzar cabeza en medio de semejante marejada.

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Café librería de la Casa Tragaluz.

“Desde la Casa Tragaluz empezamos a comunicarnos y a fortalecer un chat que tenemos con editoriales antioqueñas. No sólo de Medellín, sino de Antioquia ¿Qué hicimos? Invitar a estas editoriales a que tuvieran sus libros en la librería de Casa Tragaluz, que ya tenía abierta la propuesta para sellos antioqueños. Pero la Casa apenas tiene un año, entonces venía de una manera muy tímida trabajando en esto y teníamos poquitos sellos. Lo que hicimos fue, durante la pandemia, enriquecer la oferta de esta librería y ya tenemos, en este momento, como 13 o 14 editoriales antioqueñas con todos sus fondos. Y, para ponernos de acuerdo, tenemos que hacer constantemente reuniones en las que nos estamos comunicando y viendo cómo podemos hacer más cosas juntos”.

Esta unión, además de ayudar a las editoriales en sus ventas, sirvió de aliento para consolidar una propuesta que, a futuro, mejore la visibilidad de las editoriales de Medellín y Antioquia; sobre todo porque, en un país tan centralista como Colombia, son muy pocas las editoriales que logran ser visibles desde las regiones.

“Yo creo que esa es una de las cosas importantes que hicimos para comunicarnos: unirnos a través de esa librería que es la librería de Casa Tragaluz para mostrarnos y para, entre todos, irnos consolidando como una propuesta de departamento”.

A pesar de los retos y dificultades que trajo la pandemia, esta le dejó a Tragaluz un gran aprendizaje: andar a un ritmo más tranquilo y prestar atención a lo que, en medio del afán, pasaba por alto.

“Yo creería que el gran aprendizaje fue la pausa obligada. Nos dio mucho susto, obviamente nos afectó. Tuvimos que tomar decisiones como la gran mayoría de gente que tiene un negocio o una empresa, como bajar sueldos. Pero esa pausa obligada y ese ritmo que impuso la pandemia, nos pareció importante porque hacía mucho que estábamos necesitando parar para repensar muchas cosas. Tuvimos la oportunidad más al principio, porque esto de todas maneras, a medida que avanzaba el tiempo, fue cogiendo un nuevo ritmo. Entonces, ese principio obligó a que nos comunicáramos en la virtualidad; pero [también] a que todos —cuando hablo de “todos”, somos los del equipo— empezáramos a expresarnos y a decir todo eso que, en medio del día a día y de la velocidad, no nos transmitimos [y] que es importante”.

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Oficinas de Tragaluz Editores en Casa Tragaluz. Cortesía.

Incluso, esta pausa obligada le permitió a Pilar disfrutar de la lectura más allá de sus obligaciones como directora de una editorial. Se aventuró a leer Ulises de James Joyce, volvió a leer La Divina Comedia de Dante Alighieri en un club de lectura virtual y a Frankenstein de Mary Shelly (“esa obra del Romanticismo que me gusta tanto”). Leyó también El arte de la guerra de Sun Tzu y por estos días está leyendo el Gran Sertón: Veredas de João Guimarães Rosa, “una lectura que me ha llenado de gozo porque es un gran poema, una obra de la literatura portuguesa muy importante que, la verdad, me la debía”.

Ahora, cuando la marea parece un poco más calma, Tragaluz está decidida a fortalecerse en lo virtual porque —y de eso está convencida Pilar— “la virtualidad enriquece”, y muchas cosas pueden hacerse gracias a esa mixtura entre lo virtual y lo presencial. También hay momentos para soñar y emprender nuevos proyectos: dictar talleres de caligrafía y encuadernación (además de los de escritura, ilustración y animación que están dictando en la virtualidad), y posicionar a la Casa Tragaluz como un centro de artes y oficios alrededor del libro, uno en el que, además de compartir ideas, saberes y experiencias, se fortalezca a un sector que ya es parte fundamental del mundo cultural de Medellín y que la convertido en una ciudad lectora, ávida de buenas historias.

“Lo que nos mueve a nosotros ahora es la necesidad y el placer de compartir para no sólo enseñar, sino aprender muchísimo. Porque, definitivamente, cada que llega una persona a Casa Tragaluz llega con algo que nosotros no conocíamos y de esa manera todo se enriquece. Entonces queremos cada vez compartir más y que Casa Tragaluz se vuelva en un referente, en un centro del libro y de la ilustración muy potente, donde mucha gente diga, si vamos a hablar del libro, si vamos a hablar de ilustraciones, tenemos que ir a ese lugar, que es donde está el movimiento y están pasando las cosas alrededor de esto”.

En sus 15 años de historia, Tragaluz ha vivido momentos de intensa felicidad y agobiante estrés. Eso sí, nunca le han faltado las ganas de hacer algo nuevo, de arriesgarse; porque a esta editorial independiente, como si fuera un deportista extremo, le encanta el riesgo y no puede vivir sin él. Tomar tantos riesgos les ha permitido estar donde están. Y hoy, en Medellín, Colombia y el mundo, Tragaluz sigue siendo admirada por hacer, con amor y esmero, libros bonitos.

De todo eso y mucho más, habló hoy Pilar Gutiérrez en la 14° Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín, junto a Sergio Restrepo (gestor cultural) y Cristóbal Peláez (director del Teatro Matacandelas). La charla, De Editorial a centro cultural, hizo parte de la programación del Salón de Editoriales Independientes, que se realiza en cada versión de la Fiesta.